• April 24, 2026
  • Updated 10:23 pm
Tendencias
#Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez #Paula. Una historia de Ciana Ballesteros #¡Auxilio, Bukowski. Ahí viene Elvira! Crónica de Rubén Darío Buitrón #«Abrazo de lodo». Una crónica de Natalia Dávila #Besitoterapia para un héroe (homenaje a Pedro Restrepo) #Réquiem por Martti Ahtisaari. Una crónica de Arturo Cabrera H. desde Australia #El nido vacío: saltar del escenario al palco. Crónica de Carmen Inés Merlo #Cuando aprendimos a morir: el año de la pandemia. Por Ronald G. Soria #Amanda y Tamia Villavicencio, herederas de la poesía de su padre. Por Rubén Darío Buitrón #Soy dama de compañía. Por Magaly Villacrés, desde España
Los Cronistas I Periodismo & Literatura Los Cronistas I Periodismo & LiteraturaLos Cronistas I Periodismo & Literatura
  • El Proyecto
    • Equipo
    • Estos somos loscronistas.net
    • Escribe en loscronistas.net
  • Temas
    • Crónica
    • Diversidad de Género
    • Opinión
    • Libros
    • Ensayo
    • Cine
    • Entrevista
    • Cuento
    • Perfil
    • Poesía
    • Novela
  • Radio online
    • La otra mirada
    • Loscronistas.net
  • Talleres
  • Concurso
    • De qué se trata el concurso
    • Bases del concurso nacional de crónica 2023
    • Ediciones
  • Servicios
    • Nuestros libros
    • Consultorías y asesorías
    • Tu marca aquí

Gustavo Garzón, el escritor desaparecido y La Mosca Zumba

Regresar
Ingrese su texto y encuentre el resultado
Recent Posts
  • 247 Views
  • noviembre 30, 2025

No todas somos Shakira. Y no necesitamos serlo…

No todas somos Shakira…, y no necesitamos serlo. Por Marie-France Merlyn Psicóloga La figura de Shakira ha sido protagonista en las redes sociales durante las últimas semanas. La cantante irradia belleza, energía y una juventud espectacular. “Nadie diría —me comentó una amiga en tono inconfesable— que ya se acerca a los cincuenta”. Y, en efecto,

De la polarización a la espiritualidad
Opinión
  • 1322 Views
  • noviembre 20, 2025

De la polarización a la espiritualidad

El pasado 27 de octubre, el mundo -literalmente, el mundo- empezó a hablar de una nueva propuesta musical de la cantante española más disruptiva de la historia reciente: Rosalía.


Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez
Crónica
  • 1291 Views
  • junio 23, 2024

Un dolor imposible. Por María Augusta Pérez

Hay noches en que a pesar del sueño pareces estar en vigilia, como esperando, como sabiendo… Para mí esa noche no fue así. La madrugada iba entrando y el teléfono sonó a mi oído, no sé cuántas veces. Yo dormía, yo no entendía nada: “¡Mija, se murió su primo!”. Por María Augusta Pérez* Yo dormía,

Olvido. Por Rubén Darío Buitrón
Crónica personal
  • 1176 Views
  • junio 23, 2024

Olvido. Por Rubén Darío Buitrón

Cuando me lo contaba, mamá decía que me había encargado con Elisa, pero nunca entendí por qué confió en ella para que me cuidara. ¿En qué estaría pensando mamá? ¿En su descubrimiento de que su marido la traicionaba y que esa certeza la atravesaba el alma hasta la obsesión y el dolor más vivo? Por

Cuarenta años con psiquiatras. Por Rubén Darío Buitrón
Crónica personal
  • 1191 Views
  • junio 23, 2024

Cuarenta años con psiquiatras. Por Rubén Darío Buitrón

A los depresivos crónicos como yo quizás les ayude la idea de que nunca van a curarse del todo y que no existe nada mejor contra ese mal que asumir, sin eufemismos, que lo llevas como una sentencia a cadena perpetua. Por Rubén Darío Buitrón Es como si una potencia nuclear te atacara, sin previo

Si la muerte me hubiera tenido paciencia… Por Rubén Darío Buitrón
Crónica personal
  • 1087 Views
  • junio 23, 2024

Si la muerte me hubiera tenido paciencia… Por Rubén Darío Buitrón

Tuve que resignarme a la atención médica privada luego de que las puertas de la salud pública, a la que tenía derecho, no se me abrieron en el momento en que mi vida se había puesto en riesgo por una grave enfermedad. Por Rubén Darío Buitrón Era absurdo pedirle a la muerte que tuviera paciencia

«El problema final». Miniensayo de Rubén Darío Buitrón sobre la novela de Pérez-Reverte
Novela
  • 1317 Views
  • mayo 26, 2024

«El problema final». Miniensayo de Rubén Darío Buitrón sobre la novela de Pérez-Reverte

