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Arnoldo no olvida el mar. Crónica de Magaly Villacrés O.

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Por un momento y como un milagro momentáneo del cielo, Arnoldo recuerda su habilidad para nadar y el tiempo que pasaba embelesado en las profundidades del mar. Quizás el olvido triture ciertas partes de la mente, pero jamás borrará la esencia que define su alma.

Por Magaly Villacrés O.*

Se dice que en la vejez las cosas y el entorno adquieren un singular surrealismo y los recuerdos, en ocasiones, superan en veracidad a los acontecimientos reales. A la distancia de los años requerimos añadirle mayor brillo a ciertos momentos para que sigan siendo inolvidables, por ello, un fragmento de la historia de mi suegro Arnoldo González, está escrita desde una mirada cercana y en su tiempo final. Porque la vida de los hombres sencillos, pero grandes en fortaleza, cariño familiar y espíritu, no se puede evaporar así sin más, sin antes ser plasmada en letras, en anécdotas, en canciones. En algún recuerdo palpable donde acudir a manera de consuelo cuando la añoranza por la ausencia de un ser querido nos toque a la puerta.
El mar definió su vida. Arnoldo nació en 1933, en los Llanos de Aridane, una localidad perteneciente a la isla de La Palma, la llamada Isla Bonita, uno de los siete tesoros de las Islas Canarias en España. De pequeño, él solía disfrutar de los bosques de pino canario, cascadas y barrancos de la “Caldera de Taburiente”, una hendidura volcánica de 8 km. de diámetro que se formó tras el fuerte empuje del magma profundo hacia el exterior. También le gustaba desafiar a las alturas y ascender al “Roque de los Muchachos” para admirar la inmensidad del límpido cielo. Todo un regalo de la isla.
En estos lugares corría, nadaba, reía y junto a sus hermanos África, Asia, Gustavo, Eduardo y Manolo se llenaban los ojos con aguas infinitas y paisajes sin igual.
En aquel tiempo, España vivía épocas tumultuosas a causa del franquismo (1939-1975), lo cual desencadenó  enfrentamientos entre familias, desapariciones forzosas, torturas, fusailamientos, racionamientos de servicios y alimentos y toda penuria impuesta por el autoritarismo fascista contra el pueblo.
El resurgimiento del país debió pasar décadas. Sin embargo, él decidió reestrenar cada día la vida y con su 1.85 m., de estatura, más su energía inquietante, se volcó hacia la natación y el baloncesto y llegó a formar parte de equipos de deporte local. Tocaba la guitarra con pasión vibrante y entonaba con emoción canciones de Los Panchos y Jorge Negrete y el inolvidable pasodoble “Islas Canarias”, del tradicional grupo canario Los Sabandeños.
Pero el amor tenía reservada una sorpresa y un día, sin más, conoció a María Isabel, “Maribel”, la mujer con quien habría de escribir su historia más importante. De estatura pequeña, piel blanca, figura espigada, cabello corto castaño y con rizos acicalados en forma coqueta. Sus ojos marrones, la delicada forma de hablar y reír fueron pócima letal contra la libertad de Arnoldo. Él acostumbraba mirarla a lo lejos cuando ella se disponía a ir a bailar en un casino del lugar.
Dicen que el amor ejerce una fascinación más poderosa que el terror y al cabo de poco tiempo él sintió el apremio irresistible de empezar una vida junto a ella; entendió que un camino a solas es un simple viaje, pero en compañía puede convertirse en una aventura. Se casaron en 1962.
Junto a su esposo, Maribel dio vida a cinco hijos que crecieron jugando en una playa y cobijados por un eterno sol. Fue propietario de un bar llamado “Capri”. Años más tarde, como toda tribu, empacaron sus bártulos y se marcharon a escribir una nueva historia en la isla de Tenerife. Allí trabajó como vendedor de las populares cajas registradoras
“Gisper”, en una ciudad que recién despertaba al comercio y al turismo, donde la agricultura era la principal actividad debido a las grandes extensiones de plataneras y tomateras.
Las necesidades familiares aumentaban a causa de la voracidad de cinco mocosos que comían y se desarrollaban sin parar. Aun así, cada Día de Reyes se ingeniaba para entregarles obsequios que escondía bajo la cama, dentro de la bañera o en el armario,así que el amor era lo suficientemente poderoso para vencer la estrechez, las limitaciones y la escasez.
Poco después, optó por trabajar como profesor de autoescuela, llegando a fundar su propia escuela de conducción.
Pero el tiempo como la marea no espera a nadie: los hijos crecen y se marchan, los años pasan dejando huella, y luego descubrimos que el tema de la vejez es un sufrimiento obligatorio y sagrado. A sus 89 años Arnoldo continúa sentándose cómodamente en su terraza y fija la mirada en el horizonte azul que dibuja el mar; a momentos lee los diarios que le llevan sus hijos y no interesa si las noticias son de hace un día o una semana, igual mantiene el asombro con la información.
Cada día y silenciosamente la mayoría de sus recuerdos se adormecen y desaparecen, como arena que arrastran las olas, a causa del Alhzeimer y la demencia senil. Dos padecimientos tan infames como injustos que deberían ser tratados de un modo más intimista y sensible, porque la agonía física, biológica y natural del cuerpo es nada comparada con el dolor que produce el olvido.
Nadie quiere habitar en él ni mucho menos queremos ser olvidados por quienes amamos. Olvidar es otra forma de partir.
Él mantiene cierta lucidez y aún reconoce a sus hijos, aunque ha dejado de preguntar por su esposa, quien falleció hace más de dos años. En este punto, la bruma en su memoria fue benévola y le ahorró la tristeza de despedirse de su compañera de vida y luego aprender a sobrevivir sin ella.
A ratos comenta con lenta dulzura alguna anécdota de juventud, luego su mente se ofusca, se aturde por el avance del desgaste neurológico y las palabras no brotan con naturalidad lógica para expresar sus ideas y sentimientos. Entonces se molesta y revela contra esa plaga que le arrebata sus preciados recuerdos. Intenta decir lo que siente, pero no puede. A veces, simplemente, saca su pañuelo y llora…
En mi caso, cada encuentro con él es un nuevo comienzo.
-Papá, te presento a Magaly, que vino desde Ecuador.
– Tanto gusto, me dice, y reiniciamos todo el protocolo de bienvenida.
Sus hijos han pasado a ser los nuevos padres: lo cuidan, lo acompañan, lo alimentan y atienden sus demandas básicas, pues a veces el olvido es tanto que anula la destreza y lo convierte nuevamente en un niño.
Por un momento, y como un milagro momentáneo del cielo, Arnoldo recuerda su habilidad para nadar y el tiempo que pasaba embelesado en las profundidades del mar. Quizás el olvido triture ciertas partes de la mente, pero jamás borrará la esencia que define su alma.
Cuando los padres olvidan o mueren, también se borra una parte de nosotros. Por tanto, dejarlos partir sin escudriñar en el tesoro de su memoria es ser doblemente huérfanos. Por ello, si aún es posible, sentémonos a su lado y hagámoslos hablar. No los dejemos partir sin haber honrado su paso por este mundo.
Tengamos la paciencia, la inteligencia y la sensibilidad de adentrarnos en sus recuerdos, quedarnos con un retazo de su pasado, ser testigos privilegiados de su historia cobijados por un sol que no se apaga jamás.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista semanal del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Actualmente reside en España.

*Fotografía: Archivo familiar

 

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