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«No me llames extranjero». Una crónica de Isabel Macías Galeas sobre la migración venezolana

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Venezuela era un lugar en donde un día cualquiera, por un motivo cualquiera, se llamaba a los panas y se hacía una parrilla mientras se tomaban unas frías. Era un país donde, para mi padrastro, siempre había un Julián o un Carlos Julio en las gasolineras con quien compartir un chiste o dos. Era un país donde se comentaban las novelas o los partidos de béisbol.

Por Isabel Macías Galeas*

                    «No me llames extranjero, tu trigo es como mi trigo,

                            tu mano como la mía, tu fuego como mi fuego,

              y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño».

                                                                                   Rafael Amor

Sentado frente a una computadora, mientras robo unos minutos de su tiempo, se encuentra un venezolano que, después de algunos años en Ecuador, ha logrado, medianamente, establecerse.

Conversamos mientras la voz de Simón Díaz, cantautor venezolano de música llanera, lo hace recordar su vida en su país, me sirve medio vaso de ron cacique y canta a viva voz: «Si pasas algún trabajo lejos de mi soledad, dile al lucero del alba que te vuelva a regresar».

Llegó el 15 de enero de 2015 a Ecuador. Su primer apartamento estaba en Durán. Traía consigo 3.500 dólares, sus ahorros de largos años de trabajo y de su liquidación, «todo ese dinero era para mí mucho más que eso, se hizo agua al cambiar de moneda».

El 18 de enero ya lo habían llamado para una entrevista de trabajo en una reconocida empresa de Guayaquil. Primer problema: no fue aceptado porque con la visa que tenía no podía ejercer su profesión.

Llevaba un mes desempleado y mientras recorría los lugares turísticos de Guayaquil e iba conociendo Durán, estaba esperando la aprobación de la visa 12-XI.

«El trámite no fue complicado en comparación con el último cambio de visa, fue eficiente». En el 2015 este documento costaba alrededor de $100 y quien la solicitaba debía tener, aproximadamente, $300 en una cuenta bancaria del país.

Ahora, con el incremento del flujo migratorio, los requisitos son más exigentes.

«Antes era más fácil hacer el trámite para una visa, ahora con el incremento en el flujo migratorio se han endurecido los controles y las exigencias. Antes te trataban amablemente, ahora es más difícil encontrar esa amabilidad».

La emigración venezolana se ha ampliado. Algunos, con tiempo, se fueron a Estados Unidos, otros optaron por Europa. Muchos dejaron sus casas, su familia, su trabajo. Dejaron su estilo de vida e incluso cambiaron su oficio.

El protagonista de esta historia tiene 35 años, es ingeniero en sistemas, se dedica a la programación y al desarrollo de páginas web, es oriundo de Caracas.

Desde 2012 analizó y planificó adecuadamente su migración a la costa ecuatoriana y ahora está satisfecho con la decisión tomada.

Ha tenido tres empleos y ha generado dos emprendimientos. Empleos que se han mostrado como una oportunidad para mejorar su economía en Guayaquil.

Mientras trabaja arduamente, me mira de reojo y me dice: «Vivir en Guayaquil es caro». Con sus dos emprendimientos fracasó porque al ser «extranjero» encontró muchas trabas que no lo roen el mercado. De esa manera se vio obligado a vivir de sus ahorros nuevamente.

«Pero tanto va el agua al cántaro que termina rompiéndolo«, así que este venezolano se encuentra vertiéndose en sus ojos a través de las palabras.

-Cuéntame sobre la política que se vivía en Venezuela justo antes de que tú salieras y, si no era Ecuador, ¿qué país estaba en tus planes?

