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Entre pandemias y delincuentes, once días en la cárcel de Tulcán (I)

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Esta historia empieza el 18 de julio del 2020 (en realidad inicia el 1 de noviembre del 2017, ese día nació mi hija Valeska). Fui detenido por disposición de una jueza por adeudar más de dos pensiones alimenticias. Ingresé a la cárcel de Tulcán (Carchi) a las 13:43, mientras Ecuador enfrentaba uno de los peores momentos por la emergencia sanitaria debido a la peligrosa expansión del Coronavirus.

El 16 de marzo del 2020 se decretó la emergencia en Ecuador, que principalmente incluía un Estado de Excepción y un Toque de Queda para evitar la aglomeración de personas. La teoría de prevención desde la visión estatal era reducir la movilización de personas para frenar la expansión del virus y establecer protocolos de bioseguridad para proteger la salud de la población.

Aquel 18 de julio yo cumplía 18 meses sin empleo fijo, sin afiliación a la Seguridad Social y sin esperanza de encontrar trabajo para ejercer mi profesión de periodista. Tres días antes, las autoridades del Centro de Rehabilitación Social de Tulcán anunciaban que el número de contagiados dentro de la cárcel era preocupante, sin especificar cifras.

Según la información oficial otorgada por la Secretaría Nacional de Gestión del Riesgo de Ecuador, hasta el 30 de septiembre se registraron en Carchi 2646 contagiados, de los cuales 1497 estaban en Tulcán, ciudad donde está instalada la cárcel. El peligro de ingresar a un reclusorio era evidente porque el combate al virus requería de estrictas normas de higiene, escenario difícil de encontrar en una cárcel del país.

Para proteger la salud de los privados de libertad, a escala nacional se emitió una circular de cumplimiento inmediato. Era obligatorio instalar dispensadores de alcohol en los patios, colocar alfombras para desinfectar el calzado en el ingreso a las celdas, no distribuir la comida en tarrinas reutilizables, uso obligatorio de mascarilla y evitar la aglomeración de los reos. A los nuevos detenidos se les debía enviar a una zona de aislamiento durante 14 días. Allí debía recibir un control médico permanente para descartar que sean portadores del virus y puedan ser trasladados a las celdas convencionales.

En Tulcán, ese sábado 18 de julio había sol, pocas personas circulando en las calles y una brisa suave que golpeaba el rostro. El inmenso y pesado portón de la cárcel se abrió. La entrada a la zona de aislamiento estaba adjunta al ingreso principal, a unos 50 metros hacia el norte.  En el patio estaba empotrado un contenedor ( 6 metros de largo, 2,43 metros de ancho y 2,59 metros de alto), similar a los que llegan con mercadería a los puertos marítimos. Allí, los reos cumplían su cuarentena.

El contenedor fue adaptado para alojar a 30 presos. Dormíamos sobre colchonetas, muy pegados. Quienes llegaron tarde permanecían de pie, arrimados a las paredes de lata. En uno de los extremos se adecuó el baño: Un lavabo y un inodoro de cerámica, algo inusual en una cárcel. La cerámica rota puede cortar más que un pedazo de vidrio, es un arma peligrosa.

En el ingreso al contenedor no había una alfombra desinfectante ni se tomaban medidas para quienes llegaban de la calle. Adentro, ni un dispensador de alcohol, como en el resto de la cárcel. En el improvisado baño, encontrar un pedazo de jabón era misión imposible. Los presos se acomodaban en las colchonetas sin despojarse de sus zapatos y sin importar que quien estaba junto a ellos no tenía mascarilla.

“Vea papá, aquí nuestras vidas está en manos de Dios”, repetía de manera insistente Paúl Benavides, el caporal de la zona de aislamiento. Él se ponía la mascarilla solo para salir a recibir la comida, no lavaba sus manos antes de ingerir los alimentos, compartía su cuchara con el resto de reos y fumaba el mismo tabaco. “Aquí estamos expuestos al virus y nos podemos morir, que nadie tiene piedad de nosotros”, añadía.

