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El coleccionista de pies

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Por Viviana Garcés-Vargas*

Recuerdo haber visitado el bar más económico de las Peñas al menos un jueves por semana. Me encontraba escribiendo mi tesis y el «Clos», era el acompañante favorito, sumando un par de Philip Morris para digerir la vasta soledad que me albergaba en esos momentos.

Siempre con la cabeza gacha, no por timidez o escasos recursos para observar a los ojos a alguien más, simplemente para examinar una parafilia que me tenía encantado desde hace un par de semestres atrás.

Investigaba con suma atención los pies femeninos. Ni siquiera me percataba en su edad, rostro o cómo ellas iban vestidas, si usaban jeans, faldas o blusas ajustadas. Solo advertía la forma, el color de su esmalte, cómo iban cortadas sus uñas, el tipo de calzado y en especial si podía olisquearlas a lo lejos.

Conservaba un álbum solo de sus pies: amigas, amantes, novias. Diferentes tamaños, formas, especímenes. Lo preservaba con cuidado. Colocaba el nombre de la mujer a quién pertenecía, fecha en que fue registrada aquella anécdota y por qué me habían llamado tanto la atención. No con todos pude jugar o disfrutar de sus pies encima de mis hombros, pero si calcular cuándo, en la ocasión menos esperada, serían míos.

Con la zozobra que tenía por terminar mi vida universitaria y encontrar un nicho en la productividad adulta, mi angustia por encontrar pies perfectos se había acentuado mucho más.

Pasaba distinguiendo por spas, cuáles estaban maltratados, los que se cuidaban por sí mismos y en cuáles no me fijaría jamás. Consulté con especialistas en el tema y ninguno vio con oprobio esa fascinación. Era el momento de encontrar los ideales.

Debían lucir esplendorosos, aunque estuvieran descalzos. Blancos, sin marcas de sandalias, uñas cortas y cuadradas, que destilen vida en su peculiar forma de caminar y, ante todo, prolijos. Esmalte a elección, aunque el rojo y negro eran mis predilectos.

No obstante, existía una mujer que se había escapado de mi lista. Ella siempre lucía convers de diferentes colores; aún no me había dado el gusto de conocer o mucho menos palpar sus pies, me daban mucha curiosidad. ¿De qué tamaño serían? ¿Los cuidaba del sol? ¿O era tan inflexible para mostrarlos al público? Debían ser míos. Mi obstinación fue creciendo hasta tal punto que necesitaba conocer dónde vivía o, al menos, a qué se dedicaba para que forrara sus pies con zapatos de adolescentes.

Pasaron varios días en silencio. Debía concentrarme. Ella como una niña temblorosa a la que no le apetecía ser interrumpida mientras bebía una Club verde, siempre en el mismo lugar: las escalinatas que dan paso al cerro Santa Ana, en una actitud cohibida, muchas veces acompañada de amigas y otras veces huérfana. La observaba reír a carcajadas y también, sombría, en especial cuando su cerveza había acabado y se vislumbraba a lo lejos que solo le quedaba la tarjeta de la metrovía como única opción para regresar.

Me acerqué, sigiloso, tratando de no asustarla, con dos latas de la biela de su preferencia. Me senté junto a ella, me miró asombrada, tratando de limpiarse lágrimas en los ojos, y se movió un poco más a su derecha para darme cabida.

-Hola, ¿interrumpo?
Abre con inmensidad sus compungidos ojos: No, ¡siéntate!

Vislumbraba si existía alguna muestra de nerviosismo de su parte, si cruzaba de alguna manera especial los pies. Efectivamente, empezó con un tic que me fascinaba: el síndrome de la pierna inquieta.

Se sentía visiblemente incómoda, pero eso me daba pistas para hurgar en su pena momentánea o al menos causar la impresión de que la escuchaba atentamente.

-¿Por qué tan sola? (coloqué a mi lado ambas cervezas, gélidas como la conversación que intentaba llevar con ella)

Necesitaba pensar y Las Peñas siempre ayudan o estorban, depende de la situación y la compañía. (sonríe irónicamente).

-Deseaba compartir contigo (le doy una biela que ella toma de buena gana) ¡Salud!

El licor iba y venía en pequeñas botellas no retornables. A pesar del presupuesto escaso al que me abstenía en esos momentos, no pude detenerme y tenía la obsesión de conocerla a ella y absorber el aroma de sus pies.

Llegó el momento, luego de dos six packs me invitó a caminar por el malecón. Vivo cerca, aseguró. Se paró algo mareada por todo el alcohol que se había esmerado en tomar. No se tambaleó como esperaba desde un principio y siguió fluyendo la conversación.

A mi ex novio no le gustaba recorrer este sector y a mí me parece tan pacífico, en especial cuando no es fin de semana. Nunca logré que me acompañase dos sábados seguidos.

Anduvimos tomados del brazo, al menos 10 cuadras, bajando por la Espol y muy cerca del hotel Ramada. ¿Deseas pasar? Preguntó, luego de recoger las llaves que se habían caído por un golpe de risa. Moví la cabeza, afirmando y celebrando por dentro que al fin lo que podría coronar.

En cuanto entramos extrajo con delicadeza sus zapatos morados y con ello las calcetas del mismo color, con ligeros huecos que mostraban un vasto uso de ellas.

Inspeccioné de inmediato mi objeto de placer. Sus uñas, bien recortadas y sus dedos, parecían pequeños motes por su forma redonda y pequeña, con ese barniz negro que imaginaba en esas noches de masturbación perpetua.

De inmediato, la embestí para arrancar lo que quedaba de su vestimenta. Todo muy combinado. Bragas y corpiño que revelaban seducción, pero a mí, lo que más me interesaba era en qué posiciones iban sus pies a colaborarme sexualmente.

Ella solo acertó a quitarme el jean, calzoncillo y las botas que traían cientos de historias en sus suelas.

Avisté que en su mesa de noche tenía un frasco con aceites esenciales. El de lavanda nos ayudaría en mi plan. Me acerqué suavemente a ella y, de inmediato, apliqué el aroma en sus extremidades, dedo por dedo, palpando todas las pisadas que había dado hasta el momento; sus talones, extremadamente prolijos, que empecé a lamer para que sus terminales nerviosas se encendieran.

No erré. Comenzó a gemir con lujuria. Los besé muchas veces, encantado de que ella deseara colaborar con mi podofilia.

Decidió recostarse en su espalda, abrir sus rodillas (desconocía qué resultado iba a tener), juntó las plantas de sus pies y, en medio, tomó mi pene y los movió con tanta habilidad, que eyaculé muy rápido, agradeciendo en mi interior por esta improvisada sesión sexual.

Aún quedaban vestigios de las bielas que habíamos ingerido horas atrás. Lo derramé en mis pies, procurando que mis dedos absorbieran el mayor líquido. Ella colocó su clítoris sobre los dedos de mis pies y se frotó para estimularme. Fue un espectáculo.

Nunca logré conocer su nombre, pero sí me hice una fotografía mental de sus pies, zapatos y de la historia, que no logró tener una secuencia. Ella seguiría riendo en la gradería y yo inspeccionando con un vaso desechable de Clos quién sería mi nueva pieza de la colección de pies.

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*Viviana Garcés-Vargas es escritora y periodista, nacida en Salinas (Santa Elena). Escribe cuentos y crónicas. Es miembro de la sala de redacción de loscronistas.net

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