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La venganza

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Por Marco Maldonado*

 CAPÍTULO 1.

Aníbal y Alberto iban a bordo de su vieja camioneta roja Dodge 1963. Por fuera nadie daría un dólar por el cacharro, pero funcionaba. Iban de regreso a la cabaña luego de su jornada de trabajo a medio camino por la desolada carretera. Eran aproximadamente las seis de la tarde y de a poco el cielo se iba tornando gris cuando un poco más adelante, en la vía, miran un auto con el capó abierto. Al parecer era una pareja cuyo auto estaba varada en el camino y los hermanos bajaron la marcha para poder divisar mejor. Observaron detenidamente. Un tipo de unos sesenta años, gordo, calvo y muy bien vestido estaba frente al capó abierto. Salía un poco de humo del motor y dentro del carro se encontraba una señorita joven y bonita, con cara de fatigada. Ambos miraron a la camioneta de los hermanos clamando por ayuda.

Los viajes que a diario emprendían los hermanos eran aburridos. Casi todo el trayecto lo hacían en sumo silencio y fue por esto que la escena les llamó la atención, mucho más cuando se sorprendieron al reconocer al individuo que allí se encontraba.

Aníbal, quien era el que manejaba, se parqueó unos 10 metros delante del vehículo averiado, tomó fuertemente el volante y apretando los dientes le preguntó a su hermano.

-Lo viste?

-Talvez solo se parece a él-, responde Alberto tratando de calmar a su hermano.

-¡Es él! no me vengas a decir que después de tantos años se te olvidó la cara de ese tipo.

-Por favor no hagas ninguna locura- le dijo Alberto, como presagiando lo que después vendría.

 

Ambos hermanos eran de apariencia tosca, corpulentos y de barba descuidada. Cualquiera pensaría que eran mellizos, de no ser porque Aníbal era ligeramente más alto que su hermano y tenía la piel más oscura. Sus personalidades eran otra cosa: Aníbal era el mayor, con 33 años, de personalidad explosiva, muy dominante y testarudo, el tipo de persona que iba a un bar solo para buscar pelea. Alberto, de 30, era callado, sumiso, calculador, inteligente y amante de la lectura. Estas personalidades tan contrapuestas volvían a Alberto un constante blanco de burlas por parte de su hermano mayor, tanto que cuando leía intentaba no hacerlo en presencia de su hermano para evitar las burlas.

-Esta es nuestra oportunidad de redención, ¡quédate aquí y no digas nada! -, le dijo Aníbal mientras salía del vehículo para dirigirse a la pareja.

-Hola, señor, veo que tenemos algunos problemas por aquí-, dijo Aníbal al hombre de traje esbozando una amplia y fingida sonrisa.

-Gracias a Dios alguien apareció. Mucho gusto, soy Teodoro de la Torre-, dijo mientras le extendía la mano para saludarlo. Aníbal hizo como que no lo vio dejándolo con la mano extendida, más bien posó su mirada en la guapa señorita que dentro del auto se encontraba y que se daba aire con una revista. Aníbal se acercó a la ventana de ella y manteniendo la sonrisa la saludó tomándose la gorra en señal de pleitesía hacia la dama. Ella lo miró de pies a cabeza y no pudo disimular la cara de repudio hacia el campesino. Solo atinó a preguntarle:

– ¿En dónde nos encontramos?

Aníbal cambió su sonrisa coqueta por una cara amenazante y le dijo:

-Acaso a las señoritas de la ciudad no les enseñan a saludar? –. Su mirada intensa y el tono de su voz muy pausado e intimidante la hicieron poner nerviosa, solo atinó a agachar la mirada y responderle el saludo en voz baja.

Aníbal volvió su mirada hacia Teodoro y alzando la voz les dijo:

-Respondiendo a su pregunta, ustedes se encuentran varados en la carretera “Las cabras”. Le pusieron ese nombre porque en esta zona solo se pueden ver de esos animales, ni caballos, ni vacas, ni ovejas… solo cabras. Esta vía tiempo atrás era muy transitada había muchas casas y negocios, pero el gobierno decidió que quería construir una carretera en otro lado, así que quedó desolado todo por acá, las personas que por aquí vivían tuvieron que marcharse. ¡Qué lástima! ¿No le parece, señor ministro?

