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«Extraños en el bus». Una historia de Franklin Briones

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«En el bus se arma tal lloriqueo que me da la impresión de que aquí no ha habido un intercambio de objetos sino una matanza de inocentes (…). A mi lado, la joven lectora parece escrutarlo todo. Finalmente, como si recordara algo, se detiene en mí. Siento que tiene la intención de ponerme en evidencia».

Por Franklin Briones*

Para Almendra Tello

Como cada vez que salgo a lo de hoy, espero en una parada hasta que veo venir un bus «Solo sentados» que me dé buena vibra. Esto es fundamental. De modo que recién cuando subo, pago y tomo asiento en la última fila, es que marco en mi celular y ratifico qué línea he tomado y el número del bus.
Sentarme en el centro de la que llaman «fila de los locos» me proporciona una visión inmejorable de lo que pueda ocurrir. Puedo dominarlo casi todo, atender la mayoría de las reacciones de quienes ocupan los asientos.
Hoy los pasajeros parecen estar cortados por la misma tijera, no tanto por el parecido racial sino por la actitud: van todos ocupados en atender sus celulares. Todos, excepto una chica. Una chica que -no me lo van a creer- lee un libro.
Ser testigo de algo tan inusual está a punto de hacerme olvidar mi papel en esta historia. Sobre todo porque me desconcierta su nivel de concentración.
¿Qué trama tan fascinante será esa que no le permite perturbarse ni por el zangoloteo del bus sobre las calles con baches o el constante subir y bajar de la gente en las paradas?
Por cierto, es necesario decir que nadie se ha atrevido a sentarse junto a ella. Tres –quizá cuatro- se han detenido cerca, la han mirado y se han alejado en busca de otro lugar.
Es entonces cuando recuerdo aquel refrán de que no hay quinto malo, y me levanto, y camino hacia su fila y me siento a su lado, dispuesto a demostrarme que no a todos los hombres asusta una mujer que lee.
Ella ni se inmuta.
Y entonces suena mi celular. Lo saco (es tan viejo y sencillo que debería darme cierta vergüenza) y aviso:
—Vale la pena: al menos diez inteligentes.
La lectora parece denotar cierto interés en lo que he dicho. Me mira apenas una micra y retorna a su lectura. Cuelgo y luego trato de descubrir qué obra es y de quién. Asunto difícil: mis ojos ya no dan para leer a tanta distancia.
En la siguiente parada dos chicos suben, sacan sus pistolas, y sentencian:
—¡Si nadie se mueve…
—… nadie se muere!
Lo que ocurre a continuación parece una coreografía muy bien ensayada: uno se queda plantado allí mismo, las piernas bien abiertas, con el arma en un constante ir y venir horizontal listo para disparar si fuese necesario. El otro camina hacia el fondo del bus, asume una posición igual a la de su aliado y entonces grita:
—¡Hey, anciano! ¡El de la camiseta verde!
Con esa particularidad es obvio que el llamado es para mí y, según el guion, debería levantar las manos de inmediato y volver mi rostro y pedir con voz entrecortada:
—Por favor, no me haga daño. Haré lo que usted quiera, pero no me mate.
Solo que justo un par de segundos antes la chica que lee ha cerrado su libro y se ha puesto atenta, en espera de lo que fuese a suceder. Cuando el chico desde atrás grita: «¡Hey anciano! ¡El de la camisa verde!”, ella me mira el rostro, luego el color de la camisa, otra vez el rostro y me susurra:
—Es a usted, señor.
Yo hago como que la cosa no es conmigo y me inclino un poco para leer la tapa de su libro: Dos extraños en un tren, de Patricia Highsmith.
Yo me quedo algo patidifuso. La miro: no pasa de veinte.
—Excelente novela —le digo—. Alfred Hitchcock la adaptó al cine. ¡Una historia tan bien construida! ¿Le gusta el suspenso?
—Por supuesto —responde, sin desligarse de los delincuentes—. Si un libro o película no tiene eso, no vale la pena. También aquí hay un poco de suspenso.
Yo asiento y le sonrío mientras me levanto, me pongo en situación, e imploro:
—Por favor, no me mate. Haré lo que usted diga, pero no me mate.
—Venga —me pide el chico—. Tome esto.
Es una mochila que antes colgaba de sus hombros y ahora la deposita en el suelo.
