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«Recortes», de Cindy Jiménez

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Recortes, de Cindy Jiménez es un libro de relatos publicado por Cuerpo de voces, que nos demuestra que aunque todos quisiéramos volver al tiempo de la ignorancia, cuando fuimos falsamente felices, después de su lectura es inútil, porque lo que queda en claro es que no existen los finales felices.

Por Vinicio Manotoa Benavides*

1.

Un recorte establece un perímetro imaginario. Hay una superficie, tal vez un territorio, tal vez un cuerpo, o un orden de sentido, y el gesto de perturbar esta cartografía con una demarcación inusual abre el espacio al intersticio. Se trata de un no-lugar donde puede acontecer cualquier cosa o, mejor dicho, donde coexisten en condición de potencia todas las posibilidades.

La apertura es a su vez una grieta, una fisura, un intervalo roto que se sostiene entre dos orillas de silencio. Walter Benjamin utilizó el tropo del ‘pasaje’ para hablar sobre las derivas inusitadas de la subjetividad moderna para aprehenderse de otra manera. Las iluminaciones constituyen, de esta forma, una tentativa para entender el lugar del ser humano que camina a través de los umbrales de la realidad capitalista. Creo que el sentido de los recortes de Cindy Jiménez coincide con este horizonte crítico: configurar un espacio diferente para la emergencia de nuevas posibilidades de existencia para reimaginar lo humano, lo social y lo histórico.

En Una habitación propia, Virginia Woolf imagina una estancia epocal para el devenir de la subjetividad femenina en la sociedad contemporánea. Lo plantea en términos económicos, políticos, estéticos y culturales para subvertir el ordenamiento del espacio público de la sociedad burguesa. Para la autora de Las olas, la mujer escritora requiere de un conjunto de decisiones vitales en capacidad de cuestionar la hegemonía masculina de la escritura desde lo personal y mínimo. Por eso, la epifanía doméstica se traduce en una anti-teología donde la mujer, en su condición de sujeto productivo de la sociedad capitalista, inventa otra mirada sobre sí misma desde la enunciación íntima. Lo íntimo, al contrario del lugar privado donde se reproducen las normas y convenciones sociales, supone un espacio contra-hegemónico, libidinal, fantasmático, que tiene la capacidad de re-crear el mundo dado, a través de la imaginación. En este sentido, la obra de Cindy Jiménez condensa una mirada semejante. Desde lo inmediato, desde lo pequeño, desde lo anti-literario, desde la materia orgánica que compone el curso de días y de noches que acontecen en nuestras existencias, ensaya una escritura que se deslinda de los géneros, de las formas, de las preguntas oficiales, para descentrar la presencia de lo íntimo y apelar a lo diferente, a lo extraño y a lo perturbador.

Que es, en opinión de Mónica Ojeda, una de las más urgentes cuestiones de la escritura contemporánea: perturbar lo establecido.

En un estilo que podría calificarse de epigramático o ensayístico, Cindy Jiménez elabora la visión poética de un mundo que no puede nombrarse. Sabemos desde el título que se nos presentará el fragmento de algo. Quizá la versión de algo que no conocemos por completo. Quizá la parte de un cuerpo despedazado en la maquinaria productiva de la sensibilidad mediatizada sobre el presente. O la excreción de un proceso del que no tenemos control, como nos advirtió Ciryl Connolly en Los enemigos de la promesa sobre nuestra precaria capacidad de intervención en la historia. Es decir, no sabemos ni podemos nada. De nuevo, la incertidumbre se erige como un mástil de niebla para hundirse rápidamente en el naufragio del olvido. Sabemos, de ante mano, que se trata de una escritura que pulveriza la solemnidad de los discursos, ya que, en el fondo de nosotros, respira un monstruo insensato, poco avezado en las mediocres diatribas de la fama, que pelea por la voz propia. El hecho que no exista en cuanto tal un mundo de referencias inmediatas no importa. Hay una voz que anhela nombrarse, deshilvanarse en la lenta pronunciación de lo inexistente, la trayectoria que es en simultáneo caída y salto.

2.

El recorte en plural pronuncia una voz que se sabe vulnerable desde el principio, si es que cabe hablar de un inicio. Un tiempo sin comienzo o final explícitos se encuentra en movimiento. De ahí que la escritura apele al juego. La lúdica, como prefiguró Johan Huizinga, supone la suspensión del tiempo productivo. El recorte de ‘La última cena’ sugiere que la notación numérica es arbitraria. Las matemáticas funcionan como anzuelo para deconstruir la teología de lo próximo. Aparecen dioses sin tragedia y sin gracia que deambulan como personas desempleadas en la inmovilidad de las oficinas de gobierno. ‘Mesías’, en cambio, insinúa una concepción materialista de la vida y de la existencia, aunque, desde un humor corrosivo que nos insta a levantar la cabeza del texto. El homo ludens es un pez dorado en búsqueda de una pecera que integre su vocación por el cuestionamiento de las coordenadas con lo fabuloso, intempestivo e inesperado de la realidad. De ahí que, muchos de los personajes presentes en este inventario de ludópatas experimenten la mutación como el acontecimiento vital más importante. Hay otro lado del mundo. Otra esquina donde se puede pensar con ilusión y ternura, con hambre y fe, con rabia e indignación.

La proximidad mínima de lo íntimo se construye desde lo subjetivo radical: lo onírico. Estamos hechos de sueños, de pesadillas, de alucinaciones sociales que regurgitan en la esfera simbólica del porvenir. Y pese a eso, el empeño por asirnos a lo empírico y real, nos enferma.