-¿Usted me conoce? -preguntó Teodoro, acomodándose un poco la corbata, moviendo el cuello y alzando un poco la barbilla.

-Claro que lo conozco, ministro, ¿o cree que acá en el pueblo no tenemos televisión?

-Gracias por lo de ministro, pero ya no estoy en ese cargo desde hace varios años, me retiré de la política, manejar las finanzas de un país es una tarea bárbara.

-Sí nos enteramos por acá. Ya nunca más lo vimos más en televisión. Mi padre era un fan suyo: después de haberle dado nuestro voto a su partido por varios años y no haber logrado ninguna obra es una verdadera pena que no sigamos disfrutando de su presencia en el gobierno- sus palabras denotaban un sarcasmo marcado, la pareja no le prestó mucha atención a los dichos del campesino. Mientras Alberto miraba por el retrovisor a su hermano y a la pareja, no podía escuchar lo que hablaban, pero le tranquilizaba un poco ver que la situación estaba en aparente calma.

Aníbal se agachó hacia el motor, se sacó un trapo que tenía en su bolsillo trasero y empezó a revisar diferentes partes. Por unos minutos se concentró exclusivamente en lo que había en el motor, la señorita saco la cabeza por la ventana intentando ver quien estaba en la camioneta de Aníbal, al ver que había otro hombre allá se sintió un poco nerviosa. El ex ministro solo atinaba a ver su teléfono esperando que por algún milagro del destino le llegue señal.

Aníbal se puso el trapo en el hombro, miró a la pareja y, sin decir nada, caminó hacia su vieja camioneta a paso lento. Alberto lo miraba venir con mucha curiosidad.

-Ahora sí nos vamos? –preguntó el hermano menor.

-Nos vamos? ¿Estás tarado? Esto recién empieza – Abrió su caja de herramientas y sacó una llave inglesa muy grande y pesada, la apretó y miró a su hermano fijamente.

-Piénsalo bien, hermano, no cometas una locura.

-¿Una locura? ¿Te olvidaste del juramento que hicimos?

-No me he olvidado, pero eso fue hace ya mucho tiempo, las situaciones cambian y las personas también. ¿Has pensado qué diría nuestro padre si estuviera aquí?

– ¿Qué diría nuestro padre? -Mi padre, a pocos días de morir, lo único que me pidió es que no cometiera los mismos errores que él.

-Cuando él te dijo eso se refería a que si en algún momento llegaras a ahorrar una buena cantidad de dinero, lo inviertas inteligentemente y que no seas confiado.

-Como siempre, hermanito, tú entiendes lo que quieres entender. ¿Sabes qué? ¡No me importa! Yo nunca será como papá, desde pequeño entendí que no me dejaría ver la cara de ningún miserable – Aníbal lo decía con la llave inglesa señalando al ex Ministro-. Este sujeto fue el causante de la desgracia de muchas personas. Muerte, depresión, suicidios, infartos, exilios y otras cosas más que solo Dios sabrá-. Aníbal se ponía rojo de coraje y una vena le brotaba en la frente.

Alberto entendía la indignación de su hermano y solo atinó a decirle:

-Yo ya hice las paces con la vida y sus infortunios, entendí que muchas veces la vida no es justa, pero es real y bella.

-Deja las frases filosóficas para tus estúpidos libros, en eso es lo que te ha vuelto tu afición a la lectura: ¡en un cobarde! La justicia debe darse o debemos darla nosotros. ¿Estás conmigo sí o no? – Aníbal le lanzó una mirada intimidante a su hermano. Alberto solo atino a responder:

-Cualquier cosa que quieras hacer no me metas… Allá tú.

-Con que no me estorbes es suficiente- Aníbal caminó de regreso a la pareja con la pesada llave inglesa blandeándola de un lado a otro.

 

 CAPÍTULO 2.

Aníbal se acercó al convertible.

-Pues, bueno, ministro. Usted tiene un problema con la cejilla de la rótula.

– ¿La cejilla de la rótula? Justo lo que pensaba- dijo tomándose de la barbilla y aparentando que sabía de lo que hablaba, mirando el motor que todavía despedía algo de humo.

Aníbal no aguantó la risa, rio por un rato de forma estruendosa y tosca mientras miraba a la pareja.

-Se nota que usted sabe de carros lo que yo sé de astronomía, ja, ja, ja, ja, o mejor dicho yo sé de astronomía lo que usted sabe de dirigir un ministerio de Finanzas.

