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Fragmento de la novela «Tamia, el universo», del escritor ecuatoriano Roberto Ramírez

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Tamia, el universo (Planeta, 2022) es la cuarta novela de Roberto Ramírez, una ucronía que bajo la apariencia de una novela del dictador, cuenta el intento de la escritora ecuatoriana Tamia Torres por realizar una obra que contenga la eternidad y solo así sea capaz de reescribir la Historia tal y como la conocemos. A continuación, un fragmento.

Por Roberto Ramírez*

Formaba parte de una categoría de escritores para quienes su obra es la reencarnación de su propia personalidad.

Enrique Vila-Matas

Todos ellos constituyen un desafío para el novelista latinoamericano: ¿cómo competir con la historia?

Carlos Fuentes

Consideremos otra vez ese punto: eso es aquí, eso es nuestro hogar, eso somos nosotros. En él, todos los que has amado, has conocido, de quienes has escuchado, todo ser humano ha vivido su vida…

Carl Sagan

OBRAS COMPLETAS DE TAMIA TORRES

Acacias (2013)

Ada desfigurada (2014)

Sinfonía silbada (2015)

Mujer con jardín en la cabeza (2017)

Con la huida de la gacela (2019)

Gabo, el universo (2021)

Moby y Bela (2027)

La edad del tiempo (2031)

Lisboa 1992 (2033)

Enciclopedia viviente (2034)

El paria del cosmos (2035)

En el último día del mundo dirás su nombre (2036)

Cuentos académicos (2037)

El dragón en mis sueños (2038)

La eternidad en una hora (2039)

Catalina, el universo (2042)

Lo que perdí fue el océano (2065)

MUJER CON JARDÍN EN LA CABEZA (2017-2018)

Más que su contundente propuesta literaria, lo que más llamó la atención fue que proviniera de una periferia cultural: Ecuador. Incluso un crítico asumió que la novela Mujer con jardín en la cabeza era de autor argentino y luego, avergonzado, usó la sección Fe de erratas. Y aunque en el pasado el Ecuador tuvo varios escritores en el mapa de las letras, al inicio se le hizo la misma clase de preguntas que se le hace al administrador de un zoológico cuando recibe a un animal exótico: ¿qué se siente?, ¿qué es lo que va a hacer?, ¿hay más como usted? Nada de ¿cómo ha evolucionado su prosa desde su primera novela hasta este momento?, ¿a qué escritores ecuatorianos y universales pondría en su canon personal?, ¿considera que la novela es un género en vías de extinción? Al menos la última pregunta sí se la hizo.

—¿Sabía que la última tortuga gigante de Galápagos y del mundo, llamada Solitario George, murió en 2012? Así de extinta está la novela —dijo con una sonrisa tan pesada que se le caía de la cara. Esperaba la complicidad del periodista, pero como este, imperturbable, no hacía más que tomar notas, borró la sonrisa y se sintió obligada de aclarar que era una broma—. En realidad la novela está más viva que nunca, la novela es una celebración de la vida, se debe bailar y cantar al empezar una novela ambiciosa, sí, eso. ¿Es que a nadie le gusta celebrar ya? —Movió la cabeza buscando al celebrador definitivo que secundara sus palabras, pero solo halló a un sombrío fotógrafo que disparaba clics.

La entrevista terminó con un aroma a derrota, una incomodidad que le hincaba el costado. Qué preguntas tan mediocres para celebrar la aparición de su novela. Debería practicar ser más directa, pensó, pero ¿levantar los brazos y ondearlos al ritmo de una música invisible no es el símbolo internacional de la celebración? El periodista no me entendió, se dijo. Como sentía la decepción salir a flote, intentó consolarse recordando la frase de Hemingway: «El hombre puede ser destruido pero jamás derrotado». ¿Moriré derrotada o moriré destruida? Y se sintió peor por tratar de acomodar a su vida la frase de un escritor que no solo no le gusta ni le ha influido, sino que rechaza porque, al final, contrario a su filosofía de vida, no tuvo el valor de volarse los sesos cuando la enfermedad lo empezó a consumir. Se dejó derrotar, se dijo en voz baja, si se hubiera suicidado, hoy no se empezaría a olvidarlo.

