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El regreso

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Volvimos a vernos seis años después, en Quito. Ella regresaba de España, tenía una hija de cinco años y un marido alemán a quien conoció allá y con quien se casó.

En todo ese tiempo la deseé más que antes. Cuando vivía aquí era una obsesión acostarme con ella, pero siempre chocamos entre dos ideas: ella quería vivir conmigo y yo no. Muchas veces las personas no concretan sus sueños porque construyen barreras altas a su alrededor.

Nos citamos en el café del hotel Amazonas, en el centro norte de Quito. La personas que frecuentan las cafeterías no suelen ir a las de los hoteles sino a las de las franquicias (Sweet and Coffee, Juan Valdez, El Español, Corfú), así que era un buen lugar para encontrarnos sin temor a los curiosos y a la gente conocido.

Si el encuentro es clandestino, furtivo, un hotel es un buen lugar: quizás después de hablar, de conversar, de aclarar, de llenar los dolorosos vacíos del tiempo con palabras bonitas, lo que puede ocurrir es que él o ella (en este caso, él) propongan subir a una habitación y devorarse a besos, cobrarle al tiempo la escasez de amor, la sed emanada de todos los deseos acumulados.

Hablamos una o dos horas. No recuerdo con precisión los temas: supongo que charlamos de su vida en España, de su hija, de su marido, pero, sobre todo, de cómo nos amábamos y nos habíamos extrañado.

Es curioso cómo uno vierte sus angustias y ansiedades cuando presiente que ya no será posible reconstruir el amor, cuando entiende que ese momento es el último, el decisivo, la puerta que te permitirá retornar o que no te dejará volver nunca más.

Bebé se veía muy bella esa tarde. Especialmente bella. Mientras me contaba cosas la imaginé preparándose para el encuentro, recordando con certeza lo que a mí me enloquecía: su cabello rotundamente negro y brillante y corto, sus labios pintados de rojo, su dentadura perfecta y su sonrisa iluminadora, el tono bronceado de su piel, los secretos escondidos bajo su abrigo y bajo su blusa y bajo su falda.

Pensé en nuestros encuentros anteriores a la huida a España. Decenas de encuentros. En su casa, donde vivía sola porque su familia era de Ambato. En los bares ella solía pedir Cosmopolitan o Medias de Seda o Clavo Oxidado, su trago favorito. Yo tomaba café negro y ella solía recriminarme porque quizás le parecía un gesto cobarde que no me precipitara y dejara a un lado el autocontrol. A mí me parecía que ella estaba al borde del alcoholismo.

Fumaba mucho y yo no. Era otro de nuestros desencuentros. Decía que era incomprensible que a un hombre no le gustara hacerlo. Pero a mí me bastaba con observar su ritual. Me fascinaba verla encender el cigarrillo, fumarlo como si quisiera que el humo se apoderara de ella para siempre, apagarlo y volver al vaso.

El trago y el humo le daban poder, misterio y fragilidad. La volvían más sofisticada, elegante y sensual. Le hacían más deseable y ella lo sabía, pero era evidente que conmigo –no sé si era igual con otros hombres- no tenía interés en acostarse y hacer el amor una noche, unas horas de la noche, y luego quedar a la espera de mi regreso o de mi desaparición.

Cuando Bebé decidió escapar a España, en realidad escapó de mí. O, más que de mí, de ella misma. De su irrefrenable deseo de tenerme todas las noches y todas las mañanas entre sus muslos, pero de su miedo de que un día yo me fuera o no llegara. De mi absurdo miedo a ser infeliz al lado de una mujer estupenda, pero neurótica, extraña, posesiva. Una pareja se destruye si deja que los temores echen raíces en la relación.

Me escribió una decena de veces al correo electrónico. Por esas cartas supe que vivía en Valencia, que viajó a Grecia, Italia, Francia y Alemania. En este país conoció a Günter y se casó meses después en la ciudad donde ella vivía.

Se embarazó y tuvo una hija, pero en sus cartas decía que nunca ha dejado de amarme y que su matrimonio fue otra manera de escapar de mí. O de ella. O de los dos.

En la cafetería del hotel le confesé todo lo que sentía por ella y ella también detalló todo lo que pensaba de nuestra relación, fascinante pero siempre rota. Llamé al mesero, le pedí que nos pasara la cuenta y le susurré que necesitábamos una habitación.

En el ascensor, mientras subíamos al séptimo piso, nos besamos y acariciamos. Yo le lamía el cuello, olía sus perfumes, le pasaba una mano por entre las piernas. Ella buscaba mis labios con los suyos. Jadeábamos. Nos bebíamos el uno al otro.

Pero en la cama del cuarto 709, donde ella se quedó pensativa luego de que yo me vestí y me marché para siempre, fuimos dos adolescentes primerizos, torpes e inútiles, como si para Bebé y yo el placer, por muy deseado, nos fuese tan esquivo.

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*Rubén Darío Buitrón es director-fundador de loscronistas.org

 

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