-Si usted lo dice por lo que la prensa y mis rivales políticos decían de mí, pues se equivoca, nunca me pudieron comprobar nada, yo actué siempre en base a la ley.

-Ya sabemos cómo son las leyes en este país y a quienes favorecen- dijo Aníbal mientras con la llave iba desarmando una pieza del motor. Teodoro no quiso responder a las insinuaciones. Al no saber nada de motores no tenía más remedio que hacerse el desentendido y esperar a que el tosco campesino le ayudara a resolver su problema.

Aníbal retiró una pieza y se la enseñó a la pareja.

-Hay que comprar una nueva, colocarla y con eso podrán seguir su marcha. Debemos ir al pueblo. Conozco dónde comprarla. A esta hora debe estar cerrado el almacén, pero sé dónde queda la casa del dueño- dijo mirando al cielo. Ya el sol se había ocultado y la luna aparecía tímida oculta entre nubarrones grises.

-¿Está seguro que la podremos comprar a esta hora?

-Todo se puede, ministro, sabiendo a dónde llegar y con dinero, de eso usted sí sabe.

-Aquí tiene 300 dólares. Trate de no demorar, por favor, que mi amiga está un poco inquieta.

Aníbal miró al exministro y muy molesto le dijo:

-Aquí no estamos en su oficina, usted aquí no manda, si quiere que lo ayude deberá acompañarme, nos vamos en mi Estelita, dijo señalando la vieja camioneta. Teodoro miró el vehículo como si fuera algo que se había sacado de la nariz.

-No me la mire así, ministro que mi Estelita se resiente, es un recuerdo de mi difunto padre.

-Pero en su camioneta ya hay otra persona. Además, yo estoy con ella– dijo mientras señalaba a la chica. Ella también pasaba mirando su teléfono, buscando alguna señal y esperando que el día termine pronto.

-No se preocupe por ellos, ambos se harán compañía, mi hermano se queda cuidando a su chica, mientras usted y yo nos dirigimos hacia el pueblo. Creo que en unos 30 minutos llegaremos.

-Pero no conocemos a su hermano.

-Y él tampoco los conoce a ustedes. Tranquilo, que ya mismo haremos las presentaciones.

La señorita, con la cabeza, le hizo señales a Teodoro de dejarla sola.

-Le propongo algo amigo, le doy 1000 dólares y vaya usted con su hermano y retiren el repuesto y nosotros los esperamos aquí.

-Y si me da 3.000? – dijo Aníbal esbozando media sonrisa y entrecerrando los ojos.

-¡Le doy los 3.000 en estos momentos, pero ayúdeme, por favor.

Aníbal hizo sonar una carcajada muy sonora. Acto seguido empezó a caminar hacia su camioneta mientras decía en voz alta para que todos escucharan:

-Ustedes los ricos creen que todo lo pueden solucionar con dinero.

Aníbal se asomó a la ventana de la camioneta y le pidió a su hermano que se bajara. En un principio este no aceptó, pero sabía que cualquier cosa que su hermano estuviera planeando hacer no había forma en el mundo de hacerle cambiar de parecer. Ambos hermanos se dirigieron a la pareja. Aníbal señaló a su hermano y dijo:

-Aquí lo tienen, él se quedará con la señorita y usted se viene conmigo.

-No se preocupe, yo la cuido, señorita, mi nombre es Alberto-. En su forma de hablar denotaba serenidad y sinceridad y esto le dio tranquilidad a la pareja. Teodoro accedió a dejar a su amiga con el extraño mientras caminaba con Aníbal en búsqueda del necesitado repuesto.

La camioneta recorría lenta la carretera, casi en completa oscuridad. Sus faros opacos no permitían ver más allá de dos metros, soplaba un fuerte viento que movía las hojas de los árboles y producía un sonido inquietante. Teodoro no podía dejar de mirar el interior de la camioneta, nunca se había subido a un cacharro igual, tenía un olor particular entre gasolina, cigarrillo y sudor. Teodoro se agarraba la nariz por ratos intentando disimular el asco que sentía.

-Y su amiguita está muy guapa. ¿Qué opina su esposa de su amistad con ella?

-Ella no lo sabe… Obviamente.

-Era de imaginarse, usted no juega limpio ni siquiera en su matrimonio- dijo Aníbal mientras manejaba. Con su mano derecha tenía el volante y con la izquierda sostenía la llave inglesa.