Llamó error el haber ordenado un sándwich y agua mineral, error que rectificó cuando el mesero pasó a su lado. Pidió una, dos cervezas, cinco en total, de las grandes. Y mientras jugaba a levantar castillos con la ceniza de cigarrillos extintos, dentro de un cenicero en forma de neumático, contó las parejas que, en el restorán, conversaban animadas. Pensó en David, en el triste final, en el abandono salvaje al que lo arrojó. Rebuscó dentro de su bolso y halló lo de siempre —los libros que estaba leyendo, llaves, billetera, pastillas, plastilina—, con una variación: un volante que promocionaba la edición conmemorativa de la novela La señora Mora, a treinta y cinco años de que viera la luz en Quito. Se encogió de hombros. Como no tenía nada mejor que hacer en casa, el alcohol le susurró que ir sería una gran idea: ahí, con algo de suerte, conocería a alguien que también lee y podrían conversar toda la noche y coincidir en que las novelas son una celebración y lo celebrarían en la cama, recreando contorsiones imposibles que le harían olvidarse de los libros y de sí misma. No estaría mal no ser yo, se dijo hundida en el asiento trasero del taxi, y el taxista creyó que le hablaba a él.

…

No, no me habla a mí, eso es seguro, se dijo al ver que el mesero la ignoraba y se perdía en la cocina. Bueno, no tenía por qué ser grosero: si ella quería más vino, debía dárselo, después de todo, en las presentaciones de libros uno debe navegar por el salón como un pulpo en mar abierto, con los tentáculos absorbiendo los rayos del sol, con la mirada fija en el espacio. Qué más da si ya estaba pasada de copas. Hace tanto que no sentía esa clase de embriaguez, no la del alcohol, sino la rabia abstracta que se desencadena como el agua de lluvia, la rabia de querer tomar al mundo en la mano derecha, con la que escribe, y exprimirlo como una naranja hasta que brote un jugo hecho de palabras y secretos.

Estaba sola, como siempre, así que se dedicó a observar a los invitados, que eran los escritores usuales, de los que huía, pero ahora la observaban: tal vez era por sus movimientos erráticos de ebria o porque ya la habían reconocido, después de todo Mujer con jardín en la cabeza la había hecho popular en Ecuador, a un nivel no visto en las últimas décadas, de hecho, se decía que era la escritora ecuatoriana más relevante desde la caída del muro de Berlín, es decir, desde el inicio del capitalismo y la democracia en el Ecuador y Latinoamérica.

La analizaban como a un bicho que se muere. Por eso enarcó las cejas apuntando al espacio, giró anclada en sus pesadas botas y se alejó a buscar otro rincón, pero todos en la Casa Cultural Mora la conocían, incluso dos jóvenes —una era su alumna— se acercaron a pedirle un autógrafo. Después de dos galimatías y dos sonrisas sinceras reconoció, con una angustia espasmódica, que había sido un error ir a la presentación, a fin de cuentas, iba a las de sus libros porque no tenía escapatoria.

Fue como despertar de un mal sueño dentro de una pesadilla. Se subió el cuello del abrigo, se aseguró de que sus gafas estuvieran sobre la nariz y, trémula, se escabulló hasta la puerta, escoltada por saludos y felicitaciones que se le pegaban a la ropa como espinos de mora, algunos incluso traspasaban la tela y le laceraban la piel, hasta lo profundo del alma. Ahí estaba su oportunidad de conversar de libros con desconocidos y de colisionar con otro cuerpo, la oportunidad tendida a sus pies como un bufón ante la reina, pero ella evadía los cuerpos y los argumentos, giraba el picaporte para sentirse libre. Entonces apareció la cabeza regordeta del mismísimo Adolfo Mora. El semblante del escritor mutó: de histeria reprimida pasó a felicidad extrema, de esa que estalla con un pinchazo.

Oh, querida, qué gusto, dijo el viejo escritor tomándola del brazo, no sabes cómo me honra que hayas venido, ven por acá, siéntate aquí.

