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Crímenes del otro amor

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El olor a mar siempre embadurnó mi vida. Los pescados aleteando en la orilla y nosotros obligados a buscar ese oficio porque sino te mueres del hambre, decía mi papá. Éramos siete personas en una casita, donde el calor zumbaba por el techo de zinc y los mosquitos nos comían porque es el oficio de los sancudos en la costa. Dos espacios que ni separaciones tenían ya que las paredes de caña tapizadas con papel empaque eran más baratas, según el maestro de obra que vivía en el barrio. Mi mamá y mis cuatro hermanas, metidas siempre en la cocina, destripando albacoras, pelando yuca y cortando cebollas en sacos para vender encebollado en el mercado, porque a pesar de que sobrevivíamos por la pesca, mi viejo se gastaba la plata en chongos y en comprar enormes televisores de plasma para ver el fútbol y sacarle pica a los sapos envidiosos.

A mi veterano no le interesaba la educación de sus hijos. Con tal que aprendiéramos a leer y sumar para no ser estafados se conformaba. Siendo el menor de cinco, mientras mis ñañas se turnaban las mochilas para ir a la escuela diurna o vespertina, a mí me entraba la curiosidad de ponerme las faldas de ellas y las plataformas de mi viejita. Una mañana, luego de una de sus amanecidas, recuerdo bien, me marcó con el «San Martín» para que aprenda a ser machito.
Mis hermanas terminaron la escuela y ya estaban preparadas para hacerse de maridos, mi mamá les enseñaba a cocinar, lavar y barrer, porque así se los mantiene contentos, explicaba mi papá mientras se rascaba la panza bielera y mi mamá se sacaba la mugre lavando ropa ajena para que en los chuchaquis de su esposo no empeñara el parlante fiado a 18 meses.
Siempre supe que no me gustaban ni el pelo corto ni las pantalonetas. Me sentaba para ir al baño que estaba afuera de mi casa y mi papá se cabreaba full porque debía seguir sus pasos. M gritaba: «tú serás mi gran varón» y se movía salseando a lo Willie Colón.
Mis ñañas me tenían como su muñeca de trapo, me ponían chapita en los cachetes, me hacían colitas en la cabeza y me dejaban ponerme ese brillito que parecía manteca en la boca. Mientras mi papá chongueaba nosotros bailábamos en la casa, a pesar de que las cañas se movieran por el estruendo de la música a alto volumen.
Yo era el único pelado que no jugaba fútbol en la cuadra, los otros niños ni siquiera me paraban bola y, la plena, nunca me importó.
Mi papá nos obligaba a armar las redes y que el nylon no se enrede, porque el cocacho se repetía sino era un trabajo bien hecho.
Él me lanzaba al sol para curtirme y no permitía que usara guantes cuando el cabo era muy grueso: «Pendejo, a mí no me hagas pasar vergüenza» y nos íbamos en la panga: «Pilas, para que dejes de estar pegado a las faldas de tu madre».
Aprendí el oficio obligadamente. Los hombres en la calle, las mujeres en la casa. A los 15 años ya estaba en alta mar con mi equipo de agua, pantalón, camisa, botas y un abrigo más grande que yo. A partir de esa edad, dejé de reír y soñar. Mis cambios físicos empezaban a ser evidentes y yo los odiaba.

La voz gritona de niño se fue, los testículos crecieron y renegaba de orinar en cualquier parte. No quería músculos, necesitaba cintura. Me llené de vellos por todas partes y los rasuraba a diario con Bic. Dejé de dormir porque tenía una pesadilla que se repetía: mi cabeza en otro cuerpo: uno finito, con pelo largo y rubio, usando vestidos frescos y sin pelos en la cara, pecho o piernas.

