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Delfín, la ilusión y el desconsuelo manabita

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Por Gabriela Vélez.

MANTA.- El estadio Jocay fue el fortín de las alegrías para Delfín y para sus hinchas en el 2017.

Pero el domingo 17 de diciembre fue letal: terminó la ilusión de ver campeón nacional de fútbol a un equipo llamado «chico» (como en sus tiempos lo hicieron Olmedo de Riobamba, Deportivo Cuenca y hasta el Deportivo Quito).

Esa tarde sucedió, como dice el bolero, lo que pudo haber sido y no fue.

Con una mano en la cara, tratando de ocultar su impotencia, salió del gramado el defensa Luis Luna, quien en este partido de final ante Emelec de Guayaquil portó la banda de capitán.

En la banca de suplentes, Carlos Garcés se mordía los pulgares. Intentaba contenerse al ver a su plantel perder 2-0 en su cancha y sin opciones para remontar el 4-2 del cotejo de ida en el estadio Capwell cuatro días antes.

El sentimiento se trasladó a la General Norte, donde los hinchas de la barra del Perro Muerto y de la Banda Cetácea mostraban sus rostros desconsolados, de caras largas: unos molestos, otros fastidiados, otros resignados.

Su equipo, considerado chico, con 28 años como club profesional, mantuvo todo el año el anhelo de dar la sorpresa a los manabitas y al país logrando el campeonato.

Porque lo había hecho todo bien. Invicto en más de 30 partidos. Tumbagigantes como al Barcelona, a Liga de Quito, a El Nacional, a Independiente.

Un día antes del cotejo, Oswaldo Cedeño, dueño de la picantería Génesis, compartía con su clientela que mañana domingo, desde muy temprano, pondría una velita al santo para que todo le funcionara a Delfín.

Contaba, en voz alta, la historia del padre Alberto Benavides, sacerdote de la Iglesia Divino Niño, quien ese momento degustaba un encebollado: Ahí donde lo ve, es hincha aferrado al Delfín, dice que mañana va a dar la bendición a los jugadores allá en el camerino.

Se trataba del párroco que, a mediados del año, había pasado a ser el centro de los comentarios de la gente: entrevistado por un medio de comunicación local, demostraba que él conocía de memoria los nombres de los jugadores y las alineaciones del equipo mantense.

Un día antes de la final, cada cual, con su cábala, hacía cálculos, soñaba en el festejo, creía que Manta merecía el campeonato incluso por todo lo que han sufrido la ciudad y la provincia de Manabí con los sismos que desde abril del año pasado asuelan a la región.

Llegó el domingo. El clima era digno para jugar un partido de fútbol porque el sol se había vuelto amigable.

Los hinchas, desde muy temprano, se levantaron y se dirigieron al estadio con el anhelo de que la Virgen de Monserrate pudiera concederles el milagro.

En la General Norte, cuna de los hinchas cetáceos, estaba Brayan Alvarado, un adolescente que hacía retumbar el bombo faltando tres horas y media para iniciar el cotejo.

Pese a sus delgados brazos, inyectaba ritmo a las barras del Perro Muerto y la Banda Cetácea, que iban llegando entusiasmados.

Brayan no estaba solo: era parte de un grupo musical armado por hinchas de la vieja guarida y por generaciones recientes.

Cerca de ahí, un joven flaco y con gorra azul repartía papel periódico picado. Otro, de menor estatura, entregaba globos. Alex Espinal, presidente de la Banda Cetácea, se colocaba un pito en la boca para dar la pauta a los cánticos.

Más allá, Jacinto Briones, quien comanda la barra del Perro Muerto recibía llamadas desde afuera del estadio para coordinar el momento exacto en que sus colegas hicieran detonar los juegos pirotécnicos.

El partido inició con un Delfín muy animado, aunque a ratos era evidente que la tensión y el estrés hacía malas pasadas a los jugadores. El cuadro mantense tuvo oportunidades para anotar pero ni Joao Paredes ni su compañero Jacob Murillo aprovecharon las dos acciones más claras de gol durante el partido.

