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«Mucho se ha hablado del dolor». Una historia de Joselyne Cuadros

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Por Joselyne Cuadros*

En mi tan usual levedad del ser, me levanté un sábado al mediodía con una insoportable resaca. Observé mi librero y vi los libros de García Márquez mezclados con los de Poe, a la Alicia del país de las maravillas en una sección distinta a la de la
Alicia en el espejo, mi colección de Sherlock Holmes arrumada horizontalmente, y así el resto de mis libros en diferentes posiciones, perdiendo por completo la estética.
“Hoy los ordeno, lo juro” – les prometí. En mi camino al baño casi piso la cola de Nicky, que dormía a los pies de mi cama, me disculpé y él movió la cabecita a un lado mostrándose confundido al verme aun tambaleándome como la noche de ayer, pero se levantó y me siguió. Me demoré más de lo usual al lavarme la cara porque soy bastante torpe estando somnolienta. Al salir me dirigí al librero dispuesta a poner todo en su lugar. Saqué cada uno de los libros y los coloqué en mi cama. Al verlos revueltos y amontonados, el 10% de energía que tenía, se agotó. “Sigo luego” – dije.

Bajé al cuarto de video seguida por el sonido arrítmico que hacían las patitas diminutas de Nicky en los escalones, me senté en el sofá, alcé el taburete para colocar los pies y encendí el LG. Busqué Netflix, escogí la serie más estúpida de la sección “continuar viendo” y, pretendiendo olvidar mi dolor de cabeza, me centré en los vikingos que luchaban por volverse amos y dueños de Inglaterra.

Nicky estaba a mis pies en dirección contraria al televisor, observándome, era una práctica cotidiana, era un perro muy listo, me conocía desde hace 8 años y sabía que cuando miraba la tele, me idiotizaba tanto que sin querer regaba comida al suelo, y él en su afán de ser el más trabajador de la casa, se la comía para que el piso continuara limpio. Esa mañana yo no estaba comiendo nada, no quería saber del desayuno, o del almuerzo, porque sabía que las náuseas no me dejarían probar ni un bocado, aun así, con las manos vacías y mi cuerpo cuasi inerte, Nicky me observaba fijamente. “¿Por qué me miras así, bobo?, ¿qué?, ¿nunca me has visto?” – le contesté, pero nada lo convenció de dejar de acosarme.

Media hora después, mi hermano menor, quien se creía igual de dueño de mi perro que yo, me dijo molesto que le subiera a Nicky a su cuarto. Yo, con mis ojos achinados, miré a John que estaba en la cumbre de la escalera, no le respondí, volví a centrar la mirada en la tele y subí el volumen para escuchar a Ragnar insultar al rey de Francia.

Transcurridos 10 minutos, Nicky se levantó y corrió a asomarse a la ventana de la sala. “Oye loco, bájate del mueble” –lo regañé. Como era tan chiquito necesitaba subirse en cualquier cosa para husmear lo que sucedía afuera y tenía los muebles llenos de pelos. Este evento se repitió cinco veces más, como si estuviera desesperado por salir. Desde hace una semana no lo sacaba a pasear porque llegaba muy tarde del trabajo y supuse que extrañaba mear como un loco los postes de cada cuadra, así que esa era su manera de decirme: “Má, ya sácame”, pero esta “má” tenía deseo de vomitar y ganas de dormir hasta el año 3000. Se rindió y regresó a acostarse a mis pies.

Se escuchó chocar las llantas del auto de mi papá al subir la vereda, había llegado del Comi. Nicky se emocionó y movió veloz la cola mochada de un lado a otro, corrió hacia la puerta y la olfateó esperando que fuera yo a abrirla. Yo sabía que, si no lo agarraba a tiempo y mi papá abría la puerta, Nicky saldría disparado hacia el parque de la manzana 15. Yo sabía que se escaparía y, como cada vez que lo hacía, tendría que correr detrás de él hasta que uno de los dos se hubiese cansado dando tregua al otro.

Yo sabía que era la una de la tarde y las calles estaban transitadas por autos que iban y venían. Yo lo sabía. Vi sus patitas correr hacia la puerta y no me levanté del sofá, me quedé mirando a los vikingos beber y brindar. Mi papá abrió la puerta y Nicky se escabulló entre sus piernas. Después hubo silencio. Me levanté a ver por qué mi papá no me gritaba: “¡Joselyne, anda agarra a tu perro que ya se escapó!”, abrí la puerta que se encontraba junta y vi un auto al lado del de mi papá, un hombre pidiendo disculpas, moviendo los brazos y tratando de explicar lo que era inexplicable y mi perro echado en el suelo con los ojos abiertos en dirección a mí, mientras un río de sangre salía de su cabecita negra. “No mires” – dijo mi papá agarrándose la cabeza sin saber qué hacer.

