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La cueva de los murciélagos

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Hace ya casi 30 años las cuevas de la playa El Murciélago, ubicada en Manta, desaparecieron por la construcción de los edificios al borde del perfil costero. Pero todavía continúa siendo el balneario de los que hacen trenzas para el cabello y dan masajes, de los estudiantes que se fugan del colegio, de los delincuentes que a veces regresan, de los pocos que aún llegan a hacer el amor al caer la tarde, de los 200 comerciantes que la recorren para vender corviches, helados, granizados, huevos de codorniz y cervezas.

Por Freddy Solórzano*

 La última vez que caminó por la playa El Murciélago fue el mismo día que le robó la suerte a un turista.

Ocurrió hace más de 25 años, una mañana que hizo la rutina de siempre. Salió de su casa y bajó por la loma del barrio Perpetuo Socorro y llegó hasta el rompeolas del puerto. Veinte minutos de caminata, de cabo a rabo por la playa, con la mirada atenta a su alrededor.

En esa ocasión, como en todas las anteriores, andaba en busca de las parejas que llegaban a las cuevas de El Murciélago a hacer el amor, sin importar la incomodidad de no tener un colchón para recostar sus cuerpos deseosos de sexo.

Él esperaba que entrara la pareja a la cueva, empezaran las caricias preliminares y entonces era su turno de actuar. Se arrastraba como una culebra, su cuello se alargaba como jirafa y sus ojos parecían de águila. Es lo que se llama un mirón, “voyeur” le dicen en francés, en busca de satisfacción observando a otros en pleno acto sexual.

La segunda razón para ir a la playa era menos carnal. Cuando no estaba pescando era un ladronzuelo de poca monta que robaba las pertenencias de los bañistas desprevenidos.

En una de esas ocasiones, la última vez que caminó por El Murciélago robó una mochila. Adentro había ropa, toallas, bronceador y un número de lotería. Nada de aparente valor.

La suerte le sonrió cuando luego de unos días comprobó que ganó con ese billete un premio gordo. Le agradeció a Dios por acordarse de él. Ahora sí iba a cambiar. Sería un hombre de bien, preocupado por su esposa y sus hijos. Hizo todas las promesas que se espera cuando la fortuna te toca. Compró una camioneta, una lancha para pescar y una casa. La emoción del que nunca ha tenido nada lo invadió. Gastó a manos llenas y luego, en dos años, perdió todo porque fue un mal administrador.

Su esposa después lo dejó. Estaba peor que cuando ganó la lotería. El golpe de gracia no tardó en llegar. En una madrugada de borrachera, un carro lo atropelló y estuvo al borde de la muerte. Por las secuelas del accidente es un discapacitado físico y mental que vive en casa de sus padres. Camina como un robot y tartamudea.

Ir a la playa ya no le interesa. Además, por sus condiciones físicas no está para hacer de nuevo de mirón o robar a los bañistas. El Murciélago que conoció no es el mismo de hace 25 años. Las cuevas desaparecieron por la construcción de los edificios al borde del perfil costero. Eran cuevas pequeñas con suelo arenoso que se formaron debajo de las lomas. Caprichos de la naturaleza para los amantes.

Las cuevas

César Delgado Otero es un ingeniero civil de 86 años que conoce la historia de esta playa. Escribió el libro Desarrollo del Puerto de Manta, donde narra que El Murciélago lleva ese nombre porque hasta 1940 hubo una punta de piedra frente al actual hotel Oro Verde. Pero luego por los oleajes se formó una gran cueva donde habitaban murciélagos, pero el mar la destruyó y desaparecieron, aunque el nombre quedó sellado para la playa y el barrio del sector.

Si usted es mantense y tiene menos de 30 años, tal vez no está enterado que El Murciélago no siempre fue la playa que en Carnaval acoge hasta 25 mil visitantes en un día. O que en el 2013 reventó con más de 100 mil asistentes en el concierto al aire libre de Marc Anthony. Una vez fue otra cosa.

