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«Fraccionada». Una historia de María Augusta Pérez

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FRACCIONADA

Por María Augusta Pérez*

—Están bien, y son dos—, dijo la ecografista, mientras sonreía sin mayor sorpresa, como si hubiera dicho “uno o tres”. Era yo la que, por primera vez, escuchaba latidos ajenos que vinieran de adentro de mí. Lloré.

Había transcurrido apenas una semana desde que recibimos la noticia de que tendríamos un bebé. Bueno, más bien, de que estaba embarazada. Es por defecto que se habla de uno, por defecto se quiere adivinar el sexo, por defecto se le dice a la futura madre que todo va a salir bien, por defecto…

Escarbando un poco en la memoria de mi abuela, mi mami se enteró de que había tenido unos tíos gemelos que fallecieron de pequeños. Ese tipo de muertes, me explicaba, quedaban ocultas en la reserva de los padres, nada más.

La predisposición estaba explicada: “Gemelos monocigóticos biamnióticos”. Todo por la línea materna. Magia encubierta por tecnicismos del lenguaje.

En síntesis: un óvulo fecundado que se divide en dos. La similitud viene de esa unicidad fraccionada. Mismos ojos, mismos labios, mismo color…

Fraccionada.

Una semana más tarde, el quiebre.

Mi esposo se iba al Pasochoa con nuestro amigo cubano, Tegze. Yo no quería que se fuera, como siempre, como cada vez que nos separábamos y ponía a prueba mi habilidad para echar de menos, pero esta vez venía acompañada de un extraño malestar.

—En serio, me siento mal— le dije, pero un viaje que realicé ida por vuelta hacia Ambato por un deceso en mi familia el día anterior parecía justificarlo todo. Se fueron.

Pasadas unas horas, la incomodidad comenzaba a traducirse en necesidad de arroparme a pesar del calor, en dolores de cuerpo, de cabeza y brotes en la cara.

Le llamé —Fabri, estoy mal—. La resistencia del corazón de Tegze fue puesta a prueba. Mi esposo bajó en carrera del Pasochoa y, tras él, nuestro amigo cubano que apenas se estaba adaptando a la altura de Quito.

—Es varicela, Magusita— sentenció mi suegra apenas le abrí la puerta cuando vino a cuidarme. No me preocupé. Hasta ese momento no sabía que debía.

La fiebre disminuía con paños húmedos y Tempra. —No puedo recetarte más—, me había dicho por teléfono el Dr. Letort, mi ginecólogo desde hacía siete días.

Ya abrazada al Fabri, lloraba. Parecía que mi cuerpo quería escapar por la espalda, por la cabeza, por el pecho. Una lucha de poros levantados y calma.

Mi ingreso al hospital estaba pactado. En la noche, ya sola en la camilla, el doctor me explicó los riesgos. Volví a llorar.

Una inyección de gamaglobulina ayudaría a mi cuerpo a combatir el virus, mientras el paracetamol alimentaba la sensación de que nada había pasado.

—Necesitamos hacerte un eco para ver si los bebés están vivos—, me dijo el doctor casi susurrando. Un dolor en el pecho. —Hoy es sábado, si lo hacemos sería un procedimiento de emergencia que costaría más y no haría diferencia que lo hagamos el lunes. ¿Te parece si esperamos?

Esperamos.

Fue la primera de muchas noches largas. Yo no quería que llegara el lunes, quería que el tiempo volviera atrás.

Vino el domingo y su eternidad. Mi esposo y yo no atinábamos a darnos aliento, solo estábamos. El lunes temprano nos llevaron a la sala de ecografía.

Mi corazón quería atravesarme. Las manos me humedecían mientras el Fabri me sujetaba y el doctor colocaba gel sobre mi barriga.

—¡Ahí están, están bien!—. Lloramos. Lo habían logrado. La fiebre de los dos primeros días había sido superada y sus corazones estaban latiendo. Llegaba a mi vida una alegría fraccionada.