-En Venezuela no se sentía mucho el socialismo, aunque las políticas eran erradas, la gente podía hacer su vida tranquilamente, a quienes escuchabas quejarse más seguido era a la gente que estaba más acomodada. Sin embargo, cuando yo iba a hacer mercado ya no era lo mismo, ya no había productos de primera necesidad. Con la enfermedad del malparido, ahora difunto, comandante (que ojalá se esté pudriendo en la paila del infierno, si es que existe tal cosa,) no auguré buen futuro. Ya antes había decidido irme a Australia, sin embargo, por la premura de la decisión no podía esperar un año –mientras aprendía el idioma, sacaba los papeles, etcétera–, así que Colombia era una opción, pero luego la brújula cambió de dirección y ya no estaba decidiendo si Australia o Colombia, estaba claro que debía ser Ecuador. Perdí el vuelo, pagué un recargo, salí al día siguiente. El avión vibraba, en la aceleración sentí que me empujaba al fondo del asiento, despegó y voló. La Guaira en la ventanilla, no sé cuándo volveré a verla.

« No me llames extranjero, piensa en tu hermano y el mío, el cuerpo lleno de balas besando de muerte el suelo, ellos no eran extranjeros, se conocían de siempre por la libertad eterna e igual de libres murieron».

¿Qué es o qué era Venezuela para ti?

Venezuela era un lugar en donde un día cualquiera, por un motivo cualquiera, se llamaba a los panas y se hacía una parrilla mientras se tomaban unas frías. Era un país donde, para mi padrastro, siempre había un Julián o un Carlos Julio en las gasolineras con quien compartir un chiste o dos. Era un país donde se comentaban las novelas o los partidos de béisbol. El país de los «magallaneros peorros» y de los «caraquistas bocones», de «la nave turca» y de «los gloriosos leones del Caracas»  –no es cierto, no son gloriosos–, pero sigamos.

Era para mí la tierra de las vacaciones en casa de la abuela, previo viaje de Caracas a Mérida, unas 10 horas con la familia escuchando Diómedes Díaz, Binomio de Oro y Grupo Niche. De las arepas tibias de carne mechada, del trasero adolorido por el viaje y de unos paisajes hermosos, de ciudades, de montes, de ganado, de terreno árido, de niños sin camisa corriendo en los pueblitos, viajes con los mismos finales: las sonrisas de la familia, de los «ya llegaron», de los «avise que ya llegaron Marina y Rafael», de los abrazos y los «bendición abuela, bendición tía» y de los «Dios te bendiga», de los «bendición, papá» el abrazo y el «Dios le bendiga, hijo, ¿cuándo llegó?».

Venezuela era el país donde no importaba si eras negro, blanco, indio, hombre, mujer, gay, lesbiana o trans. Había jodedera, música, chalequeo, cerveza, comida, dominó y/o cartas. Era el país de las cenas navideñas con pan de jamón, hallacas y pernil.

Luego llega un día en el que estás trabajando en una institución pública bajo los lineamientos de una revolución que cada vez se notaba más chueca. En donde ya no eras libre porque estabas obligado a ir a marchas, concentraciones y demás. Es ahí cuando te diste cuenta que la cosa no estaba bien porque ya la gente se arrechaba cuando hablabas de política, ya las familias se dividían entre chavistas de mierda y escuálidos de mierda, todos se acusaban de tener la misma manufactura y materia prima; en los supermercados no había 7 u 8 marcas de café a escoger sino una, que no sabías de dónde carajos la habían importado; ya la carne no la comprabas cuando querías, sino los viernes temprano cuando el camión la llevaba y el aprovechador empezaba a revender harina de pan al doble de su precio, sin sospechar que tiempo después la venderían a 10 veces o más su valor.

Después de todo eso, llega el día en el que te das cuenta que no serás capaz de comprar una casa ni un carro por tu propia cuenta –por lo menos no de manera honesta– aun sabiendo que algunos lo logran, ese día ya no eres optimista.

« No me llames extranjero, que es una palabra triste, que es una palabra helada, huele a olvido y a destierro».

¿Qué es lo que más extrañas de tu país?