Por Rubén Darío Buitrón* La reciente novela «El problema final«, de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951), publicada por editorial Alfaguara en septiembre de 2023, tiene un sabor de algunas maneras distinto al de las 34 novelas anteriores. Si bien algunas de ellas abordan aspectos de la vida desde la trama policial e investigativa, esta nueva

Paula. Una historia de Ciana Ballesteros
Crónica
  • 1659 Views
  • mayo 26, 2024

Paula. Una historia de Ciana Ballesteros

Por Ciana Ballesteros* Paula es una mujer de 37 años. La conocí en febrero de 2019. Es una exitosa profesional en Contabilidad y Auditoría, recta, tenaz en lograr sus metas y alcanzar en corto tiempo grandes trabajos. Nos presentaron en el matrimonio eclesiástico de mi sobrino Horacio con su novia Anita. Paula es la hermana

¡Auxilio, Bukowski. Ahí viene Elvira! Crónica de Rubén Darío Buitrón
Crónica
  • 1813 Views
  • mayo 12, 2024

¡Auxilio, Bukowski. Ahí viene Elvira! Crónica de Rubén Darío Buitrón

Por Rubén Darío Buitrón* El show de la poeta Elvira Sastre en Quito convocó a más de 400 personas, pero, como dijo alguna vez el escritor español Arturo Pérez Reverte, su espectáculo es más fuegos artificiales que poesía. Fue inevitable. Ver a Elvira Sastre sobre las tablas del escenario de la Cámara de Comercio de

Maratones de series (historia imaginaria). Por Guillermo Gomezjurado
Historia
  • 1040 Views
  • mayo 12, 2024

Maratones de series (historia imaginaria). Por Guillermo Gomezjurado

MARATONES DE SERIES Por Guillermo Gomezjurado* Desde un principio me advirtió que no veía series y que solo pagaba Netflix porque las paredes eran delgadas y mis visitas -ruidosas- podían provocar molestias a los vecinos. Ponía cualquier cosa en la tele y subía alto, muy alto el volumen. Con este ambiente sonoro –compuesto por una

  • 2507 Views
  • octubre 6, 2018
  • Crónica

Garzón, Gustavo Presentación en Guayaquil

Por Luis Ángel Saavedra*

En la pasada “Fiesta de las luces” en Quito, más allá de ser una plantilla endosada en cada edificio significativo del centro histórico con rellenos de imágenes animadas, algunas intentando calzar en las estructuras, como la de San Francisco, y otras proyectadas por proyectar, como en la Plaza Grande y Santo Domingo; más allá de unas atrocidades, como los paraguas colgando en una calle o la esfera gigante de alguna discoteca de los 80; hubo ciertas novedades, como esa especie de ballenas voladoras en la 24 de Mayo; y otra, que me atrapó por su sencillez: el homenaje a los desaparecidos, en la Mejía y García Moreno.

Era un ensamble de luces led con textos corredizos que no se dejaban leer con facilidad. En el costado derecho, en lo bajo, estaba la clave de la instalación: “Textos de Gustavo Garzón, desaparecido en 1990”. La gente que miraba este letrero recién caía en cuenta sobre el significado de la propuesta: “Ve, ha sido de un desaparecido” y volvían la mirada hacia los textos, ahora sí con el afán de entender lo que ha dejado escrito un desaparecido. Un concepto simple que proyectó un mensaje complejo, que evocó la luz que aún siguen emanando los cuerpos de todas las personas desaparecidas. Bien por Gary Vera, el autor de la propuesta.

Quizá faltó una frase final: “Brutal, como el rasgar de un fósforo”, que es con la que se describe la desaparición de Gustavo; pero lo que puso ahí me llevó por fin a escribir lo que necesitaba decir sobre Gustavo y que había sido pospuesto en varias oportunidades: escribir solo para contar las cosas que pasaron al margen de la historia.

El 10 de noviembre de 1990 desapareció Gustavo Garzón Guzmán. Han pasado 28 años y nadie sabe nada, y parece ser que ya nadie recuerda nada, ni algunos de los amigos de la época, quizá ahora empeñados en otras tareas menos utópicas, alejadas ya de las que se asumieron en los años 80 o quizá ocupados en una utopía de bambalinas, de espectáculos, de corifeos que aún defienden al Dionisio de la década pasada, o al parlanchín actual.

Las tumbas son la constancia del olvido, lo he dicho varias veces; se las va abandonando despacio, pero ese tiempo de abandono sirve para sanar. El dolor de no tener ni siquiera una tumba es un dolor que no lo podemos nombrar. La muerte tiene nombre y descanso, la desaparición no tiene ni lo uno, ni lo otro.