De los 32 presos que estábamos en el contenedor de aislamiento, 16 eran venezolanos, 4 colombianos y el resto ecuatorianos. Los extranjeros fueron detenidos por tráfico de drogas. Los nacionales cumplían penas por robo, contravenciones de tránsito e incumplimiento en el pago de pensiones alimenticias.

Los venezolanos tenían lejos a sus familiares. No había quién les proveyera de mascarillas, alcohol y jabón. Usaban las mascarillas que otros botaban, aunque no fueran reutilizables, las lavaban y tenían algo para proteger su nariz y su boca. Ángel Adames Valencia sabía que hacerlo era riesgoso, pero no tenía otra opción. “Si salgo destapado la boca no me dan la comida, prefiero hacer eso a morir de hambre”.

A las 16:30 del sábado 18 de julio llegó la merienda. La comida se sirvió en tarrinas reutilizables, aunque el protocolo para las cárceles establecía que se lo haga en desechables. No había cuchara para todos, pero el hambre era más fuerte que el temor al contagio. Más de un preso no dudó en llevar los alimentos a la boca con las manos, sin desinfectarse.

En la fila no regía el distanciamiento social, el metro y medio sugerido entre personas era un mito. Los reos se desesperaban por recibir su rancho y los empujones y apretones eran parte de ese ajetreo. Vinicio Fraga durmió toda la tarde. El menú fue arroz con pollo al jugo y agua de cedrón.

Fraga recibió su tarrina y al girar para volver al contenedor chocó con otro reo. La presa de pollo cayó al piso y no dudó en recogerla. Alguien gritó: “Cuidado con el Coronavirus, aquí no trapean el suelo con cloro”. Él, con firmeza de juez, respondió que cuando tiene hambre es capaz de comerse una rata viva.

En el contenedor siguió con la historia de la rata. En una ocasión compró USD 30 de marihuana y se fumó todo en una tarde y noche con tres amigos. Cuando despertó estaba sobre el césped en un parque de Tulcán. “No tenía plata y la leona (hambre) me mataba. Vi que una rata merodeaba por ahí y la perseguí. Escapó y no pude cazarla. Si la cogía me la comía”.

El desamparo se apoderó de él, una tristeza inefable, terriblemente penosa como el remordimiento de un antiguo crimen perpetrado. Se quedó en silencio y después de unos segundos alcanzó a decir que matar una rata es menos cruel que quitarle la vida a un humano. Y se desplomó en la colchoneta.

El resto de presos escuchábamos en silencio mientras comíamos. Algunos no dejaban ni un grano de arroz en el plato, otros decían que la comida tiene un insoportable olor a azufre y preferían ayunar. Jean Pierre tiene 22 años y desde los 14 está involucrado con las drogas. Él no desperdicia los alimentos. En su tarrina recogía lo que otros sobraban. Se comía todo.

Pequeño y de figura delgada, parecía que su estómago era sin fondo. También tiene su propia historia relacionada con el hambre. A sus 12 años durmió por primera vez en la calle, bajo un puente en Cali, Colombia. “Desperté y estaba mareado, no veía bien y no recordaba lo que pasó antes. Vi un basurero y me acerqué a buscar comida. Dos ratas grandotas estaban en los rincones y alcancé a ver una funda amarilla con papas fritas. Metí la mano y con eso calmé el hambre”.

Un estremecimiento de compasión me sacudió. Una plegaria brotó en mí, breve y desesperada, con esa voz interna que no pasa por la boca y con la que los creyentes imploramos al salvador: “Dios mío, ayúdalo”.

Los encargados de repartir la comida (presos de buena conducta) regresaron al contenedor a retirar las tarrinas. No llevaban mascarilla y los utensilios recogían en fundas negras. No lucían trajes antifluidos ni malla en el cabello, parecía que en la cárcel no existía pandemia ni estado de emergencia.

