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Por Viviana Garcés-Vargas*

Jazmín, de 22 años, decidió marcharse de su círculo de penurias en cuanto tuvo oportunidad. La tierra que cubría sus zapatillas siempre le pareció asquerosa y el colchón de paja que debía compartir con sus dos hermanas más pequeñas era intolerable para su ambiciones de tener una vida mejor y las sábanas de pinganilla no alcanzaban a cubrir su vergüenza.

Vivía detrás de la Universidad Península de Santa Elena, en las invasiones a un terreno donde se apilaban los escombros de un futuro mejor. Desconocía cómo no vivir en hacinamiento, ya que su papá trabajaba ocasionalmente en obras de construcción y su mamá en el reciclaje que servía para la comida diaria, en los cuales un pan con café Pres2 y un encebollado con una botella de tres litros Big Cola (si el día era productivo) era el lujo que podían costearse para matar el hambre de seis personas que por la estrechez de sus vidas no se soportaban entre sí.

Rubia a punta de tinte de $1.99, Jazmín desconocía a su familia cuando caminaba por el Paseo Shopping. Tenía una ventaja: estar rodeada de amigas y novios a quienes les negaba su origen peninsular, a pesar de sus apellidos: Lindao Tomalá, sus ojos pequeños, rasgados, su nariz curva y su tono de piel que se asemejaba a las cenizas.

De 1.60 mts y con unas piernas y cintura definidas en el gimnasio, solventados gracias a la pensión alimenticia del hijo que era criado por sus padres como un hermanito, cursando hasta el séptimo año de educación básica entendió que no requería de mayores conocimientos para subsistir en el mundo que siempre anheló y que advertía como magistral: los estupefacientes.

La «hache», envuelta en funditas de polifán, donde la mezcla de heroína, raticida, cemento, analgésicos y heces de animales, era una droga que zumbaba en el sector de La Libertad, especialmente por el sector del mercado de mariscos, donde se vislumbraba una mancha de adolescentes: hombres y mujeres de figuras esqueléticas, rostros que se aproximaban a la confusión y que rogaban en silencio la ayuda que su familia y el Estado siempre les ha negado.

Jazmín conocía bien a los microtraficantes, ya que había vacilado con uno de ellos meses atrás. Randy le había ofrecido meterse en el camello y ella examinaba la pinta de su pretendiente con prendas en el que el logo se podía vislumbrar a diez metros de distancia, para destacar el dinero de un nuevo rico. No obstante, lo que la impulsó a introducirse de inmediato en la mafia fue la camioneta doble cabina Ford F150 Xlt que Randy adquirió al contado y en la que sacaba a pasear a sus novias.
Primero fue guiñándole los ojos a sus vecinos. Entre 12 y 17 años eran los más jóvenes, quienes de manera incauta aceptaban el primer paquetito de «hache», una cortesía para engancharlos en la dependencia física y psicológica de la droga.
En menos de tres meses, Jazmín había conquistado el territorio. Los barrios Rocafuerte, Velasco Ibarra, Mercado Jorge Cepeda y el malecón de la Libertad eran sus zonas de venta.

Al principio, recorría a pie los distintos sectores recogiendo su largo cabello y formando una cebolla, una gorra negra, un buzo con costuras abiertas, un short que mostraba sus nalgas pronunciadas, un canguro donde guardaba la merca y unos deportivos Nique, emulando a la marca original.

Los muchachos la esperaban deambulando entre los pilares de las casas y locales comerciales, balbuceando entre rostros desencajados por los 50 centavos de hache que les provocaba confusión, letargo e inhibición de las ansias por un pan con queso.

A partir de entonces, Jazmín adquiría su ropa en Shein, compraba sus deportivos en Marathon y ya ni siquiera recibía la bendición por parte de su mamá. Con una sonrisa de avaricia, a los 15 días de considerarse independiente y anular su insolvente vida, Jazmín azotó la puerta de su casa para no regresar más.

Su hijo de tres años se tiró al suelo polvoso para rogarle a su mamá ñañita que no lo abandonara. Jazmín no levantó la mirada y con un dejo de triunfo se fue con flamante celular en mano, la poca ropa nueva que había adquirido en línea y su canguro lleno de dinero y drogas, con la esperanza de desterrar su anterior vida.

