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Por Viviana Garcés-Vargas*

“He knows that God
Understands him
Because God is also a man.
Because God is also a man”.
Mon Laferte

Lucía Carabalí era una joven de cabello reptiliano, frondoso, lleno de bucles que debía ser cubierto con la gorra verde aceituna institucional. De mirada petrificante, altiva, mortífera. Sus compañeros no se atrevían a mirarla con profundidad, sus superiores la examinaban apetitosamente. Lucía tenía 20 años. Dos décadas aspirando a “Servir y
proteger”. Dos decenas de primaveras en la cual su única fantasía era: “Ofrendar la vida si fuese necesario”. No obstante, la utopía de aprehender a los delincuentes transgrediría su cuerpo y voluntad.
Lucía provenía de La Guacharaca, uno de los barrios más conflictivos de Esmeraldas. Esa favela donde su referencia más cercana era el miedo con el cual la gente vivía, mientras cantaban “Que Dios te bendiga” en forma de vallenato, asomados a los balcones de sus hogares. La adolescente había aprendido a esquivar instintivamente los cartuchos de alto calibre que los militares lanzaban en el punto caliente, luego de encontrar los cuerpos de dos de sus vecinos colgados en el puente frente a su colegio.
La trigueña de ojos almíbar y shorts descaderados pretendía que su barriada de estandarte verde, rojo y blanco pueda volver a dormir sin tener que escuchar como los chicos practicaban en las madrugadas su puntería con ametralladoras y fusiles. Por esa razón decidió viajar al castillo de Grayskull, en Quito, a esa fortaleza impenetrable,
para enamorarse del uniforme y obtener un título de tercer nivel en ciencias policiales.
El edificio de cuatro pisos se disfrazaba ante los ojos de la aspirante como un reducto hermético y lóbrego. El alcázar, conocido como la guarida de los antihéroes, era el lugar donde obtenían sus poderes para simular que combatían el mal. La calavera gris estaba a un costado de la Escuela Superior de Agentes rodeado de árboles de ricina
de diferentes tamaños. La entrada contenía una puerta de vidrio metálica. A la izquierda, cuartos de instructores y oficiales. A la derecha, las gradas de madera antigua. Paredes de gypsum endebles donde se filtraban todos los sonidos, en especial los gemidos femeninos y las juergas ilegales.
La cadete antes de refugiarse al nororiente de la capital, cerca de la Mitad del Mundo se había esforzado en su natal tierra San Mateo de Esmeraldas para obtener 750 puntos en la prueba Ser Bachiller. Nadaba 50 metros diarios en las grandes olas de Las Palmas y se probaba a sí misma cuántas millas podría hacer en el menor tiempo posible corriendo por el malecón para acceder a las pruebas físicas. Medir 1.57 metros y no tener antecedentes la ayudaría a ser parte de las filas policiacas.

Lucía llegó con maleta en mano y disimulando su nerviosismo al pie de la garita de la Escuela Superior de Agentes, luego de seis horas de viaje en Trans Esmeraldas.
Cabeza altiva, sin inmutarse de su competencia. Sería el último día que Carabalí dormiría pensando que en ese recinto formaban hombres y mujeres de honor.
El castillo de Grayskull formaba parte de una ciudadela privada donde el sol impactaba con fuerza en las mañanas y las noches el frío entumecía los huesos. El baluarte constaba de guardianía invidente las 24 horas, césped preservado, canchas de fútbol, parqueaderos, zonas verdes, comedores, edificios donde se impartían las
clases y habitaciones angostas en las que cabía una cama de plaza y media y un armario diminuto para los estudiantes.
En la ceremonia de ingreso estarían presentes padres de familia sentados en las gradas del patio principal, el ministro del Interior, el Alto Mando de la Policía y autoridades invitadas. El coronel Julio Chiluiza, conocido como He-Man, de voz grave y muy profunda, daría la bienvenida a los cadetes, incentivándolos a servir a la ciudadanía. Chiluiza hizo la entrega simbólica de un banderín a una representante de los cadetes. Lucía fue la escogida. Chiluiza, trazando una sonrisa, felicitó a los cadetes por ingresar a la Escuela Superior de Agentes.
Carabalí empezaba su rutina a las 4 AM alistándose para trotar. Escondía su cabello ondulado en una gorra de tela azul eléctrico con el escudo agónico del Ecuador.
Ocultaba la voluptuosidad de su esqueleto en una chompa blanca con azul. Unpantalón cardenal holgado, camiseta  de hilo del mismo color y zapatos de caucho blancos. Los 421 cadetes cantaban a todo pulmón:

“Servir y proteger es mi misión
para cuidar a mi Ecuador,
todos tenemos mucho valor
y ser policía es un honor
día a día se demostrará
que el policía se respetará
trabaja y trabaja sin parar
para ayudar a mi ciudad”.