Era justificable la doble excitación: por un lado, Adolfo Mora presentaba en la flamante Casa Mora la nueva edición de La señora Mora, y por el otro, la escritora del momento había venido a rendir pleitesía a una de las esfinges fundamentales de las letras ecuatorianas. Se decía que si la literatura ecuatoriana fuese una mesa de cuatro patas, La señora Mora sería el carpintero, la madera y el camión que la transportó hasta el taller. La frase, lapidaria en la historia de la literatura ecuatoriana, la dijo un crítico cuando la novela se presentó por primera vez en 1982, la repitió cada vez que escribió o habló de ella en los siguientes treinta y cinco años, y la habría dicho una vez más esa noche si la escritora del momento no lo hubiera arruinado todo.

Sentada en la silla más incómoda del mundo, flagelándose por estar ahí, vio el desfile de escritores, periodistas y curiosos acomodándose en las sillas, mientras la observaban como al animal recién llegado al zoológico. Silencio, luces tenues, música de piano de fondo, un ambiente tan romántico como la novela presentada, que apareció en plena dictadura en Ecuador. El presentador dijo: 1982 no fue un buen año para las letras en el país. Ella se rascó la cabeza, confundida: ¿no fue un buen año por la represión social o porque ella nació? Mientras se perdía en la pregunta, inflada por el vino, de nuevo la rabia empezó a bullir en su pecho, el ardor ascendente que un médico habría catalogado como gastritis pero un poeta habría calificado, con un dedo señalando a la posteridad, como pasión. ¿Por qué estaba ahí, en la presentación de un libro que leyó cuando fue adolescente en el colegio, que nunca le gustó, escrito por un ser que como también era editor, en su momento, le dijo no a la publicación de una de sus novelas? La rabia y la incomodidad aceleraban el tiempo, de manera que, para ella, el discurso se escapaba de la boca como petróleo recién descubierto. Se ahogaba en una verborrea que apenas podía discernir, que le caía como cascada, lo poco que entendía era porque parte del discurso ya se había pronunciado cientos de veces en boca del mismo Mora: la principal influencia de su novela había sido La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, que leyó en algún año de los 70, luego fingió pena para lamentar la muerte del escritor peruano en 1963, en aquel trágico accidente de tránsito.

Seguro le aguardaba una gran carrera literaria, dijo con el puño en el corazón y mirando al cielorraso, como si desde adentro de la bombilla encendida, atrapado, Vargas Llosa le aconsejara. Después de los aplausos, Mora fue el artífice de su propia destrucción: saludó públicamente a la mujer que estaba sentada en primera fila, sin ver la pasión que se le desbordaba. Le pidió que, en vista de su pericia en la literatura, como escritora y docente, diera una opinión de La señora Mora, vista desde el contexto de la historia de las literaturas ecuatoriana e hispanoamericanas. Ella se puso de pie y con valentía, efecto secundario de la pasión, dijo:

—Señor Mora, ¿dónde está su ambición?, su ambición artística, quiero decir, porque la monetaria sabemos dónde está. Hace treinta y cinco años usted parió esa novela, digamos, una buena novela: ¿qué ha hecho después? Sí, tiene otras obras, pero sin alma ni ambición. Usted es incapaz de desanclarse de un escritor peruano muerto hace más de cincuenta años. Ha explotado su novela de todas las formas posibles: edición conmemorativa por los cinco años, diez, todos los múltiplos de cinco hasta el cien, edición ilustrada por Fulano, Mengano y Zutano, la novela gráfica, cómic por entregas, de venta con el periódico, gratis por la compra de una Coca-Cola, su novela con un yoyo, con chicles… Por eso le pregunto: ¿cómo puede dormir por las noches, señor Mora?

El discurso pasó como una cuchilla que rebana fino el aire pesado y este cae del otro lado de la hoja, como una mortadela. El rostro de Mora yacía estupefacto, horrorizado por la osadía. Nadie dijo nada, solo unos estornudos esporádicos y tímidos en la audiencia. Alguien en el fondo susurró a su compañero de al lado:

¿Quién es esa?, no puedo verla desde acá.

