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Por José Haro Zambrano*

1.

La mañana en que el doctor Noriega acomodaba los últimos instrumentos clandestinos del laboratorio del pasaje Uchaca, José Arango despertaba sin su perro en una carreta sobre una pila de cartones con un hambre voraz que le inspiraba la esperanza de encontrar en sus bolsillos lo suficiente para unos panes rellenos de dulce. Tan solo tres monedas insignificantes y, a un costado, el envase de cartón del trago de la noche anterior. Sin otra opción que jalonear su carreta de chatarra entre los pasajes, se detenía ante pedestales de basura para abrir una, otra y otra bolsa y ganar así residuos de manzana, zanahoria y pollo. Por una puerta de nogal, Noriega salía con pedazos de una madera gruesa bajo el brazo y Arango, al acercarse, pedía los desechos. Con una mirada analítica sobre el harapiento, Noriega no solo le ofrecía las maderas, también comida y bebida, al ingresar, le contaba que él era científico, contratado para un proyecto crucial, de gente importante, para los pobres, una máquina de higiene. Está bueno ser limpio alcanzaba a decir Arango antes de perder el conocimiento.

Al despertar, Arango descubría con la yema de los dedos un colchón debajo de él. Al incorporarse, sentía la deriva de un río turbulento, el peso sobre el pie derecho hundía las paredes y el tejado, así que llevaba el peso al pie izquierdo, para equilibrar, entre Escila y Caribdis, en una borrachera jamás así sentida, con un piso blando, inestable, gelatinoso que de a poco se afirmaba bajo sus pies para permitir un horizonte y una verticalidad. El albergue acostumbrado estaba debajo de una autopista, una cama como esta, cuatro paredes y una pila de prendas con perfume de jabón era un conjunto extraño, inusual como en su cuerpo la piel limpia. Puesto las medias, el calzoncillo, el pantalón y la camiseta, frotaba la aspereza de su cabeza rapada y distinguía una pequeña cicatriz en la base del cráneo, apenas un punto detrás de la oreja. Dos, tres, cuatro pasos hasta una puerta, la perilla no giraba así que él tiraba de ella, golpeaba varias veces con el puño, con patadas, y la puerta, al abrirse, proclamaba el último estrépito que escucha un ahorcado. Del otro lado aparecía la figura robusta y peluda de un hombre de bata que pretendía domar los pelos de su cara con una mascarilla. Tomados de manos, Noriega lideraba el paso por un pasillo hacia una sala con una mesa para alimentar e hidratar al paciente. En la libreta de registro, Noriega anotaba que el apetito era normal, la motricidad era buena: él entendía lo que se le decía, podía seguir una orden sencilla como sentarse, pararse, echarse, abrir, cerrar, pero, el inconveniente que ninguno de los científicos del pasado pudo superar restregaba el mismo fracaso en la cara de Noriega: el Paciente 1 del nuevo proyecto frenopático no podía hablar.

La pérdida de la voz provocaría la bronca del contratista. Noriega pasaba los días y las noches sentado ante planillas, cuadernos, pantallas, papeles, fórmulas y rasgaduras, revisaba y reconfirmaba que no había ningún rastro de lesión en el cerebro, porque una administración poco invasiva como las inyecciones no tenía por qué dañar la facultad del habla. Sin su voz, el preciado objeto de estudio no podía declarar sus nuevos pensamientos, ni las alabanzas al ingenio del científico. Noriega sospechaba que una intervención en el lóbulo temporal lograría devolverle la palabra y confirmar así el éxito rotundo de la implantación.

Durante los días siguientes el doctor instruía al paciente sobre el oficio de criado, poco exigente por las limitaciones inmobiliarias de la casa. A la voz de mando, Arango calentaba agua para el té, aseaba el piso, traía cosas, sin los rastros familiares de sus vicios, de la carreta de cartón, ni del compañero ausente. El paciente tenía autorizado el ingreso al laboratorio solo para ser examinado. Al enchufarlo al asiento y auscultar su actividad cerebral, Noriega se convencía que la transferencia había sido exitosa porque cuando le mostraba paisajes diversos, el paciente era atraído por imágenes costeras, por barcos y olas y cuando le daba un papel y un lápiz, Arango dibujaba seres fantásticos, híbridos, de múltiples miembros o de un único ojo, en playas acantiladas. Los pensamientos del Paciente 1 eran artificiales, la transferencia era un éxito, pero si no hablaba, todo habría sido en vano. Noriega proponía entonces una terapia con láser y electrodos para la masa cerebral y las cuerdas vocales.