-Disculpe, amigo… pero…

-Yo no soy su amigo.

Teodoro se acomodó la corbata, hacía esto cada vez que se sentía nervioso.

-Disculpe señor, no sé si le molesta algo de mí, tampoco sé por qué me está ayudando, pero si quisiera decirle que yo una persona pacífica y honesta que solo desea poder arreglar su carro y seguir su camino, no quiero problemas.

– Persona pacífica, persona honesta, mmm, ya veo. ¿Quiere escuchar una historia, ministro?

-Me gustaría…

-Luego de muchos años de trabajo, un buen día un mecánico decidió que ya era tiempo de jubilarse, vendió su taller, y junto con los ahorros de toda su vida planeaba comprar una finca, criar cerdos y vacas, y vivir allí los últimos años que le quedaba de vida, junto a su esposa y sus dos hijos. Un día, un buen amigo le habló sobre las ventajas de invertir el dinero en pólizas de acumulación, sacaron números en la calculadora y al viejo mecánico le pareció interesante, a pesar de siempre haber sido un poco desconfiado de los bancos y por insistencia de su esposa se animó a abrir la póliza, sobre todo porque su amigo había obtenido buenos réditos tiempo atrás, así que vendió el taller y junto con sus ahorros se dirigió al banco y depositó sus sueños.

-No contaba con que el ministro de Finanzas de ese entonces había hecho un pacto con los dueños de los principales bancos y a fin de tapar el desfalco millonario que esos sujetos habían hecho por varios años se autoprestaron todo el dinero que había en las cuentas, bancos quebrados, negocios en la ruina. Fueron años de tormento que pasaron los cuentahorristas exigiendo la devolución de su dinero, en el mejor de los casos al cabo de algunos años recuperaron apenas la mitad.

-El mecánico jubilado no pudo soportar el martirio y una mañana caminó hacia el patio de la casa, ató una soga a la rama de un árbol y se colgó. Su hijo mayor encontró el cuerpo moviéndose de un lado a otro por el viento del valle. Su esposa murió al poco tiempo de un derrame cerebral a causa de todo el infierno que había soportado. Los hermanos quedaron solos, siendo unos adolescentes. Juraron un día tomar venganza por la muerte de su padre. A diario veían noticias y planeaban distintas formas buscar al odiado ministro y acabar con su vida, luego se enteraron que el señor se había fugado del país hasta que el lugar volviera a ser seguro para su “integridad” (como si la tuviera). Muchos años después, y como caído del cielo, ambos hermanos se encuentran al ministro en cuestión varado en la carretera, la misma carretera donde a diario transitaba su suicidado padre.

Qué casualidades de la vida, ¿no le parece? Esta historia no tiene todavía un final, pero presiento que será muy pronto.

Teodoro no sabía qué decir. Si bien antes pensaba que la situación pintaba mal, ahora estaba seguro de que su vida corría peligro, su respiración se agitó y transpiraba profusamente. Ambos se quedaron callados por unos segundos mientras la vieja Dodge seguía muy lenta su recorrido por la carretera bajo la penumbra.

-Siento muchísimo lo que le sucedió a su padre, no me imagino lo que debe ser verlo ahorcado, pero yo no soy el culpable, la decisión que se tomó en el gobierno no fue mía, yo era quien debía dar la cara a la prensa y a la gente, pero detrás de mi había personas con oscuros intereses- mientras hablaba, Teodoro analizaba escenarios para poder salir de esta terrible situación. Se acomodó la corbata y prosiguió: “Tengo 12000 dólares en mi vehículo. Yo sé que el dinero no hará que recupere a su padre, pero créamelo que le ayudará mucho, tómelos por favor y solo déjeme ir”.

-¿Qué hace un hombre con 12.000 en su vehículo en medio de la nada?

-Le prometí a mi amiga comprarle un carro.

-Claro… entiendo… es la única forma en que una mujer como ella podría estar con un tipo como usted.– Aníbal hizo una mueca de desprecio. Vio unos metros más adelante a un lado de la carretera un barranco, estacionó el vehículo, abrió la guantera y sacó una navaja, la cual guardó en su bolsillo y con la llave inglesa pegada a su cabeza lo obligó a bajar.

 

 CAPÍTULO 3.