Luego de la merienda, un guía penitenciario de buena voluntad nos permitió caminar 20 minutos por el patio. Gabriel Zambrano, guayaquileño, fue detenido por intentar llevar un kilo de heroína desde Tulcán a Guayaquil. Caminaba con pasos desalentados, con las manos a la espalda y con la frente inclinada. Alto y grueso, parecía sumido en las tinieblas que ahogan su cólera. Solo pedía una llamada telefónica para conversar con su esposa y pedirle que cuidara de sus hijos.

Le preocupaba su diabetes. “Soy vulnerable y aquí no se aplica una sola norma de bioseguridad, nos tratan como animales”. Su queja hacía eco en el resto de presos.

Cayó la noche y ya estábamos dentro del contenedor. Hacía mucho frío y lo mejor era pegarse a los otros para aprovechar el calor humano. Afuera, el único ruido que se escuchaba era el de las ratas que deambulaban con sus crías. Cerramos con ropas viejas las rendijas de la puerta para evitar que entraran a compartir con nosotros la colchoneta.

Adentro, el olor era insoportable. Había quienes expulsaban un aliento fétido, a quienes las axilas les apestaba a sifón, y quienes se despojaban del calzado contaminaban el ambiente. No había ventilación. Pensé que en ese lugar el coronavirus y mil virus más podían germinar sin dificultad.

 

EL CAPORAL Y ‘LA MUÑECA’

 

Paúl Benavides Paredes estuvo 15 días libre y volvió a caer. Cumplió una pena de un año y ocho meses y regresó a la cárcel de Tulcán en cuarentena por el Covid-19. Aquella tarde que entró al contenedor estaba arrebatado. “Para quienes no me conocen, a mí me dicen El Huevo, soy el ladrón más respetado de Tulcán”. Y se autoproclamó caporal.

Su historia es abrumadora. Su padre, un vendedor ambulante con antecedentes penales, acostumbraba a maltratar a todos los miembros de la familia. Paúl tiene un hermano y los dos son visitantes frecuentes de la cárcel. Fueron testigos de los golpes que propiciaba su padre a su madre hasta que brotara sangre por la boca y la nariz. Luego se iba contra ellos. Paúl recuerda que desde que tenía tres años amanecían en la calle bañados en sangre. Así empezó su vinculación con el delito y las drogas.

Benavides tiene doble personalidad. Una amable, respetuosa y reflexiva cuando está en sus cabales y otra con rasgos de intolerancia, codicia e irritabilidad cuando está bajo los efectos de la marihuana. La rutina desgasta dentro de una cárcel y El Huevo lo sabe muy bien. Luego del desayuno pide la 115 (fosforera) y la moto (pipa). La carga con marihuana y fuma. Dos sorbos y lo demás es para compartir.

Se transforma. Pide que le regalen ropa y panes. Se aprovisiona, da algunas disposiciones a su segundo de a bordo y se echa a dormir. Despierta antes del almuerzo. Recibe su comida, recicla lo que sobran los otros y empieza su jornada vespertina. Los consumidores de marihuana saben que después de drogarse el hambre es insoportable y desmedida.

En la tarde empieza a desesperarse porque el proveedor de la marihuana no llega a tiempo. Es otro reo que cumple las funciones de pasador. Él es el distribuidor y mandadero de las mafias que operan dentro de la cárcel. “Dile que revise, que ya está hecho el depósito, me alcanza para cinco tortas (porciones), pero apúrate que ya necesito destrabarme”, le decía Benavides con el ceño fruncido.

En el peculiar lenguaje de las cárceles, destrabarse significa volver a fumar para que pase el efecto de la trabada de la mañana. En menos de media hora le llega la droga, consume y vuelve a dormir hasta la merienda. En la noche es igual. “Vea tío, si usted pasa durmiendo en la cana (cárcel) el tiempo vuelve y parece que cumple media condena. Además, soy adicto, afuera me trabo para robar”, me cuenta con firmeza.

