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Después de la tormenta

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En la Plaza solo se sentía un viento huracanado, la Catedral que está sobre la  plaza se encuentra en reparación y las maderas, sombrillas de los restaurantes y macetas volaban mientras la gente gritaba en todos los idiomas. 

Por Yahaira Recalde*

Durante días pasé dándole vueltas en mi cabeza ¿C.ómo era posible que existiera una ciudad entre canales, sin caminos, sin autos? Y debo admitir que, más que curiosidad, me daba miedo.

Un tren me llevó al destino de Aquamán. Apenas salí de la estación un hombre de talla mediana, facciones fuertes y ojeras profundas me preguntó en un inglés con mucho acento -no como el mío, que es británico- ¿Hacia dónde vas?,  a la Plaza de San Marcos, respondí, sin más preguntas tomó mi equipaje y me llevó a una estación de taxis de agua mientras yo apuraba el paso detrás de él, me cobró un valor, me dio un ticket y me enseñó la ruta y la parada dónde
debía bajarme.

Durante el trayecto yo seguía sin entender cómo funciona esa ciudad irreal, las fachadas de las construcciones  son de colores o lo fueron alguna vez, pues el agua y el paso del tiempo logran un efecto de póster arrugado o desteñido.

Las ventanas se juntan todas como cajas de fósforos y en ellas aparece  uno que otro niño saludando a los turistas.

Yo no cerraba la boca, pero no era admiración lo que me provocaba, seguía siendo miedo a lo desconocido, a lo que no podía entender quería irme pronto de allí.

Llegamos a la Plaza de San Marcos, tomé mis maletas, me detuve junto a un puesto de venta de máscaras típicas del lugar, anillos de murano, bolsos con la imagen de un gondolero, apliques para refrigerador, paraguas y ponchos de agua.

El Google Maps me indicaba que estaba a 10 minutos de mi hotel, avancé algunos pasos fingiendo saber dónde estaba el noreste y me encontré con la Basílica, el Campanile y el Museo de Correr.

El lugar es imponente, majestuoso y yo lo único que quería era tomar el vuelo a mi siguiente destino.

Con algunos recálculos de ruta avancé hasta uno de los canales, me impresionaron su estrechez y la forma en la que se van abriendo paso, justo cuando parece que se han terminado se conectan con un nuevo. A mi paso, varias tiendas pequeñas y lujosas me iban mostrando una serie de contrastes frente a un local de venta de revistas, gorras, bambalinas. MaxMara presentaba su última colección.

Al final del canal que me conducía al hotel encontré un puente diminuto con cinco escaleras de subida y bajada, cargar mi equipaje para cruzarlo fue una tarea que aumentaba mi malestar.

Llegué al hotel, la recepción era minúscula y sin embargo la comodidad y despliegue tecnológico de la habitación era una más de las contradicciones que mi cabeza continúa sin asimilar.

Después de beber el trago más costoso de mi paseo y escuchar en la plaza a una banda de octogenarios tocar Pretty Woman me fui a dormir.

La mañana siguiente transcurrió sin mayores emociones y contando las horas para irme de allí.

Después de hacer el check out, precisamente cuando salía al muelle con mi equipaje, mi mochila y mi bolso de mano empezó a llover. Sabiendo que la  estación del bus acuático no estaba lejos decidí continuar. Para mojarme lo menos posible paré en aquel pequeño local a comprar un poncho de aguas y un paraguas.

Logré avanzar cinco pasos y empezó una tormenta de agua y eléctrica de terror. La corriente de gente desesperada que gritaba y corría me arrastró hasta el final del pasaje que daba a la Plaza San Marcos.

En la Plaza solo se veía un viento huracanado, la Catedral que está sobre la  plaza se encuentra en reparación y las maderas, sombrillas de los restaurantes y macetas volaban mientras la gente gritaba en todos los idiomas.

Mi maleta se cayó y yo corría contracorriente con el bolso de mano y la mochila.

Logré salvar mi maleta y corrí, de regreso al hotel, como nunca lo había hecho. Textualmente sentía que iba a perder la vida en el intento, llegué al pequeño puente, no sé cómo subí las gradas; en el medio las corrientes de aire opuestas no me dejaban avanzar, con todas mis fuerzas me aferré a mi bolso de mano -habría sido un gran momento para gritar cuidado con los arrecifes, pero no sé cómo se dice arrecife en italiano-.

En minutos que duraron un siglo llegué al hotel empapada de pies a cabeza y sin poder hablar.

Aún lloro mientras escribo y un escalofrío me recorre al leer las noticias de lo ocurrido aquel día.

Ahora estoy a salvo y lejos de mi versión del Titanic, pensando que cuando le pedí a la vida historias para mi próximo libro tal vez se me pasó un poco la mano.

_________________________________

*Yahaira Recalde, quiteña, es escritora e integra el grupo de colaboradores y colaboradoras de loscronistas.net  Ha publicado el libro «Y eso sería todo, básicamente», que fue el  más vendido por Librería Rayuela el año pasado. 

*Imagen tomada del portal RTVE, de España.

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