Lo que ya no es. Venezuela era un país donde sentías que podías salir adelante. Donde en Navidad visitabas a la gente y saludabas a quien fuera. Donde no importaba si eras de clase alta, media o baja, daba igual: con unas cervecitas, una carne en vara o una parrilla, la familia era realmente unida. Pero justo en marzo, después de que vine a Ecuador, empezó el caos en mi país.

« No me llames extranjero, mira tu niño y el mío cómo corren de la mano hasta el final del sendero, no los llames extranjeros, ellos no saben de idiomas, de límites, ni banderas. Míralos, se van al cielo por una risa paloma que los reúne en el vuelo».

¿Qué te parece la gente guayaquileña?

La idiosincrasia del guayaquileño es parecida a la del venezolano, a la del caraqueño, excepto en algo: nosotros tenemos más tendencia a confrontar, el guayaquileño es más pacífico. Creo que hay cuatro cosas, en particular, que no me gusta de los ecuatorianos: botar basura despreocupadamente en cualquier parte; escupir en el piso, casa o buses; orinar en cualquier calle o esquina y ser sádicos con las mujeres/niñas  –al menos eso es lo que he visto y, para mí, es incómodo ver esas situaciones–. Obviamente no lo hacen todos. Es más común verlo en el sur, en los suburbios.

»En el 2017 se cambió de domicilio. A diferencia de algunos venezolanos que han ingresado al Ecuador entre el 2015 y 2018, él entró al país cumpliendo todos los requisitos necesarios para establecerse, tanto laboral como académicamente. «Leí, en un diario, que según la Organización Internacional de las Migraciones, estos últimos cuatro años el número de inmigrantes venezolanos en Latinoamérica pasó de 89.000 a 900 000 personas. Es una lástima saber que esto ocurre con mis compatriotas».

Ha encontrado una red de coterráneos en diversas organizaciones civiles, lideradas por migrantes venezolanos profesionales que buscan juntarse con el objetivo de ayudarse mutuamente.

«No, no me llames extranjero, traemos el mismo grito, el mismo cansancio viejo que viene arrastrando el hombre desde el fondo de los tiempos, cuando no existían fronteras».

¿Te comunicas con tu familia?

Sí. Tenemos un grupo de whatsapp en el que nos comunicamos todos los días con mi mamá. Tengo un hermano en Argentina, otro en Madrid, una hermana en Miami. Mi hermano menor sigue en Venezuela y yo estoy en Ecuador.

«Y me llamas extranjero porque me trajo un camino, porque nací en otro pueblo, porque conozco otros mares, y un día zarpé de otro puerto, si siempre quedan iguales en el adiós los pañuelos y las pupilas borrosas de los que dejamos lejos, y los amigos que nos nombran y son iguales los rezos y el amor de la que sueña con el día del regreso».

¿Qué te cuenta tu hermano menor sobre la situación actual que se vive en Venezuela? ¿Qué tan cierto es lo que se dice que está pasando?

Ambos escuchamos un audio que le envió su hermano hace unos días:

«Ahora te explico cómo está Venezuela, no podía explicarte antes porque estaba en un sitio donde no podía hablar mucho. Marico, los estratos sociales…  –o sea te explico a ti porque tú ya tienes como cinco años que te fuiste, más o menos –marico aquí los estratos sociales, a raíz del intento de la ideología de Chávez, según la revolución,  sucede que la pobreza ahora, marico, es una vaina inexplicable; los estratos sociales en Venezuela ahora están súper megamarcados, ahora está el pobre pelabola que está mal; el que sobrevive –como yo– y el que está tranquilo, el que genera dólares, ¿me entiendes?  O sea que si tú tienes un ingreso mensual de $200 y en tu casa son cuatro, y además eres cabeza de familia, estás tranquilo, no te digo cómodo, pero en tu casa no pasa nada. ¡Imagínate el nivel!