Recordar lo que no se fue, y aún sin irse ya no está, y sin estar se ha ido quedando en algunos rincones de quienes aún lo esperan; quizá esas ambivalencias son las que pretendo estructurar en esta crónica, a sabiendas que aún se agrupan quienes todavía sueñan, quienes abren los brazos para abarcar los horizontes, porque aún hay tiempo para seguir soñando, aún hay tiempo para creer en las utopías que nos inundaron en los 80 y aún antes de eso.

El Gustavo

Una noche llegó el compañero músico, el Gaybor, un trabajador de “Ecuatoriana de Aviación”, la compañía aérea de bandera nacional. Había caído desubicado, igual que yo, en la Facultad de Administración de la Universidad Católica de Quito. Esa noche traía a alguien, un escritor dijo, algo bajo y ninguna pinta de intelectual, o al menos sin ninguna de esas pintas que se traían los intelectuales en esa universidad y que incluso ahora generan moda y estéticas burlescas.

En la Católica habíamos iniciado un taller de literatura bajo la dirección del poeta y catedrático Julio Pazos y se aproximaba un encuentro nacional de jóvenes escritores a realizarse en Guayaquil.  Supuestamente yo era un joven escritor y, además, tallerista: una etiqueta que servía para hacernos buena propaganda.

Esa noche la discusión fue agria, insoportable; el recién llegado desbarataba cada argumentación que yo esbozaba sobre el rol del escritor, cuya única responsabilidad era el escribir bien, y cuya única solidaridad era la que su propio espíritu lo dictaba.

Aunque me definía como marxista, había asimilado muy bien a Octavio Paz y su tesis del “solitario solidario”, esta era la primera vez que esa tesis me la destrozaban, algo que ni siquiera lo habían logrado en la juventud comunista, en donde se insistía que el arte debe estar al servicio de la revolución, pregonar el socialismo real, algo que nos llevó a pensar que lo único que se podía producir culturalmente eran panfletos, ya sea en las letras, en la plástica, en el teatro o en la música. Incluso ahora esos panfletos se usanen las nuevas modas revolucionarias.

Así fue cómo conocí a Gustavo y en seguida lo tildé de anarco, porque así se debía tildar a los que no estaban en la juventud comunista,en la juventud revolucionaria o en cualquiera de esas juventudes organizadas, disciplinadas y dispuestas a obedecer las directrices del partido, que no eran otra cosa que los deseos de los anquilosados burós políticos y de los compañeros secretarios.

Esa noche también tuve un nuevo aprendizaje. Gustavo habló de la existencia de otros talleres literarios. El que se había organizado en La Católica era una copia de lo que ya se estaba viviendo en el mundo literario nacional.

Él era parte de “La Mosca Zumba”, nombre que lo oía por primera vez, al igual que el de La Pequeña Lulupa, La Pedrada Zurda o Los Matapiojos.

Taller MDP 1

Los gestores de La Mosca Zumba: Rubén Darío Buitrón, Gustavo Garzón y Byron Rodríguez

Esa noche quedé con la impresión de que la vida se me estaba pasando por un costado o por las calles que se extendían fuera de La Católica.

Lo volví a ver en Guayaquil, en el encuentro de escritores jóvenes, en los que Gustavo defendió el rol del escritor, la necesidad de confrontar su trabajo en grupo, alejándose de la egomanía que suele producir la soledad (parecía que quería seguir golpeando), pero sobre todo defendió su rol social, su participación, tanto en una crítica constante de la sociedad como en la construcción de una nueva. La Mosca Zumba se definía como un colectivo de creación literaria y de crítica social.

Nota del bloguero: La Mosca Zumba fue un taller que duró cuatro años y cuyo origen fue el de un grupo de jóvenes escritores, principiantes, recién salidos del taller dirigido por el maestro Miguel Donoso Pareja, quien los condujo durante tres años. Estos jóvenes, en la la línea irreverente y frontal de su maestro, estaban decididos a cortar todas las cabezas de lo que llamaban “círculo de elogios mutuos”, escritores seudofamosos y respetados que no eran más que una masa de inspirados y floridos alcohólicos que de vez en cuando publicaban libros con el auspicio de las casas de la cultura de las provincias (RDB)

Me arrimé, y esa es la palabra adecuada, me arrimé a La Pequeña Lulupa, porque lo veía como un grupo esencialmente creativo, al contrario de Matapiojo, al que lo veía como el brazo literario del Movimiento Popular Democrático.

Pero la posición crítica de La Mosca Zumba me seguía, digamos, zumbando. Por ello empecé a visitar a Gustavo en su caseta de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), pues en verdad Gustavo trabajaba en una caseta, en el costado izquierdo de la casa antigua; una caseta que fungía de almacén y en el que, supuestamente, se exhibía lo mejor de la intelectualidad ecuatoriana, publicada por la CCE.

Gustavo fue a parar allí luego de ser despedido de su puesto de técnico en aviónica graduado en Israel, en la misma empresa área de bandera nacional en la que trabajaba el Gaybor. Su despido se debió a uno de sus cuentos en donde ironizaba la carrera militar.

