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Unos minutos después de las 21h00 del domingo 7 de febrero de 2021, Diana Atamaint, rodeada de los cuatro consejeros del Consejo Nacional Electoral (CNE), presentó en cadena nacional de televisión y radio los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales ecuatorianas: Yaku Pérez, 20,04% y Guillermo Laso, 19,94%”.

Diana Atamaint llevaba aretes de plumas multicolores y un amplio collar de semillas propias de sus ancestros shuar —cada vez más escasos, según disminuye la biodiversidad amazónica—, como suele ser su look para ocasiones importantes. Sustituyó el redoble de tambores por la entrega de sobres cerrados a los vocales del CNE y anunció, apresuradamente, los resultados del conteo rápido. Mencionó, además, un montón de otras cifras que hicieron olvidar el porcentaje del ganador y dejaron a Yaku con el segundo puesto.

Atamaint olvidó mencionar que era un empate técnico —que como en el K.O. técnico del boxeo lo define un juez— y que por tanto habría sido mejor esperar el conteo completo de votos. Su anuncio daba un resultado diferente al anticipado por las encuestas semanas atrás, incluso a las de boca de urna, difundidas cuatro horas antes en todos los canales de televisión nacional.

Para muchos, era casi la aparición de un arcoíris luego de una campaña gris.

Casi enseguida, Enrique Pita, vicepresidente del CNE, acostumbrado a desmentir a Atamaint en todo lo posible hasta este domingo 7, a pesar de haberla elegido presidenta con su propio voto, salió a aclarar que gracias a la nueva evidencia Lasso quedaba segundo. Este dato no se lo dio en cadena nacional y, por tanto, no fue tan escuchado como el anterior.

Yaku Pérez, en cambio, con una de sus múltiples chompas azules —tiene al menos tres del mismo modelo que le ayudan en días de frio y de lluvia, en sus caminatas o en sus recorridos en su bicicleta de bambú, aunque no le ayudaron en el primer debate, pues se cocinaba en un calor fenomenal en algún set de televisión en Guayaquil— salió de inmediato a proclamar su triunfo y a pedir que se cuidaran y se aseguraran sus votos.  El candidato de la ecología casi había sido proclamado por Atamaint, la presidenta de las plumas amazónicas.

Atamaint obtuvo su cargo en el CNE auspiciada por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE). Yaku fue el candidato del Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik (PK), movimiento político establecido en 1995 para representar al movimiento indígena liderado por la CONAIE, formada a su vez en 1986.

Algunos empezamos nuestra afición por la política en las aulas universitarias, antes de 1979, cuando Carlos —más tarde Yaku— y Diana eran guaguas, cuando se dio el “retorno a la democracia” e inició la parafernalia electoral que nos acompaña cada dos o cada cuatro años, según alteren el calendario electoral los dirigentes o los manifestantes que varias veces han sacado presidentes antes de hora con arreglos parlamentarios para no romper el hilo democrático.

Desde esa época, en cada elección se presentaban, a más de una docena de candidatos, las opciones del “voto nulo”, “voto de clase contra la democracia burguesa”, así como otros epítetos, de quienes decían no creer en las urnas o en ninguno de los postulantes.

Yaku y Diana debieron empezar a interesarse en su participación política también en las aulas universitarias. Los actos por los 500 años de descubrimiento, de conquista, esclavitud o sumisión, según quien lo festejaba, que se vivieron intensamente cuando ellos apenas superaban los 20 años, despertaron la participación indígena que luego de muchos eventos, estudios, marchas, toma de iglesias y avanzadas sobre Quito, culminó en la formación de PK, brazo político de la CONAIE, auspiciantes de ambos.

PK, a momentos, luce como un grupo étnico y, en otros, es mucho más abierto a la participación de los mestizos bajo su wipala multicolor.  De manera creciente ha ido tomando un lugar en la izquierda “no extractivista”, según analistas, y “comunitaria”, según Yaku, en la política ecuatoriana.

PK ha participado en elecciones presidenciales cuatro veces con candidatos mestizos de diverso origen y con diferente suerte, y dos veces con candidatos indígenas, esta última vez con notable éxito.

Carlos Ranulfo Pérez Guartambel fue un niño serrano que nació y creció en los suburbios de Cuenca, en las zonas que comienzan a dejar de ser agrícolas y se vuelven dormitorios junto a las grandes ciudades, en medio de la pobreza, de la falta de servicios, y entre estos, la falta de agua que, según él dice, le tocó acarrear desde muy niño en su natal Cachipucara, y que desde entonces fijó entre sus prioridades de vida.