Y la persona de al lado, la alumna que atesoraba su ejemplar firmado de Mujer con jardín en la cabeza, le respondió:

¿No sabes?, ¿dónde has vivido los últimos años?, tonto, es Tamia Torres.

…

Sí, es Tamia Torres, dijo emocionado el monstruo de la derecha, alto y verde, a su amigo idéntico a él excepto por su color naranja. Lo dijo quedo mientras se acomodaba en la butaca. Tamia estaba sentada tres filas adelante de ellos, cerca de la pantalla, sola. Se destacaba del resto porque era la única humana.

Tamia ya ha venido a este cine, le encanta esta película, dijo el monstruo verde. Transcurridos los primeros cinco minutos del filme, Tamia notó que nadie veía la pantalla sino a ella. Empezó a sentirse incómoda, consciente de que la atención no era de la buena, sino de la que percude todo lo que toca. Ya nadie veía la película El monstruo marinero, que a Tamia le gusta porque la transición de escenas es tan sutil y orgánica que apenas se siente, como un bebé dormido al que depositan en la cuna: vio la pantalla, parpadeó y vio la puerta del baño abierta, giró la cabeza y vio las repisas llenas de libros, luego reconoció el cielorraso de su habitación, sintió el ardor en la garganta e imaginó su cuerpo visto desde arriba, desde el espacio, y sintió lástima por sí misma. Súbito, vino el golpe de dolor, la primera oleada. En la segunda se replanteó su vida, prometió no volver a beber alcohol y, después de comprobar que ha babeado la almohada, se levantó para hacer café. La tercera oleada: temblores, vómito y regresar a la cama, donde se abraza las piernas, pensando en que debería dormir para sobrevivir a la resaca que ha intensificado su efecto a medida que ha envejecido: antes, a los veinte años, cuando era estudiante de Literatura, era solo una leyenda inventada por débiles, pero ahora, quince años después, le destroza el cuerpo.

Chuchaqui, qué bonita palabra, pensó Tamia, resaca en español ecuatoriano. Es la única idea que su cuerpo inservible pudo permitirse. Luego, todavía hecha un ovillo, pensó: las mejores cosas están hechas de melancolía. Sintió que la frase no le pertenecía, trató de rastrear su origen y, en efecto, la encontró en uno de los diálogos de El monstruo marinero de su sueño, así que técnicamente le pertenecía. La anotó en la libreta que lleva a todas partes, la que tiene una caricatura de los Andes ecuatorianos, y regresó a la posición fetal. Tamia: su cabello es la cola de un corcel salvaje, crines que se le trepan en el rostro como una cortina esconde un día soleado.

…

Un día soleado es ideal para una entrevista, dijo el periodista sentándose en el comedor, nervioso porque al final le pedirá que autografíe su ejemplar de Ada desfigurada, su segunda novela (2014). Tamia también se sentó, pero de forma destructiva, con el desdén del cansancio y del hastío, potenciado por la resaca monumental que agitaba sus movimientos. El periodista notó que la cabezota de Tamia no se debía a que iba despeinada, sino por la abundancia de su cabello, bajo el cual escondía un rostro hermoso, ojeroso y armónico. No parecía tener treinta y cinco años, sino ser una adolescente descortés.

Para su sorpresa, las preguntas eran interesantes porque no era un cuestionario de zoológico, sino uno elaborado a partir de la lectura atenta de sus cuatro obras publicadas hasta el momento, con un fin claro: acomodar la obra de Tamia Torres dentro del contexto político, histórico y social de la historia de la literatura hispanoamericana. La entrevista se publicaría en la última página de la sección cultural del domingo, el día de más tiraje.

Me llama muchísimo la atención de Mujer con jardín en la cabeza, dijo el periodista, que inicia con esta historia tan simple, la de una escritora dando a luz su obra, y termina en otro lugar, uno muy, muy lejano e impredecible, ¡impensable!, el lector no tiene ni idea de adónde le va a conducir esta novela, no sabe adónde lo va a llevar.

—Y más vale que dejemos así el final de esta historia, en completo misterio, para que el lector lo descubra por sus propios medios.

