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El sueño blanco de Elito

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Por Christian Espinoza Parra*

Los hombres y la mujer no entran.

En el fondo de sus ojos viejos el terror encharca la esclerótica blanca.

—No hay que arriesgarse—, dice don Segundo.

—No, no hay que arriesgarse—, apuntala doña Sonia.

—Pero ya estaba marcado. Era inevitable. Solo lo alcanzó—, dice otro hombre, desconocido para mí, pero probablemente amigo de los dos.

—Primero el Galito Carrión…

—Pero antes el Wilson, el Wilson Serrano, perdido en el Cajas, acuérdate—, doña Sonia le quita la palabra a don Segundo.

—Es la vida—, simplifica el desconocido, y como quien no quiere quedarse con el clisé que acaba de lanzar, repite: —Le tocó.

—Le tocó—, repito también, pero no me atrevo a decir que lo conocí.

Uno de los pocos hombres —quizá el único— del que un cuencano podía jactarse de haber conocido. Muchos en la ciudad sabíamos quién era, al menos, de vista, por la fama insuperable y muchas veces ingrata por la que se considera hasta hoy su magnum opus —publicada cuando tenía apenas 29 años—, pues de cierta forma contribuyó a que el grueso de su obra literaria y periodística se redujera a un par de notas y reseñas despachadas bovinamente en periódicos y revistas, debido a que Polvo y ceniza se convirtió en la saga de la patria perdida, la luz sobre una historia silenciada que los académicos ecuatorianos desangraban a través de innumerables estudios, incluso de lingüística y sociología. De hecho, él tituló un artículo como El inexistente autor de Polvo y ceniza. Ahí contaba que un buen día en un puesto de libros se encontró con una edición pirata que parecía impresa en el siglo XIX y no en el XX, en una de cuyas tapas aparecía la foto de un presunto retrato suyo: un borroso señorón con la melena y el mostacho monárquicos de Balzac y la corbata de lazo de Dumas. Lo más increíble era que, según la biografía, lo daban por fallecido 30 años atrás.

No entramos.

Una hilera de paramédicos casi imberbes —hombres y mujeres embutidos en camisas blancas y chompas y pantalones azul marinos— de la Cruz Roja acordonan el perímetro triste y frío de la sala de velaciones La Eternidad, del Cementerio Municipal. Otros pequeños nudos de gente—amigos y familiares y, por qué no, lectores— se dan palmaditas tiernas sobre sus sacos negros. Voy hacia la salida dando media vuelta por afuera de la sala y embisto, por accidente, a un muchacho de pelo churudo y mirada abatida, que como yo —como todos— parece estar preguntándose quien verbalizará esta ciudad de silencios sin respuesta.

Su mirada se agrava en el silencio.

Pero los días son una red de triviales miserias, / ¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza / de que está hecho el olvido? Así fue como Eliécer Cárdenas colocó a manera de epígrafe en su trilogía bandolera.

No es cierto, la voz de la mujer que le habla a los sufrientes de trajes negros, sentados en tres hileras dispuestas en los ángulos rectos de la sala de paredes blancas y sobrias, casi todos con las nucas hacia atrás, como si la gravedad misma se concentrara oscura en este instante, se equivoca. Habla desde el vértice sobrante, a mi derecha, detrás de un mantel crema que se desparrama por el piso; y en el centro de la sala se encuentra, inmóvil y definitivo, el féretro, engordando majestuoso bajo la luz de charco de la tarde, entre arreglos florales llenos de esos lugares comunes que impone la muerte. La mujer se equivoca porque el epígrafe que el escritor Eliécer Cárdenas —nacido en Cañar, Tambo Viejo, un lejano 16 diciembre de hace 70 años— eligió para su trilogía es un versículo de los Corintios: Si yo hablara la lengua de los hombres / y de los ángeles, / y me faltara el amor; no sería más que bronce que resuena y campana que toca… A un hombre así no podía faltarle el amor, a un hombre así, cuyos epígrafes eran prácticamente capítulos de sus novelas, como si hubiera sabido que una frase capaz de comprender, de encerrar en un orden inviolable, no una idea sino una obsesión, en una o cientos de páginas, pasaba a ser nuestra, porque sus historias —como la del atormentado arzobispo González Suárez, la del sanguinario bandolero Arnoldo Cueva o la del pasado irreparable de la hacienda Río Chico— se convirtieron en propiedad común de sus lectores, lectores promiscuos que compartíamos —y seguiremos compartiendo— febrilmente escenas y frases ya adulteradas por el dolor despertado de su tedio de bobera consuetudinaria, por esos seres derrotados que acabaron volviéndose un solo nudo en la garganta, el único nudo.