El material solicitado llegó en seguida, pero la paciencia del contratista se había agotado. El viejo Bruno, con su espalda ancha y sus dedos de chorizo, dejaba la caja en el laboratorio y se marchaba, como siempre, sin decir una palabra. Con una palanca de hierro, Noriega abrió la tapa y del interior, pegando brincos a su salida, un ratón trepó por su tobillo, clavó los dientes hasta que un sacudón de pierna lo echó volando hacia la puerta de nogal que Bruno había dejado abierta. Con los instrumentos instalados, comenzaba la nueva terapia del paciente. A los pocos días, Noriega reconocía que la voz no se recuperaba y que del tobillo que había tocado el ratón brotaba una comezón que se volvía sarpullido y aumentaba hasta incluso manifestar síntomas de gangrena. Pero, por el entusiasmo que el proyecto le despertaba, Noriega ignoraba la peste y se limitaba a automedicarse porque no pensaba en otra cosa que en devolver al paciente la voz.

Noriega jamás hubiera imaginado pasar así sus vacaciones. Justo cuando se había preparado para pasear un mes y medio en Ecuador, llegaba el imprevisto contacto y la propuesta de Dos Sombreros, ante quien él rendía su lealtad a causa de las pantallas, superficies, techos y textiles tersos del Rolls-Royce y del despacho argentado con máquinas autómatas: por creer que la gloria se anuncia con eventos extraordinarios, se había resignado a la interrupción de sus vacaciones en las costas del Pacífico y desde entonces soñaba obsesivamente con el proyecto frenopático de transferencia de pensamientos. La cuestión de mantener la cátedra en la universidad se había confirmado por prestigio y, antes de retomarla, él aspiraba lograr que el Paciente 1 dijera una palabra. Pero, el descanso académico estaba a punto de terminar, el sarpullido crecía, los largos días con sus largas noches reafirmaban el fracaso y las horas se desvanecían sobre la mañana en la que debía retomar las clases, el día mismo en el que Arango, temprano al amanecer, inclinado sobre unas macetas, sostenía con las manos un pedazo de cartón que sacudía ante una ruda para ventilar su aroma y aspirarlo reiteradas veces, al torcerse luego sus ojos en dirección al sol, pellizcaba con fervor las hojas de la ruda mientras se frotaba el pedazo de cartón en la quijada. Al ver los movimientos rígidos, Noriega pensaba que se trataba de una apoplejía, se preparaba para intervenir, pero quedaba atónito al escuchar las primeras palabras del Paciente 1: El sol nutre las plantas de justicia.

Clarísimo, extraordinario, quedaba registrado todo en la libreta: el paciente se había desplomado, el cuerpo yacía en completa relajación luego de unos movimientos drásticos de los miembros tiesos, como luego de un éxtasis, y aunque las palabras no se repitieron más, bastaban para constatar que algunos conceptos se habían transferido: ‘sol’ demostraba una memoria latente, ‘nutrir’ y ‘justicia’ podían ser incorporaciones de los conocimientos de biología y derecho, pero Noriega no podía explicar la lógica con la que Arango relacionaba estos conceptos, dichos además de una manera casi poética. Satisfecho, Noriega sentía la alegría como un gas que emanaba de su piel y que se expandía por el pasaje Uchaca cuando salía por primera vez desde que había entrado al inmueble con Arango. Encerrado el paciente bajo llave en su habitación, Noriega viajaba a la estación de tren de Constitución en un bus de la línea 133. Al momento de pagar el pasaje notaba que el chofer fruncía el ceño y que, cuando se ubicaba de pie junto a otros pasajeros, ellos se cubrían la nariz como si olieran un pedo. En el tren hacia La Plata se sentó a la ventanilla junto a una señora que prefería el lado del pasillo. Buscaba alrededor al vendedor de enciclopedias o a los jipjoperos que hacían más entretenido el viaje, al no encontrarlos, con la mirada perdida a través de la ventana, dejaba su mente divagar sobre el Paciente 1, sobre el orgullo que le daba ir a la universidad para reconocer que sus colegas y alumnos desarrollaban proyectos sonsos, mientras él había logrado lo que ningún otro científico, manifestado en esa frase esporádica y concisa, con un tono extático que pinchaba en él una terminación nerviosa de un recóndito sitio del cuerpo donde alojaba las emociones y guardaba el recuerdo del friso sostenido por columnas salomónicas bajo el que él se despedía de su madre, al abandonar el orfanato de San Juan para viajar a Buenos Aires a emprender estudios de bioquímica y neurología.