Mi ñaña Kimberly era la única que me alcahueteaba. Me prestaba sus sostenes ya gastados y me permitía dormir con ellos poniéndole bolitas de papel para rellenarlos. Me pintó las puntas del pelo con Blondor y me arreglaba las uñas para tenerlas con forma y diseños. Los vecinos se reían de mí cuando iba a comprar coca-cola a la tienda de la esquina. Yo no quería disimular. Una noche, luego de ir a la panadería, me agarraron entre cuatro, arrimándome contra la pared y con tijeras largas y oxidadas me trasquilaron el pelo, todos ebrios y aplaudiendo la zanganada. Me dejaron con cortes en la cabeza que solo Kimberly curó con mertiolate y secándome las lágrimas.
Mi vieja solo callaba y el viejo pegaba alaridos: «¿Y ahora cómo quieres qué te llame?, ¿Ricardita?», «¿y así pides que te respete?, ¡cojudo!»
En la fibra era mucho peor. El viejo me pagaba la mitad del sueldo semanal para que no lo gastara en pendejadas y muchas tardes no recibía mi jama, solo una tarrina con cucarachas, para que tiemple el carácter.
Los compañeros eran más cizañosos, con excepción de uno que jamás se metió en pito ajeno: Ricardita, ¿de qué te vas a disfrazar? Y se carcajeaban, menos Fausto que me daba palmaditas en el hombro cuando me cabreaba y empezaba a tirar las boyas al mar, aguantando las zurras de mi papá.

Eran las dos am, y ya no aguantaba más. Deliraba de fiebre por que ya tenía varios días sin comer. Era el chiste de la panga, avivado por papá.
-«Tss, tss, miren cómo menea las caderas la Ricardita».
-«¡Ay, ya, Britney! ¿Tas cuidando la figura? ¡Vuela, pues, vuela! No lo pensé mucho y a 10 millas, fuera de Santa Rosa, fue mi primer intento de sacármela de aquí. Salté de la borda. Fausto fue el único que se dio cuenta y nadó para tratar de salvarme. Tenía 17 años. Era hueso y pellejo. Él me rescató.
Papá, cabreado, nos botó a los dos. No volví a saber de Fausto.
Desaparecí de mi casa cuando el viejo dijo que ya no quería enfermos, disfrazados de mariposas. Los sollozos de mis ñañas eran amargos y mi vieja, arrodillada en el piso de tierra, rogaba a mi veterano que recapacitara. Me fui.
Kimberly se había hecho de compromiso semanas antes de mi baraje de la casa. Su marido era otro pescador y estaba reclutando tripulantes. Me acogieron en su casa. Les ayudaba en la cocina mientras mi ñaña le daba la teta al bebe o le cambiaba los pañales.
Empecé a camellar como oficial de cubierta. Mi cuñado no tenía problemas en cómo me vistiera, mientras guardara la compostura. Al fin supe qué era vivir en paz. Conocí a Ronny, un morenazo de 1.80 mts, con piel suave y tostado por el sol cholo. Tuco como él mismo, con brazos de estibador, cejas y pestañas espesas. Siempre tenía algo positivo que decir y nos hicimos panas de inmediato. Era el segundo hombre que me gustaba de verdad. y yo le gustaba a él.

Al principio, empecé a trabajar en la cocina del buque y a conquistar a Ronny a partir de la comida. Le servía siempre el plato más grande, que se turnaba entre encebollados, arroz con menestra, sango de verde y cazuela. Mi cuñado comía callado y nunca opinaba; los camaradas, no. Una noche, luego de la veda, Ronny y yo nos estábamos besuqueando. Yo tenía 20 años y él 27. Era la primera vez que sentía que alguien me quería. Estábamos escondidos en medio del baño y la proa, pero nos descubrieron. Entre cinco nos cayeron a golpes, plomo iba, plomo venía. Una paliza brutal. Mi cuñado intentó detenerlos, fue tarde. Mis pulmones se hincharon, mezclándose con sangre. Llegué al hospital Liborio Panchana solo para que decretaran que en pocas horas moriría. Ronny tuvo un final similar en el hospital José Serrano: falleció poco antes que yo. Ambos fuimos víctimas de nuestro amor.

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*Viviana Garcés-Vargas es periodista y escritora. Radicada en Salinas, península de Santa Elena. Fiel creyente que la educación es un arma contra las fobias y la ignorancia en general. Lectora compulsiva,  busca temas que pueden generar empatía hacia el lector y la comunidad que la habita, en especial sobre feminismo, minorías sociales y salud mental. Es integrante de la mesa de redacción de loscronistas.net

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