Yo aquí con $100 mensual hago mercado para la casa. Entonces tú ves la gente demacrada; tú sabes que la mujer venezolana siempre ha sido arreglada, ya eso casi no se ve y depende de donde estés, un ejemplo, si vas a CCT ves a todas las mujeres bonitas pero, por ejemplo, si estás por Chacaito, olvídate, ahí todo el mundo está arrastrando la chola. El venezolano está ganando un dólar al mes entonces el que es habilidoso  –que es lo que te toca – resuelve  y bueno, consigues comida, haces el chanchullo, haces la trampa y te vas moviendo pues. Entonces vas resolviendo sobre la marcha, pero qué sucede: de repente se te enfermó el niño con una infección al estómago, un caso que conocí, te jodiste, te mamaste una caravana de güevo y tienes un 90% de posibilidad de que el carajito se muera, así de sencillo.

Venezuela está mal, el venezolano te va a decir «aquí sobrevivimos que más vamos a hacer», la gente intenta robarte; se pelean por lo poco que tienen. El dólar hoy cuesta tres millones quinientos mil bolívares, saca la cuenta, te estoy hablando de plata. Acá tienes que tratar de echarle la mano a gente que necesita y que trabaja para mejorar; los servicios básicos ni se diga, sabes que papá y mamá se separaron y yo me quedé en el departamento que lo van a vender, también estoy en planes de comprar una casa y bueno marico, en ese peo, aprovecho que M. está en España y estoy viviendo en su antiguo departamento, ya llevo dos meses más o menos, porque en El Paraíso estuvimos cinco meses sin agua, ¡sin una gota de agua! Acá tú ves a la gente cargando perolitos de agua en una carretilla y se queja, pero no se puede hacer nada: o te quejas o comes.

Bueno, soy cabeza de familia y tengo que echarle bolas, no tengo tiempo para quejarme con nadie, así se va la luz y a todo el mundo le sabe a mierda. En Cumaná la gente está peor, ves policías por todos lados, la anarquía ahora es demasiado arrecha. Me quedé accidentado y tuve que pagar a unos policías diez millones para que me cuidaran mientras venia la grúa, bueno, para culminar  –llevo un testamento aquí– yo por ahora te puedo decir que estoy tranquilo porque genero dólares de una manera u otra y me da para poder decirte que estoy tranquilo; cualquier cosa logro resolverlo. Mi plan A es seguir aquí echándole bola, mi plan B es que cuando me estabilice quiero sacar a los niños e irnos a Colombia».

Luego de escuchar el audio decido tomarnos un tiempo para reflexionar sobre lo que su hermano ha comentado.

El entrevistado me sonríe mientras sus ojos se ponen llorosos. Ha sido un poco difícil para él conversar y sobre todo tener el valor de decir aquello que muchas veces se calla.

Me bajoneo un poco porque es una situación difícil y recuerdo la canción de Rafael Amor: «No me llames extranjero» y me animo a cambiar el tono de conversación.

Cuéntame tu vivencia en Guayaquil…

Ya en Guayaquil no extrañé Venezuela, estaba para conseguir algo distinto –o eso creía–.

Cuando llegué, $20 eran nada, los podría haber dado como propina y no me habría dolido. Sonríe un poco.

Tuve que aprender que acá no se dice «siga derecho» sino «siga largo»; que no se decía «bolsa» sino «funda», entre otras cosas.

Por ejemplo, mi primer encuentro con «el caldo de bola», plato típico ecuatoriano –delicioso por cierto–. En Durán quise almorzar y me ofrecieron esa comida. Yo estaba asqueado porque no pensaba en una bola de verde, sino en otro tipo de bola, ja ja ja, y así me fue pasando, es más, aún hay cosas que me producen un choque cultural.

No entendía que no me aceptaran un billete de $100 y que tenía que cambiarlo en el banco.

Veía, escuchaba y leía que en Guayaquil la inseguridad estaba desbordada y me asustaba cuando escuchaba pasar una moto cerca –en Caracas cuando pasaba una, era un aviso previo al atraco o arrebato del celular– escuché eso, sin embargo, en los cinco años que llevo acá solo he escuchado disparos en tres oportunidades, una de ellas con saldo fatal, pero no se compara con los tiroteos que se oían cerca de casa todos los fines de semana. Yo vivía en Monte Bello, una zona de clase media.

