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Crónica de un viaje a La Habana. Por Fernando Bonilla

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Por Aníbal Fernando Bonilla*

Al arribar a La Habana la sensación inicial que tuve fue de energía de monte, de verde olivo, de caña brava, de abrumadora humedad. De selva y bosque fresco. De frondosa vegetación. De atrayentes palmeras. De sobresalto tropical. De luz dorada -que quema- en el horizonte. De calidez y abrazo fraterno.

Con el mito de la rebelión, la capital cubana -con más de dos millones de habitantes- acoge un proceso político peculiar que sobrepasa todo pronóstico, desde aquel victorioso 1 de enero de 1959. En sus calles se irradia la identidad habanera en su máximo esplendor.

Tengo la percepción de que a diario se reproducen múltiples maneras de subsistencia desde un alto grado de conciencia social. Algo así como la multiplicación de los panes y de los peces.

La Habana es una ciudad en cuyos adentros no cabe el silencio. Desde el piélago se develan los caminos de dolor y sacrificio, resultantes de un necesario levantamiento guerrillero que permitió que su pueblo tenga, como derecho propio, acceso a la educación, salud, vivienda, vialidad, deporte…, sin embargo de los obstáculos y bloqueos impuestos por los dominios del Norte, aunque también guarda la hondura de los exilios, representada desde sus inicios por el poeta romántico José María Heredia.

Leo en gigantes letreros: “Patria o Muerte: venceremos”, “Jamás renunciaremos a nuestros principios”, “Desde mi barrio defendiendo el socialismo”, “La revolución es una hermosa e indestructible realidad”. Precisamente, la relevancia de la construcción revolucionaria enaltece a la idiosincrasia cubana en sus intentos de emancipación.

Esto traduce la convicción altiva de un pueblo que sin perder la ternura -como profesó el Che- ha transitado con dignidad y entereza con la intencionalidad de construir el hombre nuevo de una sociedad renovada en valores humanos. Aunque no se puede soslayar una evidente problemática en la economía nacional, que repercute en los bolsillos de la gente, que tiene que ingeniarse para salir adelante en el trajín diario, ante lo cual, la problemática social, también revela necesidades aún insatisfechas y carencias tangibles, en medio de prolongadas crisis como las transitadas en los 70, o en los 90 tras la caída del Muro de Berlín.

La Habana es ritmo y fiesta. Es la fuerza poética que se advierte en el azul infinito de las olas que pertenecen a una urbe de casonas coloniales detenidas en el umbral de la historia, cuyo patrimonio le incumbe al mundo.

“La Habana es ciudad que posee columnas en número tal que ninguna población del continente, en eso, podría aventajarla. Pero también tendríamos que hacer un inmenso recuento de rejas, un inacabable catálogo de los
hierros, para definir del todo los barroquismos siempre implícitos, presentes, en la urbe cubana”, describió Alejo Carpentier.

La Habana es Coppelia con sus sabrosos helados. Es el mensaje y la acción profética de Fidel. Es la Bodeguita del Medio con sus mojitos prescritos por Ernest Hemingway. Es el apóstol Martí más allá de sus monumentos. Es la
tertulia con amistades latentes y la feria de libros. Es el fuego femenino que nos consume sin misericordia alguna: contorneo de caderas en El Vedado, piel trigueña desbordada en el Malecón.

Como canta Silvio Rodríguez: “Tú me recuerdas las calles de La Habana Vieja/ la Catedral sumergida en su baño de tejas/ tú me recuerdas las cosas, no sé, las ventanas/ donde los cantores nocturnos cantaban/ amor a La Habana…”.

Según el novelista Leonardo Padura: “La Habana siempre ha sido una urbe pretenciosa, con una tendencia visible a la desproporción: por eso desde el siglo XIX, cuando los habaneros empezaron a ser esencialmente habaneros, la ciudad ha disfrutado de una preeminencia capaz de colocarla, con sus personajes, su historia, su música, su literatura y sus hermosas mujeres, en el imaginario universal […] La Habana sigue siendo una ciudad con muchos rostros y miradas, con diversos lenguajes y hasta filosofías de la vida”.

En La Habana también se observan complejidades entre el turismo galopante y la multitud de visitantes de naciones diversas. Las asimetrías y dificultades requieren de respuestas oficiales urgentes. La juventud posee un sentido cuestionador, como corresponde a un verdadero revolucionario/a.

Tal vez por eso, Miguel Barnet dice: “Entre tú y yo/ hay un montón de contradicciones/ que se juntan/ para hacer de mí el sobresaltado,/ que se humedece la frente/ y te edifica”.

En La Habana corren vientos ineludibles de esperanza.

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Fotografías: Aníbal Fernando Bonilla. La Habana, Cuba, 2016.

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