Noriega divagaba sobre cuándo Arango diría la siguiente frase y en qué consistiría porque le quemaba de entusiasmo la idea de que a través de su paciente se confirmaba el presagio que creía haber recibido al borde de un acantilado cercano al pueblo de Curía, el día en que descubría un heraldo afro que de seguro habría caminado varios kilómetros como lo había hecho él, porque estaban lejos de cualquier pueblo posible. El mensajero no era ecuatoriano, ni americano, ni siquiera africano, era alemán. Desde hacía dos años vivía en las costas de Ecuador en alegría y paz, embotellada la alegría en una petaca de plata bruñida y la paz envuelta en un papel. El acantilado donde se encontraban formaba tres bahías escalonadas, ellos estaban en la más alta, el viento se arremolinaba al chocar contra las piedras, y albatros y gaviotas volaban en círculos bajo un sol a dos horas del ocaso. Ambos fumaban y bebían. Al borde del acantilado, Noriega estudiaba el mecanismo del remolino por el que se elevaban los pájaros. El sol pintaba de magenta las nubes y el espacio de cian. Embelesado, Noriega recorría el borde del acantilado para explorar las otras bahías, antes de tomar un sendero de descenso se sacaba las botas porque le raspaban los pies, caminaba descalzo sobre un piso de un polvo blando y seco, sobre talco perfumado, el suelo de la siguiente bahía era empinado, Noriega se echaba boca abajo sobre una piedra amplia, llana y horizontal, como si venerara lo que le atraía. Al regresar, le dijo al alemán que Dios le había guiñado un ojo y el heraldo le dijo que sí, que allí estaban los ojos de Dios.

Al despertar de sus ensoñaciones, Noriega encontraba el asiento a su costado vacío a pesar de que el tren andaba para entonces embutido de personas. Al ponerse de pie, ya en la última parada, advertía un líquido condensado en la ventana del lugar donde se había sentado. Desde la estación, por las cuadras que debía caminar, un perro lo seguía y le olfateaba el tobillo. En una intersección, al detenerse Noriega ante el paso de unos autos, el perro frotaba la nuca en el pie derecho del científico que, mientras sacudía la pierna, le decía ¡Fuera carajo! Al cruzar la calle se sumaba a la persecución otro can. Más adelante un paseador de perros forcejeaba con las bestias que se inquietaban al paso de Noriega. Al llegar a las puertas de la universidad escuchaba a un muchacho decir ¡Qué olor a mierda! Luego, al saludar a Samanta, notaba que la colega fruncía la nariz y miraba a un costado, hacia las escaleras que conducían a los salones de clases, por donde pronto se escabullía, sin haber siquiera dicho ¿Qué tal las vacaciones?, o al menos ¿Cómo estás? Noriega la seguía por las escaleras y luego, rodeados ambos del hedor, él, por un instante, se ilusionaba con que fuera ella el origen y huyese por vergüenza, porque al subir tenía el culo de ella en la cara y el olor aumentaba, pero en el aula terminaba por comprobar que, en realidad, era él el origen, ya que en la clase los alumnos hacían gestos y se miraban entre sí hasta que una alumna dijo Profesor, acá huele muy mal, no se puede estudiar así. Luego de suspender la clase, Noriega se dirigió al fondo de un pasillo, sentado en una banca, olía a su alrededor y entre las piernas y al soplar su aliento en las manos conocía el terror.

