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«El australiano y yo», ¿una novela no apta para…?

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«Establecer esta gran diferencia y marcar distancia con la realidad, para vivir esa fantasía, posibilitando la expansión de la imaginación, puede ser elemental para disfrutar al máximo cualquier novela, pero, en El Australiano y yo se torna fundamental».

Por Adriana Urresta Burbano*

La única razón que justifica la lectura de una obra literaria es el placer. Y, como todo placer, tiene algo de furtivo, este de leer en los tiempos de hoy, saturados de quehaceres y de estímulos audiovisuales, comienza con ese goce subversivo de desatender las obligaciones y encontrar el refugio, el momento y el sosiego que posibilite la entrega íntima de todos los sentidos a un libro, con la mirada expectante, ávida por desentrañar los secretos que se descubrirán escondidos entre esas páginas desde su portada. Más aún cuando ya el título alude, sugiere y evoca una historia real, cercana y efusiva. Luego, este placer se alimenta y agiganta con el deguste de saborear la palabra precisa, la metáfora vivaz en un relato ameno y contundente.

En El australiano y yo, estas metáforas de comedia inteligente abundan y sonsacan sonrisas desde el comienzo: “… caí despatarrado entre las llantas y el bordillo de la vereda, en una posición parecida a la de una rata golosa sufriendo los espasmos del veneno”. Ver a una rata en la calle en esta posición seguramente no produciría más que una súbita aversión y solamente pena de un hombre que veríamos en estas circunstancias. Pero en el papel y en el contexto de la novela, la imaginación se agiganta y reconstruye una historia que abarca mucho más que lo dicho: la rata, no es una simple rata, es una figura gorda y tiene merecida su suerte, pues, por golosa se ha comido el veneno y convulsiona. Y el hombre, adolorido en el asfalto, provoca una sonrisa de comedia, pues también se lo merece por comedido, ingenuo y bueno. Esta es la gran diferencia entre la realidad vivida en carne propia y la mediada a través de la fantasía de una novela.

Establecer esta gran diferencia y marcar distancia con la realidad, para vivir esa fantasía, posibilitando la expansión de la imaginación, puede ser elemental para disfrutar al máximo cualquier novela, pero, en El Australiano y yo se torna fundamental.

Porque la alusión a hechos verídicos y cercanos en el tiempo; a personajes reales como Assange, su trascendencia mundial, nacionalidad y circunstancias; a la descripción de la estructura burocrática establecida en instituciones ecuatorianas al interior y, sobre todo, al exterior del país, conocida por todos; además de la intención y postura política que se advierte en el transcurso de la novela, pueden hacer que quienes fueron protagonistas de los hechos reales no encuentren amparo de la tristeza de nuestra historia en esta fantasía.

En cambio, quienes no hemos sido protagonistas del fracaso de un proyecto político ideológico que despertó tantas ilusiones y esperanzas, y, al igual que el narrador, apenas somos menos que peones del ajedrez nacional e internacional y, como él, sufrimos casi en carne viva y a diario las cachetadas de este poder que nos mantiene despanzurrados entre el cielo y la tierra, sustraídos por su fascinación podemos desde el suelo la verdad y la comedia, sintiendo cada insulto que, en voz baja, pronuncia el protagonista (nosotros, los nada) contra el embajador (el poder), como un desahogo de placer y disfrutar de la novela.

Mientras a los otros les llegará como el veneno a la rata, quizá, por sentirse aludidos, reflejados, desenmascarados, ofendidos, indignados, amargados, enojados…  Tentados a protestar públicamente contra la novela, a demandar a su autor por su arriesgada imaginación o, lo que sería más disparate, a caer en el perogrullo de decir que la novela es una difamación, una mentira, una ficción, y empiecen a convulsionar echando al traste todo el placer que pensaban encontrar en su lectura.

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