Claro, sí, nadie quiere que le arruinen el final, dijo el periodista, ¿qué me puede decir de la conexión de Mujer con jardín… con la novela de la dictadura latinoamericana? —Fue clara la tendencia literaria de nuestro continente durante la gran dictadura latinoamericana, de los sesenta a los noventa: ante la represión social que sufrieron nuestros padres, el arte contraatacó con las formas más libérrimas de las que se supo capaz. —Tamia se sorprendió de poder hilvanar el discurso (cualquier discurso en realidad), a pesar del chuchaqui adherido al alma—. Por eso la novela-universo fue nuestro estandarte en aquella época, nuestra carta de presentación ante el mundo…

Con esto, interrumpió el periodista, me daría a entender que Mujer con jardín en la cabeza es un regreso al pasado, un homenaje a la ambición artística en épocas oscuras, pues su novela se estructura como un gran ensayo falso, que tiene incluso bibliografía al final, es decir, es una novela-ensayo dentro de las novelas-universo.

—No lo llamaría homenaje —dijo Tamia, tomó un gran trago de agua mineral y continuó—, pero es claro que la literatura de esa época tiene impacto en Mujer… De hecho, como artista la novela que fue producto del regreso a la democracia, en 1990 en Ecuador y en esos años en otros países de Latinoamérica, no me interesa demasiado porque se reduce a ser una copia más burda de la novela decimonónica, en la que se cuenta una vida en orden cronológico del tipo Oliver Twist, pero aquí lo hicieron infinitamente más aburrido que Dickens. Al parecer los tiempos acomodados hacen más vaga a la gente y, por ende, menos propensa a tomar riesgos. Sí, eso. ¿Eso quiere decir, preguntó el periodista dejando sobre la mesa el vaso de agua mineral, que su obra, o al menos su última novela, es abiertamente combativa por usar elementos de lucha? ¿Una novela que quiere sepultar el pasado con sus propias armas?

—Ni lo uno ni lo otro: es ingenuo pensar que si un escritor hace una novela histórica ambientada en la Segunda Guerra Mundial es un nazi o un aliado. Te pongo otro ejemplo: imagínate que escribo una novela ambientada en la Guerra Fría, en los 50, una novela negra en la que se relaten los acontecimientos que llevaron a Estados Unidos a perder su poderío a favor de los comunistas, ¿eso me convertiría en prosoviética? ¡Por supuesto que no! Sería una novela de aventuras que indaga en cómo se mueve la historia y cuál es mi ambición como escritora.

Pero, interrumpió el periodista, Mujer con jardín…

—El artista debe robar lo que necesite de los sistemas económicos y sociales, y rechazar lo que le estorbe. Si la estructura de mi novela recuerda a lo que se escribía durante las dictaduras latinoamericanas, será porque en esa época había algo que me interesaba, algo que necesito para completar mi proyecto.

El argentino Antonio Di Benedetto, dijo el periodista revisando apuntes en una libreta amarilla, fue el primer escritor latinoamericano que abiertamente pudo recoger el Premio Nobel de Literatura en Suecia, sin temor a represalias gubernamentales, como fue la tendencia durante casi treinta años de dictadura, eso fue en 1990, al año siguiente de la caída del Muro de Berlín, en cambio, el pobre Joaquín Reyes recogió su Nobel en 1982 y jamás pudo volver a su país porque lo iban a fusilar, no regresó a Guatemala sino hasta 1991.

—Así es…

Si se comparan las obras de estos dos Nobel, continuó el periodista, hay similitudes: la búsqueda de libertad, la necesidad de nuevos medios de expresión, la ambición desmedida de conquistar espacios no explorados por la literatura hispanoamericana del siglo XX… Lo que quiero decir, bebió un rápido sorbo de agua mineral y continuó, es que a ninguno de los dos le faltó calidad, no obstante, la obra de Di Benedetto ha caído en un olvido monumental y Reyes, en cambio, está más presente que nunca. ¿Se podría decir que su obra es más reyesesca o benedettiana? ¿Hay un intento de rescate de estos escritores?