Diana muestra un espíritu más libre. Los paisajes amazónicos con grandes ríos, abundante y exótica flora y fauna le dieron mayor horizonte. Sus padres fueron profesores en estos parajes de reciente colonización; su padre se llamaba Bosco, como muchos dirigentes de la zona, y participaba en las mesas de negociación y de dirección de sus comunidades, siguiendo la costumbre que establecieron los curas salesianos que iniciaron la educación multicultural en la Amazonía sur.

Como muchos cuencanos que quieren una profesión, Carlos Ranulfo Pérez decidió hacerse abogado. Después de mimetizarse como blanco mestizo, gracias a su nombre y apellido, y de lanzar algunas piedras desde el colegio Benigno Malo, fue a las aulas universitarias, combinando su carrera con la de saxofonista de bandas y orquestas. A pesar de las malas noches culminó sin problemas su carrera de abogado y empezó a defender la tenencia y calidad del agua en Azuay.

En la misma Cuenca, Diana logró el título de Ingeniera Comercial y rápidamente se vinculó a un proyecto que incidió en la organización indígena: el Proyecto de Desarrollo de Pueblos Indios y Negros del Ecuador (Prodepine), de grata y larga recordación, manejado por los ministerios del área social con fondos del Banco Mundial, donde ella generó su propio liderazgo en sus provincias de influencia. Si en la escuela la llamaron “jíbara”, ella lo asumió y aprovechó en su vida, siempre cerca de Morona, pero con la mirada hacia Quito.

Pérez, conocido por sus luchas locales por el agua y el medioambiente, formó parte del gobierno local cuando Freddie Elhers pretendió ser presidente con una amplia alianza llamada “Nuevo País”, y Fernando Cordero, un arquitecto cuencano, inició una propuesta política más incluyente.

Pérez llegó a concejal, se casó antes de los 30 años de edad, tuvo dos hijas y su matrimonio duró hasta que su esposa, Verónica, falleció por un cáncer en 2012.  La lucha por el agua y contra la minería en Azuay, comenzaban a tomar forma. El concejal adoptó una postura ambientalista que crecía con fuerza en muchos lugares del mundo, aunque no en las esferas políticas en Ecuador.

Diana Shiram Atamaint Wamputsar no se mimetizó. Shiram significa “hermosa y bonita” en shuar, y ella lo ha destacado vistiendo con elegancia ropa y adornos exóticos de contenido étnico.  Trajestidos de un solo hombro, de colores brillantes en rojo, azul y amarillo intensos, adornados con plumas y shakiras, la distinguieron en los pasillos del Congreso, a donde llegó desde 2003, como una nueva dirigente política en las filas de PK, entre los sinuosos corredores de la asamblea y la “alta política”.

En pocos años, Carlos sufrió la enfermedad, deterioro y pérdida de su esposa. Durante el duelo conoce a su siguiente pareja, Manuela Picq, una activista europea en temas sociales, quien junto a sus hijas forma parte de su grupo indispensable a la hora de enfrentar luchas de todo tipo.

Diana tiene dos hijos. Es divorciada. Comenta poco sobre su situación familiar.  Separa cuidadosamente su vida personal y pública.  Esta la hace sola, incluso sin lealtades a quienes votan por ella, como sus constantes quiebres de postura en el CNE y la inestabilidad laboral en el Consejo. Con frecuencia cambia de aliados y de ropa. Y viaja en autos con vidrios polarizados y baliza para que el ruido despeje la vía.

La crisis política iniciada en 1997 con la irrupción y caída de Abdalá Bucaram —que pretendió arreglarse con la presencia de Jamil Mahuad, el cierre de las fronteras con Perú y la dolarización— cambiaron la política de Ecuador. En 2006 llegó un nuevo actor, Rafael Correa Delgado, que modificó el mapa y el quehacer político.

“Se fueron un gran número de ilusos y de oportunistas tras el encantador de serpientes”, resume Pérez para caracterizar la llegada de este nuevo líder.

Carlos fue concejal en 1996 junto con gente que luego plegó a Correa. Diana fue diputada suplente en 2003, con gente que luego plegó a Correa.

Yaku empieza la lucha contra el proyecto minero Quimsacocha, señalando que afectaría la calidad del agua de Cuenca y se va radicalizando en ello. Logra que la gente de Azuay, tanto los campesinos afiliados a la Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador (ECUARUNARI) y muchos habitantes mestizos y urbanos, hagan suya esta lucha. Y empieza a enfrentarse al nuevo líder, Correa, que prefiere las batallas frontales donde trata de destruir a sus rivales.