Pero yo tampoco entro.

Miro al desconocido y este lanza una mirada huidiza sobre don Segundo y doña Sonia, como diciendo que a lo mejor un día, así como por descuido, también estarán bajo esa misma luz de charco, con la mirada metida entre el negro de los párpados ya para siempre cerrados, cuando la nostalgia sea por fin nuestro cuerpo quieto.

Detrás de cada uno de los hablantes de tristeza solemne que por turnos sostienen y leen sus panegíricos a los sufrientes, los papeles esmerilados de los vidrios superpuestos forman una cruz blanca que no termina de cubrir la vista sobre este gastado itinerario de muertos que muestra sin vergüenza su paisaje repetido: nuestro común destino cuencano.

Unos minutos después llega mi amigo Gabriel con la chompa oscura que ofreció prestarme, y así, por fin parte del nudo negro de gentes, avanzo de nuevo hasta la primera de las dos entradas de la sala —la de la derecha— y trato de ponerme en puntillas o de perfilar lo suficiente la cara para seguir escuchando. Como soy bajito, me cuesta. Entonces alguien lee un texto de la ministra de Cultura, María Elena Machuca, que se supone ella escribió. Los nombres de muchas novelas de Eliécer se mezclan promiscuamente, como si cuando el lector del comunicado burocrático dice que «Tres gaviotas en la piel nos recordarán tus Tardes de mar y boleros» fuera una forma astuta y hasta intelectual a través de la que la ministra quiso mostrarnos que, entre otras cosas, sí puede leer. Mientras tanto, esta misma tarde, en el Palacio de Carondelet, en el Salón Amarillo, el presidente de la República le entrega a manos llenas la Condecoración de la Orden Nacional «Al Mérito» en el Grado de Gran Cruz a Mario Vargas Llosa, quien asume su postura totémica —en las fotos que Guillermo Lasso subirá a su Twitter—, con una mano agarrándose patrióticamente el pecho, de defensor de la libertades individuales y del libre mercado, al tiempo que el Presidente lo imita como si de verdad creyera lo que dice sin morderse la lengua: «Yo también sentí que debía revelarme ante cierto statu quo que sigue dominando tanto nuestra política como nuestra cultura, es ahí donde nuestros caminos se cruzan, es ahí desde donde yo puedo hablar». Y Vargas Llosa dice, devolviéndole el elogio: «Ojalá lo dejen convertir a Guillermo Lasso al Ecuador en el país que tiene en sus sueños». Y todo esto, porque sin duda, tiene mérito propio que un intelectual así, que piensa y escribe así —que Ronald Reagan y Margaret Thatcher consolidaron la democracia en Occidente—, empeñe su palabra para un video grabado con celular. Hace meses circuló en grupos de WhatsApp durante las elecciones presidenciales de 2021. Ahí Vargas Llosa ya decía, cómodo desde el sillón de una sala llena de libros, más con la torpeza de un mediano estratega político que con la de uno de los más grandes novelistas latinoamericanos, que la palabra que mejor calza con lo que Lasso quiere hacer del Ecuador es «éxito». Afuera de la sala hace frío.