Fragmento del cuento “Aljito AAAR”, de Gustavo Garzón

Las conversaciones en la caseta se tornaron interminables, se prolongaban a la noche; a veces se sumaban los matapiojos o los lulupas. Culminaban al amanecer y nos disgregábamos para volver a lo mismo en la tarde siguiente.

Otras noches las completábamos en mi casa, con el Gaybor y su guitarra; a veces un aparato nuevo, made in usa y traído en el último vuelo, reemplazaba a la guitarra. Lo que no podía faltar era el eterno duelo entre Charly García, con sus dinosaurios, y Pink Floy, con “The Wall”. La lucha por ser auténticamente latinoamericano chocaba con muestra aceptación de que la dura sicodelia de Roger Waters también era parte de nuestro fetiche revolucionario.

La lluvia y el gato del terremoto

Cuando se desploma el cielo en Quito es cosa seria. Caen torrentes y se forman cascadas bajo los tejados de las casas. Cuando hay granizo es más serio el asunto y se paralizan hasta los amantes. Pero para Gustavo la lluvia era un alivio y el granizo solo un montón de dulces.

Las noches de lluvia eran propicias para recorrer las cantina, improvisadas en las casas o en las oficinas de los nuevos o de los seudoescritores; daba igual con tal de que hubiera algo para tomar y tiempo para hablar.

Borrachos más de palabras que de alcohol regresábamos a casa bañándonos en cada caída de agua, lavándonos el alma o quitándonos los pecados, mojándonos de antemano por las dudas de que con tanta agua desperdiciada a la mañana siguiente no cayera por la ducha, algo muy común por aquellos días.

Desde El Ejido a la Mañosca, por la América o por la Diez daba igual, el agua caía y saltábamos en los charcos o abríamos la boca para que los torrentes de los tejados nos quitaran la borrachera.

Noches de aprendices de bohemios, de supuestos jóvenes escritores que nos enfrentábamos a lo establecido sin saber que solo era una ruleta de rupturas y acomodos futuros.

Todos fuimos amantes de las rupturas y ahora solo somos piezas de lo establecido, a la espera de nuevos amantes de las mismas rupturas para darles con la puerta en las narices.

Habíamos desarrollado un olfato que nos ayudaba a determinar con precisión donde sería la reunión de cada noche, donde estaría el debate más acalorado o el encuentro para hacer una revolución de copas.

El Gaybor acompañaba con sus sueños de músico y sus necesidades terrenales, que finalmente triunfaron y lo alejaron de las tertulias. Pero por esos días acompañaba para leer los poemas o para enredarse en los cuentos.

Se necesitaba tener alma de masoquista para leer un cuento o un poema, en aquellos grupos que formamos bajo la etiqueta de “talleres”: no quedaba palabra sobre palabra luego de la destrucción colectiva. Pero así se aprendió, y una vez aprendida la lección venía el bálsamo, que quizá era lo más esperado y, copa en mano, brindábamos por lo que fuera, hasta por los terremotos, como en la noche del jueves 5 de marzo de 1987.

Esa noche fue igual a todas las noches, solo que en medio de la discusión empezaron a moverse las botellas. ¿Temblor? Sí, temblor. Ya no solo se movían las botellas, sino que empezaron a bailar las mesas. ¿Terremoto? No, solo temblor. Entonces: “Salud por el terremoto”. Eran casi las nueve de la noche. El de las once, el más fuerte, ya no lo sentimos.

En la madrugada caminamos hasta llegar al minidepartamento donde Gustavo vivía: los libros y el anaquel estaban en el suelo. “Es un gato que entra por la ventana”, decía Gustavo. Tomamos algo más y se fue a dormir.

Me fui a casa, a pocas cuadras de donde vivía Gustavo. Me sorprendió ver a los vecinos en la calle, pero no estaba en condiciones de conversar o preguntar a qué se debía la vigilia; entré y dormí por más de 12 horas.

Mi costumbre de fin de semana era esa: invernar después de cada buena borrachera. A los dos días me enteré de los sismos que sacudieron el país y rompió el oleoducto en la Amazonía, lo que dio el pretexto perfecto al entonces presidente León Febres Cordero a tomar fuertes medidas económicas como la suspensión del pago de la deuda externa, el alza del precio de los combustibles y un plan de austeridad que golpeó a la población más pobre. Todo fuera por el terremoto.

Militancia en la isla de paz

La Mosca Zumba golpeaba con todo: no había escritor o proceso cultural que se salvara en su revista y lo mismo pasaba en nuestra bohemia con Gustavo.

Patrick Süskind, con su novela “El perfume“, publicada en 1985 y catalogada como novela del año, fue a parar al tacho de basura. Es un escritor fácil, afirmaba Gustavo, pues mata a sus personajes cuando ya no le sirven y así se ahorra resolver una trama.

