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Matajes

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Debió haber sido el año 1987 u 88. En todo caso, hace más de treinta años.

Después de mi retorno al Ecuador en un periplo que duró seis años trabajando en tres misiones (Managua-La Habana-Nueva York), mi conscripción diplomático-consular, me asignaron a la Dirección de Soberanía de la Cancillería ecuatoriana (hermoso nombre para describir burocráticamente una utopía, ¿controlar la soberanía desde un escritorio del Palacio Najas?), cuyo director era el embajador Alfredo Luna Tobar, quien entonces debió tener la edad que yo tengo ahora. Una excelente persona y un intelectual comprometido con la historia del Ecuador. Un verdadero referente en muchos aspectos.

Tenía miles de fichas en una caja ordenada alfabéticamente con las cuales iba armando unos libros monumentales sobre la historia de los límites de nuestro país (cercenado bárbaramente por los vecinos del norte, del sur y del este a lo largo del tiempo) o la contribución de ecuatorianos a la independencia del Perú o el paso por el Vaticano de alguno de sus antepasados, en la época de la Segunda Guerra Mundial.

Tenía una apariencia de sabio y la mirada inquisitiva que adquieren los historiadores con el pasar de los años. Se reía de medio lado con las bromas que le hacían sus colaboradores o el famoso embajador Pepe Jijón, apodado El Loco, que también trabajaba con él. Constituyó el embajador Luna una sección destinada al “desarrollo fronterizo” (porque vislumbraba, ya en ese entonces, que si no había presencia efectiva en las fronteras terminaríamos perdiéndolas como en el pasado). ¡Cuánta razón tenía!

Allí fui a parar, en esa unidad administrativa, con otros colegas de lo más simpáticos (debe estar, en algún lugar de mis archivos, una caricatura que hice de todos ellos vestidos de expedicionarios: el embajador Alejandro Suárez, Carlos Villarreal, Marcelo Samaniego, la poeta manabita Talía Cedeño, el arquitecto Arias).

Uno de aquellos días, el embajador Luna nos encargó a un grupo de funcionarios (de aquellos que nunca formamos parte de la Línea Revlon, o sea de los que se mueven únicamente -como las modelos de aquella casa de diseño- entre Londres, Ginebra, París, Milán, Roma) para que viajáramos a la frontera norte a inaugurar en las islas fronterizas de El Brujo y El Cauchal centros comunitarios para la población ecuatoriana allí asentada.

Recuerdo que me acompañaron el amigo Fabián Páliz (fallecido prematuramente hace unos años), el arquitecto Arias (quien debía constatar las “bondades” de las construcciones) y dos funcionarios gubernamentales: uno del Ministerio de Educación, otro del Ministerio de Obras Públicas, cuyos nombres no recuerdo ahora.

Fuimos en buses interprovinciales. Desde Quito hasta Ibarra y desde allí hasta Mataje y San Lorenzo. Las carreteras eran infames, no se diga los hoteles o las pequeñas pensiones donde debimos pernoctar.

Mataje y San Lorenzo era unos inmensos lodazales. Los niños chapoteaban cual pequeños cerditos en medio de la basura y la podredumbre. ¡Dios mío, cuánta miseria y abandono! La mayor parte eran afrodescendientes.

Allí tomamos unas embarcaciones a motor conducidas por miembros de la Marina Nacional que nos llevaron hasta las islas mencionadas. Íbamos vestidos con algunas prendas de camuflaje (unos llevaban chompas o pantalones, yo llevaba un sombrero fabricado con esa tela que lo compré en una tienda quiteña).

Cuando desembarcamos en una de aquellas islas varios habitantes del lugar de diferentes edades y sexos, todos muy pobres, casi harapientos, se acercaron dando vivas.

Cuál no sería nuestra sorpresa cuando escuchamos que los vivas eran para la guerrilla colombiana. ¡Vivan las FARC!, gritaban. ¡Viva el Frente Tiburcio Riconcargo! (por decir un nombre). Cuando les dijimos que éramos funcionarios gubernamentales ecuatorianos que veníamos a inaugurar un centro comunitario, casi hubo un desencanto.

