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El encantamiento de los circos gitanos. Crónica de Víctor Vizuete Espinosa

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Por Víctor Vizuete Espinosa*

Llegaban siempre… Con los primeros vientos del verano y cuando los jóvenes y los mocosos residentes del barrio empezábamos a acomodarnos para sacarles el máximo provecho a esos tres meses de vacaciones estudiantiles. Llegaban así nomás, sin avisar, como esos familiares lejanos que, aunque no eran íntimos, sabían que nunca les negaríamos una cama o un platito de comida.
Arribaban de improviso, pero nunca en silencio. Siempre les precedía el barrullo más intenso, causado por el caótico ronquido de un gigantesco pero asmático camión de mudanzas, repleto de los artículos más chuscos, casi todos ancianos y con su vida útil pendiendo de un hilo.
Un altavoz, jugando también su tiempo suplementario, anunciaba la llegada del Circo de los hermanos X y desgranaba, en una mágica y misteriosa letanía, las habilidades y milagros que traían -entre sus manos y sus alforjas- maestros en las distintas artes del entretenimiento sobre la pista.
Con un tono chillón, pero emotivo, la voz -siempre femenina- nos preparaba para los actos increíbles que veríamos aflorar en las manos alquimistas del Mago Johnny, o en la garganta prodigiosa de Míster tragafuegos, o en el pulso infalible de «Toro vendado», que forraba de cuchillos el perímetro de una asustada y pálida dama, o en la flexibilidad suprema de Papo y Pepa, equilibristas graduados, ni más ni menos, en el mundialmente famoso Cirque du Soleil.
Tampoco faltaban Circe, la gitana, quien era capaz de leer la mano y decir a cualquier cristiano hasta de lo que se iba a morir; Dorothy y Erick, dos trapecistas gringos con más pedigrí que cualquier político famoso… Ahhh, y Espartaco, el rumano hosco y solitario capaz de hacer ronronear en su pecho a Romeo y Julieta, los dos osos de anteojos que atrapó en los páramos carchenses y a los que convirtió en ositos de peluche.
Luego de tan bulliciosa parafernalia al arribo del elenco, el sui géneris séquito se apropiaba del enorme terreno baldío del barrio junto al mercado comunal y armaba sus bártulos, incluida la gran carpa de tres picos y las pequeñas que se adosaban a los carromatos y servían de dormitorios, camerinos y salas de espera, las que se emplazaban en la zona más alejada del terreno.
Dos días de ajetreo bastaban para que el tan esperado circo estuviera armado y equipado, listo para romper la modorra y la cansina cotidianidad del barrio popular, reducto de obreros, oficinistas y estudiantes de colegios estatales. Claro, los precios de las entradas, a palco y galería, estaban en ese andarivel económico, por lo que las butacas de la gran carpa se llenaban, al menos en los primeros días y durante un par de fines de semana.
Cuando niño, me acuerdo bien, la llegada del circo era muy esperada pues, a más de divertir, convertía, por algún tiempo a los chavales (obvio, también a este pechito) en estrellas de la varita mágica, la cuerda floja o la bicicleta fantástica.
Cuando ya fui adolescente, y hasta joven, también me alegraba cuando miraba llegar la bulliciosa caravana porque la gran carpa y la penumbra que cubría ciertos actos eran ideales para el romance y los primeros cosquilleos afectivos: mis escarceos amatorios iniciales se dieron mientras dos motos giraban cómo locas encerradas en un gran círculo de varillas de acero en un ambiente semioscuro, mientras mi pareja se aferraba a mí como a una tabla de salvación y nuestras bocas se fundían en unos besos que, en esos momentos, eran más desquiciados y eternos que las increíbles vueltas que daban los avezados motoristas.
Por todo eso, cómo no recordar con cariño y añoranza esos circos de verano, diga…

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*Víctor Vizuete Espinosa es escritor, poeta y periodista ecuatoriano. Laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

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