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Transitando la memoria

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*Por Sebastián Vera                  

 Durante la pandemia se llevó a cabo la primera Marcha Nacional Trans. El periodista Sebastián Vera recoge ese instante donde, en medio de los gritos de carne y hueso, todavía habitan los fantasmas del febrescorderato y de los prejuicios atávicos del Ecuador.

 

Pienso en Pedro Lemebel y en su taconeo furioso e intenso mientras llueve en Quito. La rocola del bus pasa tecnocumbia y otros cantos angelados del audio latinoamericano. Suena Nunca pensé llorar, de Rossy War, mientras avanzo por la avenida Amazonas hacia La Mariscal. Las gotas en la ventana dibujan lencería de encaje. Transito la decadencia capitalina más allá de sus calles, a través de la memoria, al otro lado de la historia. Ay! ay! ay! me duele el corazón. 

Hoy, 20 de noviembre, se organiza la primera Marcha Nacional Trans. La primera. Mis sentidos se desploman. ¿La primera? ¿Habrán pensado eso cuando, cansadas de estar en las sombras y en los quebraderos de los lindes estatales, corporales, ciudadanos, emocionales, las Coccinelle se manifestaron para contradecir el destino impuesto por aquellos que las querían eliminar del tiempo, y así como la diva francesa, mostrarse, sin ninguna condescendencia, sin ningún temor, atrevidamente libres? Apofenia pluviosa.

Guarece un poco. Por la llovizna, alrededor de 40 personas escampan en los cobertizos esqueléticos de los bares de la Plaza Foch. Varias personas ya traen consigo carteles y pintura. Son las 12h35 y no hay sol. Juego con la imaginación mientras camino por la plaza y me traslado al febrescorderato, 33 años atrás.

Los Escuadrones Volantes recorren las calles empuñando sus toletes a manera de vergas, golpeándolas contra sus manos o muslos en señal salvaje contra la criminalidad, a favor de la moral y las buenas costumbres, ocultando su desenfreno sexual y autoritario. Con la ley entre las manos, cazan a las maricas de La Zona. Los golpean para convertirlos en varones, les sacan la mariconería a puntapiés y los hacinan en camiones y camionetas para llevarlos al Centro de Detención Provisional en el centro de la ciudad, no sin antes torturarlos en El Ejido, bañarlos en agua fría en la laguna de La Alameda o, escogiendo a los más jóvenes o guapos del grupo, violarlos al llegar al cuartel del SIC-10. Las fantasmas gritan en La Zona.

13h10. Familiares de Juanita Criollo, estilista y asesora de imagen trans del sector de La Roldós, en el norte de Quito, despliegan un cartel con la señal ¡Foch Yeah!, pidiendo justicia por su asesinato, que aún continúa en investigaciones, según Magdalena Cabascango, sobrina de Juanita. El cuerpo de su tía fue encontrado el lunes 16 de noviembre y, conforme a la autopsia, ya tenía 48 horas de fallecida al momento del hallazgo. Tenía 51 años. «Llevaba tres años sin su pareja y tenía sus vaciles», me comenta Magdalena, quizás apuntando a un posible motivo de su muerte: un crimen pasional, un transfemicidio.

Y es que muchos creen que las vidas trans son desechables para nuestra historia y memoria heterosexista y tradicional: aquello que resulte una afrenta hacia la supuesta naturaleza homogénea, siempre creará enemigos que quieran eliminarla, desaparecerla, borrar todo vestigio de su existencia. Más gente empieza a concentrarse en la Plaza Foch. Se suman poco a poco pintando una imagen camp.

Algunos medios de comunicación toman fotografías y realizan entrevistas y vídeos en vivo. La concentración inicia con la lectura de manifiestos, contra respuestas a la deshumanización, a las reglas binarias; transmutando la historia y demandando a instancias estatales como la Fiscalía, el Ministerio del Interior, el Ministerio del Trabajo, el Ministerio de Salud, el Ministerio de Educación y el Registro Civil el derecho a vidas y muertes dignas, en igualdad, como todo ser humano merece.

El espíritu de María Jacinta Almeida cubre a sus compañeras y les entrega fuerza en sus intervenciones. Antes de empezar a marchar por la avenida Amazonas, me acerco a hablar con Kerly Nebraska, presidenta de la Nueva Coccinelle, vestida en su totalidad de blanco, a excepción de la pañoleta en su cabeza, sus collares negros y su cinturón rojo. Por la mascarilla no puedo ver su rostro completamente. Su voz es leve, pausada, antología de risas y llantos. A través de sus lentes logro ver el pasado en sus ojos y me siento minúsculo, ínfimo, como colilla de cigarro.

—¿Qué recuerdos le trae La Mariscal? ¿Es diferente a cuando ustedes estuvieron aquí?

—En esa época de los años ochenta, esta era la plaza emblemática donde trabajaban las compañeras trans que ahora ya no están con nosotros. Algunas de ellas murieron en este sector a manos de la Policía y de las personas que vivían aquí. Esta es la parte que a nosotros nos recuerda mucho, porque ellas dieron la vida por esta lucha que nosotros emprendimos en esos años. Qué pena que ya no estén aquí ahora y vean el fruto de la lucha de ellas y de todas nosotras que, hasta el día de hoy, tenemos que seguir luchando por la justicia.

—Cree que después de la despenalización de la homosexualidad, ¿han avanzado o retrocedido las cosas por las personas del colectivo LGBTI?

—La verdad es que no ha cambiado casi nada. No ha cambiado mucho porque todavía se siguen dando las muertes, las desapariciones…, todavía se sigue dando la homofobia. Por eso estamos aquí: necesitamos seguir luchando para que haya justicia. Por eso hemos hecho la demanda al Estado ecuatoriano para que se repare a las sobrevivientes del grupo de los años ochenta-noventa Coccinelle.

