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*Víctor Vizuete Espinoza

 

Nació en San Roque en 1923. Falleció la mañana de este miércoles. Es considerado el requinto de oro de América.

Tocaba todavía. Y componía. No lo hacía con la lucidez y perfección de sus mejores días, pero demostraba que lo que se aprende bien nunca se olvida. Lo hizo hasta el miércoles pasado, 29 de julio de este fatídico 2020, a eso de la media mañana, cuando sus cansadas manos con 97 años bien vividos intentaron el último acorde.

Guillermo Rodríguez, el Requinto de Oro de América, vivió como soñó y quería. “Todavía respiro música. Y lo haré hasta que Dios me retire el equipaje. Sigo componiendo, haciendo arreglos musicales y tocando el requinto con la ilusión del primer día. Mi casa en Carcelén es mi refugio, mi estudio y mi escenario”, me confesaba hace unos cinco años, cuando tuve la suerte de departir con su charla sabia y sus manos mágicas.

Este artífice del requinto, la guitarra y otros instrumentos de cuerda fue tan sanroqueño como las colaciones, la sopa de churos o el San Andrés, el primer centro educativo para indios y mestizos que tuvo Quito.

De hecho, los años tempranos de Guillermo Enrique Rodríguez Vivas transcurrieron en la casa paterna, ubicada entre las calles Alianza e Imbabura, frente con frente con el colegio franciscano.

Allí aprendió a vivir como quiteño legítimo. Con un optimismo desbordante que ocultaba tras la sonrisa siempre a flor de piel las penas y sinsabores que todos llevamos cosidos como sombras.

También aprendió a tocar el bandolín, su primer instrumento. Este peritaje le llevó a conformar la estudiantina Independencia de la escuela El Cebollar de los hermanos cristianos, ancestral rival de la vecina regida por los discípulos del Poverello de Asís.

Desde ese tiempo descubrió que sus manos tenían alas y volaban alto cuando las tenía ocupadas con una guitarra o un requinto o una bandola… Claro, su experticia creció bajo la guía de su tío Humberto quien, al darse cuenta del tesoro que tenía a su lado, se dedicó a pulirlo con el tesón y la maña de un joyero de Tiffany.

Como todo quiteño auténtico, dedujo que eso era lo suyo y se dedicó a perfeccionarse con la enjundia de un hacker.

No disparó en vano y, con el tiempo, llegó a ser considerado “El requinto de oro de América”, un membrete que le fue endilgado –nada más y nada menos- por Alfredo Gil, el mítico fundador del trío Los Panchos y el creador del primer requinto mexicano.

Fue en una noche mágica, recordaba con esa memoria musical prodigiosa el maestro sanroqueño. “Junto a los hermanos Carlos y Rafael Jervis conformábamos el trío Los Embajadores. En una presentación en el archifamoso teatro Blanquita nos dimos de tú a tú con Los Panchos y los Tres Diamantes, connotados maestros del bolero charro. Entonces, en un arrebato de sinceridad, el Güero Gil me bendijo con ese apelativo delante de un escenario repleto. Me bautizó con ese apodo que me acompañará hasta el final de mis días”.

La experiencia mexicana de Rodríguez, planificada para esa presentación del Blanquita y tan-tan duró siete años y cosechó, además de millares de aplausos y contratos, tres hijos; dos de ellos también músicos Guillermo, mariachi; y Mario Alberto, concertista.

Fue como el clímax de una vida entregada al arte con la devoción de un amante. Un periplo musical que cosechó triunfos sin pausa y que dio a luz grupos que, a su debido tiempo, fueron icónicos dentro y fuera del país. Guillermo conformó, entre otros, Los Barrieros, Los Indianos, Los Troveros Criollos, Los Diplomáticos…

En 1963, junto a Segundo Bautista y Nelson Dueñas, conformó un trío de guitarras que dictó cátedra y llenó de magia la música ecuatoriana: Cuerdas y fantasía.

Por demás está decir que don Guillermo –Guillo nomás para los amigos- fue acompañante obligado de las figuras señeras del pentagrama nacional como Carlota Jaramillo, el dúo Benítez Valencia, las Hermanas Mendoza Suasti… Mucho de ese trajín lo hizo por la ondas de Radio Quito.

En tan largo y fecundo recorrido musical, el maestro de la Imbabura y Alianza descubrió muchos talentos y los forjó a su imagen y semejanza… Eduardo “Chocolate” Morales es uno de ellos y reconoce ese influjo sin reservas.

Esa bitácora de tocar y enseñar fue su pendón desde que cumplió 12 años y dio su primer recital hasta el miércoles pasado, cuando Guillermo fue a alegrar con su música atemporal otros universos.

Sus últimos pasos los realizó bajo la amorosa guía de familiares como su nieto Esteban (retoño de una de sus dos hijas quiteñas) convertido en su lazarillo y su cronista. El cielo se llenará de boleros y pasillos inmortales.

_________________

*Víctor Vizuete Espinoza es periodista y escritor. Pertenece a la mesa de redacción de loscronistas.net

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