Jazmín partió de los despojos a la opulencia. Hizo su base en el hotel Miramar sin escatimar gastos. Randy le auspiciaba todos sus caprichos ya que Jazmín tenía magia para ser una expendedora leal, pero ante todo eficiente.

La seducción de Jazmín para vender era elocuente. Ya no solo recorría las áreas conflictivas del cantón sino que decidió que los estudiantes secundarios fueran un buen nicho para aumentar sus ingresos. El horario de salida era el ideal, captando a chicos con uniformes ya sucios por el término de la jornada estudiantil y con una ansiedad evidente. Bolsiqueaban a sus compañeros para obtener más gramos de “hache” y saciar su síndrome de abstinencia.

Las 100 envolturas de droga que vendía originalmente por cada colegio se multiplicaron, mientras Randy la satisfacía de diferentes maneras. Cartier en su mesa de noche, champagne en la tina de baño. En las noches de recompensa, Jazmín se retiraba sensualmente el sostén de hilo Victoria Secret para luego atar con esposas los pies y manos de Randy sobre la cama de tres plazas, con el ambiente pletórico del olor a mar. En el lecho, con un respaldar de cuero color champagne, Jazmín se sentaba sobre Randy, dándole la espalda para controlar la profundidad de la penetración. Luego contaban el dinero recaudado en el día y planificaban el nuevo espacio a atacar, evitando pactos de amor.

Jazmín pasaba sus días entre la venta de “hache” y fiestas en lujosos hoteles. El Decameron armaba jornadas para solteros donde el tequila y el whisky se bebían en grandes proporciones y sin restricciones. Ella ya era conocida en esos lares porque no se privaba de asistir a todos los eventos, siempre hasta altas horas de la noche y saliendo de ellas con amigos diferentes. La amplia piscina con diversas palmeras era el espectáculo ideal para que Jazmín conociera a dealers más poderosos e intimar con ellos.

En la perplejidad, Jazmín usaba sus armas de fascinación para abatir a sus contrincantes con sexo disoluto. Detrás de los dátiles, Jazmín los saciaba con cunnilunguis bajándoles rápidamente las pantalonetas para deleitarse de variados tamaños y grosores de penes, mientras los negociantes cincuentones de bigote vaquero, vientres abultados y acento foráneo exploraban qué comuna o institución educativa serían tierras fértiles para explorar.

Sin embargo, Jazmín necesitaba un aliado más fuerte para transformar las secundarias tanto fiscales como privadas en su centro de sumisión hacia los alcaloides. Ahí, en uno de sus bacanales, conoció a Jeremy, un adolescente de 17 años, graduado por las palancas que sus padres acaudalados tenían en el colegio más caro de la península.

Jeremy se postulaba como el proveedor más competente gracias a sus contactos en Centroamérica. A Jazmín le sedujo la convicción que tenía él para reclutar a jóvenes con posibilidades económicas y grandes carencias familiares, pero también el vigor sexual que se apreciaba en su físico. Era un hombre de 1.80 mts, ojos azules almendrados, barba castaña, pectorales prominentes, intelecto innato para el engaño, la empatía con sus socios y el quemeimportismo por la vida. Él la bautizó como luego fue conocida en todos los ámbitos de la droga: Queen Mama.

Gracias a la capacidad que ella demostraba para atraer clientes y a la inmediata relación que surgió entre los dos, la vida de Jazmín se transformó cuando Jeremy se convirtió en la atracción amorosa y sexual más violenta y decisiva de su ahora poderosa e influyente existencia.

_______________________________

*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales, salud mental y erotismo. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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Comments (3)

  1. Armando Aguirre

    03 Sep 2021

    Gracias por excelente narrativa

    • Los Cronistas

      03 Sep 2021

      Muchas gracias, Armando. Seguiremos en ese camino.

      Saludos fraternos,

      Rubén Darío

  2. Viviana Garcés Vargas

    03 Sep 2021

    Muchísimas gracias, Armando, eso me impulsa a seguir escribiendo.

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