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 Por Santiago Mena Lara*

  1. Pureza interrumpida

Era un 29 de marzo de 1976 cuando llegué a este mundo. Ya tenía cinco hermanos esperándome, mi madre y mi padre estaban muy felices de ver nacer a su sexto hijo; era una historia feliz, pero esto duraría poco para mí, pues, estaría por comenzar una travesía de rosas y espinas, por experimentar una vida que nadie quisiera vivir.

Mi padre, Ruperto Mena Valencia, siempre dedicado al trabajo, debía mantener a mi madre, Isabel Lara Ortega, y a seis hijos, tarea nada fácil. Era difícil verlo: salía en la madrugada y llegaba por la noche, cuando yo ya dormía. Ruperto, mi padre, es y era un hombre de un gran corazón, con la responsabilidad innata de que no falte el alimento en su hogar.

Mi madre, dedicada a cuidar a seis hijos, estaba siempre pendiente de los estudios de todos y de los quehaceres del hogar, no tenía descanso. Su deliciosa comida aún deleita mi paladar cuando recuerdo sus manjares. Siempre nos consintió y muy especialmente a mí, que era el último retoño. Mi madre, con su corazón de oro y su sonrisa de cristal, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Eso la hacía feliz.

Mis hermanos siempre fueron unidos, incluso cuando discutían entre ellos; los otros restantes hermanos los juntábamos entonces para que se reconciliaran. A mí me consentían todos por ser el último, era su juguete, su niño de oro. Fue por eso que escuché todo tipo de música desde mi primera infancia, por la influencia de cada uno de ellos, por mi hermana Alicia (música romántica), por mi hermano Gus (salsa), por mi hermana Maribel (ranchera), por mi hermano Franklin (rock), y por mi hermana Janeth (Menudo). Me quedé con el rock, que sería mi refugio y mi fuerza para lo que estaba por venir.

Cuando vine a este mundo, la situación económica de mis padres era más estable en comparación a la que tenían cuando nacieron mis hermanos mayores, que tuvieron que pasar por grandes necesidades. En ese entonces, mis padres estaban recién empezando su vida familiar.

Viví entonces mis primeros años de vida en un castillo de sueños, me dieron un mundo lleno de amor. Tengo recuerdos desde los tres años, cuando, en navidad, mi madre me tapaba los ojos con sus manos y mi padre ponía a andar mi regalo: una moto a pilas, ¡mi primera emoción!, ¡la alegría desbordaba por mis poros! A mis tres años, sin duda, era el niño más feliz de este mundo.

Así pasé también mis cuatro años, todo era felicidad y alegría, hasta que llegué a los cinco años. Todo marchaba igual, al principio, mis hermanos jugaban conmigo; mi padre, como siempre, se la pasaba en el trabajo, con su misión, como caballo de carreras enfocado en que no nos faltase nada. Mi madre, entregada con su amor y dedicación a todos sus hijos. Mis tías y primos venían a la casa a visitarnos con mucha frecuencia y aquí es donde empieza el problema de toda mi vida.

Mi madre era un prodigio en la cocina, preparaba manjares para todos. Aunque, debo decirlo, me obligaba a comer las verduras que no me gustaban. Y cuando yo hacía algo malo, ella me castigaba. Ahora me doy cuenta, su amor traspasaba todo discurso político, ella sentía que esa reprimenda era lo que yo necesitaba para saber que no estaba bien lo que hacía, cualquier travesura inocente, por lo demás. Sin embargo ⸻amor eterno, inolvidable⸻, ella, después de castigarme, me abrazaba y me decía que eso era por mi bien, y me daba su sabrosa sopa.