El día que le capturaron entró a una casa y se llevaba 18 pares de zapatos deportivos usados. Para apresurar su huida decidió lanzarse por el techo de las viviendas aledañas y los vecinos denunciaron a la Policía. No pudo escapar. “Tío, no tengo otra opción, el hambre no espera y nadie me va a dar trabajo. Esta vez estoy para dos meses y cuando me den la libertad, igual tengo que salir a robar”, me confiesa mientras prepara su moto para emprender el viaje a otro mundo de alucinaciones.

¿Cómo consigue el dinero para comprar la marihuana en la cárcel?

Aquel sábado que ingresé al contenedor, Paúl me dio la bienvenida. Él estaba en sus cabales.

  • ¿Tío, usted es de Tulcán?
  • No soy de aquí, pero he vivido muchos años en esta ciudad.

Así empezó a fluir nuestra conversación hasta que me contó que tengo que entregar un aporte económico para comprar pan y mandarinas para todos.

  • ¿De cuánto es el aporte?
  • Tío, todo depende de su voluntad. Si usted da USD 10 está bien, muchas gracias. Si nos colabora con USD 20, aquí no le pasa nada y hasta le prestamos el teléfono para que se comunique con su familia. Si da USD 30, nadie se mete con usted y el teléfono puede utilizar todos los días.
  • Listo, te doy USD 30.
  • Qué bonito que es tratar con gente como usted. Le presto el teléfono para que escriba a un familiar. Tiene que ser alguien certero, que haga el depósito enseguida. Éste es el número de cuenta.

Cuando el depósito ya está confirmado, tras las rejas Paúl llama desesperado al pasador. Le informa que hay una transferencia de USD 30 y enseguida le hace su pedido. “USD 10 de pan, USD 5 de mandarinas y USD 15 de marihuana. Rápido ñañito, que quiero relajarme y comer”.

Pero cuando llegaron los productos surgieron los problemas. Paúl se retiene dos de las cinco fundas de pan y las otras tres dispone que se reparta entre los 29 detenidos que estábamos en el contenedor. Un venezolano reacciona, enojado: “Oye, así no es la vuelta, todos debemos comer igual”. Paúl, casi sin inmutarse, le respondió que él es el que manda y le recordó que están en Tulcán, en su tierra.

Vinicio Fraga siempre va junto a Paúl Benavides, es su causa (el que cuida sus espaldas). Parece salido de un cuento de aventuras infantiles más que del mundo del hampa. Tiene un rostro similar a los que asustan a los niños en las películas. Una quijada deforme y alargada, un solo diente puntiagudo y amarillo entre la comisura de los labios, y una boca chueca.

Le dicen ‘La Muñeca’, no por su apariencia física, precisamente, por su torpeza a la hora de robar. Esta vez fue sentenciado a dos años de prisión por hurtar dos cilindros de gas vacíos. Ocurrió una tarde que se dirigía a su casa. Vio que detrás de una verja había tres bombonas en fila. Trepó la cerca y se llevó un cilindro cargado hasta su vivienda.

La ambición pudo más. Regresó por el segundo cilindro y coronó la vuelta sin problema. Cuando fue por el tercero, los vecinos del lugar intentaron lincharlo y entregarlo a la Policía. Días antes, robó una caja de caramelos masticables en una tienda y tuvo que enfrentar la ira de los comerciantes del sector. Uno de ellos le golpeó con un palo en la cabeza, que lo dejó tumbado en la acera.

El Caporal y La Muñeca se conocen desde adolescentes. Aprendieron a fumar marihuana en la misma olla (en la misma casa) y bajo el mando de la misma bruja (la vendedora). Y hasta ahora, cuando no están en la cárcel, se encuentran en el mismo lugar. Allí también es la bodega de las cosas que roban. La dueña de la olla les ayuda a vender, en especial, los cilindros de gas que en la frontera con Colombia tienen mucha demanda.