Y, sí, es verdad esa frase cliché que se suele escuchar entre los comentaristas radiales y televisivos: El que no la hace, la ve hacer, tan real como el gol que hizo el emelecista Ayrton Preciado a un minuto de que finalizara el primer tiempo y empezaran a derrumbarse los sueños.

Con los jugadores en camerino, a la espera del segundo tiempo, el hincha Manuel Domínguez alentaba con su voz estentórea, pero le salían frases de resentimiento contra el capitán Francisco Silva, uno de los mejores jugadores del club que, de pronto, no estuvo en este cotejo de la final por supuesta indisciplina durante la concentración del plantel cetáceo.

Aquella acción de Silva a media semana empezó a poner sombras a las ilusiones.

Un jugador que tanto nos dio ahora nos quita las esperanzas, cómo puede pasar esto, decía Domínguez, indignado, y añadía palabras fuertes de rechazo al defensa extranjero.

Muchos aficionados aprobaron a Domínguez , porque lo que pasó con Silva fue extraño y hasta ahora pocos lo saben y casi nadie lo entiende.

Y a eso se sumaba que el delantero Carlos Garcés, otra estrella durante todo el año, ese día no estuvo por lesión.

En los siguientes 45 minutos, Delfín dominó a Emelec, pero sus ganas de remontar el marcador global quedaron en eso, solo en deseos. No bastó el empeño de los “pata salada”.

Al minuto 64, Brayan Angulo terminó de matar las esperanzas del Ídolo del Puerto.

La General Norte enmudeció. Otro Brayan, el chico de la música, dejó de acariciar el bombo.

Prevalecía, por sobre los sueños manabitas, la experiencia del club guayaquileño en manejar con frialdad partidos de finales. De poco sirvió que Delfín volcara toda su energía sobre el terreno de juego.

El refrán dice más sabe el diablo por viejo que por diablo y esta vez se cumplió. Emelec demostró ser un cuco viejo con sus 88 años de experiencia.

Estoy cabreado, dijo el vendedor de chicles, cigarrillos y chupetes. Más que poner atención a su negocio, vivió con dolor lo que sucedía en la cancha.

El ambiente se puso tenso, como si una hoja de afeitar rasgara el aire. Un hincha veterano se levantó, se sacó la gorra y se rascó la cabeza. Pasó una mano por el rostro, como si se la estuviera enjabonando. Después,  apaciguado, se sentó.

Los minutos transcurrieron, demasiado rápidos. Hinchas tristes se retiraron a falta de cinco minutos, como descobijados.

Otros se quedaron hasta el final, aplaudiendo a sus jugadores, ovacionando, sobre todo, a Roberto La Tuca Ordoñez, quién se esmeró por tratar de cambiar la suerte.

Al llegar el pitazo que anunciaba el fin del encuentro se escuchaban murmullos: Delfín hizo lo que pudo, Emelec se fue con el regalo de Navidad, El partido pudo haberse resuelto en Guayaquil, Otra vez será…

Así se cerró una historia que se convertirá en leyenda para el cuadro manabita y para sus hinchas si Delfín no logra llegar en los próximos años a la final. Habrá sido solo una ilusión pasajera.

Esteban Dreer, arquero de Emelec, desbordó su alegría hasta las lágrimas, apoyándose con su rodilla derecha en la cancha e inclinando la cabeza, conmovido por el triunfo.

En la General Sur, estaba la otra cara de moneda, hinchas saltando de un lado a otro, con la algarabía de ver a los azules triunfadores, coreando: Y ya lo ve, y ya lo ve, es el equipo de Emelec.

Manta se quedó con la espina en el corazón. La ciudad culminó su día con 23 grados centígrados, bajo el calor húmedo, porque se envolvió en horas de la noche en una ligera llovizna, como si este pedazo de tierra manaba se condoliera con lo que le sucedió a Delfín.

Y a la ciudad misma.

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