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Una historia de trata de mujeres

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Por Mihaela Badin*

Rodica apenas se pudo despertar de una breve siesta, pero no abrió los ojos.

Su cuerpo aún le dolía después de las 16 horas de viaje. Ese hombre estaba cerca. Le oía respirar. Se había sentado en una silla frente al sofá donde ella permanecía acostada. La
observaba en silencio con aquellos ojos grandes, con pupilas marrón oscuro.

Su mirada la penetraba hasta llegar a su alma. No sabía si llorar o correr. Ninguna de las dos opciones era válida en ese momento. El frío de la Sierra le recorría la columna
vertebral, pero se quedaba inmóvil. Experimentó una húmeda sensación de impotencia.

La manta que la cubría se había caído al piso de madera. Un camisón lila le envolvía parte del esbelto y tonificado cuerpo, aunque no recordaba en qué momento se lo había puesto.

Seguramente antes de recibir la paliza que la dejó inconsciente. Sentía miedo y estaba en desventaja. Desde la habitación contigua se escuchaba una voz enérgica en
español, pero no la entendía.

A lo mejor la televisión estaba encendida. Una voz femenina
manifestaba el descontento con un acento extraño, como de telenovela mexicana. Sentía unas ganas tremendas de abrir la puerta y echar un vistazo.

Mientras observaba la habitación con los ojos entrecerrados, de repente Rodica sintió un intenso dolor. Tardó poco en darse cuenta de que se trataba de la sensación de hambre, un hambre brutal.

Daba la impresión de que no había ingerido ni un poco de alimento en toda una semana.
El hombre seguía contemplándola, sus interminables piernas bronceadas y radiantes, con algunos moratones, le despertaron la curiosidad.

Desde que la vio en el aeropuerto de Cuenca comenzó a sentir el deseo de acariciarla. Pero por ahora tendrá que recuperarse: pagó una pequeña fortuna por esta mujer y no quería darse
el lujo de perder su confianza.

Recogió con agilidad la manta del piso y la colocó encima
de ella. Sus dedos gruesos tocaron sin querer sus muslos y un impulso sexual lo hizo estremecer. Decidió quedarse un momento más en la habitación. Entretanto, la fría lluvia
seguía empapando el mundo.

***************
Un letrero de neón, en el kilómetro 13 de la Panamericana Norte, indicaba que en lugar había un nightclub, propiedad de la mafia rumana. En esa carretera ahora funcionaban cinco clubes de alternas, todos de lujo. Antes, en ese lugar se
encontraban los moteles más glamorosos del Austro.

Cuando la prostitución se legalizó en Ecuador, los rumanos llegaron con dinero y compraron esos negocios sin muchos
trámites. Los funcionarios del Gobierno lo vieron como inversión extranjera y cerraron los ojos, al igual que la Policía, la Intendencia, Migración… Era un mundo hermético
donde reinaba el dinero.

Los oficiales de policía, funcionarios del Servicio de
Rentas Internas y de Migración eran clientes de las mujeres extranjeras, un capricho que disfrutaban una vez a la semana. Un secreto a voces sin llegar a transcender más allá de
las redes sociales.

************
Rodica vivió durante varios años en España, antes de llegar a Ecuador. Sus derechos en este país seguían lejos de poder ser visibilizados. Ella cargaba sobre sus hombros no solo con el estigma de una buena parte de la sociedad cuencana, sino que
además era víctima del limbo legal en el que estaba sumergida.

Sin pasaporte era difícil conseguir la residencia legal y menos regresar a Europa.
Una semana después de aterrizar en esta ciudad, Rodica tuvo sexo con su primer cliente, un hombre gordo de mediana edad. Andaría por los cuarenta, quizá un poco más.

Lucía gafas de pasta de carey y una barba tupida y puntiaguda. Tenía melena y llevaba con elegancia una corbata roja con un nudo tipo Windsor. Ese nudo perfecto le quedó en
la retina.

No era fácil juzgar si pertenecía a la categoría de hombres guapos, pero su manera de hablar le resultaba un tanto interesante. Sentados en la barra del club, bebieron
una copa de ron y cuando él le susurró algo al oído se levantaron y se fueron.

Llevaba puesto un vestido fino de organza translúcida que resaltaba su hermosa figura treintañera. Era una mujer alta, más que la media de las cuencanas.

Rodica vino a Ecuador sabiendo que ejercería la prostitución. Con lo que iba a ganar quería comprarse una casa. Añoraba tener un hogar y ser feliz. No conoció a sus padres y desde que tuvo uso de razón el Estado rumano actuó como su tutor. Vivía junto con otras chicas huérfanas en una casa de grandes ventanales, en el centro de Bucarest.

Muchos días se acostaba con hambre, era algo normal en esa época de intensa crisis económica del país. En Navidad recibía una rodaja de cozonac con rahat y nueces. Creía más en
Mos Nicolae que en Santa Claus. Mos Nicolae le regalaba calcetines y dos naranjas, que después de pelarlas metía la cáscara en el pequeño armario donde guardaba su ropa; le habían dicho sus cuidadoras que hiciera eso para que oliera bien.

