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Correspondencia ilimitada del amor

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Por María José Larrea*

En medio de su dolorosa congelación, leo Carta larga sin final, de Lupe Rumazo.  Una temperatura que fluctúa entre el 0° Celsius y el 32° Fahrenheit en su poética constante.  Correspondencia de amor entre hija y madre que podría ser la mía con mi propia madre. Un amor desnudo. Una construcción mutua en la cotidianidad. Sin máscaras ni disfraces. Una sinceridad en la que ahondan ellas y profundizo yo. Sin límites y con el límite de la comprensión propia de esta hondura que genera la coexistencia de Lupe con Inés y la mía con mi madre.

Me dejo acompañar por los epígrafes de corrientes filosóficas y literarias, de canciones de cuna y cuentos anónimos en cada capítulo. Nombres que han nutrido a Rumazo. Nombres que dejan ver su sentimiento, su postura, su proceder.  Algunos nombres he leído y otros quisiera poder hacerlo.

Para coincidir con los juicios de esta carta-novela, carta-diario, carta-poesía, carta-ensayo, carta-crítica; medito.  Me recorre una corriente que mueve mi interior en busca de preguntas y respuestas.

¿Qué es lo principal en mi vida?  ¿Dónde pongo mi cabeza?  ¿Qué controlo?  ¿Qué ansío?   Todo cuánto rozo recibe la influencia de mi mente.  Yo misma me sostengo y me construyo desde ella.

Pero hay una infracción constante, y sin querer, desde mis acciones, intenciones, pronunciamientos y omisiones. Tal vez, el servir, desde donde estoy, restituya estas heridas. Así, pago un precio por vivir. Y, ¿por qué pagar?  Porque “pagar tiene que ver con dar paz, con apaciguar; y al mismo tiempo, con cumplir una pena o un castigo”.

Tanto la emisora como la receptora de esta carta son íntegras. Ser íntegra desde el alma, el cuerpo, el espíritu y también la mente impide coincidir con las apariencias que lideran el entorno. Mis experiencias rara vez cumplen con los modelos que se ven en el exterior. Cuando no calzo y pretendo hacerlo, me fragmento.  Me doy cuenta del daño provocado por el rumbo tomado, y también, del bienestar generado por mejores decisiones.  Asumo el dolor o la alegría soterradas en mi piel, ambas producto de mi reflexión o irreflexión en mis rutinas.

La integridad se nutre de muchos elementos.  Del silencio y de la intención de escuchar.  De la intuición clara y de la rapidez de la atención.  Del pensamiento, análisis y juicio sostenido en buenas conversaciones o como consecuencia de la educación y la cultura. De soltar creencias que causan daño y de quedarse con pocas que, en cambio, son imprescindibles. De la vivencia del presente.  De la meditación que siempre se quisiera practicar. De los valores y los principios grabados en la niñez.  De las personas a quienes se admira y se pudiera imitar.  De la naturaleza y el paisaje que se respira contemplando la vida.  De los libros cuando se profundiza en ellos.

Pretendo ser íntegra como ellas y esto me da la fuerza de vivir.  Ser íntegra me impide romper al otro.  Ser íntegra me frena cruzar líneas que me afectan, no solo a mí, sino a los demás.  Sin embargo, siempre tengo dudas y me pregunto si todas estas prácticas me sacan a la luz o me atropellan.  Con la pretensión de ser quizás he estorbado a las personas que no piensan como yo y también sería soberbio ofender con ello a los demás.  Solo en esos vórtices, flashes o en el umbral entre la existencia y el dejar de existir sé y sabré en qué medida he sido completa.

Con Carta larga sin final comprendo el dolor del exilio desde la palabra, ese dolor que no quiero sentir en carne propia y, sin embargo, no logro ponerme en los zapatos de aquellos que podrían considerarse extraños.  Además, me molesta la incapacidad de que podamos ser compasivos con los moribundos.  Todo parecería que está por encima, que es más importante que la muerte sabiendo que ella es la meta final de todos.

¿Cómo es mi accionar con la gente que llega de otros lugares?  ¿Sería capaz -como les sucedió a ellas- de impedir que se sienten en mi jardín, en el muro de mi casa?, ¿sería capaz de cubrir con aceite las piedras para que nadie se acomode?, ¿sería capaz de dar más valor a una gallina de un cónsul por el hecho de pertenecer a un diplomático, que a las personas?  Y, ¿qué puedo decir del vestuario de la gente, de cuánto dinero gana, de lo que tienen para aparentar?   Dar atención a figuraciones y perderme de las vidas que me aportan aprendizaje, sensibilidad, profundidad, sentimientos, emociones: es irrisorio.  Por encima de cualquier apariencia -ya sea de rico, ya sea de pobre- está el ser humano.

Un día la muerte se disfrazará de accidente, de asalto, de catástrofe, de casualidad.   Un día disimulará una enfermedad, le culpará a mi genética, recorrerá mi ADN, se normalizará en mi herencia.  Átropos con sus tijeras cortará el hilo.  Solo ella sabe la extensión del hilo de mi vida a pesar de todos los pretextos.

Esa porción, que al igual que la de mi nacimiento y la de mi razón de existir, cumplirá con mi destino. Mi muerte, como la de todos, tendrá la condición de estar sin nadie. La soledad será la urna en la que me vaya introduciendo y me apartará del mundo, de la gente, de las cosas.  Nadie tendrá acceso a ella.  Mi hijo, mis hijas se convertirán en mi padre o en mi madre.  Como cuando fui madre de mi padre cuando este se moría.  Estuve cerca y no tuve acceso a su soledad.  Ellos, mis hijos, sentirán la misma incertidumbre de no saber qué hay entre la última inspiración y la muerte.

De haber respuestas a esta Carta larga sin final, lograré dar un paso hacia el conocimiento, la comprensión y el perdón hacia mí misma.  Carta larga sin final merece tantas lecturas como tantos recodos tiene mi interior.

____________________________

*María José Larrea Dávila, ecuatoriana, nacida en 1970.  Estudió Lengua y Literatura.  Ha sido profesora en colegios de Cuenca. Asistió durante un año al taller literario “Palacio (I), caza de palabras” de la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito.  Pertenece a los clubes de lectura “En perspectiva lila” y “Santa Ana”, de Cuenca, y es colaboradora permanente de loscronistas.net

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