—¿Se va a conseguir justicia o el Estado continúa de oídos sordos?

—Nosotros no queremos ser optimistas, pero con la lucha, los plantones, las exigencias que tenemos toda la comunidad trans, yo creo que vamos a lograrlo. Esperemos que no sea un largo tiempo, pero sí vamos a seguir luchando, vamos a seguir insistiendo en la Fiscalía para que se nos reconozca como víctimas y se hagan las reparaciones integrales.

Kerly se une a tres de sus compañeras para encabezar la marcha. La Diva, presidenta de las trabajadoras sexuales, reparte mascarillas a los asistentes, animada, alegre. La corona una tiara plateada de plástico, realeza callejera de pavoneo loco en esta ciudad apestosa, dolorosa, cruel. Coca y Mota, de Pachaqueer, ponen la cula por delante y las recuerdo de la Performácula de enero. Recuerdo su abrazo en lágrimas al dedicar su documental a Samuel Chambers, activista hallado muerto en Guápulo, sin cabeza y sin manos el 7 de noviembre de 2017; recuerdo su beso que exorcizaba la violencia y mandaba a la mierda a todos quienes tienen miedo y pavor de su existencia monstrx.

14h30. Minuto de silencio por las Coccinelle muertas. Lorena Bonilla, presidenta de la Fundación Amor y Fortaleza avanza en la marcha vestida con un poncho impermeable blanco. Ella es madre de Amada, una niña trans. Porque las infancias y adolescencias trans existen, porque no es cosa de adultos no más, ni es algo antinatural sino real y existente de lo que se debe hablar y visibilizar. Los cantos, chicharras y voces de la marcha me aturden un poco y mientras hablo con Lorena tambaleo. Ella sostiene mi brazo izquierdo y me agarra fuerte para no caer. Pienso en mi madre, en mi abuela y en todas las madres de mi vida.

—¿Por qué es importante representarse en las calles?

—Nosotros estamos conscientes de que en este momento es muy peligroso salir a las calles a protestar, no solo porque el Gobierno ha sido siempre el que nos ha oprimido, sino también por la pandemia. Sin embargo, durante la pandemia también ha habido momentos en los que nuestros hijos no han sido atendidos en los hospitales. Estamos esperando que en este momento nos den una respuesta sobre el uso de los bloqueadores para Amada, la primera niña transgénero que logró sacar su cédula en el 2018. El Ministerio de Salud no nos ha dado una respuesta y así todas las instancias del Estado. Están invisibilizando a las identidades diversas. Nosotros somos padres que exigimos al Estado que dejen de tratar a nuestros hijos como si tuvieran una patología.

—No hay que dejar de lado el hecho de que existen personas diversas.

—El Estado siempre oculta estas identidades. Somos familias que necesitamos el derecho al acceso a la educación, el acceso a la salud, el derecho a una identidad en los documentos desde la infancia. Se ha pensado que las personas trans existen a partir de los 18 años y hay evidencia científica de que nuestros hijos nacen así. La identidad de género se representa desde los dos a tres años de edad. Es algo que no se puede cambiar y que puede estar presente en cualquier familia. Ahora somos nosotros, el día de mañana puede ser cualquiera de la sociedad ecuatoriana.

Cuatro Coccinelle encabezan la marcha, casi en solitario, como guardando luto por sus amigas y compañeras fallecidas. Caminan solas, despacio. Tras ellas las nuevas generaciones, deudoras de su lucha. El cementerio capitalino cobra vida gracias a las maricas y putas, a sus pasos de plumería tecnicolor.

A las 15h35 la marcha llega a la Fiscalía. Guardo silencio. Las fantasmas gritan en la Fiscalía. Su memoria resucita en los gritos de todas las trans que buscan que su historia jamás sea olvidada. Las fantasmas gritan y sus almas pululan en La Mariscal, la avenida Patria, la Unidad de Flagrancia, El Ejido, El Puente del Guambra, La Alameda, la 24 de Mayo, San Roque. Los policías guardan silencio. Su cobardía y desmemoria los enmudece. Las fantasmas están cabreadas.

Trato de filtrar los sonidos de los autos y buses, de los vendedores ambulantes, de la opulencia pituca de la Fiscalía General del Ecuador y del Hilton Colón. Me detengo en la avenida Patria, pero solo por un momento. Debo apresurar mi paso porque, en una ciudad tan gangrenada y decadente como lo es Quito, cualquier indicio de soltura es señal segura para robos e inclusive secuestros. Los gritos y el llanto comienzan a resonar en mi cabeza. No, no es el estrés causado por la pandemia: la ciudad grita y llora siempre, siempre. Aprieto mis párpados y siento los chubascos leves.

Poco a poco los gritos desaparecen, también la sensación de peligro. Siento el tránsito como pestañazos furtivos y me sonrojo pensando en rubor carmesí. Abro lo ojos y las veo: son las trans hablando de sus amores y sueños, con toda la dignidad sembrada por sus vidas y sus luchas. Hace frío y la ciudad ya no es tan nauseabunda, al menos por unos minutos.

Primera mención en la I Convocatoria de periodismo narrativo, organizado por loscronistas.net

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*Sebastián Vera. Periodista ecuatoriano de 26 años. Aunque ama Quito, vive enamorado del Valle. Nació, literalmente, con la soga al cuello. Continúa vivo gracias a la broma del verdugo. La corbata amarilla ya no le llama más la atención, pero sigue ahí.

 Foto de la primera Marcha Nacional Trans, cortesía de Sebastián Vera 

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