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Andrea Bernal tuvo razón

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 Cuando la presentadora y directora de noticias del canal colombiano NTN, la ecuatoriana Andrea Bernal, comunicó al país que no iría como moderadora del debate presidencial, lo hizo -ahora lo sabemos con precisión- porque el Consejo Nacional Electoral (CNE) no le permitió ejercer su oficio de periodista, como ella reclamaba con justicia y profesionalismo.

Y tuvo razón: su negativa a la impostura pretendida por el Consejo fue un golpe con guante blanco.

Aparte del brandeo del escenario -que es el maquillaje, pero no lo de fondo- el formato del CNE fue pésimo, absurdo y ridículo, haciendo que la reemplazante de Andrea, la señora Claudia Arteaga, una comunicadora devenida en periodista, visiblemente nerviosa y leyendo todo lo que tenía que decir -como si no se hubiera todavía inventado el teleprometer- cayera en el ridículo al convertirse en una simple abridora de sobres y lectora del contenido de dichos sobres elaborados por un tal Comité Nacional de Debates.

Según OK Diario, un moderador de debate es una persona que establece turnos y tiempos en un debate, pero además es también la persona que debe garantizar que se hable de lo que se ha planteado para el debate, ya sea un tema o varios. En ocasiones, incluso, es quien introduce y plantea los temas a debatir.

“Es también una persona imparcial o debe serlo en el momento de celebrarse el debate, de modo que no se incline por ninguno de los participantes y se corra el riesgo de que tal vez le deja hablar más tiempo o sencillamente le facilite primero los temas a uno de los dos”.

Por eso, Andrea Bernal tuvo razón, porque los organizadores querían un simulacro de debate, pero no un debate; porque los organizadores no querían ser tachados de favorecedores de uno o de otro, como si Andrea no estuviera defendiendo el rol del periodista que no es leer textos sino preguntar, repreguntar, indagar, exigir aclaraciones a las respuestas oscuras y, sobre todo, conminar a los candidatos Andrés Arauz y Guillermo Lasso a que explicaran lo esencial: el cómo harán lo que prometieron. Y no solamente el cómo sino el cuándo, el cuánto, el por qué, el para qué.

¿Qué se puede exponer o proponer en un minuto y medio? ¿Qué se puede replicar en 30 segundos? ¿De qué sirve un minuto para tratar de responder al adversario?

Ante la falta de repreguntas, en el debate de este domingo 21 los aspirantes a la presidencia de la República pudieron decir lo que se les antojara, pudieron proponer lo que se les viniera en mente, pudieron ofrecer lo que les saliera de las vísceras, pudieron atacar a su rival sin que nadie (una periodista moderadora) les exigiera aclaraciones, documentaciones y pruebas de lo que aseveraban.

Según el profesor argentino Mario Riorda, “la teoría de los debates dice que estos legitiman el sistema democrático, fijan la agenda sobre los grandes temas, persuaden al electorado, dotan de información y aportan a la calidad institucional”.

Nada de esto se cumplió en el debate de los aspirantes ecuatorianos. Los organizadores atiborraron al público con diagnósticos preproducidos de la situación del país, con decenas de datos, cifras y fechas en cada uno de los cinco temas e hicieron lo mismo con los candidatos, a los cuales se les pidió que respondieran cuestionarios confusos, largos y complejos. Todo ello en un minuto y medio…

Las dos horas que duró el seudo debate pudieron ser suficientes si quienes lo protagonizaron y, sobre todo, los que lo organizaron, hubieran tenido el suficiente criterio, el sentido común y la capacidad de organizar un debate en el que los candidatos pudieran exponer con tiempo y con espacio sus tesis, sus promesas, sus análisis de la situación actual, sus proyectos para el futuro, su manera de pensar cómo sacar adelante a un país en ruinas.

Pero no ocurrió así. Porque no hubo un o una periodista que pusiera orden en el caos. El CNE disfrazó el rol de Claudia Arteaga con cortes de más de dos minutos en los que se exhibieron videos llenos de lenguaje burocrático, como si eso hubiera ido a buscar y escuchar la gente, como si eso hubiera querido ver la gente.

¿Por qué esos diez minutos (los cortes de más de 120 segundos) que se usaron para que el CNE nos confundiera con tanta cifra no se usaron para que los candidatos tuvieran un poco más de aire y posibilidades de explicar a fondo sus ofertas?

Pero no. En lugar de que así fuera, tuvimos que digerir largas peroratas sobre el país -como si no lo supiéramos-, elaboradas con el más rebuscado lenguaje burocrático posible, además de que cada vez que aparecería en la pantalla, al espectador le ponía nervioso la pobreza con la condujo (¿condujo?) el debate la señora Arteaga.

Con semejante ventaja tanto para el uno como para el otro, los candidatos pretendieron hacernos creer que estaban debatiendo, que estaban cruzando ideas, que hacían propuestas y que estas eran refutadas, desechadas o mejoradas. Y todo fue mentira.

El resultado fue el lógico: si al postulante no le venía en gana responder la pregunta que le hacía su rival simplemente no lo hacía, con una enorme falta de respeto al país, al público, a sus partidarios, a sus rivales.

Con un formato tan ridículo como el planteado por el Consejo Nacional Electoral y el Comité Nacional de Debates (que en una pregunta hacía cuatro o cinco cuestionamientos y les daba un minuto y medio para responder), el país perdió la oportunidad de que más de tres décadas después se realizara un debate presidencial, luego de aquel mítico enfrentamiento entre el socialcristiano León Febres Cordero (a la final, ganador de las elecciones) y Rodrigo Borja Cevallos, de Izquierda Democrática.

Una pena. Esta vez, los dos candidatos decepcionaron y dejaron muchas cosas sueltas en el aire, a consecuencia de la pésima organización y de las disposiciones del CNE.

Pero no se trata solamente de calificar de pésimo su trabajo, sino de los más grave: de que los ecuatorianos no sabremos, a menos que apelemos a nuestra memoria que, por lo general, es tan frágil, a las cincuenta cosas que tanto Arauz como Lasso propusieron para hacer del Ecuador un paraíso terrenal en cuatro años.

¿Cómo lo harán? ¿Qué responderán a las acusaciones que el uno le hizo al otro y viceversa?

Ahí es cuando se necesitaba un periodista, no una persona improvisada, poco preparada para enfrentar el difícil, complejo y pantanoso terreno de la política.

Lo que hizo el Consejo Nacional Electoral, que ha tropezado, se ha equivocado y ha cometido graves errores en el actual proceso, tiene que ser explicado a los ciudadanos.

Ya es hora de que el CNE rinda cuentas al país y que periodistas de la calidad ética y profesional de Andrea Bernal se multipliquen y demanden seriedad, equilibrio, madurez y visión estratégica a una institución electoral que por todo lado hace agua.

__________________________

*Rubén Darío Buitrón (Quito) es poeta, narrador y periodista. Ha escrito diez libros sobre distintos géneros y tiene en preparación dos más. Ha ganado premios nacionales de periodismo y de cuento. En la cadena SRRadio mantiene el programa “La otra mirada” y escribe para la revista digital Plan V. Es el director-fundador del portal loscronistas.net 

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