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Por Viviana Garcés-Vargas*

¿Cabe decir con orgullo que yo era (sí, a pesar de los titubeos) un donjuan?

Posiblemente sí. Los amigos se asombraban con facilidad de mi rapidez para encontrar
mujeres y satisfacer mis fantasías sin compromisos.

He ganado con argumentos, un poco absurdos en ocasiones, mujeres que se negaban a
salir con jóvenes de mi categoría.

Camas, autos, balnearios, moteles de primera categoría, viajes en helicóptero, todo me
ganaba porque era el más hábil para inventarme historias y sorprenderlas.

Pintaba sus mundos edulcurados con frases trilladas y reía por dentro al captar cómo
las persuadía casi de inmediato.

Una cena en restaurantes supuestamente exclusivos, un arreglo floral que podía
encontrar barato cerca del cementerio o una joya que aparentaba ser valiosa pero que
con el tiempo cambiaba de color.

Dominar técnicas era muy fácil, deslizar sus corpiños, desvestirlas. Tenía una muy
modesta colección de brassieres de talla 38 c en adelante, todo debidamente
coordinado con su estatura y talla de cintura (mientras más angostas, mejor).

Rubias, morenas, pelirrojas, ¿Quién no ha caído ante destrezas tan crueles? He venido
entrenándome en las artes amatorias desde los 16. Compañeras de colegio,
universidad, trabajo, vecinas y hasta primas, a pesar de las sospechas de mi familia.

Algunas pisaron mi sala y otras, escondidas en mi habitación, pero la gran mayoría sin
la cabida que buscaban, no en mi pelvis, que la disfrutaron mucho, sino en el acuerdo
de ser novios y confidentes. Ninguna se lo ha merecido hasta hoy.

Esbeltas, esas nalgas hermosas y firmes, ¡uff!, senos y pezones que derretían escotes y
caderas que no necesitan ni cirujanos plásticos ni bisturí.

No obstante, ninguna cabía en mis expectativas, que eran enormes como el ego de un
hombre que se había grabado en la cabeza que no tenía límites sexuales con las
mujeres. Tantos cuerpos habían desfilado por mi vida. Si me pusiera a contar
probablemente serían cientos con siluetas formadas en los gimnasios. Pero su poca
autoestima y la carencia de temas de conversación era lo que más me asombraba.

Allí quedaban, marcadas por esa incapacidad intelectual en las cuales la apatía ganaba en
la segunda cita. Demasiada belleza, pocas neuronas. Me gustaba que fueran
expresivas, que tuvieran una conversación interesante, pero su cintura y su vagina
eran más placenteras que su charla. Mi satisfacción sexual la disfrutaba más creando
mis propias fantasías con las boquitas pintadas de la zona rosa de la ciudad.
En la oficina conocía íntimamente a todas mis compañeras, hasta al personal de
servicio. Nunca quedamos en malos términos pero siempre aspiraban más de mí a
pesar de que, de ningún modo, mis proposiciones anhelaban a un nexo más íntimo que
la relación física.

Así era mi vida hasta que llegó la pasante: Camila, desfachatada, inteligente, con una
mirada envolvente y seductora. Ella era única: no vestía tacones ni medias nylon ni ropa apretada.

No usaba maquillaje y tenía el cabello algo desaliñado. Su cuerpo pasaba desapercibido, pero había que escucharla para cambiar de criterio.

Desde que ingresó se ganó la confianza del director y a mí me dio unas cachetadas a mi arrogancia.

La veía, la inspeccionaba, pero ella parecía no percatarse de que yo existía. Si ese era su propósito, logró ser mayor obsesión.

Pasaban los días y era la misma de siempre: su vestimenta no era elegante ni atrevida y
escondía su corpulencia en piernas, brazos y cintura; mientras menos se note era más
hermosa. Intenté servirle un moccacino, no se inmutó. Me dijo que solo tomaba agua.

Hablaba poco, pero cuando lo hacía mostraba conocer muchas cosas de la vida. Se
quedaba lo estrictamente necesario en el comedor para almorzar y agradecer.

Ocupaba solo media hora para ingerir los alimentos y luego seguía trabajando. Era una
dulce máquina de trabajo que no congeniaba con las otras chicas y mucho menos con
los varones.

Pensé que debía lucirme de alguna manera. La empresa se especializaba en realizar
cenas de bienvenida a los nuevos empleados y yo advertía que ella se luciría en
complacer al administrador.

El homenaje era en el salón más elegante del Bankers Club y el buffet no se hizo esperar. Aguardé a que ella se acercara al baño, me acerqué y la abordé.

-Hola, creo que no nos han presentado.
-Te conozco, tranquilo.

Se retiró y entró al sanitario, dejándome en completo silencio. Después esquivó todos
mis intentos por acercarme a ella durante el festejo. Era la primera vez que la veía tan
sensual, con un vestido negro que acentuaba su piel blanca, sus cabellos rizados y su
inigualable manera de caminar, erguida, confiada, segura de sí misma.

Examiné qué es lo que ingería en su copa, que nunca la dejaba sola: era martini. Circunstancia

perfecta. Le serví un nuevo aperitivo y accedió. Entre todos los cócteles que decidió tomar me

sonrió por primera vez. Era una lluvia torrencial que empezaba a convertirse un huracán.

Argumentó que no suele socializar con los colegas porque es reservada y no logra tópicos de conversación interesantes.

-No te preocupes, quizá hoy sí podamos llevarnos bien.
Sonrió.

Nuevamente decidió ir al tocador a refrescarse. Hacía mucho calor en el lugar. Me
pidió que la acompañara hasta la puerta del sanitario y allí me empujó y cerró la puerta
con seguro.

En medio de los besos y las caricias ella me sacó el blazer y me acarició el pene
mientras yo bajaba el cierre de su vestido. Besó mi entrepierna y comenzó a subir y
bajar su lengua sobre mi verga con ritmo, con conocimiento, como si disfrutara de un
helado de palito; me lamía despacio y susurraba. Se puso detrás de mí y la penetré
mientras juntaba las piernas y las estiraba. Doblaba su cuerpo en ese miniespacio
hasta tocar el suelo con sus manos, con una asombrosa flexibilidad.

Luego se sentó al borde del lavabo, me arrodillé frente a ella, coloqué mi pene erecto a
la altura de su vagina y tuve uno de los mejores orgasmos de mi vida.

De pronto escuchamos que el gerente la llamaba por el altavoz. Limpió la marca de sus
besos en mi cuello y rostro, se peinó con la yema de los dedos, se retocó el maquillaje y
salió deslumbrante. Camila era la empleada del mes y yo vitoreaba desde lejos las
pasiones y éxtasis que ella y yo tendríamos desde entonces.

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*Viviana Garcés-Vargas es salinense. Escritora y periodista, pertenece al equipo de loscronistas.net

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