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El disparo

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Cuando vi la pistola frente a mí pensé que esa era la mejor forma de matarme.

Guzmán estaba borracho, igual que Raquel y yo.

Yo manejaba el pequeño Austin de ella porque era el menos ebrio de los dos.

Con el tiempo iba comprobando -y me parecía patético- que la pasión, el amor y el sexo estaban atravesados de alcohol, como si nuestra sangre necesitara contaminarse para que fluyesen los deseos y los sentimientos.

No recordaba ninguna ocasión en que hubiéramos tenido sexo con Raquel sin que mediaran el whisky, el vodka, el ron, el vino o la cerveza, la cual me hacía sentir asco solo con percibir su olor.

Cuatro años después de que nos iniciáramos como amantes, Guzmán nos sorprendió como seguramente hace tiempo anhelaba: encontrarnos a Raquel. y a mí, juntos, yo conduciendo su vehículo en la madrugada por la avenida América, él manejando un auto grande y nuevo, del ministerio donde trabajaba, un auto que parecía darle poder y que hasta lo hacía ver de mayor estatura y masa muscular, aunque no pasaba de un metro con sesenta centímetros de estatura y se lo veía frágil, delgado y jorobado.

La pistola estaba ahí, apuntándome. Pero el tipo no disparaba y me di cuenta que mientras el sujeto gritaba que me mataría, que cómo era posible que le quitara a su mujer, que era el momento que había estado esperando por mucho tiempo, noté que Raquel. salió de su Austin, subió al jeep Toyota ministerial, se acomodó en el asiento del copiloto y cerró la puerta con violencia.

Hasta ese instante yo estaba convencido de que no habría mayor heroísmo amoroso que morir por ella, pero cuando la vi cambiarse de vehículo entendí que no estaba solamente cambiándose de auto sino de hombre.

Y fue en este momento cuando me percaté de que mi condición real, más allá de ser el amante de una mujer que vivía con su poderoso e influyente marido, siempre ligado a los partidos políticos que controlaban el poder, era la soledad, una feroz e implacable soledad que me dejaba vacío y devastado.

Guzmán, con los ojos inyectados de furia y de alcohol, regresó a ver y miró la misma escena.

Si ella es mía –habrá pensando-, ¿qué sentido tendría matar a su amante e ir a la cárcel condenado por asesinato? O podía pensar también que con mi muerte él se quedaría con ella sin ninguna amenaza externa.

Hacía mucho frío. Eran las dos o las tres de la mañana. Cuando estás a punto de que una bala te destroce el cráneo no tienes tiempo de mirar el reloj.

Decidí hablar. “Mátame, hijo de puta, cachudo de mierda”, grité, aunque el individuo estaba apenas a unos cuatro metros de mí y en la madrugada no se escuchaba nada más que los gritos de Guzmán, mi respuesta y el rastrillar de la pistola.

¿El arma estaba con balas? ¿Sería capaz este sujeto de matarme? ¿Le dejaría a su mujer sin el joven que la enloquecía sexualmente?

Raquel. tenía 32 años; Guzmán, 40; yo, 23. Sí, era el más joven de los tres y el que gozaba de más vigor, energía y fortaleza.

Pero, ¿de qué servían el vigor, la energía y la fortaleza para enloquecer de sexo a una mujer si una bala estaba a punto de entrar por entre los ojos, atravesarme la cabeza y desaparecerme del planeta para siempre?

Con un rápido movimiento miré de nuevo a Raquel.. Estaba dormida, con la cabeza y el pelo chorreados hacia adelante. A veces haces el ridículo en medio de las situaciones más complejas.

Guzmán seguía alardeando (porque sus gritos iban descomponiéndose) que me mataría y yo decidí volver a desafiarlo, pero con un componente adicional: decirle que era un cobarde, que no merecía la mujer que tenía (aunque, viendo la actitud que Raquel. había asumido esos momentos, sí se merecían el uno al otro).

Al retarlo de esa manera me volví, simultáneamente, testigo y perpetrador de un crimen inútil. Como si yo mismo hubiera planificado todo lo que estaba ocurriendo.

El disparo demoraba y el aire frío de la madrugada se volvía pesado, como si una omnipresencia inevitable quisiera mostrarme la dimensión más profunda del odio.

Y fue en ese momento cuando decidí que me daba lo mismo vivir o morir, que no tenía ninguna razón para aferrarme a la existencia, que –de alguna manera- mi presencia en el mundo era una muestra de la intrascendencia humana cuando habitas este planeta en función de otras personas y no de ti mismo.

¿Qué sentido tenía ser el amante de una mujer que no estaba dispuesta a jugarse por mí y que estaba muy cómoda en su doble rol de esposa y de concubina? ¿Qué papel cumplía yo en el mundo, aparte de ser el amante de Raquel Guzmán? Ninguno.

“¡Dispara, cobarde hijo de puta!”, grité y me di vuelta. Ahora era un blanco mucho más fácil para un balazo en el cráneo.

No sé cuánto tiempo habrá pasado entre el momento que dejé de mirar a Guzmán, le di la espalda y empecé a caminar, muy despacio, en dirección a la avenida República.

Fueron instantes en los que confundí la muerte y el desamor con una larga avenida, sórdida y oscura, que no llevaba a ninguna parte.

Mientras avanzaba hacia abajo, por la vereda derecha, y a la espera de la bala que destrozara mi cabeza, decidí que los últimos segundos de mi existencia los dedicaría a emprender una rápida aventura por el pasado, un pasado sin Raquel, sin las penas que viví con ella cuatro años, sin la tristeza que me provocaba verla borracha y ligera con los hombres, no solo conmigo.

Minutos después de que resolví perder la vida con el proyectil de Guzmán, como si fuera un suicidio asistido, como si la decisión fuera mía y no de él, me volví y miré al hombre en la misma posición que había adoptado desde que estuvimos frente a frente: con las piernas abiertas como para sujetarse mejor a la contracción del arma cuando se produjera el disparo, gritándome cosas que a esa distancia casi no escuchaba y apuntando la pistola hacia mí.

Cuando llegué a la avenida República calculé que a esa distancia ya era imposible recibir un disparo desde las diez cuadras que nos separaban a Guzmán y yo.

Seguí caminando rumbo a casa. El frío golpeaba mi rostro y entumecía mis manos.

Imaginé la escena final de esta madrugada: Guzmán y Raquel, en la cama, haciéndose el amor o tirando o culeando o teniendo sexo -igual da, en estos casos- y diciéndose cuánto se querían: ella le pediría perdón, le susurraría palabras tiernas, y él la embestiría con su sexo, miraría los ojos adormecidos de ella y movería la cabeza para estar seguro de que la pistola seguiría allí, muy cerca, sobre la mesita de noche.

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*Rubén Darío Buitrón es periodista y escritor. Director-fundador del portal digital loscronistas.org

 

 

 

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