(Sea como sea, no se puede evadir el hecho de que escritores y políticos que nadan en la contraria orilla ideológica de Vargas Llosa —que no es el caso de Lasso, por supuesto— se han dejado arrastrar por la gloria de su pluma o de sus luces de oropel. Eliécer alguna vez se dejó vencer por lo primero, de modo que en el homenaje que el Municipio de Cuenca le hizo a Vargas Llosa para entregarle las Llaves de la ciudad, reconocerlo Huésped Ilustre y darle el Libro de Oro de Cuenca, a las 11h00 de la mañana del 21 de junio de 2007, leyó, mirándolo con asombro discreto, un discurso en el cual decía que «el maestro de la narrativa peruana y latinoamericana no puede ser tildado como un fanático del neoliberalismo, aunque sus tesis económicas se asimilan a este», porque «busca, ni más ni menos, desde su posición asumida con honestidad, un camino menos doloroso y con libertad para Perú y América Latina». Eliécer, que decía ser «marxista, marxista religiosamente», mientras Vargas Llosa pronunciaba, después de estrechar la mano de Eliécer cuando éste terminó su discurso y se le acercó, en una Cuenca que celebraba sus 450 años de fundación y que a la vez comenzaba a vivir el primero de los diez años largos de un gobierno con hidrocefalia, hecho con los humores de la bilis y color verde vómito, que le había  «conmovido mucho escuchar al Lcdo. Eliécer Cárdenas hablar con tanta profundidad, versación y también, desde luego, generosidad y cariño sobre mi obra y conducta cívica»; que los pueblos eligen ser pobres o prósperos; que «cuando vean en los periódicos ‘Vargas Llosa es neoliberal’, digan sí lo es, pero uno rebelde». Había sido invitado por el Banco Pichincha —en una foto del 20 de junio se lo puede ver sentado en el Teatro Sucre, donde fue a dictar la conferencia Desafíos de la libertad a «empresarios», «clientes» y «gente de cultura», según muestra Diario El Tiempo, con los principales directivos del banco: Fidel Egas, Luciana de Egas y Antonio Acosta—. Cuando Vargas Llosa se bajó del autobús de turismo en el que venía, escoltado por el GOE (Grupo de Operaciones Especiales), lo precedía una llovizna profusa. Recién entraba al Salón de la Ciudad para abandonarse a los honores de unas personas que no habían alcanzado a llenar gran parte de los asientos del lugar porque solo se podía asistir por invitación, cuando una muchedumbre le salió al paso y le gritó —no solo a él sino también a los banqueros— a través de un megáfono: «traidor», «agente de la CIA» y, ante todo, «pendejo». Vargas Llosa mantuvo la calma gracias a una sonrisa leve que Fidel Egas, a la cabeza de los ejecutivos del Banco Pichincha, no pudo ver. Dentro de la sala lo esperaba el alcalde de Cuenca, el prefecto y el presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Azuay. Por suerte, un niño que horas antes había comprado una novela de Vargas Llosa en Sodilibro se unió al coágulo de gente que esa mañana desempolvó desesperada sus libros para que, aquel peruano que tres años después obtendría el Premio Nobel de Literatura, estampara su firma. Como los anfitriones no querían que los manifestantes arremetieran de nuevo sus insultos contra Vargas Llosa, no lo sacaron por la puerta principal, sino que por medio de guardias vestidos de civil para la ocasión, lo hicieron por el edificio de la empresa ETAPA, en tanto los policías usaban la fuerza para impedir agresiones físicas. Una de las cosas que más destaca Diario El Mercurio de esa extraña jornada es que afuera la lluvia seguía profusa).