De vez en cuando nos sorprendía con un cuy asado, era una delicia, yo veía cómo lo preparaba desde el inicio: el cuy estaba vivo, ella lo mataba sin temor ni malicia, era la comida de sus hijos. Luego le sacaba todo lo que tenía adentro, las vísceras, de una manera magistral, limpia, antigua. Yo me quedaba fascinado viendo una bolsita pequeña, como de gelatina, era la hiel del cuy; ella me decía, toma, mijo, trágatela sin morder la hiel, y con los ojos más dulces del mundo continuaba: eso te dará una buena voz, pero, eso sí, nunca la muerdas. Así era nuestro ritual natural de madre e hijo en cada ocasión que ella preparaba cuy, me daba la hiel, y, recuerdo, una vez me dije, niño curioso, ¿qué tal sería morder la hiel del cuy en mi boca?, pero recordaba que mi madre me había dicho que nunca la mordiera, que la tragara de una sola vez. Yo era un niño definitivamente curioso y, un día en que mi madre mi dio de nuevo la hiel, la mordí dentro de mi boca, de forma consciente. Apenas sentí ese sabor, lloré y salí corriendo a cualquier lugar donde mi mamá no me viera. No podía soportar la sensación agria e invasiva en mi boca y lo peor es que no me la podía quitar con nada. Bien decía ella, no hagas eso, hasta ahora siento lo desagradable que fue, pero al fin ella me curó de mi maltrecha hazaña de niño rebelde, siempre con amor, entendiéndome desde sus ojos.

Así transcurrían los días, yo tenía mucha familia, y las visitas de mis tías y mis primos se hicieron cada vez más seguidas; en especial, las de dos primos que eran hermanos entre sí, tenían 15 años cada uno, el primero se llamaba ⸻o se llama⸻ Carlos y el segundo, César. Así, poco a poco, se fueron ganaron la confianza de mi madre y pasaban mucho tiempo en mi casa jugando con mis hermanos. A veces jugaban conmigo.

Un día, entonces, mi infancia y mi vida cambiarían por completo. Una tarde cualquiera, llegó mi primo Carlos. Mis hermanos mayores no estaban en ese momento en la casa para jugar con él, como era habitual. Así que él pidió permiso a mi madre para jugar conmigo, entonces, me tomó de la mano y me llevó ⸻recuerdo como si fuera ayer esa tarde oscura⸻ a un terreno con altos sembríos de maíz que quedaba al lado de la casa; ingresamos, yo solo podía ver las ramas de maíz grandes, tapando el cielo por momentos. Allí nadie nos podía ver. Mi primo entonces hizo que me acostara. Yo no sabía lo que estaba sucediendo: él me comenzó a sacar la ropa, mientras me sentía muy asustado, y él, notándolo, me decía que eso era un juego, que en ese juego él me debía sacar toda mi ropa y, luego, debía desnudarse él.

Recuerdo claramente el miedo, la impotencia de mis cinco años sin saber qué sucedía. Mi corazón latía muy fuerte y quería a mi mamá y mis hermanos, quería que alguien fuera a ponerme mi ropita, porque no me gustaba ese juego; pero nadie vino. Solo sentía que mi primo me acariciaba todo el cuerpo y se acercaba cada vez más a mí. Él no paraba de tocar mis partes íntimas, luego me dijo que ya me tocaba jugar a mí y que debía tocarle sus partes íntimas. Recuerdo que mi corazón latía muy fuerte y yo simplemente no quería estar ahí, pero no podía hacer nada. Luego me vistió, me tomó nuevamente de la mano y salimos del terreno de maíz, me compró unos dulces y me dijo que ese juego era un secreto entre los dos y que, si no decía nada, él me compraría siempre dulces.

Llegamos a la casa. Yo solo quería ir a esconderme; me metí debajo de la cama, ahí me quedé dormido por horas, sin querer ser encontrado o despertado. Nadie en mi casa me vio meterme debajo de la cama; pero ya eran las siete de la noche, y yo no aparecía por ningún lado. Entonces, mi hermano mayor, buscándome en todos los rincones, me encontró dormido allí, debajo de la cama. Recuerdo que salí y vi a mi mamá llorando y mis hermanos preocupados, ya que pensaron que yo me había perdido, y, en cierta manera, me perdí, para siempre, sí. Todos me abrazaron, pero yo ya no era yo, y así empezaría mi calvario que, a esa edad, aún no comprendía, ni la magnitud de lo que había sucedido ni la marca de vacío que me dejaría para toda mi vida.

Mi primo Carlos comenzó a visitar mi casa todos los días, ahora jugaba más conmigo; me hacía sentar en sus piernas, me acariciaba, dándome mimos que supuestamente se les hacían a todos los niños de cinco años, pero sus intenciones siempre fueron las de un depredador, y, a sus quince años, con una astucia escudada en tener la confianza de ser familiar cercano, pudo engañar y mantener oculto todo esto, sin que mis hermanos ni mi madre sospechasen algo al respecto. Todo un lobo disfrazado de oveja: cuando nadie lo veía, me llevaba al baño para tocarme sin pudor todas mis partes íntimas, me decía “vamos a jugar” y luego me compraba dulces, pero lo execrable aquí es que esto no pasó una ni dos veces, sino que abusó de mí por varios años.