Yo trataba de salvar al menos a “El contrabajo”, novela corta de este mismo autor, por la agonía y frustración del músico de sinfónica que develaba el caótico mundo del espectáculo y su contraste solitario en una habitación como la mía. Pero no había forma.

Gustavo era un adelantado en su crítica a lo que son ahora se llaman best sellers: un conjunto de aventuras que, como en un tren, los vagones caminan porque solo tienen que caminar.

Poco a poco nuestros debates fueron cambiando de dirección, empezaban en la literatura y culminaban en la política, en una agria crítica a los partidos de izquierda.

Por entonces vivíamos el fraccionamiento del Partido Comunista y en la Universidad Católica esa incisión también tuvo repercusiones. Los catalogados como del “FADI duro”, brazo político del Partido Comunista Ecuatoriano, prácticamente fuimos proscritos de la federación de estudiantes, en tanto los otros crearon LN (Liberación Nacional) y asumieron el control. Esto a la larga devino un reposicionamiento de la derecha en la universidad y la pérdida de la capacidad de movilización que se había conseguido a pesar de la represión de Febres Cordero.

La ruptura de alianzas y el develar intereses personales en la izquierda, junto al análisis de la historia nacional convenció a Gustavo para optar por la insurrección.

“Ecuador nunca ha sido una isla de paz”, decía al hacer un recuento de los distintos movimientos subversivos que actuaron en el país en diversas ocasiones. Analizaba lo sucedido en el Toachi, las acciones en el Caso Briz, el nacimiento de los “Alfaro”.

Entonces, ¿qué escribir? O, mejor, ¿para qué escribir? Si la isla de paz no existía, ¿dónde estaba nuestro tren de la historia? ¿A qué hora se nos pasó? Revolucionarios urbanos perdidos del ferrocarril en nuestro propio mundo y que nada sabíamos del otro mundo que se desangraba sin que la historia lograra mancharse.

Nadie hablaba del asesinato de Lázaro Condo, en septiembre del 74; tampoco se hablaba de la masacre de Aztra en octubre del 77. Un sábado llegamos a Chunchi, preguntamos por Toctezinín y caminamos en el páramo para encontrar una especie de cruz de piedra que indicaba el sitio donde murió Lázaro Condo. Brindamos por él, cantamos por él, gritamos por él en la soledad y el frío. Nos dormimos arrimados a la cruz hasta que alguien nos despertó y nos salvó de la hipotermia.

En 1988 tuvimos nuestro primer joven literato muerto: Marco Poveda, cuyo cuerpo fue hallado en el rio Machángara. Era un poeta caótico-marginal con textos deslumbrantes que mostraban revelaciones sobrenaturales, pero también lleno de textos grotescos con los que se enfrentaba al estatus quo y a nosotros como parte de ese estatus. “Ese no es un poeta”, sentenciaban los gurúes de los talleristas. Por su marginalidad, su muerte no nos sorprendió y no se hizo nada para ayudar a esclarecerla.

Los literatos no estábamos para esos trotes. Nunca entendimos que si hubiésemos actuado se habría podido develar a tiempo el sistema que se iba consolidando y que a la larga sería responsable de una larga lista de muertes y desapariciones, como las de Manuel Reinoso, Jaime Otavalo, César Morocho, Manuel García, José Mosquera, Luis Valverde, entre otros que van apareciendo en los listados de nuevas investigaciones sobre esa época.

Los jóvenes escritores actuamos como toda la sociedad: acurrucados en nuestras burbujas decidimos no hacer caso de esa guerra subterránea desatada contra quienes, a su modo, buscaban justicia y equidad. Asumimos la consigna de que si se metieron a eso, que murieran por pendejos.

Nuestros encuentros se volvieron esporádicos. Mientras yo insistía en la bohemia y el marxismo, Gustavo profundizaba sus búsquedas.

Para entonces Alfaro Vive Carajo ya era una catástrofe, muchos de sus líderes estaban muertos o desaparecidos; también hubo accidentes como la explosión de una bomba en manos de compañeras alfaristas que ahora son políticas profesionales.

Así que contactó con una facción del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), que por ese entonces promulgaba tener la verdadera receta de la lucha armada, pero lo dejaron plantado en una banca de la plaza Indoamérica, en la Universidad Central.

Luego se vinculó con el MPL (Montoneras Patria Libre) debido a su convicción de que la lucha armada era una opción legítima durante el régimen represor de Febres Cordero y su lógica continuidad en el siguiente gobierno. Nunca supo del alto grado de infiltración y traición interna que tuvo ese grupo, hasta cuando ya estuvo detenido.

Gustavo pasó a la clandestinidad. Por mi parte, una nueva detención preventiva y un par de incursiones al sitio donde vivía me hicieron comprender que debía salir de Quito; además ya las cosas de la bohemia se habían desbocado y era necesaria una huida.