—Ábrala —me ordena.
Lo hago de inmediato. Está repleta de libros. Tantos que algunos caen.
—Dele uno a cada pasajero —me ordena el chico más cercano mientras el otro empieza una perorata, con ese acento a leguas fingido:
—Buenas tardes, damitas y caballeros, nos hemos subido a esta unidad de transporte gracias a la buena voluntad del señor chófer, a trabajar honradamente, después de estar en la cárcel más de un año. Pero no por robo, damitas y caballeros, sino por ejecutar a unos mal educados. O sea, no éramos choros sino más bien sicarios.
Para entonces ya estoy entregando los primeros libros. De atrás para adelante. Apuntados, como están, no hay quien se resista, aunque no faltan las caras feas.
—Pero eso ya es historia —continúa el exsicario—, damitas y caballeros. Ya estamos regenerados. Hemos pagado nuestra deuda con la sociedad. Ahora, como ya han visto, no hemos venido solos, sino acompañados de unos libros maravillosos que el anciano aquí presente se ofreció a entregarles en sus asientos. No lo dejen con la mano estirada, damitas y caballeros. Recuerden que no nos gusta la mala educación.
Mueve el arma para darle peso a sus palabras mientras yo continúo con el reparto hasta que termino. Levanto entonces las manos y les muestro que me sobran dos libros.
—Para usted, anciano —me dice el chico de la parte trasera.
Yo hago un gesto de agradecimiento y vuelvo a sentarme junto a la lectora, cuyos ojos no han dejado de ir de uno a otro delincuente.
—Usted se preguntará cuánto le cuesta, cuánto le vale… Pues, damitas y caballeros, esos maravillosos libros que ahora tienen en sus manos no les cuestan ni cinco dólares, ni tres dólares, ni siquiera uno. ¡No les cuestan nada! ¡Nada más que el celular que llevan!
Y al unísono:
—¡Bájense todos con sus celulares, carajo! ¡Solo inteligentes! Los otros, los que solo sirven para llamar, pueden quedárselos.
Ahí empiezan un barrido en ambos sentidos.
Y en un santiamén, la mochila que antes cobijó libros ahora guarda celulares.
En el siguiente acto, los chicos corren hacia la salida mientras el bus se detiene.
El asunto ha durado exactamente lo que tarda ir de una parada a otra, en este sector tan congestionado.
Antes de bajar, uno de los muchachos (qué importa cuál) anuncia:
—No podemos irnos sin darles una buena noticia, damitas y caballeros: El que quiera recuperar su aparatito solo tiene que leer el libro que le tocó y llamar después a su propio número. Nos cuenta lo que leyó y, si pasa la prueba, se lo devolvemos.
—¡Lea un libro y recupere no solo su celular, sino su vida! —grita el otro.
Y bajan y desaparecen entre el tráfico.
En el bus se arma tal lloriqueo que me da la impresión de que aquí no ha habido un intercambio de objetos sino una matanza de inocentes.
A mi lado, la joven lectora parece escrutarlo todo. Finalmente, como si recordara algo, se detiene en mí. Siento que tiene la intención de ponerme en evidencia.
—Qué libro le tocó.
—Eso no importa ahora —responde seca.
—Sí importa —le digo—. Debo bajarme en la siguiente parada, pero antes quería obsequiarle este par de libros. Mire este: también es de Patricia Highsmith: El talento de Míster Ripley, el cual es un fascinante viaje a las tinieblas. Le encantará. Y este otro, de nombre muy largo: ¿Por qué los caracoles tienen antenas si no son insectos?, de un tal Briones.
Se los ofrezco, pero ella los ignora, me mira a los ojos:
—Usted es parte de la banda.
—¿Perdón?
—Usted dijo por teléfono: «Vale la pena. Al menos diez son inteligentes».
Cada palabra suya martillea mi cabeza.
—Y me he puesto a contar —sigue— y, efectivamente, al menos fueron diez.
Me siento perdido. Sin embargo, intento sonreír.
—¿Por qué sonríe?
—Porque usted es la mejor prueba de que una mujer que lee es una mujer peligrosa.

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*Este relato forma parte del libro Coitus Interrumptus, del escritor manabita Franklin Briones, quien gentilmente ha cedido el texto para su publicación en nuestro portal loscronistas.net

© Eric Benier

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