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Chubico

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 El autor recuerda a su malhumorado maestro de escuela cuando cursaba el séptimo grado.

 Quizá la respuesta más sensacional que me dieron alguna vez sobre lo que significa ser maestro fue por una pregunta mía sobre la manera de enseñar de un tristemente olvidado periodista cuencano: José Edmundo Maldonado Samaniego. La alumna dijo que «un maestro es la posibilidad de elegir un camino.» Y basta, no necesitaba agregar nada más para decir que Edmundo Maldonado no solo dibujaba un mapa inverosímil de lecturas, lienzos, canciones y películas al hablar de sus autores, pintores, cantantes y cineastas preferidos, sino que para él la cultura estaba por encima del hecho estético, o sea que no se trataba de leer, leer y leer, como les decía siempre a sus alumnos de periodismo de la Universidad de Cuenca, sino de ir hacia el rostro menesteroso de la ciudad, gastar suelas y, sobre todo, recogerle los sueltos y los guachitos de lotería a ese pobre hombre que una vez vio convulsionar en el parque de San Blas. «El hecho estético en realidad era verle al licenciado Edmundo mojándose los zapatos cuando se iba a su casa tapándose como sea con una sombrilla», culminó su alumna.

Debo decir que la imagen de aquellos zapatos mojados me recordó más bien unos tan secos y viejos como un desierto de polvo, que le pertenecían al maestro que más recuerdo de toda la vida: el Chubico, pues así lo apodábamos los niños de la escuela por los lentes de botella que usaba para tapar su ceguera y su cara descaradamente fea. No tenía precisamente una bondad desmesurada ni esas palabras de aliento que a veces nos soltaban otros maestros, sino todo lo contrario: solía burlarse de un compañero gordo que según él tenía tetas de mujer, o nos golpeaba con un anillo del Emelec que tenía en el dedo índice o del medio de una sus manazas de puro hueso y hecatombe (uno de cuyos puñetes me estampó sin compasión en la nuca debido a que por poner su sello de calificación con demasiada furia cuando nos revisaba los deberes, mi cuaderno de matemáticas saltó por los aires y le dio en plena cara, dejando el sonido de unas risitas de fondo), nos hacía sacar los ejercicios de regla de tres compuesta literalmente a reglazos y nos puteaba sin desparpajo a todo pulmón. Imagino que mi generación fue la última que todavía aprendió a memorizar (aunque esto no ha cambiado hasta hoy) con coscorrones e insultos, y quizá por eso no le teníamos miedo al Chubico, sino más bien una suerte de cariño sadomasoquista que hasta nos hizo celebrarle con cierta ternura el Día del maestro en el que lloré con él luego de que me hicieron pasar al frente a decir unas palabras, pero que blanqueado de terror porque nunca me avisaron de esa parte de la ceremonia y en especial por mi pánico escénico de entonces, acabé tartamudeando en voz alta: «Usted nos vio crecer como un segundo padre y eso fue algo inolvidable.» Versito baboseado que había ladrado el niño anterior a mí.

Regresé a mi pupitre secándome las lágrimas mientras algunos padres de familia sorprendidos, como declarándome héroe, decían entre dientes: «¡Le hizo llorar al Chubico!» Imagino que, como todos los niños en la escuela, los padres de familia tenían al Chubico como un hombre sin sentimientos que hasta se daba las formas de putearlos si venía al caso. (A mi papá lo sacó del equipo de fútbol de padres de familia, cuando el grado podía ganar el campeonato). Pero por paradójico que parezca, sus alumnos del séptimo grado lo vimos irse adelgazando en el llanto un par de veces, frente a nosotros. Ese extraño acto de sentimentalismo desprendido no había sucedido con ninguno de los demás maestros de la escuela, ni siquiera cuando a una de ellas se le murió el marido. Debo decir que las sutilezas del Chubico se reducían a sintetizar la practicidad de la vida en unas cuantas líneas salpicadas de groserías o insultos (algunos decían que era por culpa de los años de alcoholismo que cambió por las decenas de tabacos que fumaba a diario). Pienso en el Día de las madres, durante el cual los alumnos —con guía de los maestros— teníamos el hábito de hacer en clases una manualidad que le regalaríamos a nuestras mamás en el programa de la escuela. Sin embargo, el Chubico lo cortó de tajo con su furia acostumbrada.

