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Por Víctor Vizuete Espinosa*

El amor es un animal bipolar. No tiene términos medios. Algunas veces te mima y ronronea como el minino más sumiso y entregado; en otras, te ataca sin causa aparente y te arranca el corazón de un solo zarpazo, como un jaguar cebado.

Juan Mario R. conoce muy bien de las veleidades de ese travieso niño que dispara sus flechas como le da la puta gana. Casado, divorciado, “mocista” a discreción y reincidente en eso del matricidio y la divorciadera, este hombre de 67 años es un tutorial ambulante de las vicisitudes amatorias, las cuales le dejaron –justo unos meses antes de jubilarse como contador jefe del casi también jubilado y más grande instituto de seguridad del país- como un barco a la deriva y más solo que un pez agonizante en alguna playa desierta.

Además de su última consorte, quien se quedó con la casita familiar emplazada en un conjunto muy clase media cerca de Solca, a “Pericles” (apodo que le acompaña desde el tercer curso del Luis Napoleón Dillon por su verborrea) lo abandonaron todos: Andrea, la querida que se le comía religiosamente más de medio sueldo mensual; sus tres hijos, que se aburrieron de su compañía al comprobar que la pensión jubilar era más modesta de lo que alardeaba; sus cuatro hermanos, que le envidiaban en secreto toda esa parafernalia de millonario que se gastaba cuando se reunían por cualquier motivo; sus compañeros de trabajo, para quienes fue una bendición el no tener que compartir el día a día con alguien con un ego tan disparado y una lengua tan suelta y, casi siempre, tan fuera de lugar.

Ahhh, sus pocos amigos, con quienes se juntaba casi a diario en alguna de las bancas de la Plaza de la Independencia y soportaban mal o bien sus peroratas humanistas, financieras o filosóficas, desaparecieron nomás, un día anónimo, arrinconados por la pandemia y los paros reivindicativos, que les cerraron para siempre la “oficina”.

Sus salidas para socializar se limitaron, entonces, a recorrer de cabo a rabo los centros comerciales con un descanso justo para un café o un KFC; o caminar sin cronómetros o flexómetros por La Carolina, el Ejido o El Bicentenario, parques que para él son algo seguros.

Este hombre pequeño, delgado, ni bonito ni feo, avejentado prematuramente por el tan sui géneris trajín que le ha tocado en suerte, tuvo que avenirse a sus nuevas circunstancias y conseguirse un departamento a la medida amoblado y de buen ver en el entorno de Ponciano, que le demandaba la tercera parte de su pensión. El dinero restante lo repartía en la alimentación y en mantener a punto a un maltrecho Aveo Family, que le comía sus reservas monetarias más que sus cuatro hijos juntos.

Con la soledad royéndole como una rata hambrienta su ecuanimidad y su buen juicio Pericles encontró, luego de muchas desazones y desengaños, una actividad que le ayudó a mantenerse cuerdo y no claudicar cometiendo alguno de esos malos pensamientos que le visitan en sus ya casi diarios insomnios: se hizo adicto a las redes sociales, especialmente al Facebook, que le parece el más fácil de manejar.

Esta nueva pasión también le trajo de propina un nuevo amor, una dama cincuentona de agraciado rostro y solvente cartera (comprobada hasta el cansancio por la presunta experticia de Pericles), oriunda de Buenos Aires, Argentina, quien después de ocho meses de candente y romántico amor epistolar se decidió por liar sus bártulos y venirse a Quitoa comparti r in situ soles y tormentas, ayunos y banquetes, penas y alegrías con Juan Mario, su dulce amor digital.

Claro que antes de que Alfonsina Scotto (la porteña en cuestión) viniera a Quito, Pericles tuvo que enviarle USD 8 000 para que cancelara una deuda que le ataba a su terruño (dinero que sería repuesto con la venta del menaje y el mobiliario de la dama) y USD 750, que era el costo del vuelo Buenos Aires-Quito.

El arribo de la madura piba estuvo planeado para antes de ayer, al mediodía, en el aeropuerto Mariscal Sucre capitalino.

Juan Mario estuvo en Tababela desde las 10:00, nervioso in extremis y con un millar de maripositas revolotéandole el estómago como cuando se declaró a su primera enamorada. Pasadas las 13:00, ese revoloteó se convirtió en retorcijones y punzantes dolores en el pecho… Media hora después, un emputado Pericles dio paso a un atormentado jubilado, achicado hasta la mínima expresión al darse cuenta que su cenicienta era más falsa que la del cuento y que había sido engañado como un viejo carca, ni más ni menos.

Ayer, luego de una investigación que le llevó casi todo el día, el contador comprobó que había sido estafado por una economista más experta, que Alfonsina Scotto no existía en ninguna parte y que sus USD 8 750 volaron más rápido que las mariposas monarcas cuando emigran.

Bueno, también descubrió que su caso no es la excepción sino la regla. Y cada día, más y más personas de la tercera edad y ancianitos somos estafados de formas parecidas en las redes sociales. Tal vez porque la soledad y la falta de relaciones sociales nos vuelven más vulnerables y nos estrecha el raciocinio. Tal vez por eso.

________________________________

*Escritor, poeta y periodista ecuatoriano, Víctor Vizuete Espinosa laboró por 38 años en el diario El Comercio, donde se jubiló como editor. No obstante, sigue en el oficio de contador de historias para sentirse libre. Escarba en todas las páginas y en todas las calles en busca de vivencias y destinos que esperan ver la luz y conmover conciencias.

*Imagen tomada de la página web de Radio La Calle.

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Comments (2)

  1. Alfredo Cárdenas

    17 Ago 2022

    Que historia más conmovedora.
    Naturalmente alcanza la sobriedad y la belleza por la genialidad de la prosa limpia y cultivada del gran Victor Vizuete Espinosa.

    • Los Cronistas

      17 Ago 2022

      Muchas gracias por su comentario, Alfredito. Esperamos también sus colaboraciones y sus escritos.

      Un gran abrazo,

      Rubén Darío Buitrón
      Director
      loscronistas.net

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