Los monstruos del penal

Gustavo Garzón y Byron Rodríguez. Foto: archivo de la familia Garzón Guzmán. 

Terminó el gobierno de León Febres Cordero y Rodrigo Borja ya llevaba un año de mandato. Regresé a Quito. Un día de visita en la Casa de la Cultura para ver “qué había” encontré al Edwin Madrid, otro poeta en construcción y también trabajador de la CCE, todo agitado y de camino a una reunión: me soltó la noticia de la detención de Gustavo.

La reunión no fue para rechazar la detención de Gustavo ni para planificar un apoyo para los días que durara su detención, pues al fin y al cabo fue funcionario de la CCE y era un escritor que ya despertaba interés. La reunión fue para blindarse, para averiguar quién más estaría involucrado en lo del Gustavo, para advertir que más vale el prestigio de la CCE que cualquier aventura revolucionaria.

Era 1989, Gustavo Garzón Guzmán fue detenido el 7 de agosto. Se le acusó de portar armas de forma ilegitima en su camioneta. Lo llevaron al tristemente célebre Servicio de Investigación Criminal de Pichincha (SIC-P), donde fue torturado. Luego pasó al Centro de Detención Provisional de Pichincha (CDP), a un costado del Penal García Moreno, en San Roque.

Fui a verlo en el CDP y la primera vez lo encontré casi con todos sus compañeros de La Mosca Zumba.

Parecía que no había cambiado nada, pero en las siguientes visitas los amigos iban disminuyendo y en las reuniones empecé a conocer a los monstruos que los medios de comunicación me habían construido desde adolescente: por ejemplo los del “Caso Briz”, empresario que fue secuestrado y asesinado en noviembre de 1977 en el marco de otro intento de consolidación de un grupo revolucionario. Entonces supe que los AVC no eran ninguna novedad.

Esos tales monstruos no parecían serlo, no gruñían ni tenían garras. Eran hombres que debatían, que denunciaban las formas de opresión en la sociedad y que lo hacían dentro del mismo CDP.

Quizá estuvieron equivocados alguna vez, pero los del Caso Briz, los AVC, los MPL y otros en prisión eran hombres leales y no dudaban en defender juntos a un compañero cuando era víctima de las mafias de otro pabellón. “Si no se arregla esto vamos a ir allá para vengarnos”, concluyeron una vez. Miré a Gustavo y dijo: “Habrá que ir, aquí todos somos leales”.

¿Y cómo se mete el trago?, pregunté durante una visita, porque comprarlo adentro resultaba muy caro. Se me explicó que en un galón de jugo en una poma plástica se debe meter el trago en una bolsa plástica, de tal manera que flotara en mitad del jugo; así los guardias miraban el jugo y dejaban pasar.

Con una amiga hicimos la prueba. La botella de ron en una funda plástica en mitad de una poma de jugo era vista por todos lados, no había forma de que no se la descubriera. Le pusimos hasta un globo inflado para ver si se mantenía flotando en el centro de la poma, pero ni así.

Nos dimos por vencidos y fuimos de visita sin llevar nada. Ya donde Gustavo se nos hizo saber el ingrediente que faltaba.

Pues este era el método: toda esa parafernalia era para que las otras visitas no lo vieran, pues el paso final era avisar al guardia y pagarle por dejar pasar.

Con la nueva pista ya pudimos llevar ron, pero no alcanzaba para tanta gente, así que no había forma de reproducir nuestras pasadas bohemias y luego de acabarse la funda de ron más bien nos dedicábamos a la lectura del oráculo del I-Ching, que siempre nos traía buenos augurios, no por adivinar el futuro sino por presentar el futuro como un cambio permanente en el que nuestra acción era lo fundamental.

Así pasó un año. Rubén Darío Buitrón, Liliana Vásconez, Martha Palacios, Byron Rodríguez, Alfredo Pérez y otro compa de apellido Álvaro se mantuvieron visitándolo todo ese año. No sé si me olvido de alguno más, pero el resto de jóvenes escritores brillaron por su ausencia y de los viejos ni para qué hablar.

Tiempo después, de nuevo visitando la CCE para conversar con el Madrid, encontré a Gustavo sentado a un costado de su antigua caseta. Era increíble: Gustavo estaba libre, había salido de prisión el 7 de de septiembre y ya estábamos en 1990.

Yo estaba casado. Con mi compañera lo habíamos visitado también en el CDP así que se alegraría de verlo libre. Decidimos ir al sitio donde en ese entonces yo vivía, en el sur de Quito, y recordamos las bohemias pasadas, bebimos, contó sus planes, sacaría el doctorado de literatura.

No estaba arrepentido del pasado, pero aceptaba que no era la vía para una revolución. Hablamos de los traidores, que siempre los hubo en todo movimiento, desde el mismo caso Briz, y que siempre los habrá, como en lo del MPL.

