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«Las puertas de la noche», por Jorge Dávila Vázquez (fragmento)

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Por Jorge Dávila Vázquez *

 LAS PUERTAS DE LA NOCHE

 In memoriam Isabel Martínez y Antonio Santos, grandes actores.

Y a la memoria de Bruno Sáenz, extraordinario dramaturgo, una vez más.

__________________________________________

 Gabriel, sesentón, vestido formalmente, bebe un poco de alcohol y borronea algo, en un escritorio lleno de libros y papeles. De tiempo en tiempo, respira con dificultad y se lleva las manos al pecho. Luz un poco difusa.

Gabriel: Veinte, treinta años intentando escribirte esta carta, y nunca lo consigo. ¡Y pensar que juraba que escribiría un libro, no solo los malos poemas que te dediqué, y que no he sido capaz ni de escribirte esta carta, que pensaba llevaría mi vida! Me enredo. No logro. Quisiera explicarte los porqués y los cómos, pero es inútil. Nunca hemos tenido la oportunidad ideal de sentarnos y conversar, como dos seres maduros, serenos, mirando las cosas objetivamente, a distancia, sin agresividades, sin reclamos, sin gritos, sin estridencias… digamos, de modo imposible… en fin… (Arruga el papel y lo lanza al basurero. Recomienza la escritura, no sin pensar antes) Y esto…, no logro pasar del segundo párrafo: Querida Laura, no. Estimada Laura, no, solo Laura, eso, eso estaría bien, Laura: sabes que he pensado mucho antes de escribirte esta carta… No quisiera volver sobre la historia que tú ya conoces y que la vivimos tan intensa, dolorosamente. Fui un canalla, lo reconozco. Tal vez sea una estupidez el querer justificarme diciendo que tenía solo dieciocho años y que estaba desorientado. Nada puede justificar mi actitud. Esa frase cobarde que me ha perseguido por tres décadas: “¿estás segura que ese hijo es mío?”. Creo que ni tú ni yo hemos perdonado semejante canallada machista, tan típica y tan…, no encuentro el adjetivo.

(Queda un momento pensativo, se lleva las manos al pecho y se oye la voz estridente de Mariuchi)

Mariuchi: ¿No vas a acostarte? ¿Sigues bebiendo? ¿No bebiste suficiente? ¡Es tardísimo! ¡Mañana tenemos esa primera comunión, no te olvides! ¡Mañana! ¡Si ya son las dos! Dentro de unas horas. ¡Ya acuéstate, por favor!

Gabriel: Ya, ya, en un rato más.

Mariuchi: ¡Deja de beber! ¡Acuéstate!

Gabriel: ¡Pobre Mariuchi! Mi tío Alberto decía que la vida y la muerte están tras una puerta siempre. Ella estuvo tras la puerta debida. ¿Qué tal si cuando yo, medio huido de la paternidad que no quise aceptar, cobardemente, vine a tratar de estudiar Derecho acá en la capital, y fui a golpear la puerta del amigo de mi tío, el doctor Arauz (conocido entre sus íntimos, por muy afectuoso, como el doctor Melcocha), en pos de un pequeño empleo, no le hubiese encontrado a ella ahí detrás, sino uno de esos secretarios pretenciosos y engolados que nunca faltan? Pero no, quiso la suerte que estuviese mi Mariuchi. Yo tenía grabada la imagen preciosa de Laura, y la tendría, creo, por siempre, pero ella invadió mi corazón, “Gabrielito esto, Gabrielito aquello, vamos a hacer que el doctor Melcocha te encargue lo uno y lo otro y lo de más allá, y te enseñe estas cosas, que todavía no te enseñan en la Facultad, seguro que no, pero como él es un abogado diestro, te va a convertir en uno igual, y ya verás cómo pasas de ser su secretario a subsecretario del ministro X, a su Secretario e incluso a Ministro, es una carrera lenta, pero segura, y muy, muy productiva. Y así fue. Entonces comenzó el cambio de imagen, ¡por Dios, hijo, ya no estás en provincia, tengo unos amigos peluqueros, y un sastre que le cose al doctorcito y hasta al mismo presidente y una compañera que trae camisas y corbatas de Europa, y esos zapatos! ¡Qué horror! Ah, sí, sí, has mejorado, Gabriel, has mejorado, pero todavía te falta un detalle por aquí, otro por acá, y como no eres feo. ¡Perdón, perdón, eres guapísimo, mi guapísimo, qué caray! ¡Y la comida, y la casa, mejor te vienes a vivir conmigo, y me importa un comino lo que la gente diga!

» Y de pronto, un día, mira el vestido que me traigo de Francia para casarnos. Y yo queriendo decirle, pero, pero, y nada que hacer. Ya diseñé los partes, y quiero que vengan a la boda tu mami y tu hermana Chabela, nadie más. Y yo pensándote Laura, pero recordando que mi hermana me había contado de tu matrimonio y tus resquemores de no querer casarte de blanco, y las habilidades de Braulio Machault, ese comerciante bonachón y regordete, que podía ser tu padre, “no te preocupes, encargué a Brujas un traje en tono beige, no es propiamente blanco, Laura, te va a gustar. Y tú, melancólica, y el gordo mimando a mi hijo, al que nunca vería, como si no fuera suyo. ¡Tuve el castigo de la deslealtad, como un infierno en vida, Laura!

