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«Rossy, una maga». Crónica de Freddy Solórzano

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Rossy padece atrofia muscular y si no fuera por su andador ni siquiera podría caminar. Tiene dos hijos con capacidades diferentes. Ella es todo lo que les queda. La escasez tan estrecha la obliga a sobrevivir a como dé lugar.

 Por Freddy Solórzano*

Cuando Rossy escuchó que llamaban a la puerta del departamento, sabía quién era y qué lo trajo.

El dueño del edificio, después del saludo y sin muchas vueltas, le recordó que debía dos meses de arriendo. El ultimátum que pronunció fue como un golpe que ella vio venir al mentón: si llegaba al tercer mes impago, debía marcharse, como estipulaba el contrato que firmaron. Pidió que lo entendiera; él no era club de beneficencia y su familia comía del alquiler.

La inquilina lo miró detrás de los lentes, con sus ojos cafés achinados. Confesó que por ahora no tenía dinero para pagar los 400 dólares del arriendo de los dos meses. Comprendía la decisión de desalojarla.

Rossy se imaginó de nuevo la escena. Golpeaban la puerta, pero cambió el diálogo, ahora más cercano a la realidad. El dueño del edificio siempre ha sido comprensivo. No olvida que ella y sus hijos están alquilando desde hace dos años. Llegan a un acuerdo para que se ponga al día con el pago.

Rossy acaba de cumplir 55 años, y desde el 2013 utiliza andador para caminar; sin él no podría ir a ninguna parte. Son sus otras piernas, porque nació con atrofia muscular. Desde los siete meses hasta los dos años estuvo en cama con las piernas enyesadas.
Después vivió como una niña casi normal: corrió, subió a los árboles y se cayó. Su madre era su sombra protectora, siempre atenta para evitar que se haga daño en sus músculos y articulaciones frágiles y débiles.

Hay ocasiones en que se contractura, no puede levantarse y ni las medicinas que toma le hacen efecto. Necesita operarse la pierna derecha y que le ubiquen una prótesis de cadera. Pero si se opera, ¿quién consigue dinero en casa? ¿quién cuida de sus dos hijos? El mayor, de 30 años, tiene un 70 por ciento de discapacidad psicológica. Sufre de manías psicóticas. Debido a eso, no puede trabajar. Ocupa su tiempo jugando baloncesto, camina en la playa y lee todo lo que caiga en sus manos.

La hija tiene 25 años y 77 por ciento de discapacidad psicológica por su bipolaridad afectiva. Estudia en la universidad. Ambos deben, por prescripción psiquiátrica, tomar medicamentos. Rossy, más que imaginar qué le dice al dueño del edificio por el arriendo, se rompe el lomo para el tratamiento de sus dos hijos.

Las pastillas las entregaba el hospital Rodríguez Zambrano, pero desde hace cinco meses empezaron a escasear. Ahora ya no hay. La risperidona de dos miligramos y la quetiapina de 100 miligramos, cuando tiene dinero, Rossy las compra. Cada una cuesta más de un dólar. Sus dos hijos las deberían tomar todos los días.

En casa necesitan 150 dólares al mes para las tabletas, hasta que el Ministerio de Salud vuelva a abastecer al hospital. ¿Cuándo? Paciencia, le piden paciencia. La vida de Rossy ha estado llena de aquello, pero la fuente se va agotando.

La primera pastilla calma a los pacientes y ayuda a dormir, la otra mejora el estado de ánimo. Si no la toman, sufren de ansiedad e hiperactividad. Si pasan varios días, aparecen las crisis.

Y las cosas no podían estar peor. Desde enero del 2020 empezó a recibir 240 dólares del bono Joaquín Gallegos como cuidadora del hijo mayor, pero lo suspendieron. Las explicaciones burocráticas que le dieron son para morirse, primero de risa, y resucitar y luego morir de coraje, dice Rossy.

Desde el Ministerio de Inclusión Social le dijeron que ya no necesitaba ese dinero porque no era parte del “quintil de la pobreza”, debido a que vive en un edificio donde hay cerámicas en el piso.

“Esta gente ignora que si no pago la renta me quedo en la calle. Si yo muero, no importa, pero mis hijos ¿dónde quedan? No tengo familia que los acoja. Ellos me necesitan”.
Los padres de Rossy fallecieron, y como hija única decidió vender la casa que heredó para continuar con el tratamiento de sus hijos. El dinero ya se terminó.
Ella trabajó en una empacadora de pescado como asistente médica, tuvo una copiadora y escribía monografías. Ahora vende perfumes. ¿Y el padre de los hijos? Bien, gracias. Era profesor, vivió con ellos algún tiempo y se marchó hace más de 15 años. Dicen que está en Portoviejo. Rossy no sabe nada de su vida; él, nada de la de sus hijos. Es un cero a la izquierda.

Tocan la puerta, es el dueño del edificio. Conversan amigablemente. Rossy le entrega 20 dólares. Falta por pagar 380. En los próximos días le promete hacerle otro abono con las ventas de los perfumes. Rossy no es maga, pero como si lo fuera. Todo por sus hijos.

 _____________________________________________

*Freddy Solórzano nació en Manta. Tiene 52 años. Es periodista y cronista. Durante cuatro años fue actor del grupo de teatro Palosanto y luego incursionó en el periodismo como reportero en los medios escritos El Metropolitano, La Hora Manabita y El Diario. Además, fue editor de El Ambateño. En 2007 asume como editor de La Marea. Ha participado de encuentros de periodismo en El Salvador, Panamá, Perú y Argentina. Acaba de publicar su primer libro A cuatro pasos de la muerte y otras crónicas.

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