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«Despojos». Un cuento de Viviana Vargas-Garcés

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Por Viviana Garcés-Vargas*

“Son los celos cierto temor
tan delgado y tan sutil,
que si no fuera tan vil,
pudiera llamarse amor”.
Lope de Vega

Marcelita Vinueza García estaba hecha de pedazos. Trozos de vísceras de vaca, tiras de asado, chuletas y salchichas putrefactas. Las aves carroñeras se la disputaban fuera de la parrillada uruguaya que había inaugurado su mamá en
Bocca, Samborondón.

Marcela había sido erigida desde el odio que su progenitora Magdalena le tuvo al no saber lidiar con la pérdida de su juventud coartada. A partir de la indiferencia de su padre, con brutales impulsos carnales hacia las camareras y el hostigamiento incesante a los sommeliers que bebían los vinos importados junto a su esposa, alcoholizada y celosa.

La niña de diez años había renunciado a la infancia por rodar las pelotas de cuero reventado para acompañar a sus padres, entreteniéndose con tablas y cuchillos para cortar carne.

Con profundas lagañas, nulo brillo de alegría, enjuta, ligera entre los corredores de la barbacoa decorada con camisetas y posters del Peñarol de Uruguay en homenaje a Alberto Spencer, Miguel Capuccini y Alejandro Damián Sosa. Marcela se ataviaba con camisetas anchas, bermudas largas, cabello alborotado, zapatos convers fosforescentes y nariz en forma de codorniz, tan parecida a su procreador Iscariote, tan acomplejada como su madre que no toleraba verla con la melena azufrada y la piel maculada de carbón.

Marcela era la chiquilla que se escondía detrás de las brasas para observar en cámara lenta la manera en que pinchos, rastrillos, pinzas y sopladores manuales se desplazaban en el aire cuando su prole querellaba por saber quién era mejor chef, superior administrador, excelente amante de los empleados y pésimo padre de familia.

La niña se transformó en los escombros de un restaurante exitoso. En el síndrome de Otelo que padecía Magda. En las profundas sospechas que en cualquier momento Desdémona moriría o al menos sufriría profundamente por la desconfianza. Ella se prometió que su historia personal no sería una tragedia escrita por Shakespeare.

La nena no deliraría por envidia. Pretendía ser la antítesis de sus papás. Lo testimonió mezclando sangre de su dedo meñique con carne marinada.

Ahumados, el restaurante parrillero de Magdalena, creció al igual que Marcelita. Progresó en cristalería, que se fracturaba con cada muestra de las alucinaciones por los chismes de cocina. En los platos extendidos que eran aventados hacia las paredes cuando la mamá de la adolescente encontraba marcas de labial en las chaquetas de su esposo. Mesas de trabajo de acero inoxidable inmaculadas en donde las mancebas de turno de su padre se retorcían
de amor. Freidoras para cada tipo de alimento que mezquinaban a la jovencita las delicias por su recelo a engordar.

Parrillas que Marcela siempre consideró barrotes, una penitenciaría en la que todos arderían en algún momento.

Marcela, ya de 17 años, participaba activamente en la cocina. Implementaba mezclas de texturas y coloridos ingredientes regionales.

En los fogones se percibía el olor a ají de maracuyá, salsa de ciruelas para pavo y carnes o mayonesa de cilantro. Ella quería transformar la barbacoa en un lugar de conexión, curación y verdad. Ahumados sería un manantial de placeres.

Un día ingresó a trabajar un nuevo integrante como ayudante en línea caliente, quien se encargaba de hacer platillos en el fuego, como matambre y bife. Pedro era el más joven del staff que se destacaba por su corpulencia, cabello áureo, abdomen marcado y palabras entrecortadas. En cuanto llegó observó minuciosamente a Marcela, pasándose la lengua por los labios. Magda se encendió de gozo al examinarlo, Pedro la desdeñó por completo.

La madre de Marcela decidió entrenar a Pedro en la cocina y en la cama. Adiestrarlo en la preparación de chivito al plato, choripán y matambre de cerdo a la fugazzeta. Magda le explicaba con suma paciencia el nivel de cocción del chorizo, cómo caramelizar el sartén o freír la panceta en su punto, mientras Pedro permitía que su jefa tocara sus glúteos con tal de escalar una posición dentro de Ahumados. No obstante, Magda desconocía que Marcela embadurnaba el cuerpo de su mancebo con ají agrio detrás del frigorífico.

Magda se dedicó a cumplir los deseos de su hombre, era magnífica. Se convirtió en madre y amante de Pedro. Le otorgaba mayores ganancias de las propinas diarias, organizó el anexo que le habían cedido detrás de la barbacoa, donde eran sus citas de pasión. Adquiría sus chaquetas, delantales, tocas y pantalones de gabardina blanca para que Pedro se convirtiera en un sentimiento romántico y arrasador.

El amante colaboraba con caricias aisladas, sonrisas intermitentes y minutos de fogosidad que eran esporádicos debido a los frecuentes horarios de faena. Marcela gozaba de mayor privacidad, o al menos eso era lo que imaginaba. Se escabullía con Pedro dentro de los anaqueles de servicio o a espaldas del bar, siempre en lugares diminutos, soslayando a la cálao, esa pájara de pico grueso amarillo envidia y plumaje negro que custodiaba a Pedro, queriéndolo aprisionar en un cuarto de vehemencia, en su jaula de delirio forzado.

La evasión de Pedro a los cortejos le producía a Magda inestabilidad constante. Empezó a colocar microcámaras de seguridad en los baños, olisquear los calzoncillos para examinar si existía líquido preseminal. Pasó sus bragas usadas en las almohadas del amado para activar la oxitocina del amor. Clavó las fotos de Pedro con alfileres para someterlo, doblegarlo, dominarlo. Pero consiguió el efecto contrario. Pedro ya no quiso disimular.

Magda se desvelaba cada noche con el corazón apretujado, clonando su WhatsApp, arañando las paredes, desvariando, abandonando su imagen personal y sentido común, escuchando a los cuervos deambular en su psiquis a las aves de rapiña, a ese pajarraco llamado Iscariote.

El cuervo había fotografiado a su propia hija con el enamorado de Magda, susurrándose palabras al oído, esbozando sonrisas que ellos no conocían, siendo una adolescente enamorada. Magda empezó a arrancarse el cabello de tajo.

El 14 de febrero, Ahumados ofrecería brochetas de cerdo a la naranja por el día de San Valentín. El penetrante olor a cítricos era parte del menú. El solomillo de puerco era aderezado en la parrilla con salsa de soja y limón. El equipo había concertado vestirse de rojo para la ocasión. Platos en forma de corazón, cirios y copas de vino en cortesía. Sería una noche prometedora para el restaurante y para destacarse frente a la competencia.

Pedro y Marcela salían del cuarto recogiendo sus prendas interiores, lanzándose besos volados, procurando que nadie se encontrara alrededor. Se olfateaba, a lo lejos, aceite vegetal. Pensaban que quizá hubo un derrame de los galones que se adquirían a diario. Las flamas empezaron a alborotarse en el piso de fuera, que había sido desperdigado con carbón. Los extinguidores no fueron suficientes y los bomberos llegaron demasiado tarde.

Ahumados se incendió, al igual que los amantes. El Averno tomaría complacido los despojos que Magda no quiso
compartir.

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*Viviana Garcés-Vargas (Salinas, 1986), es escritora y periodista. En 2021 publicó su primer libro de cuentos, «La última pasión” y tiene otro libro en preparación. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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