Alberto estaba sentado en una piedra a dos metros del averiado vehículo, contemplaba un búho posado sobre la rama de un árbol, lo miraba con suma atención como queriendo hallar en el ave algo de sabiduría -la mente es un buen sirviente, pero un pésimo amo-. Pensaba al darse cuenta a dónde le podría llevar los arrebatos impulsivos de su hermano, meditaba en silencio alguna forma de solucionar esta situación. Encerrada en el vehículo, la joven estaba angustiada e inquieta, sobretodo porque en los 20 minutos que Alberto allí llevaba con ella no le había dirigido palabra. Decidió romper el silencio para decirle:

-Soy Megan.

Alberto salió de su encierro mental, volteó su mirada hacia a ella y movió su cabeza de arriba para abajo.

-Crees que demorarán mucho? – preguntó ella.

-Un rato más, creo yo-. Alberto se levantó y decidió revisar bien lo que sucedía con el vehículo. Después de unos minutos de chequeo se dio cuenta que era un daño menor y que lo podría resolver en cuestión de minutos. La pieza que había retirado Aníbal no tenía nada que ver con el daño del carro, pensaba que probablemente lo había hecho solo para tener un pretexto para llevarse al ministro fuera de ese lugar, Alberto tomó unas herramientas que había en el maletero, apretó unas tuercas y pudo encender el vehículo.

Megan brincó de su asiento, emocionada. Al regresar las herramientas al maletero, Alberto pudo darse cuenta de una mochila negra pequeña, disimuladamente la abrió y pudo contar 12 fajos de billetes de 100 dólares e inmediatamente cerró la maleta. Megan, en su emoción, no se percató.

-Vamos a ver a mi novio, por favor- pidió Megan a manera de ruego.

Alberto la miró unos segundos pensando qué debía hacer. Dio una mirada completa a su alrededor, no se veía ninguna luz además de las estrellas.

Se subió al carro, se acomodó la gorra y empezó a conducir en dirección al pueblo en espera de encontrarse con su hermano y Teodoro, quienes

caminaron unos diez metros se ubicaron al filo del barranco. El ex ministro sentía cómo sus piernas flaqueaban, empezó a hiperventilar, sudaba más, intentó una vez más negociar con Aníbal, dijo que le entregaría todo el dinero que tenía además del carro y también en su desesperación le ofreció hasta a su novia.

Aníbal sacó su navaja y se la colocó en el cuello, le obligó a arrodillarse con su cara mirando hacia el barranco.

-Solo debo darte una patada y caerías al vacío, tardarían días en encontrarte… Si es que te encuentran-.

– ¡Por favor no lo hagas! – suplicaba el exfuncionario con voz entrecortada.

– ¿Nunca pensaste que ibas a morir? ¿O se te olvidó que no eres eterno?

-Solo piensa qué pasaría si te descubren, irías a la cárcel por el resto de tu vida, mi novia es testigo de todo, no dañes tu vida por una vieja venganza-, decía desesperado e intentando disuadirlo.

Aníbal contempló la escena. Una parte de él quería lanzarlo por el precipicio, pero no sabía si podría vivir con un muerto en su conciencia, había soñado muchas veces con este momento, pero ahora teniéndolo allí a su peor enemigo simplemente no sabía qué hacer.

-Me hago responsable de todos mis actos, siento de corazón haber lastimado a tu familia, sé que también hice daño a muchas otras personas, no hay nada que pueda hacer para remediarlo. No quiero justificar nada de lo que hice solo quien ha estado en mi infierno sabe donde habitan mis demonios- dijo agachando la cabeza en señal de resignación

-El infierno está vacío y los demonios están aquí- dijo Aníbal mientras acercaba la navaja hacia el cuello de Teodoro.

 

CAPÍTULO 4.

Alberto conducía el carro deportivo de Teodoro, nunca había manejado uno así, estar dentro del vehículo era como un sueño, pensó por unos minutos lo injusta que puede ser la vida, muchas personas trabajan toda su vida honestamente y rompiéndose el lomo, apenas sobreviviendo y mueren pobres, algunos víctimas de abusos de gente poderosa, como le pasó a su padre, mientras otras personas buscan la manera de ir por la vida saltándose las bardas, intentando superarse a costa de cualquier cosa, echó una mirada a su lado y vio a Megan. Se imaginaba que era de esas chicas pobres que se aprovecha de su belleza para poder ir escalando en la vida, pero no quería emitir un juicio en contra de ella ya que no la conocía, aunque no podía evitar sentir lástima por ella.

