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Mi esposo falleció hace 20 años y desconozco qué extraño realmente de él: su compañía, los hijos que dejaron de visitarme los domingos por obligación o el vigoroso sexo que me proporcionaba, pero una sola vez al mes, a falta de costumbre o de amor de pareja.

Es todo tan atípico. Aquí estoy, recluida hace seis meses, porque mis descendientes olvidaron la paciencia que les tuve en sus años caprichosos y porque el negocio que administraba se volvió competitivo y poco próspero.

Me suprimieron la ropa que valoraba, las joyas de la abuela y hasta el satisfyer que tenía poco uso, por mi desconocimiento en el tema. Una de mis nietas lo había solicitado por mí y había empezado a experimentar lo que significaba el placer a mano propia. Todo me expropiaron, pero no pudieron arrebatarme la voluntad de merecer una aventura.

Mi cobijo fue una casa de retiro al norte de la ciudad, el cual había sido escogido por mi cónyuge un par de años atrás, antes de fallecer. Se imaginaba que allí pasaríamos nuestros años de ancianidad sin tener que aturdir a los chicos. Meditaba en la ubicación, cómo sería el trato, alimentación y, ante todo, si podríamos dormir juntos, como si fuese otra luna de miel.

Vivo rodeada de decrepitud y memorias que se han ido desvaneciendo con el paso de los encuentros malagradecidos. Tengo una compañera de habitación que rezonga al menos una vez a la semana porque no hay alimentación rica en carbohidratos, porque alucina que las enfermeras le han hurtado la vida y los médicos, la juventud.

En cuanto llegué supe que descansaría el momento en que encontrara a un caballero como mi antiguo marido. Alguien que comprendiera las necesidades de una mujer (nunca anciana) de 69 que negaba las canas, pintándose el cabello una vez por mes y las tenues arrugas que se oponían a expresarse por el bótox de los últimos años y las rodillas que crujían por la única enfermedad que se había manifestado hasta el cansancio: la artritis. Esa fue la promesa que le había hecho a mi esposo antes de morir, él sabía que no quería marchitarme y respetaba mi decisión.

Una noche, en donde la tumefacción no paraba de torturarme a pesar de los medicamentos y el buen trato del traumatólogo que visitaba una vez por semana el hospicio, mi dificultad para caminar se había convertido en un dolor continuo que me negaba a aceptar. Sentí cómo mi vagina se resecaba y la picazón era intensa.

El médico, que siempre fue extremadamente paciente conmigo, 20 años menor a mí y que alborotaba a las internas del asilo con su voz, manos grandes y camisas que, con el calor de febrero, se le pegaban al pecho, se percató de mi rubor.

(Alzando la voz y mirándome fijamente) ¿Se encuentra bien? Ya sé que el dolor en sus rodillas puede ser bastante fuerte, pero, ¿se ha puesto la sábila que solicité a las enfermeras para que se colocara en las extremidades? No está tomando las precauciones necesarias.

Tocó mi hombro al verme afectada por la llamada de atención.

-Venga, disculpe si fui severo, pero con el cambio de clima, su  padecimiento será más grave si no me hace caso.

Toma mi mano, observa los anillos tanto de compromiso y de matrimonio que llevo juntos y la besa.

-¿Hace cuántos años me dijo que es viuda?

-20 años, dos meses y seis días, doctor.

-Debe extrañarlo mucho, ¿es así?

-Ya no tanto como esperaba.

Baja las luces del cubículo que funciona como consultorio de los galenos que visitan el lugar y acierta a quitarme la bata con apliques que suelo usar cuando hay visitas. Me pongo nerviosa. Mis manos bambolean y mis piernas no logran sostenerse.

El médico se retira el guardapolvos y pide que haga silencio. Me sienta en su pelvis y, aunque adolorida, empiezo a advertir la erección de un hombre sensual que intenta retirarse el pantalón caqui de tela y dejar descubierto el colágeno que había escaseado en mi cuerpo durante mucho tiempo.

Se mueve ligeramente para que no tropiece, conoce la consistencia de una mujer longeva y la recorre a plenitud. Senos caídos por el tiempo y la lactancia de los abriles, caderas que no se agilitan por la indisposición, pero que las maneja al ritmo de mis años.

Me toca con su lengua y vibro como en los mejores momentos de mi matrimonio. Es fuerte y aprovecha ese vigor para estremecer. No hablamos. Solo lo hacemos e intentamos no sollozar. Las paredes tienen oídos en este tipo de circunstancias. Él juega a placer y yo sigo soy una muñeca que se debate entre el decoro y el júbilo.

Se escuchan pasos. Es la administradora, que habla fuerte y grita desaforada. Mi adrenalina alcanza para vestirme a medias antes de que la mujer acceda a la habitación. Me encuentra sin mi pañal, semidesnuda.

________________________________

*Viviana Garcés-Vargas, salinense, es escritora y periodista. Ha trabajado en medios de comunicación y pertenece al staff de loscronistas.net

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Comment (1)

  1. María José Larrea Dávila

    18 May 2021

    ¿Quién piensa en la sexualidad de los «viejos»? Si no se deja de comer ni de respirar tampoco se deja de sentir. Viviana, pone en evidencia un tema que no se aborda. Gracias por ello.

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