—No niego que Reyes tiene novelas excelentes que han influido mi forma de pensar y escribir. Di Benedetto ni se diga: mira Zama, mira El capitán zarpó para siempre… Pero tengo claro esto: reducir la literatura hispanoamericana a dos corrientes encabezadas por dos escritores, y escritores ni siquiera del todo opuestos, que es lo peor, es de un reduccionismo peligrosísimo y caduco. Perdón, no quiero sonar grosera contigo, pero esto es precisamente lo que intento enseñar en mis clases en la universidad: ver el abanico de la literatura desplegado y completo. La literatura es la cola de un pavo real y el cuerpo es la historia. Si se lo va a reducir a dos corrientes, que sea por temáticas: los que escriben aventuras y los que indagan en la oscuridad, pero aun así me parece reduccionista…

—¿En serio te parece reduccionista? —preguntó Tamia desde adentro del fortín que había construido con la cobija tejida, la almohada, la botella de agua y el sofá que tenía, por lo menos, cuarenta años—. Me explicas, por favor.

Su abuela, mientras tejía, le dijo que Mujer con jardín en la cabeza aglutinaba (esa fue la palabra que usó) la época de represión de una forma, digamos, apurada, no se notaban realmente los horrores, y todo lo hacía por favorecer esa forma de ensayo tan rara que había decidido darle a la novela. La abuela Aída vivió en la época de la novela-universo, pero era incapaz de ver el ingenioso truco, a pesar de que era la segunda vez que la leía: la primera durante las correcciones iniciales y ahora en la cuidada edición de Daxhund Booxs, con el logo del perro salchicha brillando en la portada y el lomo. Pero al contrario de su abuela, reduccionista no era uno de los adjetivos que la crítica había utilizado para calificar la novela, y habían dicho de todo:

  • «Marcada con el sello de la historia y la posteridad».
  • «Ingenioso documento que juega con el tiempo y los temas».
  • «Genial introspección en la historia y mente de su protagonista».
  • «Torres nos ha regalado uno de los personajes más entrañables del siglo XXI latinoamericano. Se lo agradecemos».
  • «Ancla el tiempo y el espacio, es decir, la Historia, con la maestría que demanda el supuesto ensayo».

De todo menos reduccionista, eso era claro. Por eso valoraba más que ninguna la opinión de su abuela Aída, quien hoy vivía la cruzada diaria de trasladarse de la cama al sofá, del sofá al baño, esperar el almuerzo (todavía podía hacerse el desayuno), recoger el periódico de la puerta de la calle, ver televisión y hojear los libros de las bibliotecas de su casa, como el rastro de migas de tiempos sino mejores, al menos más intensos. Aída no lo decía, pero Tamia lo colegía: ya quería morirse. Era un pacto sobreentendido, una suerte de eutanasia tácita que las dos aceptaban con la sumisión del fusilado. Si no se la llevaba la diabetes, lo haría su corazón o sus setenta y dos años, diez de los cuales había pasado encerrada en su casa de El Batán Alto, en el norte de Quito, por el conformismo de ver el final del camino.

Guiada por la anciana —en la mente de la escritora siempre lo había sido—, Tamia halló el gusto natural de la lectura en las bibliotecas de su casa, que eran laberintos, lo que después mutó en el deseo antinatural de copiar a esos maestros, improvisando historias propias, de estilos y reflexiones, en la medida de lo posible, originales. La abuela Aída todavía atesora la carta que Tamia escribió en primaria, sin destinatario real:

Un día seré

escritora

pero por ahora

estoy atrapada en tercer grado

con un montón

de idiotas.

La oración ocupaba toda una página de cuaderno, hecha de letras garrapatosas, deseos reales y materia indisoluble. Tamia descubrirá la carta años después, cuando se aboque a la tarea de decidir qué sirve y qué no en la casa de su abuela, antes de posicionarse como reina absoluta de ese espacio generoso, para regocijo de los copistas que llevan la historia de los humanos simples.

(Fragmento de la novela Tamia, el universo, Editada por Planeta, 2022)

_____________________________________

*Roberto Ramírez es una de las voces ecuatorianas con mayor resonancia del continente. Ha publicado las novelas La ruta de las imprentas (2012), No somos tu clase de gente (2018), que ganó el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, y Evangelio del detective formidable (2021). 

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