Ya en la noche llamó a su casa para avisar a su mamá, doña Clorinda Guzmán, y decirle que no se preocupara, que pasaría la noche en mi casa.

Aseguró que no volvería a optar por la vía armada y que su único afán era escribir. Estaba consolidando un libro de cuentos.

A la mañana siguiente nos despedimos con un par de cervezas y lo fui a dejar en la parada del bus en Barrionuevo. Fue la última vez que lo vi, pues dos meses después, el 9 de noviembre de 1990, desapareció para siempre.

Una búsqueda entre montañas de egos

La noticia no fue una bomba entre nuestros intelectuales: quizá también lo veían venir y no reaccionaron o no quisieron hacerlo. Algunos quisimos formar un grupo de escritores solidarios con Gustavo y exigir respuestas al Estado, pero la experiencia fue realmente dolorosa.

Si ya la detención de Gustavo los había asustado, su desaparición provocó paranoia y solo faltó que algunos fueran a meterse bajo la cama por miedo a la guerrilla que vendría junto a él para reclamarles no haber hecho nada durante su detención.

Escribimos una carta para el ministro de Gobierno, el Patacón Verduga. Hicimos el texto con Edwin Madrid y Marco Antonio Rodríguez, y empezamos a recoger firmas. Hubo la presentación de un libro de Fernando Tinajero, en la Universidad Católica.

Era una magnífica oportunidad para llenar hojas de firmas, pues allí estarían todos los intelectuales de izquierda. En el panel de lanzamiento se hablaba de cómo se resistió al embate de León Febres Cordero y sobre la necesidad de una transformación social, incluso de una revolución, por el momento postergada. Nelson Reascos, profesor de Sociología, interrumpió la ceremonia para pedir las firmas. Con Edwin pasamos las hojas y casi todos firmaron. ¡Un éxito!

Luego fuimos al cóctel y entre vino y vino los firmantes vinieron a tachar su firma. Unos aducían compromisos con el nuevo gobierno y que debían cuidar sus puestos. Pedían comprensión; otros decían que no querían arriesgarse por alguien que probablemente está con la guerrilla de Colombia o había vuelto a la clandestinidad.  Las hojas quedaron con más tachones que firmas. Ya se vislumbraba la hipocresía de la intelectualidad de izquierda, pero que se llegase a ese punto me parecía absurdo.

En la carta no nos identificábamos con la revolución armada ni con nada parecido, solo se pedía que el gobierno de Rodrigo Borja investigara la desaparición de Gustavo y reviera los aparatos de seguridad del Estado: una carta sumamente democrática, pero ni así.

Terminado el evento fuimos a casa de Nelson, en La Vicentina, a pasar el mal sabor que nos dejó esta reunión de intelectuales. En la madrugada, rumbo a mi casa, cuatro colombianos me abordaron para decir que Gustavo no estaba con ellos, que lo más seguro es que “se lo quebró el gobierno”. Les agradecí haberme llevado a Barrionuevo y el evitarme la caminata desde La Vicentina.

Las hojas quedaron impresentables y cuando quisimos volver a tener las firmas solo quedó un puñado de gente que volvió a firmar. Ni la novia quiso firmar porque argumentó que en la familia de Gustavo había policías. Evidentemente estaba asustada, pues había sido también interrogada.

Teatreros y gente vinculada a la danza fueron los que más firmaron. Los escritores consagrados no asomaban por ningún lado.

Podrán haber tenido una montaña de ego, pero en esos momentos, únicamente gente como Marco Antonio Rodríguez, Euler Granda, Edwin Madrid, Fabián Guerrero y la gente de La Mosca Zumba se metieron en ese grupo que exigía la aparición de Gustavo Garzón.

Finalmente, un grupo de La Mosca Zumba, algunos otros talleristas, con Marco Antonio Rodríguez y Euler Granda a la cabeza, abordamos a Verduga en el Congreso Nacional, a donde había ido para explicar algunas cosas reservadas sobre otros temas. Verduga solo sonrío y aseguró que estaba al tanto de lo sucedido y que se estaba investigando.

En las siguientes semanas, con Marco Antonio nos dimos a la tarea de visitar regularmente la morgue, por si las dudas; pero nada.

Mientras tanto, en otro espacio, Raúl Pérez Torres y Patricio Falconí libraban otra batalla. No aparecían en ninguno de los eventos públicos en solidaridad con Gustavo Garzón, pero trataban de convencer al Municipio de Quito, con Rodrigo Paz como alcalde, de continuar un proyecto editorial en donde se incluiría la publicación de los cuentos de Gustavo.

La “Colección Evaristo” estaba en marcha. Se proponía publicar la obra generada por los talleristas y presentarla como la nueva literatura ecuatoriana.