» Mamá, con su rostro triste y lejano, y tú, Mariuchi, deshaciéndote en atenciones. Chabela estuviste cordial y atenta, hiciste buenas migas con mi mujer, total, no le tenías mayor afecto a Laura ni a ninguna de las Balcázar, mamá tampoco, pero era más discreta. Me acordé de ella, me contaron, en la puerta de la casa, enfrentándole a tu padre, que iba revólver en mano a reclamar tu honra perdida, y doña Sebastiana Argudo, con ese temple que tuvo siempre, mientras yo me escondía bajo la cama de una beata, con cuyas polleras tuve que disfrazarme para salvar mi pobre vida, esta, que ahora tengo la impresión de que está llegando a su fin. (Se lleva ambas manos al pecho, respira hondo, sigue, un poco entrecortada, agitadamente).

» ¿Por qué no me casé contigo y vivimos pobremente, criando a nuestro bello hijo, en paz? No. Fui un cobarde, y felizmente tú no te diste por vencida. Era lindo el niño. Te pedí por intermedio de mi prima Marfuza una breve entrevista, y no sé cómo aceptaste. Era un parque, lejano y distante al de otros días en que mis amigos vagos cantaban valses tristes hasta la madrugada (entona: “la casa tenía una reja, pintada con quejas y cantos de amor”)… Otro sitio extraño, y tú con mi hijo, una veinteañera elegante con un sombrero europeo y un velo cubriéndote la cara. Seguro que Machault te exigía que salieras así a la calle. No hablamos de nada, fue la condición. ¿Qué dijimos? Cuatro cosas balbuceantes y un adiós, y un deseo de seguirte y decir algo más, algo, y la mano del pequeño despidiéndose para siempre. ¡Ah, la vida, tan cruel a veces!

» Me contó mi sobrino Juan Carlos que, cuando adolescente, Gabriel Eduardo descubrió que tú no le habías inscrito como hijo mío ni de Machaut, sino de padre desconocido, y entró en una crisis terrible. ¡Pobre de ti, me imagino que la pasaste muy mal! ¡Tener que contarle toda la historia a un muchacho, en la peor edad de la vida! Parece que hubo un alejamiento incluso de Braulio Machault, que ha sabido ser el padre que yo no fui.

» Ese hombre que semiduerme junto a Mariuchi soy y no soy yo, pues yo camino, agitado por esta playa sin fin, y esa mujer velada, en un traje violáceo, a la que quisiera alcanzar, ¿serás tú, Laura? ¿Y ese niño? No puede ser mi hijo. Mi hijo, no, él es un hombre, ya. El tiempo detenido, ¿no? Tú. como hace casi treinta años, y él como esa vez única, en ese parque ajeno “los años han pasado, terribles, malvados, dejando una esperanza que no ha de llegar. ¡Y recuerdo tu gesto travieso, después de aquel beso, robado al azahar!” ¿Te acuerdas de la huerta de las Marchena, del caserón en que vivías con tu familia? Nos besábamos entre las sombras, Laura, temblorosos. ¿Por qué no fue eterno ese instante? ¡Lauraaaaa! ¡No te vayas! ¡Espérameeee!

» Esta playa, ¿y el mar? ¿En dónde está el viejo mar de Homero, el de Odiseo? ¿En dónde? Solo es un rumor. Es la mar del señor Valery, “la mar, la mar, siempre recomenzada”. ¿En dónde? Oigo algo, pero a lo lejos un rizo, algo confuso, ¿será la muerte? La playa inmensa, ardiente. Camino, camino. ¡Ay! ¡Me ahogo! Hay unas puertas enormes. Tú has desaparecido, y también el niño. Solo queda la playa ardiente, y yo solo, solo, y esas puertas, a las que me acerco, me acerco… Cae la noche, pero esta arena me quema. Escucho un sollozo. Es Mariuchi. Mi pobre gorda, mi pobre… La voz de un hombre: “Está inconsciente. Hay que llevarle a la clínica. El corazón. El corazón. La presión. Ya llamé a los especialistas.”

» ¿Para qué, para qué? Voy llegando a las puertas de la noche… ya no te encuentro, Laura, ni a mi hijo, mi Gabriel Eduardo, que según me contó mi sobrino, el último agosto me siguió un mes entero, sin atreverse o animarse o… acercarse… y decirme…papá, hijoooo.  Y yo, idiota, pensando que era un agente, ¡ay, ayyy, el pechooooo! ¡Yo, y mis cambios de patrón, mis deslealtades también en la política…! ¡Un agente! ¡Hijoooo!

» Mariuchi dice “llama a los hijos, voy a buscarles”, claro, claro, dice el hombre, ¿el médico?

»Llego… a… las… puertas… llegooo… llego… ¡Adiós…Laura…adiós hijo…adiós Mariuchiiiii! ¡Adiós!»

(OSCURO)

 

Pieza teatral de Las puertas de la noche

La Caída, 2022

____________________________________________

*Jorge Dávila Vázquez nació en Cuenca, en 1947. Doctor en Filología por la Universidad de Cuenca, donde fue docente por 29 años. Crítico de literatura y arte. Primer recopilador y estudioso de la obra de César Dávila Andrade, 1984. Premio Aurelio Espinosa Pólit, en dos ocasiones, en novela y cuento. Premio César Dávila Andrade del Ministerio de Cultura y Patrimonio. Premio Nacional Eugenio Espejo al conjunto de su obra y a la labor difusora cultural, 2016. Presea Asamblea Nacional Dr. Vicente Rocafuerte a su obra literaria y a su “inspirador mensaje que enriquece el acervo cultural nacional”, 2020. Actualmente colabora como columnista en diario El Mercurio de Cuenca. 

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