Delgado Otero recuerda que el primer camal de Manta estuvo en esta playa. La sangre, producto del sacrificio de las reses, iba al mar, lo que atraía a los tiburones. No era una playa recomendable para bañarse porque había rocas. Solo los sacerdotes ingresaban a darse un chapuzón por su privacidad.

Lo que ahora es el Manta Yacht Club y, especialmente, Tarqui eran los balnearios escogidos por los bañistas. Pero todo cambió cuando en 1958 empezó la construcción de las obras portuarias de Manta con el rompeolas y los muelles.

El camal se reubicó en otro lugar y la playa pedregosa se sedimentó por los trabajos portuarios. Y llegaron entonces los turistas y el resto ya lo conocemos.

El Murciélago es el balneario de quienes llegan desde las seis de la mañana a caminar y correr.

De las mujeres que practican bailoterapia, de los surfistas que buscan olas para que su adrenalina se dispare, de los jugadores de fútbol playero, de los voleibolistas, de los 200 comerciantes que la recorren para vender corviches, helados, granizados, huevos de codorniz y cervezas. De los paseos en lanchas. De la banana y motos acuáticas, de los salvavidas voluntarios, de los que alquilan carpas. De la bandera roja que los bañistas desatienden cuando el mar está bravo y arrastra. Cada año hay, mínimo, un ahogado. De los fotógrafos que nadie contrata porque los celulares les han quitado su negocio. De los que hacen trenzas para el cabello y dan masajes. De los estudiantes que se fugan del colegio. De las tuberías de aguas servidas. De los pocos que aún llegan a hacer el amor al caer la tarde; de los delincuentes que son como la marea baja y alta: hay tiempo que desaparecen pero luego vuelven.

El lunes anterior un joven de 20 años fue asesinado a puñaladas cuando se hallaba con una chica a las ocho de la noche en la playa, por la estación de bombeo Umiña. El móvil del crimen, dijo la Policía, fue el robo.

Buscador de tesoros

Sábado, siete de la mañana. Se presenta con el apodo de “rockero”, como quiere que lo llamen, llegó a las cuatro de la madrugada a El Murciélago. En una hora más se irá. Es guardia privado y tiene como pasatiempo, además de escuchar rock clásico, buscar tesoros en la arena.

Esta afición empezó hace un año, cuando un pariente que vive en Miami estuvo en Manta y le contó que iba a las playas de esa ciudad con un detector de metales. Al rockero le gustó aquello y compró un detector que le costó 300 dólares, y se puso a buscar tesoros en El Murciélago y también va a Puerto López y a la zona norte de Manabí. Hace un mes decidió comprar un mejor detector que le costó 1.300 dólares y que es resistente al agua.

El rockero, que tiene 37 años, avanza por la playa siempre que esté baja la marea, con su detector, y la atención puesta al sonido que emite el aparato cuando halla un objeto. Con una pala escarba y encuentra una moneda de un dólar. Un minuto después suena de nuevo el detector. Escarba y ahora descubre un anillo de plata.

Como él hay cinco personas más que se dedican a este oficio en El Murciélago. El rockero ha encontrado más de 300 dólares en monedas y objetos, casi siempre de oro, que se les pierden a los bañistas.

Algunos los venden, otros los coleccionan. La mejor época es el Carnaval. Más turistas, miles, más perdidas. Niños extraviados que luego los socorristas entregan a sus padres. Monedas y joyas que no se devuelven, porque si no se las lleva el mar, el detector de metal del rockero las encontrará al día siguiente.

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*Freddy Solórzano (Manta). Es periodista y narrador. Desde el 2017 es editor del Diario La Marea, especializado en crónica. Durante un año dirigió, con mucho éxito, el Diario El Ambateño. Ha participado en encuentros de periodismo en El Salvador, Panamá, Perú y Argentina. Es colaborador permanente de loscronistas.net

 

 

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