—Ya dejarán de pensar que acá venimos a hacer pendejadas. Mañana viene un señor a venderles unas muñecas. Si quieren comprar compran, pero no estarán jodiéndome después.

En ese entonces los niños no nos imaginamos que a la larga el Chubico era el escalafón final de esa rotura impensable que era el hecho de que tras el séptimo grado venía el colegio. Que muchos no volveríamos a vernos jamás. Que madurar no era darse contra ese muro áspero encarnado en el temple del Chubico, pues con los años adquirí ese sentido de realidad que me hizo ver que todos los maestros sin excepciones (incluso aquel que creíamos bueno, pero que nos cobraba sin falta a fin de mes por las fichas de trabajo que hacía a mano, por celebrar su cumpleaños y por los útiles —cuadernos, libros, esferos, lápices, reglas—que nos vendió a cada uno para todo el año lectivo, convertido en la papelería del grado) nos habían puteado, nos habían humillado, nos habían dado de patadas, puñetes y hasta de cabeza contra las bancas, con mucha más crueldad que él, pero una crueldad camuflada en moralina y en sonrisas baboseadas como estandarte por todos lados cuando llegaban los padres de familia a preguntar por sus hijos, mientras el Chubico por lo menos mostraba sus palabras descarnadas sin cubrirlas en buenas maneras, sino puliendo su dureza de piedra en sus gestos despiadados. Por supuesto, haber sido desvergonzadamente abierto en sus malos tratos con nosotros no lo hace mejor ni peor que los demás maestros. Pero lo recordaba porque ese carácter tan duro parecía resquebrajarse al llorar frente a nosotros cuando a su nieto chiquito le volvió el cáncer, y entonces él se transformaba en otro (un hombre impotente, de rabias recogidas como de perro golpeado) pidiéndonos que oráramos por él, pidiéndonos que nos imagináramos lo que era un niño así, un sufrimiento tan grande en un cuerpo así de pequeño, que incluso habían declarado muerto por dos segundos en el hospital, pero que había despertado porque la voz de Cristo le había rogado que todavía no se fuera de este mundo. «Aunque en realidad había sido mi voz», sollozaba el Chubico, como si nos contara un secreto.

Ese año que nos dio clases fue el último, tenía que jubilarse. Al siguiente supe que su nieto había muerto, que sus padres habían vendido su casa y que estaban prácticamente en la calle. El Chubico vendía en la calle boletos de rifa negándose a sí mismo que el nieto por fin se había convertido en memoria.

Cuando entré en la Universidad lo encontré con mi hermano (que también fue su alumno y recibió sus cocachos y puteadas) frente a la plaza de las Flores. Parecía que quería comprar un ramo de azucenas, pero no se decidía. Me quedé de pie, esperando que nos saludara, aunque al vernos bajó la mirada, como si le diera vergüenza haber sido como fue con nosotros, con todos los niños. Mi hermano me contó de pronto que cuando el Chubico cerraba el grado en el primer piso, bajaba por las escaleras y se convertía en otro en el momento exacto en que veía al nieto saliendo de clases. Entonces ambos se tomaban de la mano y se alejaban, dándole la espalda a la escuela y al mundo, casi a la misma velocidad en la que justo ahora el Chubico se alejaba de nosotros lentamente y solo por la plaza de las Flores, como si justo ahí, en el paso ya deshecho de ese viejo malhumorado también estuviera contenido el hecho estético.

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*Christian Espinoza Parra (Cuenca, 1996). Es comunicador, asesor de proyectos académicos y narrativos y crítico de cine del diario digital Nuevo Tiempo. Además, es codirector de  loscronistas.net

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