Atamaint fue elegida asambleísta en 2006, luego fue Subsecretaria de Agricultura para la Amazonía en el gobierno de Correa en 2009 y vuelve a ser asambleísta en 2013, cargo desde donde enfrentó a a la Ministra de Ambiente. Su lucha estuvo principalmente en los pasillos del poder, no en carreteras ni calles.

En estos años, más de 850 indígenas, casi todos miembros de la CONAIE y su filial serrana, ECUARUNARI, terminan enjuiciados por parte del gobierno de Correa, quien considera que la toma de carreteras debe terminar, y no duda en lograrlo con represión y politización de la justicia.

En 2009, Carlos Pérez va preso por las protestas antimineras, mientras Diana es destacada en la prensa por sus habilidades para evitar enfrentamientos y negociar una de estas manifestaciones, evitando represión y torturas, según ella lo dice.

El 13 de agosto de 2015 se produce una de las mayores protestas convocadas por ECUARUNARI, mientras Carlos Pérez llega a Quito y recibe el apoyo de los sectores medios urbanos. El resultado es un apresamiento cruento de Pérez y de Salvador Quishpe (candidatos de Pachakutik en 2021 para presidente y para primer asambleísta nacional, respectivamente), sin ahorrarse agresiones, humillación y vejaciones que culminan con Carlos y Manuela Picq en el hospital y con la deportación de esta, desconociendo su relación de pareja. Ahí se rompe definitivamente cualquier acercamiento de los movimientos indígenas con Correa o, al menos, de los que representa Carlos Pérez.

La asambleísta Diana Atamaint no apareció, al menos en primera fila, en estas protestas, sino que se mantuvo en la Asamblea Nacional, donde en 2013 evitó que le retiren la inmunidad.  La negociación es el espacio natural de Atamaint.

En 2017, Carlos Pérez, “con el permiso de la Pachamama y de su mamá”, cambia legalmente sus nombres. Adopta los de Yaku Sacha, “agua de monte”, en vez de sus originales Carlos Ranulfo. Quien se había mimetizado en la adolescencia con su apellido hispano vuelve a sus orígenes, radicaliza su lucha por el agua y logra muchas adhesiones de sectores verdes, urbanos, a más de indígenas que ven en él una posición diferente a otros políticos. En adelante será Yaku, solamente.

En 2017, los ecuatorianos elegimos como presidente a Lenin Moreno, ex vicepresidente y candidato de Correa, quien en pocos meses cambió las principales políticas de Estado, dividió al movimiento Alianza País, privilegió la independencia de su mentor y, sobre todo, desarmó una parte de la organización institucional que había sido cooptada y copada por Correa a partir de la Constitución de 2008 y de la “metida de mano a la justicia”, con la emisión de leyes tendientes a fortalecer un partido cuasi único y la designación de autoridades a través del Consejo de Participación Ciudadana, que resultó un obsecuente brazo del ejecutivo correísta.

En este escenario, con una consulta popular de por medio, como han hecho casi todos los gobiernos desde 1979, se nombró un Consejo de Participación Ciudadana Transitorio, presidido por Julio César Trujillo, que designó un nuevo CNE y nombró como una de sus vocales a Diana Atamaint, quien fue elegida vicepresidenta en medio de inusuales advertencias de desconfianza de los mismos que la designaron junto con otros cuatro vocales.

Como lo previeron las advertencias, empezaron el ascenso y las contradicciones permanentes de esta hábil negociadora. Unos meses después sustituyeron a este CNE por otro, aún más polémico, en el que Diana Atamaint fue elegida presidenta, con los votos de los delegados del Partido Social Cristiano (PSC) y del movimiento Creando Oportunidades (CREO), es decir, de quienes en 2021 pondrían un candidato conjunto a la presidencia: Guillermo Lasso. Diana Atamaint obtuvo tres votos de cinco, incluido el suyo, y de inmediato cambió de aliados. Ha dirigido el CNE más inestable de los últimos años, siempre rodeado de escándalos, decisiones polémicas y mayorías móviles.

En 2018, Yaku Pérez fue candidato a Prefecto del Azuay. Su propuesta se centró en el agua, el medio ambiente y la oposición a la minería.  Las encuestadoras lo ignoraron y no aparecía entre los favoritos. Sin embargo, ganó la Prefectura e inició un trabajo diferente: bicicletas de bambú, trueque de productos entre costa y sierra durante la pandemia y conciertos de orquesta con su saxofón dedicados a los empleados sanitarios. Muchas imágenes y pocos resultados, le señalaron sus opositores. Suficiente en los temas que interesaban, dijeron sus partidarios.