Como decía Goya, los sueños de la razón engendran monstruos. Que, en el caso de la obra de Cindy Jiménez, están constituidos por intuiciones, anhelos, e imposibilidad del deseo. Desde lo onírico, se configura una intuición por lo mítico como estrategia de relectura de la historia. Así ‘Killari’ funciona como un puente entre dos temporalidades. La sexualidad se plantea como principio genético del cosmos, pese a que hoy esta concepción se encuentre hollada por la fabricación lívida de imágenes sexuales de la sociedad de consumo. El sueño permite la proyección de un anhelo. Así en «Conversación y cena» se estructura una especie de plegaria con el absurdo de la existencia y la estupidez que rige el sistema de convenciones sociales.

Todos somos parte de una conversación interminable, como la broma infinita de David Foster Wallace, de la que poco sabemos, pero que atraviesa nuestras sensibilidades, por sí mismas truculentas, horrorosas y aberrantes. La pesadilla permite, en cambio, que el deseo se construya como una contradicción. Deseamos lo ausente. Somos en lo no sido. ‘Fantasmas’ nos muestra cómo el dolor por la pérdida nos exilia de todos y de nadie, convirtiéndonos en parias de nuestra propia estirpe. Espectros de otras circunstancias sostienen nuestro paso cotidiano. En este contexto, ‘Alas rojas’ podría muy bien funcionar como una poética de escritura. La colisión del blanco significaría, posiblemente, la invención de aventuras para una ficción autorreflexiva, en la que la mujer que teclea suscribe las conjeturas necesarias para la supresión de los mundos históricos dados: escribir es respirar, dilatar, cegar la existencia de los otros que existen en uno.

Hay, por otra parte, un cuerpo inscrito en una subjetividad sin etiquetas. ‘Ojos’ es un recorte que en su instantánea singularidad dialoga con una tradición metafísica de siglos. Y acepta la presencia de la noche como posibilidad de hacer visibles astros hasta entonces desconocidos a la gramática de la vigilia. Y, a pesar que, aparezca una visión escópica del cuerpo, propia del régimen de representación capitalista, la acción de mutilar, por descuido, la presencia posible del personaje colectivo, hace del yo una instancia de transgresión. Esta toma de postura por un cuerpo sumergido en la ingravidez de la experiencia nocturna, que fue común en el alto romanticismo de la escuela de Jena, se encuentra manifiesto en ‘El reencuentro’. Constanza intenta valerse del lenguaje para comunicar a Benjamín la existencia de un mundo de sombras que de seguro lo apresará. Pero ella no es escuchada. Lo sombrío implica de esta manera incomunicación, aislamiento, desconocimiento mutuo, la postergación de cualquier esperanza.

No puede comunicarse con él porque lo ama. El amor nos convierte en habitantes de una realidad inhóspita, agresiva, que hace del horror la norma constitutiva que solo puede aprenderse a través de indicios. En otras palabras, Cindy Jiménez nos recuerda, a través de esta historia fantástica, que el amor es resistencia a ser salvados. El cuerpo despedazado por la violencia del presente se recrea en una atmósfera de correspondencias intersubjetivas. La noche es la aceptación de la tragedia, de la enfermedad, de la miseria y de la muerte, como elementos constitutivos de la vida humana, pero el cuerpo anhela contaminarse en otros. O, tal cual, se escribe en ‘Susana’: Duele el alma que nuestros monstruos nos unan.

3.

La amistad aparece en Recortes como un tropo invisible que vertebra todos los fragmentos. Cindy Jiménez inventa una cartografía afectiva de lo femenino, pequeño y próximo, para deslegitimar el discurso oficial de la literatura ecuatoriana. En el panorama de nuestra tradición, Recortes colinda con la poética irreverente de Raúl Arias, con el humor cáustico de Ramiro Oviedo, con la visión esquizoide del sujeto de Pablo Palacio y Hugo Mayo, con la forma micro de Iván Egüéz, de Jorge Dávila Vásquez y de Salvador Izquierdo, con la concepción mítica de la existencia social de César Dávila Andrade, con la mirada crítica de lo perturbador de Mónica Ojeda, Sandra Araya y Gabriela Ponce, con lo abyecto y aberrante de Adriano Valarezo y Martínez Zúñiga. Creo que todos anhelamos entrar en la ciudad de los sueños y que este ímpetu por lo inexplorado no es, en modo alguno, una forma de evasión, sino una transformación íntima de lo que el mundo, en su inapelable violencia, ha hecho de nosotros.

La ficción es, en este sentido, un antídoto no sólo contra la lógica de la realidad, sino contra el cáncer de las explicaciones. Aunque todos quisiéramos volver al tiempo de la ignorancia cuando fuimos falsamente felices, después de la lectura de una obra de este calibre, hacerlo es inútil, porque lo que queda en claro, quizá, es que no existen los finales felices. Recortes es una marginalia de excentricidades lanzadas, a manera de fogonazos de colores contra los rostros pálidos de los jueces del sentido común, para avivar las moscas del cerebro. Su vuelo es un disparo letal en el corazón de la cursilería, la autocensura y el eufemismo y el discurso de lo políticamente correcto.

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*Vinicio Manota Benavides nació en Santo Domingo. Estudió literatura en la Universidad Central del Ecuador y en la Universidad Andina Simón Bolívar. Ganador del concurso de Poesía Alfonso Chávez Jara con el libro La máquina del grito, y ganador del concurso interfacultades José Saramago en la categoría de cuento. Textos suyos han aparecido en antologías. Es colaborador de la editorial educativa Ecuafuturo y docente secundario en la Unidad Educativa Eloy Alfaro. Sus más recientes libros son el poemario Los cuadernos del desamparo y la novela El desierto de los días futuros. Es integrante de la comunidad de loscronistas.net

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