Luego del entrenamiento, los alumnos se dirigían a recibir clases. La malla curricular constaba de cátedras como ética de derechos humanos y metodología de investigación, en medio de un edificio de paredes blancas con azul y techo naranja.
En ese momento, Lucía, con su chaqueta torera esmeralda y las insignias adquiridas en natación, camisa kaki, corbata negra, cinturón de serpientes venenosas entrelazadas con una hebilla, falda color aceituna y zapatos con tacón de una pulgada de ancho, entendió que los ocho semestres de estudio y las tres horas de sueño diario la convertirían en una dama de paz.
Cada estudiante debía cumplir guardia nocturna como parte del internado. Lucía empezó a hacer su ronda a las dos de la mañana cerca de la garita principal. Los ojos de Grayskull se cegaron de inmediato cuando la cadete fue interceptada por un chillido abismal que iba encapuchado sin llevar parches en la chompa. Retumbaban en los oídos de Carabalí carcajadas masculinas que le decían: “Si antes no me hacías caso, ahora sí lo harás”. Tomó a Lucía por la espalda, restregó su pecho abultado y tostado, colocó su sexo en medio de los muslos de la cadete y le absorbió todos sus poderes.
Lucía debía despertar a las cuatro de la mañana para las pruebas de velocidad. Fueron dos horas en donde la cadete se restregó con violencia su osamenta indefensa. Lavó su pantalón y la braga, que llevaba una mezcla entre plasma y fluido corporal. Secó sus lágrimas y lavó sus colmillos afilados. Los ojos de almíbar se derritieron. No volvieron a brillar más.
Al otro día, Carabalí salió franco en esa noche bruma y pesarosa y decidió sin mucha esperanza acercarse a la Fiscalía del Estado a relatar lo sucedido. Era un inmueble gris y azul que la engullía por su inmensidad. En la Unidad de Delitos Sexuales y Violencia Intrafamiliar, la fiscal Carmen Montenegro le instó a sentarse. A Lucía le temblaban las piernas. No pudo atisbar a la jurisconsulta. Su mirada arrogante dejó de existir. Balbuceaba recordando el estupro. Evocaba los chillidos del instructor, el pasamontañas que negó reconocer su rostro. La inquisidora la dirigió a
asistencia psicológica. Lucía decidió salir de allí.
Regresó de inmediato al tártaro para intentar dormir. Su piel se encontraba magullada debido a los tirones realizados con la esponja. Cerró los ojos por primera vez en dos noches y evocaba sin cesar cómo habían estrujado sus senos voluminosos. Decidió desde ese momento protegerse de sí misma.
La denuncia llegó a la Escuela de Agentes. Sus compañeros murmuraban. Los instructores no la tomaban en cuenta. El castillo de Grayskull enmudeció. Lucía despertaba en las madrugadas cubierta de esperma, oliendo a orina, los labios despellejados, el cuello lleno de cardenales, el pantalón pijama hecho añicos.
Lucía empezó a tiritar por la ansiedad. Para no ser sancionada por la Escuela de Agentes, fue derivada a jardinería. Empezó a recolectar los frutos llamativos y cubiertos de espinas que provenían del robusto árbol de higuerilla. Este
arbusto, que solo crecía en el verano quiteño, llamó la atención del instructor He-Man, que intentó congraciarse con Lucía y la acompañaba en la siembra de las plantas arbóreas. Esa noche, antes de dormir, la cadete reconoció los tenues berridos del profesor: eran los mismos del encapuchado.
Antes del crepúsculo, la cadete había invitado a algunos de sus instructores al área verde para refrescarse con una jarra de té.  Como ella había previsto, el único que acudió a su llamado fue He-Man. Lucía se regocijó. Sirvió una taza de la infusión de jamaica y le brindó. Chiluiza, casi de inmediato, empezó a convulsionar. El castillo de Grayskull volteó la mirada y se cubrió los oídos. Desde aquella noche, Lucía no volvió a sufrir pesadillas.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. Ha publicado su primer libro de cuentos, «La última pasión” (2021), y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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