– ¿Qué tiempo llevan juntos? – preguntó Alberto.

-Casi un año, últimamente la relación se ha vuelto seria.

-Qué tan seria puede ser una relación con un hombre casado-, preguntó con algo de cinismo.

-En unos meses prometió que dejaría a su mujer.

-Nunca creas en promesas de borrachos ni de políticos.

Ella quedó en silencio, miraba su teléfono a cada instante en espera que le llegara algo de señal.

Alberto, unos metros más adelante, pudo divisar a Estelita parqueada a un costado, no había luces de ningún tipo, presagió lo peor, parqueó el convertible unos metros cerca de la vieja camioneta, le pidió a Megan que se quedara en el vehículo, mientras caminaba hacia el carro pudo escuchar unos sollozos y al acercarse pudo ver a Aníbal fuera del carro tomándose de la cabeza, miró hacia dentro del carro y vio a Teodoro llorando.

– ¡No pude hacerlo!- decía Aníbal con sus ojos enrojecidos, su mirada había cambiado, ahora era un niño asustado que sostenía la navaja abierta. Alberto tomó la navaja, se la puso en el bolsillo:

-No te preocupes, hermano, esto solo demuestra que no eres un asesino, para matar a alguien se debe tener fría la cabeza y calientes las manos, al revés no funciona.

Ambos hermanos se dieron un abrazo, Megan abandonó el vehículo y se dirigió al carro. Al ver a su novio adentro llorando lo abrazó casi sin entender o que pasaba.

-Déjame manejar esto a mí- le dice Alberto a su hermano. Se acerca a la pareja y les dijo:

-Me voy a dirigir a su carro y tomaré el dinero que está en el maletero, le haré unos últimos ajustes al carro para asegurarme de que no se les vaya a dañar, ya que el trayecto hasta el hotel más cercano puede tomarles varias horas todavía. Ustedes se irán para siempre, no los quiero volver a ver por acá. La pareja asintió. Alberto tomó el dinero, abrió el capo, ajustó unas tuercas, se agachó por debajo del vehículo y ajustó unas mangueras.

La pareja subió al convertible y se marchó a toda prisa. Los hermanos los contemplaron alejarse y perderse entre la oscuridad. Aníbal descubrió esa noche que era igual de cobarde que su hermano, pero, aun así, quiso agradecerle por el apoyo aunque era muy orgulloso para decírselo. Sin embargo, ambos sabían que cualquier agradecimiento sobraba, entendían que los hermanos tienen virtudes y defectos pero que juntos podrían resolver cualquier cosa.

Al día siguiente, ambos hermanos decidieron quedarse en casa y tomarse un día libre. Alberto estaba en la sala leyendo uno de sus libros más preciados: “A sangre fría”, de Truman Capote, mientras tomaba el café. Aníbal estaba preparando unos huevos revueltos para desayunar mientras miraba a su hermano sumido en la lectura.

Quiso burlarse otra vez de él pero se contuvo, al mirarlo pensaba que a su hermano le faltaba un poca más de malicia para sobrellevar las cosas del mundo, “con libros no se resuelve nada”, pensaba, pero guardó sus ideas para sí mismo, encendió el televisor y puso las noticias.

Empezaba a preparar los huevos cuando vio que la noticia del día era la muerte del exministro Teodoro de la Torre y su acompañante, el noticiero citaba: la Policía supone que perecieron en un accidente automovilístico cuando el vehículo en que viajaban tomó una curva peligrosa y cayó a un barranco, producto de una falla en los frenos. Las primeras pericias indican que se había producido una fuga en la manguera de frenos y al tomar la curva estos no funcionaron.

Aníbal miró a su hermano, intrigado, este miró el televisor por unos segundos sin inmutarse, luego metió su mano al bolsillo y extrajo la navaja que la noche anterior le había quitado.

-Ten, hermano, te la devuelvo-. Volvió su mirada al libro y prosiguió con la lectura.

______________________________

*Marco Maldonado (Guayaquil, 1984) es músico de la banda Xtraditados y aficionado al ciclismo. El texto La venganza, una novela corta, es su primera publicación es el portal digital loscronistas.net, del cual forma parte como tallerista.

 

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