Cuando mi mente lerda logró comprender lo que sucedía, salió de mi boca un grito tan fuerte que alarmó a las demás personas de la casa que bajaron corriendo del primer piso. Mi grito fue fuerte, pero yo no lo oí, un pitido chillaba en mis oídos, mi mente no dejaba de lanzar el mismo pensamiento: “No puede ser, no puede ser, no puede ser, no, no, no, no, no, mi perro no”, quise moverme, correr a agarrarlo en brazos, sin embargo, solo podía gritar, me eché al piso a gritar. ¡Coge a tu hermano! ¡Joselyne, agarra a John!” – dijo mi papá, salí del trance y vi a mi hermano gritando y queriendo salir de la casa a empujones mientras la empleada doméstica sostenía la puerta con la espalda para que John no la abriera. “Niña, la cortina, bájela, que no lo vea” –me dijo la señora.

Con las manos temblando, halé el hilo y la cortina tapó la escena. John la levantó y vio a mi hermano mayor Christopher, que ya había llegado junto con las personas de mantenimiento de la urbanización, metiendo en una funda negra a mi perro que ya no era mi perro, era un trozo de basura que tenía que ser echado para que los vecinos no se alarmaran. Estaban metiendo a mi perro en una maldita funda de basura y yo ahí, temblando como una estúpida, agarrando a mi hermano de la cintura y alejándolo de la ventana sin poder salir a gritarle a todos que pararan, que dejaran de tratar a mi perro como si no valiera nada. Finalmente, pude separar a John de la
ventana y ambos nos derrumbamos en el suelo a llorar.

No sabía cómo darle consuelo a alguien sin ser capaz de dármelo a mí misma. Lo abracé con fuerza y se soltó de mí. “Te dije que lo subieras a mi cuarto, a mí no se me
hubiera escapado” – me dijo. Al escuchar esas palabras sentí que con ellas me acuchilló el pecho y grité, grité como si las tripas se me fueran a salir por la boca, golpeé la cerámica helada, una y otra vez, la impotencia me había quitado el aire y el llanto había nublado la vista a mi alrededor.

Christopher entró a la casa y me dijo: “¡Joselyne, cálmate, mierda! ¡Ayúdame con John!”. Él abrazó a John diciéndole las típicas tonterías que la gente dice cuando no entiende tu dolor y cree que con eso las punzadas en el corazón van a desaparecer. Al ver que mi hermano ya se estaba haciendo cargo de John, pude centrarme en mí y noté que estaba teniendo un ataque de pánico, inhalaba y exhalaba rápido sin conseguir que el aire llegara a mis pulmones. La señora de la limpieza me dio un vaso de agua, me sobó la espalda, “despacio, trague despacio, respire profundo, sostenga el aire y luego suéltelo” – me dijo y esa fue la única frase de consuelo real que escuché durante el duelo por mi perro.

Una vez que las cosas se solucionaron para los demás y el hombre que atropelló a Nicky se marchó, mi papá entró a la casa. Había una expresión vacía en su rostro, no nos miró siquiera, subió las escaleras despacio como si el cuerpo le pesara, corrí detrás de él y lo agarré del brazo, se volteó, vi sus ojos y sus patas de gallo, rojos y llorosos. “No alcancé a agarrarlo, lo vi todo” –me dijo y se derrumbó en el escalón. El aire le faltaba y su corazón débil de hipertenso empezó a fallarle. “¡Christopher! ¡John! ¡Ayúdenme! ¡Mi papá!” – grité.

Nos tomó una hora estabilizarlo y prometimos no volver a hablar de Nicky para no recordarle a mi papá el evento del que sin sentido alguno había decidido culparse y
que casi le había costado un infarto.

Tuve que llevar el duelo sola y en silencio, dormir en el piso con la cara pegada a la baldosa, que aún tenía los pelitos negros de Nicky. Lloraba y temblaba bajito, muy bajito. Había un dolor interrumpido del que John y yo no pudimos volver a hablar, un dolor que aún late como una herida abierta que se infecta y se llena de pus.

_________________________________________

*Joselyne Cuadros (Guayaquil) es abogada corporativa y apasionada de la literatura y el arte. Es miembro activo del club de Cultura de Palabralab y del Taller de Escritura de Librería Española. Cuenta historias desde muy pequeña, pues a los 6 años su abuela y su padre  cultivaron en ella el amor a la lectura. Ha tomado cursos de escritura creativa bajo la guía de Adelaida Jaramillo, René López, María Fernanda Ampuero, Ernesto Carrión y en la actualidad, con Rubén Dario Buitrón. 
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