A los 18 años decidió dejar los estudios de bachillerato para huir con su mejor amiga a España. Con la alocatia que recibía del Estado pudo comprarse un viaje en una furgoneta. El periplo duró tres días, pero no le importó. Tampoco le importó cuando uno de los conductores de la buseta le metió la mano debajo de la falda y le tapó la boca para que no gritara.

Si iba a despertar a los demás pasajeros se quedaría allí, en alguna parte de la autopista, probablemente en Austria. Ella sabía callar, lo había hecho muchas veces.

Luego estuvo trabajando unos dos años como ayudante de cocina en un restaurante famoso de Málaga. Allí conoció a un gitano rumano, Costel, y se enamoró.

Costel la amó a su manera, pero resultó más beneficioso venderla a un coterráneo suyo.

Tiganul Smecher se dedicaba a manejar fructuosos negocios: captaba mujeres jóvenes y con promesas de una mejor vida las vendía a sus socios de América del Sur.

Rodica entendió desde el primer momento su destino, pero, de todos modos, era mejor del que pintaba en la casa de acogida en Rumania.

Costel tenía un amigo de la infancia en Ecuador. Él y Garicel habían crecido juntos a las orillas del río Danubio, en Braila.

La pobreza y la discriminación histórica que soportaban en Rumania les impulsaron a construir un negocio exitoso de trata, incluso a escala mundial.

Sus padres también fueron compinches a comienzos de los años noventa, cuando el país recién salía del régimen comunista.

Los clubes de alternas de Europa se llenaron de chicas rumanas y ellos supieron aprovechar ese lucrativo mercado. A las mujeres podían controlarlas e intimidarlas. Les amenazaban con matar a sus familias y si se negaban les daban una brutal paliza y les drogaban. Ellas aprendían la lección
y juraban lealtad.

Garicel le compró a Rodica… Así, como si se tratara de un objeto. La esperó paciente en el aeropuerto Mariscal La Mar, aunque su vuelo se retrasó unas dos horas; le llevó la maleta hasta el taxi eléctrico que les esperaba a la salida de la terminal.

Garicel le saludó en rumano al conductor y Rodica se sorprendió. El chofer encendió la radio del carro y la emisora La Voz de Tomebamba transmitió en ese preciso momento
la nueva canción de Alexandra Stan, Inceputuri.

Por un momento, Rodica se sintió desorientada: ¡¿una pequeña Rumania en Cuenca!? Se quedó mirando al infinito por las ventanas traseras del auto mientras su vida tomaba un rumbo desconocido.

**************
Poco a poco empezó a gustarle Cuenca. Cuando no trabajaba le encantaba pasear por las orillas del río Tomebamba. El olor a eucalipto invadía las fosas nasales. Por momentos se sentía viva, recordaba los Cárpatos.

Se quedaba hipnotizada viendo cómo la gente se trasladaba en bicicleta por la ciclovía mientras el tranvía se escabullía por las
calles del centro de la ciudad sin hacer ruido.

Cuenca se había transformado en una metrópoli y ella, sin quererlo, fue parte de ese cambio que comenzó con el traslado del aeropuerto Mariscal La Mar a la parroquia Tarqui.

Las casas antiguas desaparecieron y en su lugar empezaban a deslumbrar imponentes edificios modernos.

Anhelaba ser libre, ser parte de la ciudad. Paseaba sin rumbo por las calles peatonales del Centro Histórico. Desde hace un año, los carros ya no podían entrar al corazón de Cuenca. Una ordenanza lo prohibió.

Rodica rememoraba cómo un concejal furioso le pidió una tarde que le hiciera sexo oral mientras le explicaba de una forma peculiar, con los pantalones bajados hasta las rodillas, que el Alcalde era una marioneta.

-Primero se aprobó la prostitución, luego llegó la mafia rumana. Ahora no podemos entrar a nuestro hermoso Centro Histórico en carro. ¡Mil veces al día me cruzo con ciclistas y encima debo cederles el paso! Diosito, ¿hasta cuándo? ¿Tú qué crees?

-¡Hhhmm!… –No le convenía decir mucho. Tuvo que soportarlo por unos cuantos billetes, hasta se divirtió mirando esos vacíos e inexpresivos ojos. No había acabado sus
estudios, pero la calle le dio una buena lección de vida.

Sabía cómo engañar a ese pobre ser que tenía delante de ella para que le dejara una excelente propina.

Con el tiempo, los funcionarios municipales trasladaron el mercado El Arenal a la Panamericana Norte, a la altura de las bodegas de la Corporación Eléctrica del Ecuador.

De nuevo, descontento e indignación de los cuencanos. Los titulares de los diarios digitales recogían la ira ciudadana, aunque la noticia no tenía mucha repercusión mediática.

