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Byron Rodríguez Vásconez*

PUERTO EL CARMEN.- Pintoresco y bullanguero. Con el río San Miguel a sus pies. así es uno de los últimos pueblos de la frontera nororiental.

Las calles de adoquín desembocan en un bulevar que domina el correntoso San Miguel, repleto de canoas con motores fuera de borda que trasladan, en solamente 15 minutos, pasajeros y alimentos a Puerto Ospina, la aldea colombiana de la otra orilla, territorio del Frente 48 de las FARC, activo y movedizo como una astuta serpiente de la selva.

El verde envuelve a El Carmen y contrasta con el tono ocre del río. Distante a cinco horas de Lago Agrio, capital de Sucumbíos, este pueblo see da un lujo: el último tramo de la vía (80 kilómetros) parece una autopista de Quito o Guayaquil.

La gente de El Carmen no oculta la satisfacción de transitar por aquella carretera, construida como parte de la ruta Interoceánica en 1998, por ahora en el olvido, por la legendaria y trágica empresa Odebrecht, de Brasil.

El tramo asfaltado comienza en El Cuyabeno, cerca de la reserva lacustre y boscosa de 650 mil hectáreas. Luego avanza por la selva de palmas, capirón, cedro, guayacán, sangre de toro y otras maderas finas que todavía no han sido arrasadas.

El muelle con escalinatas de cemento es el corazón de este pueblo de 2000 habitantes. Los estibadores no cesan en transportar a Puerto Ospina aceite, legumbres, harina, patatas, atún, fideo, frutas. “De esta orilla llevamos todita la remesa”, dice Franco Figueroa, el panadero de Puerto Ospina.

Junto al muelle está el edificio de la Capitanía de Putumayo, subordinada a la Dirección General de Marina Mercante de Guayaquil. “Aquí el que no tiene negocio lo inventa”, dice Diego Rodríguez, teniente de la Armada Nacional y comandante del puerto.

Treinta locales bien repletos de electrodomésticos, ropa y víveres ofrece la aldea selvática. Raúl Orozco, vendedor de ollas de aluminio y fantasías de plástico, reitera la regla cotidiana de esta región: “Los pueblos del Río San Miguel vivimos de la compra que hacen los colombianos. Aquí llega la gente de Puerto Asís, Peñacolorada, Leguízamo, Las Pinuñas y, claro, Ospina”.

Orozco alza la voz para hacerse escuchar, pues el vallenato, la salsa y los pasillos salen, simultáneos, de múltiples bares, iluminados con focos de colores y adornados con afiches de mujeres desnudas.

El almacén de la familia Rea es el más completo. Ángel Rea, quien despacha en un mostrador de vidrio, explica que “aquí los vecinos hallan de todo, desde una bicicleta, refrigeradora, televisores, ropa y calzado y cristalería hasta medicinas”.

Cada 15 días, los comerciantes traen mercadería de Quito y Guayaquil, “pero se agota en un santiamén”, advierte Ángel. Los Rea, al igual que otros emigrantes de la Sierra, crearon este cantón hace 30 años.

Sin embargo, el habitante más antiguo se llama Jorge Arroyo, de 77 años, quien arribó del Napo hace 60. “En los años 40 esto era solo un monte. No había carretera y veníamos por río, tomando una canoa en el puerto de Tipishca, cerca de Tarapoa”.

Es mediodía y Arroyo respira la brisa del río para burlar el agobiante calor de 39 grados. Con un sombrero de paja espanta la nube de mosquitos que revolotea junto al rostro moreno, cruzado de arrugas.

“Me parece increíble el progreso del pueblo, ahora se ven calles adoquinadas y una buena carretera. Incluso hay un batallón completo del Ejército, el 55 Putumayo. Lo que no soporto es la bulla que meten los de aquí y los paisas (colombianos) el fin de semana”.

Jorge Arroyo se encamina a una cabaña junto al río a seguir soñando en el pacífico caserío que vino a fundar con unos cuantos avezados amigos de la provincia del Napo, dispuestos a echar machete para cultivar yuca y arroz.

A partir del viernes comienza la movida en Puerto El Carmen. Todo el pueblo sabe que los guerrilleros de la otra orilla vienen a descansar y beber cerveza. “Claro que les identificamos –dice un marino que ejerce el control en el muelle-, casi siempre llegan con jeans y camisetas, presentan su documento de identidad, se divierten, descansan, adquieren alimentos y se van. No hacen líos, jamás asoman armados y por eso todo queda en paz”.

Existe una convivencia pacífica entre los militares ecuatorianos y la guerrilla. Eso dice un muchacho moreno y de bigote, quien se anima a topar el tema prohibido con la condición de que su nombre quede en reserva, “porque aquí la inteligencia militar camina mejor que un reloj suizo”.

La gente de la frontera -continúa el hombre-, sabe que desde hace muchos años existe un statu quo entre la guerrilla y los militares. Salvo contados y graves combates, como la masacre del Putumayo, en 1993, vivimos en paz y ojalá sigamos así”.

Rumbo a Puerto Ospina

Puerto El Carmen y el vecino Puerto Ospina están unidos por el comercio; sin embargo, respiran aires distintos.

Bastan 20 minutos de navegación por el San Miguel para acceder al pueblo de Colombia y conocer otra historia.

Los conductores de las canoas, colombianos y ecuatorianos, son expertos en sortear los innumerables troncos y las ramas que arrastran el San Miguel y el Putumayo, los dos ríos que confluyen al frente de Ospina y forman otro río de fuerte corriente que arrastra los troncos como plumas de guacamayo.

Los canoeros, primero, atraviesan el San Miguel. Luego, por intrincados cauces de manglar, acceden al Putumayo y de pronto las casas de madera de Ospina se revelan a media tarde. A la distancia, un gigantesco mangle blanco crece junto a la orilla. Y una iglesia de madera se deja ver en medio de la vegetación.

Los habitantes de Ospina hablan poco. Son agricultores. Cultivan yuca, plátano, frutas, para su consumo y para la venta en pueblos vecinos. Al preguntarles sobre la presencia cercana de la guerrilla bajan la cabeza.

No les gusta hablar de este tema que se ha convertido en tabú. Un joven se atreve a decir que los paramilitares de derecha también andan cerca: “Buscan cortar las cosas que lleva la guerrilla a otros pueblos, desde gas y alimentos hasta botas y uniformes”.

Las casas de puerto Ospina, al filo del río, son un regalo para los sentidos porque desde las amplias ventanas se ve un paisaje de acuarela: de colores que varían conforme se mueve el sol.

La comida es sabrosa. Casi siempre pescado frito con muchas variedades. Si no fuera por la música estridente que sale de las rocolas de muchos bares se escucharía solo el silencio intenso de la selva, en especial el canto de grillos y sapos en la noche. Porque la gente no quiere hablar. Es el pueblo del silencio.

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*Byron Rodríguez Vásconez es periodista y escritor, fue editor de Diario El Comercio. Es uno de los miembros fundadores de loscronistas.org 

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