 

EL ‘ANGELITO’ VENEZOLANO

 

“Yo soy malandro, no moriré fácil. Mi vida es una espiral de robos, sicariato, extorsión y narcotráfico. A mí no me matará un virus, me matarán a balazos”. El venezolano Ángel Adames Valencia, nativo de Los Guayos, a sus 24 años tiene un historial delictivo extenso.

Su padre fue miembro de la Guardia Nacional en Venezuela y por esa razón conoció las armas desde niño y de adolescente cometió su primer asesinato. Se encontraba con un vecino de su barrio, con frecuencia, en las fiestas populares. Aquel vecino siempre quería imponer autoridad en Ángel. Luego de aconsejarle le daba un golpe en la nuca y le mandaba a la casa. Eso terminó en una verbena de sábado.

Angelito, como le dicen en la cárcel, se tragó la más amarga cuando se encontró con su vecino y le dio el golpe en la nuca. Se sintió indignado y humillado porque lo hizo delante de la chica que perfilaba para ser su novia. Tomó una decisión. Fue a su casa, cogió una escopeta de las de su padre, la escondió debajo de la chompa y volvió al baile. Recorrió por todos los rincones donde estaba aglomerada la gente hasta que encontró al culpable de su humillación.

Le vio y alistó la escopeta con la idea de reventarle el estómago. Le disparó por la espalda, el herido cayó al piso y ahí le remató con otro tiro en el pecho. En cuestión de minutos, los uniformados de la Guardia Nacional aislaron el lugar y detuvieron al menor de edad para llevarlo a la correccional. Allí permaneció tres años hasta que logró fugar.

Otra vez en la calle se enroló con los distribuidores de droga en las periferias de Caracas. Para hacer bien su trabajo tuvo que aprender a fumar marihuana y cocaína. Solo eso le aseguraba confirmar la calidad de la droga. Le fue bien hasta que una guerra sin cuartel por el territorio, con alfileres y peones de otras mafias, le obligaron a salir de Venezuela para siempre.

En Tulcán fue detenido por pasar el Puente Internacional de Rumichaca con cinco kilos de marihuana. Cumplía el trabajo de una mula del narcotráfico para ganarse unos dólares y mantener a su esposa y a su hijo. Ángel, en la cárcel, es como un papá del resto de venezolanos. Enseña a sus compatriotas a manejar bien el cuchillo.

El Covid-19 no le preocupa. “Yo he subsistido en muy deplorables condiciones de vida, sin comer y enfermo, soy inmune a las enfermedades. Me preocupa por mis amigos porque aquí a los presos nos tratan como animales, no  tienen compasión de nosotros”.

El 28 de julio (11 días después) salí de la cárcel de Tulcán. Con relación a las normas de bioseguridad para proteger a los presos del contagio, nada había mejorado. Todo estaba como cuando llegué, con el virus revoloteando en busca de más víctimas.

La ciudad estaba sin ajetreo. Eran las 18:00 y el frío era penetrante. Afuera del inmenso y pesado portón de metal que permitía el ingreso al reclusorio había patrulleros y uno en especial estaba destinado para mi traslado a una cárcel de Quito. Hasta ese día no hubo acuerdo para pagar en cuotas la deuda. Mientras caminaba por la acera sentía un intenso escalofrío, como un hueco en el corazón. Dentro del patrullero, un leve rubor recorrió mi cuerpo.

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*Diego Montenegro Andrade, ibarreño, es periodista y escritor. Dirige su portal digital codigoenfoque, de masiva lectura en las provincias del norte del país. Es miembro de la mesa de redacción de loscronistas.net

En una segunda entrega, Diego nos contará lo que vivió en la cárcel de flagrancia de Quito.

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