Aprendí que no somos tan distintos, nos gusta la joda y la cerveza por igual, acá se juegan cartas –un juego que no termino de aprender–, en Venezuela se juega dominó, nosotros –los venezolanos– somos más fosforitos, si nos tropiezan en el bus sin pedir permiso nos molesta mucho y algunos terminamos reclamando. Acá no, la gente es más tranquila, no quiere ese relajo.

Todo el mundo empuja un poco, todo el mundo aguanta un poco, hay más predicadores por metro cuadrado que en Venezuela, y tantas iglesias evangélicas en Guayaquil como puestos de lotería en Caracas, el amor que tenemos a la arepa el guayaco lo tiene por el arroz. Tuve que acostumbrarme a comer de ese grano blanco, en Venezuela, se sirve seguido pero la cantidad es mínima. Acá es un tanto desesperante, pero ya lo disfruto y he subido de peso. Han pasado ya cinco años y no me acostumbro al clima ni creo que lo haga.

Conseguir trabajo no fue difícil cuando llegué, sobre todo porque he sabido manejarme en las entrevistas y tengo la confianza de saber bien lo que sé hacer.

Llevo la mitad de mi vida programando y trabajando, aunque eso de que fue fácil ya no es tan cierto, hoy en día cuesta más, mucho más.

Al llegar a Guayaquil varias cosas me sorprendieron. Una de ellas era que eran mucho más frecuentes las noticias sobre accidentes de tránsito que las de asesinatos y en Venezuela pasaba al contrario.

Acá el machismo está muy marcado. En Venezuela no es que esté erradicado, pero debo decir que es una victoria femenina que nosotros los hijos seamos criados desde siempre teniendo respeto por la mujer, diría que hasta un poco de devoción, pero tampoco es un área en la que quiera ahondar mucho en estos tiempos de fáciles dolientes y sensibles ofendidos.

-Podrías opinar sobre la política ecuatoriana si deseas.

El gobierno en un principio me sorprendió, pero luego me abrió más los ojos, sobre todo la estrategia comunicacional, era una copia fiel y exacta de lo que se hacía en Venezuela: programa de transmisión semanal del Presidente. Mucha propaganda política disfrazada de «logros de la revolución» que luego era evidente que no era tal cosa sino una mera pantalla; la existencia de un enemigo de turno, una semana los medios de comunicación fascista, otra los pelucones (en Venezuela se les llama sifrinos), otra el imperio, los yankees, el capitalismo, etc. Lo que creo que salvó a Ecuador es que Rafael Correa no era militar, sino hubiese hecho lo mismo que allá: poner a comer (robar) a todos los militares de alto rango en puestos de instituciones públicas.

¿Deseas volver a tu país?

No. Al país que existe ahora no quiero volver. Eso se parece a como cuando tienes un familiar que muere de una enfermedad muy terrible, lo conociste bien, lo recuerdas de lo mejor y quieres seguir recordándolo así, aunque ya no esté. A visitarlo sí, seguramente. Dormir y despertar viendo La Guaira en la ventanilla otra vez.

**

Recuerda que tenía que pedirle a su mamá que le hiciera un trámite en Venezuela para poder tener unos documentos que le faltan para su nueva visa.

La llama por whatsapp. Le pide la bendición, la saluda, le comenta sobre el trámite.

Ignoro lo que dice y lo observo.

Se muestra preocupado pero al mismo tiempo feliz de hablar con su mamá, quien del otro lado de la línea le comenta que los documentos se los envió a Ecuador hace tres días y que no se preocupe, que ya estaba todo solucionado.

__________

*Isabel Macías Galeas, joven narradora ecuatoriana, es colaboradora de loscronistas.net

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Comments (4)

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