Estaba claro que la gente de aquellos pasajes (o matajes, cabría mejor decir) estaban acostumbradas al contacto con esos grupos irregulares del vecino país que desde entonces y mucho antes, incluso, ya operaban en la zona. El Ecuador limitaba por el norte, cuesta decirlo, con las FARC, el ELN, los paramilitares, el narcotráfico y otros grupos delincuenciales.

Tal era la pobreza del lugar que no había luz eléctrica ni agua potable y muchos menos algún hotel o pensión donde hospedarse.

Apenas unas casitas rudimentarias levantadas sobre troncos de árboles. Debimos armar unas maltrechas carpas para pasar la noche que se avecinaba. A las seis de la tarde, en medio de un calor endemoniado, hubo tal invasión de mosquitos que no existió manera de protegernos.

Debimos meternos al mar, vestidos, y quedarnos allí toda la noche. Dormíamos, si a eso se puede llamar así, en turnos para no ahogarnos. Al amanecer salimos a la playa y encendimos una fogata para secar las ropas. Nos alimentamos con cajas de atún y galletas. Ese fue nuestro desayuno.

Nos cambiamos y fuimos a inaugurar el tal centro comunal. Era un canchón de cemento cubierto a medias por paredes a medio construir por trabajadores que llevó la Marina en meses anteriores, en donde se suponía iba a funcionar más tarde una escuela y un centro comunal.

Como yo era el funcionario de mayor rango me tocó dar un discurso. Hasta ahora me avergüenzo de lo que dije. Ofrecí, a nombre del gobierno ecuatoriano, que este era el primer paso para nuevas obras que vendrían, que se terminaría la escuela, que llegarían maestros para los niños y algún otro lugar común para salir del paso.

Escuché unos aplausos. Más de desaliento que de entusiasmo. Nos trajeron los habitantes de las islas, como obsequio, plátanos cocinados con un puñado de arroz. Esa era su dieta diaria. Esa su generosidad.

Regresamos a la capital y presentamos los informes de rigor. Unos informes que, seguramente, fueron a parar a manos de otros burócratas que los habrán archivado o enviado como justificación del trabajo cumplido al Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.

Después vinieron otros viajes. Debí salir al exterior a cumplir otras misiones diplomáticas, el país entró en una vorágine que trajo y llevó gobiernos de los más distintos signos y pelajes. Nunca más volví a interesarme por esos desdichados seres, compatriotas nuestros, que habitaban la frontera norte.

¿Cuántos de esos niños que se revolcaban en el lodo, me pregunto, no se habrán enrolado en las guerrillas colombianas o en los grupos paramilitares o en las filas del narcotráfico?

¿Acaso uno de ellos no será el tal Guacho, que se convirtió en un temible asesino y ahora comanda una facción rebelde de las FARC, como se dice, y tiene en guardia a los gobiernos ecuatoriano y colombiano?

¡Cuán culpables somos todos de esta tragedia!

Estamos, sin embargo, a tiempo de enmendarlo si todos los ecuatorianos actuáramos con sentido de país, dejando de lado los odios minúsculos, las rencillas políticas, las venganzas.

Y, por supuesto, es absolutamente necesario que el gobierno colombiano vuelva a controlar el espacio territorial que linda con nuestro país y saque las bandas criminales que siguen allí operando y causando zozobra y dolor en los dos países.

Me alegra inmensamente que el general Oswaldo Jarrín esté al frente del Ministerio de Defensa. Lo conocí en el Destacamento de Patuca, en el oriente ecuatoriano, durante el último conflicto con el Perú, cuando militares y diplomáticos tratábamos con la misión de observadores de los países garantes. Un profesional serio, inteligente y patriota. Estoy seguro que hará un excelente trabajo.

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  • Galo Galarza es escritor y diplomático ecuatoriano. Autor de libros de narrativa y ensayos, publicados en revistas de Ecuador y América Latina. Actualmente es embajador del Ecuador en Uruguay.
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