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Los niños borrachines. Una crónica de Freddy Solórzano

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Aún no habíamos cumplido los 26 años ni sentado cabeza. Los tres teníamos talento para beber. Pedro ya era un poeta reconocido en el país, pero pobre; Camacho un teatrero creativo, más pobre aún y yo un periodista desempleado.

Estábamos tomando frente al mar y se fue el que pagaba y nos quedamos sedientos. No queríamos cerrar el bar. Nada de quejas, como Los tres mosqueteros, “Uno para todos y todos para uno”.

Nuestros pasos nos llevaron a Tarqui, a la casa de la familia de Pedro. Su cuarto estaba en la parte de abajo y hacía honor a su vida: un desorden total, ropa y libros tirados por los cuatro costados. Lo único de valor era la cama huesuda.

La condición del cuarto importaba un comino. Había un colchón para cuando el cuerpo necesitaba descansar, con eso bastaba. Éramos despreocupados, no pensábamos en tener carro o en formar familia, ni en el progreso ni en el futuro. Pedro había tenido dos hijos, y se había separado.

Cada uno dio lo que tenía en el bolsillo y recogimos para comprar dos botellas de aguardiente.

Seguimos hablando de libros, películas y de tal o cual persona que nos caía mal y merecía desaparecer por el bien de la sociedad. De mujeres hablamos poco. También éramos pobres en amores.

Como a las once me saqué los zapatos y me acosté en la cama. Para mí terminó la maratón. Dormí sin sobresaltos hasta el otro día, sin enterarme qué hicieron Pedro y Camacho con sus vidas el resto de la noche.

Cuando desperté ninguno estaba en el cuarto. Seguí durmiendo un rato más hasta que entraron con cara de amanecidos, los ojos enrojecidos y riendo por cualquier bobería.

Busqué debajo de la cama los zapatos y no estaban. Revisé entre el desorden y nada. Les pregunté si lo habían visto. Camacho miró para un lado como si la cosa no fuera con él. Pedro asumió la responsabilidad y me mostró otro par de zapatos. Me dijo “ponte estos”.

¡Qué diferencia! Los míos los había comprado hacía un par de semanas. Eran Reebok, negros, talla 41.

Tomé los zapatos que me ofreció sin decir nada y me los puse: talla 43, negros, sin cordones y viejos.

Me marché molesto y sin recriminarles nada. Caminaba despacio para que no se salgan los zapatos; parecía un payaso fugado del circo rumbo a la parada de bus. Cuando llegué a casa los boté a la basura. Nunca les pregunté qué pasó con mis Reebok. Era un asunto sin importancia.

Con el tiempo cada quien siguió su camino y nos encontramos menos los tres juntos, más por separado. Pedro salía y entraba de clínicas de adicción, Camacho se involucró en proyectos audiovisuales y yo dirigía un periódico.

La última vez que coincidimos fue en enero en la calle frente al departamento de Cultura del municipio de Manta donde trabaja Camacho.

Esa mañana Pedro me vendió un par de libros usados. Necesitaba dinero para controlar su diabetes y pagar la clínica de rehabilitación donde vivía.

Había logrado ser el poeta que siempre quiso. Solía decir que más que vivir había bebido. Para estar a tono con los tiempos nos tomamos un selfi. Camacho hizo clic. A Pedro le gustaba fotografiarse.

Me marché a los quince minutos porque tenía que volver a la redacción. Impensable algo así 25 años atrás. Ya no éramos los mismos con más de 50 años encima, pero nos queríamos igual.

Doce días después de ese encuentro me llamaron por teléfono. Había un cadáver en el centro forense y era el de Pedro. Un borracho que manejaba un camión lo mató mientras esperaba cruzar la calle. El cuerpo llevaba seis días en la morgue y no había sido reconocido hasta esa tarde del miércoles.

Ahora sí había muerto Pedro Gil quien antes sobrevivió a 17 puñaladas, un infarto, varios intentos de suicidios y delirium tremens.

Llamé a Camacho para contarle la noticia y lo primero que dijo fue “mierda”.

Y como en el poema que Pedro le dedicó a su padre cuando murió: “En su sepelio estuvimos solo niños. Desde los 5 hasta los 80 años. Niños llorones, niños asesinos, niños débiles, niños duros, niños diplomáticos, niños borrachines”.

_____________________________________

*Freddy Solórzano (Manta, 1971). Periodista. Desde hace 13 años dirige el diario La Marea, de Manta. Durante un año fue editor del diario El Ambateño. Ha participado de seminarios de periodismo en Argentina, Perú, Panamá y El Salvador. Autor del libro de crónicas “A cuatro pasos de la muerte! Su filosofía es: “Salir más de las redacciones y gastarse la suela de los zapatos en las calles donde están las historias. Creo en el periodismo que vive el pulso de la ciudad, de sus calles y sus barrios”.

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