Apenas con dos días de diferencia —entre el 24 y el 26 de septiembre de 2021 — murieron el narrador maromero de Guayaquil, Jorge Velasco Mackenzie, y el escritor austral, Eliécer Cárdenas. Vargas Llosa llegó hoy, lunes 27 de septiembre, por cuarta vez al Ecuador —la primera fue por obra y gracia de Benjamín Carrión—. Abandonará el país en la noche. A Jorge y a Eliécer los recordaron en el Salón Amarillo solo para despachar la coyuntura con un minuto de silencio. En los comentarios de Twitter algunos reclamaron, ante las críticas sobre el reconocimiento del Estado a Vargas Llosa, que nunca uno de los nuestros tendrá ni medio Nobel. Muchos los apoyaron.

La violencia empieza por los símbolos.

(En su discurso dedicado a la obra de Vargas Llosa, Eliécer utilizaba como frase final una pregunta a manera de agradecimiento: «¿Qué más se puede pedir a la literatura, maestro Mario Vargas Llosa?». Creo que en este momento, cuando el «maestro» recibe su merecido reconocimiento, cabría preguntarle lo mismo.)

Yo soy Blanquita, la hermana mayor de Eliécer. La que tuvo una misión: ver cómo se hace un escritor, un hombre. La que vio al niño que fue y a sus hermanos que también fueron, perderse entre los caminos desérticos de Cañar. Pero ya no, ya no más. El resto es historia. La historia injusta de un país que nunca le reconoció a Eliécer con el Premio Eugenio Espejo. A él le pidieron una semblanza propia para incorporarlo en la Real Academia de la Lengua, en 2016, pero se negó rotundamente. Entonces la hice yo, acordándome, solo acordándome de cómo la abuela Blanca exageraba las cosas cuando la visitábamos en la casa de San Sebastián; cuando Ignacio Andrade, el dueño de la librería Ecuador, le vendía colecciones de cuentos con facilidades de pago; cuando montábamos obras de teatro con escenario y todo; cuando comenzó a escribir cómics sobre gestas medievales que escondía en lugares inaccesibles para que no nos riéramos, pero los acabamos encontrando; cuando la ñaña Carmita le daba pasando sus textos a la computadora porque él nunca se llevó bien con la tecnología. Es el segundo hermano que se va, que se nos va, éramos nueve. Como digo, el resto es historia. Le decíamos Elito. Mamá también le decía Elito, y nos sentaba a contarnos cuentos, pero ahora como en las historias de Julio Verne que tanto nos fascinaron, ya te vas en un barco luminoso de vuelta al océano donde hasta la propia eternidad se disuelve, donde los mares que hicieron ese océano inacabable al fin ya no pertenecen a ninguna parte.

Me quedo en medio de la sala; varias espaldas negras se desparraman tratando inútilmente, en medio de abrazos estrechos y manos llorosas, de ir hasta el féretro, cuya tapa adornada con un Cristo dorado se abre poco a poco y muestra a través del vidrio unas tiernas manos exageradamente blancas, aferradas, entre la violenta claridad de las luces del techo, a una rosa de un rojo tan intenso como el de un beso estampado en la boca. Y recuerdo la primera vez que hablamos: una entrevista en la oficina que Eliécer tenía cuando era director de la Biblioteca Municipal Daniel Córdova, días después de haber leído por segunda vez Polvo y ceniza. Yo llevaba un cuestionario temblando de miedo y admiración, apoyado por Gabriel que iba a registrar el encuentro en audio y en fotos. Me trabé al presentar a Eliécer, por lo que además tuve que leer el cuestionario avergonzado de mi voz temblona. Solo cuando faltaban pocos minutos para terminar la entrevista descubrí que él estaba igual de nervioso que yo —sus dedos tiritaban como oruguitas enfermas— pero trataba de sonreír para calmarme, como diciéndome que no hay autor ni lector, sino autor-lector, una sola carne de la carne. Pero ahora apenas alcanzo a observar un pedazo de su barba gris, a la altura del mentón, porque entonces un hombre pone un sombrero que aterra por lo blanco y delicado sobre ese vidrio demasiado flaco que separa a los vivos de sus muertos, la mano que ama y mata del polvo y la ceniza.

