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El celular sonó como si se destapara, a la antigua, una botella, con una suerte de chasquido de los dedos, como un viejo descorchador de refrescos.

Era el anuncio esperado: el mundo estaba conectado conmigo, no me había olvidado, estaba pendiente, algo quería decirme.

La noche anterior, Karina me advirtió que se estaba cansando de que pasara tantas horas pendiente del twitter, del whatsapp y de los SMS.

Me dijo que era como si ya no existiera, como si lo único que me interesara fuera el insigne aparatito.

Yo miraba el teléfono mientras cenaba, mientras hacíamos zapping por los canales de cable, mientras me secaba con la toalla al salir de la ducha, mientras me cepillaba los dientes, mientras me ponía la ropa de dormir, mientras ella cerraba los ojos agotada por la jornada de trabajo diario.

El día anterior, cuando me pidió que dejara de concentrarme en el celular y que por favor le prestara algo de atención, recibí decenas de whatsapp y de mensajes (ambos tienen el mismo ringtone) porque el chisme bramaba: una pareja de conocidos, que ni siquiera eran muy amigos nuestros, había decidido separarse.

Decían que la pareja estaba resuelta a llegar hasta el final y la ruptura era inminente.

Los que hacíamos la cadena de mensajes directos intentábamos llegar a una estrategia de consenso para reunirlos el próximo fin de semana e intentar que se reconciliaran.

Pero, sinceramente, era un pretexto para saludarnos a los tiempos, bromear, conocer lo que andábamos haciendo cada uno en la vida, hablar de cualquier cosa y hasta inventarnos temas para no desconectarnos.

Y no era solamente eso. Lo que por esos días me mantenía absorto frente a la pantalla era que, por fin, yo había creado una cuenta personal en Twitter y revisarla era apasionadamente incómodo y extraño.

Me preguntaba cómo, en apenas 140 caracteres, la gente podía decir tantas cosas, unas inteligentes y reflexivas, interesantes, como para los lectores se queden pensando; pero otras eran temerarias, audaces, groseras e irresponsables.

Ofrecían servicios cinco estrellas de todo tipo, promovían la venta de equipos digitales, lanzaban proclamas políticas de alto calibre, buscaban a quién insultar y ofender, ponían citas de autores famosos (la mayoría relacionadas con el amor y la pareja), otras filosóficas y pseudofilosóficas (pasaban de un profundo pensamiento de algún maestro griego a una frase textual y burda de un rapero) y rechazaban lo que algún político de algún lugar del mundo habría dicho sobre algún tema incomprensible.

La mayoría de temas que se leían en la pantallita no tenían absolutamente nada que ver conmigo ni con Karina. Tampoco con mis intereses personales, artísticos o profesionales.

Pero ahí estaba yo, chequeando sin detenerme, horas de horas, leyendo pocas frases hermosas y, sobre todo, útiles, pero también muchas bascosidades y porquerías irrepetibles. Impresionado.

Así fue cómo llegamos a aquella noche en la que Karina, harta de mis fijaciones por el teléfono inteligente, me advirtió que ya bastaba, que no soportaría otro día durmiendo junto a un obsesivo.

Yo le prometí que nunca más lo haría y para sellar nuestro acuerdo dejé el teléfono en la sala y nos pusimos a mirar una película en Netflix hasta que nos sumergiéramos en el sueño.

Horas después, aparentemente estábamos profundamente dormidos, pero yo no podía descansar pensando en todo lo que me estaría perdiendo en el mundo de los mensajes digitales.

Cuando el celular sonó como si se destapara, a la antigua, una botella, con una suerte de chasquido de los dedos, como el ejercicio de un viejo descorchador de refrescos, sonreí, pero con cautela.

Ya no tenía ninguna duda en que se había convertido el sonido favorito de mi vida. Porque, sí, era el anuncio de que el mundo estaba conectado conmigo, de que no me había olvidado, de que siempre estaba pendiente de mí,  de que algo quería decirme.

Sigiloso, abandoné la cama. Caminé muy despacio con dirección a la sala. La consigna era que Karina, que debía levantarse a las cinco para cumplir su turno de enfermera en el hospital, no se despertara y que yo pudiera mirar, sin interrupciones, de qué se trataba el mensaje que acababa de llegar.

Eran las tres y media de la mañana. El mensaje era de la empresa que presta el servicio celular para recordar a sus usuarios que ese día era miércoles de recarga.

Me sentí decepcionado, así que resolví no perder el tiempo volviendo a la cama y durmiendo: me puse a revisar el whatsapp y me divertí mirando y leyendo graciosos, absurdos e ingenuos avatares, perfiles biográficos ególatras y frases demagógicas y huecas sobre la vida.

Cuando me di cuenta que Karina estaba a mis espaldas ya fue tarde para reaccionar y dejar a un lado el aparato.

Creo que soy sonámbulo, le dije como última salida para justificarme.

Volví a la cama, me acosté y el resto de la madrugada, para convencerla de que no era cierto que había incumplido la promesa, esa noche empecé a desarrollar una aptitud que hasta ahora la tengo: dormir con los ojos entreabiertos.

_________

*Rubén Darío Buitrón, poeta, narrador y periodista, es director-fundador del portal digital loscronistas.org 

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