Esa era la ciudad en donde unos diez mil rumanos habían llegado a residir. Desde comienzos de 2005 y más tarde con la crisis económica de Europa, estos inmigrantes vieron en Cuenca la mejor opción.

Al principio no fue fácil detectarlos, para los cuencanos todos eran gringos. Estaban más preocupados en echar a los venezolanos del país. El discurso político de la presunta delincuencia extranjera había calado hondo en la sociedad.

A principios de la segunda década del siglo XXI en Cuenca residían apenas 30 familias de jubilados rumanos, quienes habían llegado de Canadá. Luego empezó el boom.

Con la visa de inversión podían hacer vida en Ecuador. Abrieron negocios, compraron casas, terrenos y coparon
la ciudad. Los supermercados ya ofrecían productos rumanos en sus perchas y las empresas de turismo estaban en pleno auge.

Los rumanos vinieron con sus costumbres, con su música, con su moda. Parecía que la ciudad había regresado a 1950, cuando empezaron a llegar los judíos. En la Catedral de Cuenca había misas ortodoxas dos veces al día. Rodica iba los domingos para tomar la impartasania. Era una costumbre que la practicaba desde que era niña, aunque no creía en Dumnezeu.

***********
Garicel deseaba hacerle entender a Rodica que era su salvador. Una vez le dio una paliza, después de recogerla del aeropuerto. Le aconsejó que la mujer tenía que aprender quien mandaba, y si no lo hacía iba a tener problemas. Él sintió celos de que ella le hubiera prestado más atención al taxista.

Garicel se consideraba un hombre apuesto y le gustaba vestir excéntrico. En la mano derecha lucía un Rolex de oro, su última adquisición. Los gitanos aman el oro y él seguía la costumbre familiar.

Su madre, quien sabía leer las cartas, le decía que el oro nunca se desvaloraría.

Tenía una voz hermosa, antes de ser el gran hombre de negocios de hoy en día iba a cantar en las bodas. A Rodica también le interpretaba manele cuando tomaba alguna
copa.

Pero con la misma voz le gritaba y le insultaba cuando estaba enfadado. Luego le pedía disculpas y la llevaba a cenar a un restaurante rumano en la avenida Solano.

Una banda de ese país tocaba en vivo y él la invitaba a bailar mientras disfrutaban de una botella de Transylvanian Ice Wine. Regresaban a la casa, practicaban sexo y ella volvía a
creer en él. Su manera de convencerla era adictiva.

En su casa de Chaullabamba debía encargarse de seis mujeres, todas entre 20 y 30 años, en la misma situación de Rodica. Él encontró la forma de enviciarlas a todas. Eran su pequeño tesoro.

Las más jóvenes ganaban más, tenía que mimarlas más. Hasta sentía que las quería a todas.

Garicel siempre estaba rodeado de amigos. Les unía la confianza y el negocio. Ese negocio requería de gente que lo apoyara incondicionalmente; a cambio, él ofrecía seguridad
y dinero.

En su mundo de hierro era muy débil y jugaba tenis en el Coliseo Jefferson Pérez los sábados en la tarde con los oficiales
de policía.

Necesitaba descargar la adrenalina y afianzar esas relaciones, luego se iba a supervisar a las chicas en los nightclub de la Panamericana Norte. Se divertía cuando les tomaba por sorpresa, les guiñaba el ojo y les dejaba trabajar.

La frialdad de su semblante se atenuaba y su mirada parecía volverse un poco cálida cuando tomaba una copa de
whisky. Garicel bebía con precaución, a su propio ritmo, mientras observaba a Rodica.

Desde día se había encaprichado con esa mujer. “¡Maldición!” Al pensar en ella se sentía intrigado. “Quizá haya sido el destino que nos hayamos encontrado”, se decía mientras sorbía la última gota haciendo girar con la lengua el gran pedazo de hielo que se deshacía lentamente.

Existía la posibilidad de perderla, pero solo de pensarlo se le encogía el corazón. Se mordió los labios e intentó adivinar qué pasaba por la mente de ella. Solo estaba seguro de lo que él había decidido: esa noche al llegar a la casa le iba a regalar la libertad.

De ella dependía si se quedaría en Cuenca, con él, libre, sin deudas, amándolo…

**************
Garicel se quedó un rato mirándola, con la boca entreabierta. Sacó un pasaporte del bolsillo de su chaqueta y se lo entregó a Rodica.

Se puso de pie, al lado de unas amplias escaleras de piedra, antes de entrar a la casa. Los labios se esforzaban por sonreír,
pero sus ojos se resistían. Tenía una mirada muy sería, una mirada ansiosa…

Sintió una ligera punzada el pecho. Era un tipo de dolor especial, muy profundo, que hacía mucho tiempo que no lo experimentaba. Era como si Rodica le hubiera despertado
ese dolor…

_________

* Mihaela Badin es rumana. Vive en Cuenca, Ecuador, donde ejerce el periodismo en un diario local. Estudia un masterado en antropología. Este portal digital le da la bienvenida y publica su excelente relato.

Ilustración: Nuria Fortuny

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