Sino fuera por Gabriel no me hubiera atrevido jamás a pedirle esa cita que acabó en tantas que a la larga me mostraron que a veces, muy contadas veces, un autor es su propia obra. Lanzo una mirada a Gabriel a unos metros de mí, como tratando de que lo sepa, pero me devuelve una de reproche por mi torpeza. Las voces confundidas en el inevitable grito final de ¡un dos tres! levantan en andas el féretro y lo llevan hacia la salida. Afuera las espaldas negras se convierten en manos que se elevan al cielo y aplauden, hasta que vuelven a ser silencio. El féretro es depositado en el carro gris de la funeraria. Comienza otro velorio en la sala diagonal a La Eternidad.

—Solo en los velorios no existe ni odio ni apuro— digo.

—Muévete, ya casi llegan.

Cuando llegamos al pabellón C del cementerio la noche cae, pero permanece con una herida abierta porque los mariachis recomienzan otra vez un lugar común: Y volveré / Como un ave que retorna a su nidal / Verás que pronto volveré y me quedaré / Con esa paz que siempre, siempre tú me das / Que tú me das. Pienso en el pasaje final de una de sus mejores novelas, Las antiguas mañanas, publicada en 2015, cuando Marcos Lira, un marxista anacrónico pierde a su familia y su reputación, tras un fracasado intento por demostrar la libertad como absoluto, luego de liberar en un operativo clandestino a un puma cautivo del zoológico con la complicidad de su grupo anti sistema —conformado por puros niños «revolucionarios»—, y cree que lo único que le queda es la hoja de Gillette que le ha dejado su amante accidental en su celda solitaria entre las páginas de una revista, «cuando una frase que alcanzó por puro azar, gracias a la escasa luz que venía de un foco desde el pasillo, le conmocionó como un invisible y perentorio llamado que surgiera de las antiguas mañanas de su vida».

» “Debajo de los adoquines están las playas”.

Entonces Marcos Lira repite nuevamente ese llamado a seguir vivo y soñar aun entre la niebla y la estrechez de espíritu para que los silencios nunca más se queden sin respuesta: «Las playas, y el mar, la vida entera». Y tu recuerdo también, maestro, completo en voz baja. Pero los martillazos sordos de los enterradores que hacen un lugar en el nicho C2-079, suben estremecidos hasta las alturas del pabellón C, desde donde Gabriel y yo observamos el Cristo dorado de la tapa que cae extenuado hacia un lado para contemplar, como dos perros huérfanos, a la nada convertida para siempre en un blanco sueño profundo —sí, el sueño de la muerte que no ha podido nunca contra el sueño de la vida vivida por un hombre bueno— sobre el tranquilo rostro de Elito. El nudo negro de gente se deshace cuando sus manos empiezan a dejar desesperadamente dentro del féretro todavía abierto sus tarjetas de despedida, devolviéndole las palabras que nos prestó.

Gabriel se aleja hacia un rincón y permanece callado, con las manos sobre el barandal metálico. Todos los caminos de piedra se confunden entre los laberintos de tumbas mudas, y los árboles que crecen sobre la nada, y los restos de rancheras fúnebres entonadas todos los días por mariachis criollos, y las risas de los paramédicos que regresan a casa porque para ellos la muerte es como cambiarse los zapatos, y las pisadas de los niños, mujeres y hombres que regresan del otro velorio, cabizbajos o mirando al cielo mientras dos pájaros vuelan a través de la noche herida.

Entonces Gabriel respira y dice airoso:

—A buscar a la muerte para nacerla.

______________________________________________

*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos y crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo, en la sección Eriales perdidos. Es codirector de la mesa central de loscronistas.net y presentador del programa dominical de streaming por SRRadio, en el que aparecen los mejores escritores del país.

*En la fotografía, de la tercera fila desde abajo, Eliécer Cárdenas en la Sala Alfonso Carrasco, en 2018.

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