Cuando había fiestas familiares en la casa de mis abuelitos ⸻una casa grande que tenía un terreno trasero⸻, y mientras toda mi familia bailaba y se divertía, mi primo aprovechaba para llevarme nuevamente al terreno oscuro, como siempre, a sus “juegos”, solo que una vez, más terrorífico aún, se uniría su hermano de madre: César, que también tenía quince años. Entre los dos me sacaban mi ropa de niño de cinco años y luego se sacaban su ropa y me tocaban todo el cuerpo. Mientras en la casa de mis abuelitos todos la estaban pasando muy bien, siendo muy felices en familia, a lo lejos ellos bailaban, mientras yo estaba en el infierno.

A mis cinco años mis sueños empezaron a morir, mi inocencia era un montoncito de cenizas. Mis primos eran como lobos despedazando a una presa. Así continuaría el abuso por varios años, aprovechándose ellos al máximo de las reuniones familiares, y, cuando iban a mi casa, para abusar sistemáticamente de mí.

En una ocasión hubo una fiesta de cumpleaños en el barrio donde estábamos todos los niños, vecinos, amigos. Yo estaba con otro primo mayor, Carlos Fabián Lara, al que le decíamos ‘Mocha’, o ‘Mochita’, por cariño verdadero, ese ángel incomprendido. Recuerdo que salimos y fuimos al terreno, como buenos amigos, y vimos a mis otros dos primos, los depredadores, que estaban abusando de un niño al que tenían boca abajo, sin pantalón. Aquello jamás se me borrará de la mente: el niño estaba sangrando y mi primo depredador estaba encima de él y había más niños mirando todo eso. Mochita, que también presenció la escena, me tomó inmediatamente de la mano y me dijo vámonos de aquí, tratando de evitar que yo viera aquella atrocidad, y, lo sé, estoy seguro, de que si no hubiese estado con él, mis primos me hubieran llevado con todos esos niños para ser abusado en ese mismo momento.

Así comenzaría una serie de abusos que duraría por años, a causa de mis dos primos: Carlos y César. Sin que nadie lo notara, empezaría mi calvario, mis ganas de morir. Mi inocencia fue pisoteada, ultrajada, el mundo se rompió, y no me pude defender; mis gritos eran silenciosos, mis lágrimas se estaban acumulando dentro de mí por el sufrimiento que padecía y que estaba por venir. No tenía idea de la vida tan difícil que me tocaría vivir, por algo en lo que yo no tuve nada de culpa.

(Fragmento del libro Sobreviviente de abuso sexual infantil. Bajo el Volcán Ediciones, Quito, 2022).

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*Santiago Mena Lara. Nació en Quito, en 1976. Profesional con más de 20 años de experiencia en gerencia de empresas de consumo masivo. En 2011 ganó a nivel país en manejo de personal y ventas en una importante empresa privada. Amante aficionado de la literatura, a sus 14 años escribió un poema a su madre que está en el cielo, resultando ganador en su ciudad. Después de una gran trayectoria profesional comercial, lanzó su primera obra literaria testimonial, contando al mundo la historia sobre el abuso sexual que padeció desde sus 5 hasta sus 14 años por parte de dos primos suyos. Su libro Sobreviviente de abuso sexual infantil, ganó a nivel nacional del Ministerio de Cultura y Patrimonio y del Instituto de Fomento a la Creatividad e Innovación 2022.   

*Para adquirir el libro se pueden contactar con Bajo el Volcán Ediciones a través de sus redes sociales, tanto en Facebook como en Instagram.

*Imagen cortesía de Bajo el Volcán Ediciones.

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Comment (1)

  1. Jose Miterran Hernandez

    15 Jul 2023

    Esta hisroria para mi es, valga la redundancia, la historia de un heroe que sobrevive a las experiancias mas oscuras del trayecto de su vida. y que luego tiene el corage de dar testimonio de ello, porque creo que es de valientes poder hablar de lo que se vive en carne propia.

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