Se retiraba enseguida del edificio, los pies le quemaban como si caminase sobre una plancha de hierro tras varias horas a pleno sol, como si, al pisar, las suelas de los zapatos se derritieran y los pies se empaparan en una brea grumosa. Sobre el resplandor tórrido del pavimento aparecía un taxi que tenía el manubrio cubierto de una esponja amarilla bordada con flecos rojos en el que el chofer apretaba los dedos al reprocharle a Noriega que con ese olor no lo podía llevar. Ya estás jugado, abrí las ventanas y vamos, dijo Noriega mientras se secaba de la frente un sudor que también bajaba por las axilas hacia las manos, lo que entorpecía sus intentos de desatarse los cordones de los zapatos y librarse del ardor que el líquido graso le provocaba en los pies. Cuando pudo al fin sacarse los zapatos, el chofer volvía a apretar sus dedos en el volante y extendía la cabeza hacia la ventana mientras Noriega con el celular en mano digitaba el código KX3 para comunicar la emergencia al contacto preestablecido, el contratista, Dos Sombreros.

Ante la puerta de nogal del pasaje Uchaca, el taxista recibía un puñado de billetes mojados sobre el asiento delantero. Noriega, con los zapatos en las manos, bajo el umbral de la puerta, se sacaba las medias porque el poliéster le lijaba los pies y la baldosa fría podría calmar el ardor de las plantas. La impresión de escuchar un susurro le obligaba a mirar sobre el hombro y luego acercar el oído a la puerta, ya que, del otro lado, ese susurro era el anticipo de un caudal de agua que escapaba debajo de la puerta y en seguida le refrescaba los pies. Noriega hizo girar las llaves en la cerradura, empujó las tablas de nogal y, al cerrar, el chapoteo sonó a mocos aspirados. Desde el fondo del largo zaguán se escuchaba el chorro de agua que se desbordaba del lavabo. En la pared, a medio pasillo, con una sustancia grasa de la que Noriega ignoraba el origen, había una silueta antropomórfica garabateada con trazos largos, hechos con los dedos de una mano, por su despliegue daban la ilusión de movimiento, de apuntar hacia la parte superior de las escaleras, es decir, hacia la puerta abierta de la habitación de Noriega, donde refulgía una luz ondulante de unas velas en el interior. Noriega subía las escaleras y, en la prolongación del dibujo a lo largo de la pared, reconocía bosquejadas enormes piedras encastradas una contra otra y, sobre ellas, varias aves de grandes alas y picos agudos que volaban hacia la puerta de la habitación. Allí dentro se encontraba con José, junto a un tacho metálico lleno del ungüento oscuro de los dibujos. En cuclillas, frente a la pared del fondo, Arango untaba los dedos con la sustancia grasa para hacer los últimos trazos de un rostro magro de barba y cabellos hirsutos que tenía a su alrededor una gran esfera con flecos que simulaban ser los rayos de un sol o de una rueda. ¿Qué haces, José?, dijo Noriega con las últimas fuerzas y antes de perder la consciencia tuvo la impresión de que Arango lo miraba con ojos ardientes al decir: El sol no te ilumina.

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*José Haro Zambrano. Nació en Quito, en 1985. Es licenciado en Letras de la Universidad Católica Argentina y máster con mención en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar de Quito. Es profesor de Literatura y Teoría del Conocimiento. Sus investigaciones literarias se han centrado en El Cenáculo Dada de Portoviejo y la presencia del ultraísmo en el Ecuador. Explora la narrativa con cuentos y novela.

*En la imagen aparecen José Haro y la portada de su novela Frenopatía. Cortesía del autor y de Cuerpo de Voces.

*Si deseas adquirir el libro puedes contactarte con la editorial Cuerpo de Voces a través de sus redes sociales, tanto en Facebook como en Instagram. 

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