Habían salido ya los primeros seis volúmenes en la que se alternaron escritores jóvenes de Guayaquil y Quito.

Era necesario que en el siguiente grupo a publicarse se incluyera a Gustavo Garzón y Raúl Pérez Torres y Patricio Falconí se jugaron por ello. Así salió a la luz, en diciembre de 1991, Brutal como el rasgar de un fósforo, que recoge los principales cuentos de Gustavo.

Nota del bloguero: Fue Patricio Falconí, secretario del alcalde Paz, quien mayor entusiasmo y lucha le puso al proyecto. Brutal como el rasgar de un fósforo fue un trabajo de selección y edición de Rubén Darío Buitrón y Byron Rodríguez. (RDB)

En ese grupo se publicaron cinco obras: los cuentos de Gustavo, poemas de Edwin Madrid, bajo el nombre de “Enamorado de un fantasma”, ensayos de Eduardo Martínez bajo el título “Héroes Indígenas de América”; una compilación de cuentos de Marco Vinicio Poveda llamada “La dictadura del poetariado”, y mi primer poemario, “Ecos en la Alcantarilla”.

Haber publicado junto al libro de Gustavo nos dio una excelente publicidad en los medios de comunicación, pero nunca supe por qué la presentación se hizo en CIESPAL (Centro Internacional de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina) y no en la Casa de la Cultura.

La publicación de las obras fue una cosa. La distribución fue otro calvario. Problemas en el Municipio de Quito impidieron una difusión eficaz y solo se entregaron unas pocas obras a los autores a modo de derechos de autor. Con los libros de Gustavo hubo que ingeniarse para fortalecer su imagen y dar a conocer en todo el país su obra y su desaparición. Solo alcanzamos a presentarlo en Guayaquil y Cuenca.

Los intelectuales y artistas de Guayaquil se entusiasmaron con la propuesta y ofrecieron la sede de la CCE para el evento.

Fernando Artieda, Carlos Calderón Chico y Fernando Cazón Vera se comprometieron para la organización y nadie preguntó si Gustavo estaba con la guerrilla o si aún seguía en la clandestinidad. También se comprometieron en recabar firmas de solidaridad en Guayaquil y rescatar las firmas de algunos intelectuales quiteños.

Así, el 2 de febrero de 1992, se publicó en Diario Expreso el primer manifiesto público de los intelectuales ecuatorianos en solidaridad con Gustavo, con firmas encabezadas por Carlos Julio Arosemena Monroy (expresidente del Ecuador), León Roldós Aguilera (ex vicepresidente del Ecuador), rectores y vicerrectores de universidades, decanos de facultades y, por supuesto, los escritores, pintores y otros artistas de Guayaquil.

El 5 de febrero se presentó el libro de Gustavo, se acogió a doña Clorinda como una heroína y se alzó una sola voz para rechazar la desaparición de Gustavo y exigir al gobierno una investigación más eficaz. En Cuenca fue un fracaso: quizá la gente de allá tenía demasiado miedo.

El epílogo

Doña Clorinda se juntó a los plantones que hacían Pedro y Luz Helena Restrepo por la desaparición de sus hijos, Santiago y Andrés. Poco a poco se fue juntando más gente; llegaban ahí personalidades de todas partes, incluso llegó el argentino Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, pero nunca aparecieron los escritores ni los intelectuales.

Me alejé del mundo de la CCE. Estaba decepcionado. Me distancié de la militancia política, también decepcionado. De vez en cuando acudía a los plantones de la Plaza Grande y un día volví a ver a Gina Benavídez, a quien conocí en la Católica y volví a encontrarla en la CEDHU (Comisión Ecuménica de Derechos Humanos), organización que se hizo cargo del caso de Gustavo.

Gina me propuso juntarme al proyecto que estaba formando: el INREDH (ahora Fundación Regional de Asesoría en Derechos Humanos), con la convicción de que una nueva sociedad solo era posible luchando por los derechos humanos y que esta lucha constituía una utopía eterna. Han pasado 25 años desde esa invitación que me vinculó definitivamente a la lucha por los derechos humanos y de los pueblos.

El gobierno actual, el del presidente Lenín Moreno, ha dicho que desea reparar la desaparición de Gustavo. Es justo que una calle quiteña lleve su nombre; es justo que se recopile su obra y se publique una antología; es justo que se reivindique su memoria; son justas muchas cosas, pero lo más justo, aunque suene redundante, es la justicia: que se lleve ante la justicia a los responsables de su desaparición y, sobre todo, que nos digan, que digan a su familia, a dónde se lo llevaron.

______________

*Tomado de la página web de INRED

Post Anteriores Balada de un reloj herido
Nuevos Post ¿A qué edad publicaron sus obras maestras los grandes escritores?

Los Cronistas 2026 I Todos los derechos reservados I Desarrollado por Sabana Kreativos