Atamaint estuvo en el centro de todas las disputas hasta que María Paula Romo, entonces Ministra de Gobierno, se propuso sacarla del CNE, pues a su criterio Atamaint no garantizaba una elección tranquila y transparente. Sin embargo, el cuestionado operador político Daniel Mendoza —quien basaba su poder en repartir la construcción y la administración de hospitales entre los asambleístas que lo respaldaban— negoció el archivo del juicio político a Atamaint a cambio de la inscripción de su partido político en el CNE.  Algunos participantes en este entuerto, como el propio Mendoza, están presos, otros, han dejado el gobierno y el poder. Atamaint se mantuvo en la conducción de las elecciones.

Octubre de 2019. El gobierno resolvió subir el precio de los combustibles: la última de las grandes conquistas que el sector popular reivindica. Hay temas tabúes en la política, las ciudades y las sociedades. El precio del diésel y la gasolina era uno de éstos: una regla no escrita que no debía ser alterada.

Aunque el gobierno de Lenín Moreno lo sabía, negoció con los transportistas, pero no lo hizo con las organizaciones indígenas. De modo que la CONAIE, dirigida por Jaime Vargas, de la Amazonía, y Leonidas Iza, de Cotopaxi, resolvieron tomarse Quito, liderando las protestas más violentas de los últimos 20 años. Hubo niveles de agresión y de organización nunca antes vistos, respondidas con una represión extraordinaria.

¿Estuvo vinculado a estas manifestaciones el correísmo? Muchos dicen que sí. Algunos dirigentes del movimiento correísta (los asambleístas Gabriela Rivadeneira, Soledad Buendía y Carlos Viteri) se exiliaron en México, y otros (Paola Pabón y Virgilio Hernández) andan por aquí con grilletes electrónicos, acusados de financiar la conspiración.

La Ministra de Gobierno, la misma que quiso desbancar a Atamaint, fue desbancada acusada de excesiva represión unos meses después de esta disputa que puso a los quiteños en dos bandos: a favor y en contra de las manifestaciones de octubre, de los desmanes violentos que culminaron en la destrucción de la Contraloría y del Centro Histórico, de vejaciones a policías y periodistas, de fuerte represión en las universidades que acogieron a los manifestantes, y en la derogatoria del alza de los combustibles, que fue transmitida, como debe de ser en el siglo XXI, en cadena nacional de televisión, en prime time, en medio de una negociación delante de las cámaras, entre ministros y dirigentes indígenas, exigida por éstos.

Yaku Pérez participó en estas manifestaciones, aunque no las lideró, mientras Diana Atamaint las vio desde la comodidad de su oficina, más preocupada de las siguientes elecciones.

El gobierno liberó los precios de los combustibles cuando empezó la pandemia, y con ello terminó el último de los bastiones intocables. Ahora suben nomás, sin enojados.

Los dirigentes indígenas, Vargas e Iza, se han radicalizado, alejándose de Yaku, criticándole por ser “un pacifista que protesta con florecitas y palomas blancas”, burlándose de su rol de candidato perjudicado por los acontecimientos que desencadenó el domingo 7.

La proclamación de Atamaint con Yaku en segundo puesto, a base del conteo rápido, lo apretado de la votación, el conteo final de votos que mantuvo varios días al candidato de Pachakutik en segundo lugar, desató una nueva tendencia, la de suponer que éste podría ganarle a Arauz en segunda vuelta, mientras Lasso no.

A Yaku se le ocurrió pedir recuento de votos en diecisiete provincias y reclamar su triunfo, mostrando un posible fraude. La base de las acusaciones fueron actas con errores e inconsistencias. La respuesta de Lasso de encontrarse con Yaku en el CNE resultó una estrategia brillante, en un país donde la legislación electoral no tiene nada previsto para casos de virtual empate.

El encuentro con Lasso parecía un cuadrilátero: Yaku, Lasso, los cinco miembros del CNE y los delegados de la Organización de Estados Americanos (OEA) y de otros organismos internacionales ocupaban los cuatro costados de una mesa de negociación cuadrada: la fugaz imagen de la democracia de este país, que debería enmarcarse para siempre.

Al final de la tarde del 12 de febrero, Atamaint anunció que recontarían los votos de 17 provincias, lo que dejó feliz a Yaku, quien ya se veía disputando la siguiente instancia del ballotage. Hubo tiempo para un breve debate no programado entre los dos aspirantes a finalistas, sin moderadora ni preámbulos mal preparados, aunque pronto se descompuso la escena por acusaciones mutuas entre el segundo y el tercero, pues Yaku no aguantó la ansiedad de empezar ahí mismo su supuesta campaña de segunda vuelta.  Fue un momento cuasi histórico, con Atamaint y Yaku encabezando un proceso inédito, para hacer frente a un empate también inédito.

Al día siguiente, los delegados de PSC y CREO, los mismos que un año antes eligieron a la presidenta del CNE, aunque ahora sin su voto, argumentaron que no se podía recontar los votos solo por pedido de uno de los candidatos, y que por tanto la bella imagen del día anterior, chocaba con el peso de la ley. Y no se aplicaba.

La política en su fase electoral suele aprovechar dos conceptos recientes provenientes de la publicidad: timing, que le faltó a Yaku; más tiempo de campaña; mejor seguimiento a sus votantes; delegados en las juntas receptoras; concreción de sus pedidos de reconteo en el encuentro con Lasso para aprovechar la disposición —ese día— de la OEA.

Diecisiete provincias eran demasiado, también 24 mil actas, pues alteraban el calendario electoral. En política a veces hay que exigir lo que se puede alcanzar. Los elementos se mostraron esquivos y, finalmente, la posible presencia de Yaku en la segunda vuelta no duró más de una semana.

También hizo falta glamour. Se ve bien a Atamaint repartiendo sobres cerrados sin perder la compostura ni teniendo prisa en público. No se ve bien al propio candidato correteando con las copias, las demandas, las declaraciones de prensa. Faltó un vocero de Yaku. Cuando llegó Salvador Quishpe la magia se había evaporado. El glamour desapareció con el encuentro máximo de Yaku, Lasso, Diana, CNE y OEA, y acabo sumergiéndose en los trámites burocráticos de los delegados de PSC y CREO.

Un torbellino de declaraciones, desencuentros, búsqueda desesperada de actas, fotocopiadoras trabajando a full para lograr 24.000 pruebas; posibles arrepentimientos por no haber supuesto que estuvieron tan cerca de la segunda vuelta, acusaciones de conversar con un juez electoral, memes más serios que antes del anuncio plumífero, sospechas y sospechas de los sospechosos; un intento inédito de reconteo de votos llevaron a Yaku a extenuantes jornadas que, víspera del siguiente domingo 7, concluyeron en una entrevista radial, en la que dijo: “El voto nulo es una opción, previa consulta a las bases”. Y luego añadió: “Puedo ser candidato en cuatro años, y quizá antes, porque no se asegura la gobernabilidad”.  El resultado apretado, con un manejo más legalista que legítimo del establishment y de un CNE dirigido por Atamaint, había liquidado la posibilidad de que Yaku apoye a Lasso, como PK lo hizo en 2017, o viceversa, y que se quite el tufo a fraude. Sobre todo, al dejar como perdedor a quien ha sido el candidato indígena con mejores resultados electorales históricos desde el inicio de PK, que gracias a Yaku, gracias a octubre o a pesar de octubre, es hoy la segunda fuerza política del país.

Desde las mismas lagunas de Cajas, provincia del Azuay, cuna del agua para Cuenca, donde ha iniciado sus campañas electorales, Yaku, ya calmado, salió a dejar en libertad a sus votantes de cara a la segunda vuelta. Reiteró que su lucha continúa y que no confía en ninguno de los dos finalistas. Finalmente, PK resolvió votar nulo en la segunda vuelta de elecciones presidenciales con Yaku como su vocero.

El CNE, presidido por Atamaint, organizó otro evento polémico: un debate inentendible, complicadísimo, donde las introducciones y aclaraciones duraban más que las exposiciones y discusiones entre los candidatos a presidente. Algunos extrañaron a Yaku y otros vieron la sombra de Diana.

Finalmente, Laso ganó: es el nuevo presidente. Atamaint ganó: el proceso fue impecable con resultados proclamados a las 21h00 sin necesidad de conteo rápido. Y Yaku ganó: en cinco provincias el voto nulo tuvo más votantes que los candidatos. Nadie recuerda ya el incidente de la primera vuelta.

Tal vez ocurra lo mismo dentro de cuatro años, o tal vez antes. Las elecciones, eso sí, no deben ser en domingo 7.

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 *Esta crónica fue desarrollada durante el curso-taller de loscronistas.net de febrero de 2021

*Antonio Bermeo Noboa, Ingeniero Civil especializado en Ingeniería Ambiental y en Catastro, con amplia experiencia en Gerencia de Proyectos de Desarrollo. Casado, padre de dos y abuelo de tres, todos maravillosos.  Aficionado a las Vespa, a las bicicletas y al fútbol.  Quiteño, con ganas de escribir crónica. 

 

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