Superada la urgencia, el ginecólogo nos dijo que debía ser sincero: No puedo asegurarles que están bien sino hasta que nazcan.

Aprendí a alegrarme poco, a sonreír menos y a reír bajito.

Cada nuevo control era un conteo: ¿Sus órganos están completos?

—Sí, miren sus piernas, sus cabecitas, estas son las vértebras, sus deditos: uno, dos, tres, cuatro…

Las siguientes ecografías navegaron en el umbral de la incertidumbre. No había muchas referencias de lo que podría ocasionar la varicela durante el embarazo, salvo una fotografía que logré descubrir escudriñando en internet. Una malformación en las extremidades inferiores que preferiría no haber encontrado.

Aprovechaba los momentos de la ducha para dejar correr la frustración. Canjes y pactos con la divinidad surgieron de esa desesperación. Ya no había proyecciones de vida, planes a largo plazo. Con que hubiera vida, buena vida…

Les ponía música, me alimentaba bien, caminaba y trataba de hacer una vida normal. Pero no podía hablarles. Apenas lo intentaba me quebraba y la agitación se atoraba en mi garganta impidiéndome respirar y decirles que les esperaba muy sanitas. Sí, eran nenas.

Yo ya era una embarazada grande y mi cuerpo comenzaba a hincharse. Más de una hora en pie y debía recostarme. Si anillos en las manos, a quitarlos, si una blusa maternal… Uff. Rompí todos mis límites.

A este cuerpo con raíces de sierra quiteña y viento pelileño, a esta piel color de tierra seca, una tarde le urgió volver a ser uno. Fue un control de rutina que exigió una cesárea prematura. Ingreso por emergencias y de nuevo la incertidumbre.

En minutos salió Luciana. La que se había movido durante todo el embarazo aplacando a su hermana, que parecía no inmutarse.

Ella, la que pesaba más, la grande. La que había tenido una extrasístole, un “latidito extra” que forzó la decisión del parto adelantado. La que no pude ver cuando salió de mí porque se la llevaron, porque no respiraba, porque no pudo llorar.

Fue la cardióloga quien sugirió que era momento de nacer, pero, ¿si aun así hubiera sido tarde? ¿Si mis miedos más grandes se estuvieran haciendo realidad?

Un minuto después sacaron a Isabella. Pequeñita, menuda, peludita, con grasita blanca cubriéndole la cara y la cabecita. Llorando envuelta en una frazada. Me la aproximaron para que le diera un beso. Traía su carita fruncida y mi color tierrita en su piel, medio trigueña, medio amoratada.

Luciana ingresó a cuidados intermedios por presencia de apnea —es como si los bebés se olvidaran de respirar, nos explicaron. La muerte súbita se convertía en una sombra que atravesaba la termocuna revoloteando sobre sus ojitos cerrados y el oxígeno enganchado a su nariz.

Pronto los episodios de apneas aparecerían también en Isabella, duplicando mi pena y forzando la cercanía de ambas hermanas durante el proceso de recuperación.

Nada tuvo que ver la varicela en ese diagnóstico, como nada tuvo que ver tampoco en su desarrollo fetal. Vinieron los chequeos de oídos, de ojos, de piel. A pesar de que mi contagio se había presentado en el proceso de formación de sus órganos, nada se había alterado.

La fraccionada era yo. La que no entendía que podía alegrarse de abrazar esas tres libras y dos onzas de Luciana. La que no podía apartar el miedo al ver su piel tornarse súbitamente de color violeta. La que se culpaba por quedarse dormida acariciando sus cabellos negros mientras las amamantaba.

Los medicamentos se volvieron tan rutinarios como sus comidas cada tres horas, sus llantos inexplicables y el pitido del sensor puesto en su cuna por si dejaban de respirar.

Nosotros, en cambio, nos perdimos un poco. Daba igual que fuera de día o de noche. Nos faltaba tiempo para lavar biberones, para mirarnos un poco, para tenernos compasión.

Este diciembre cumplen quince años y aún no alcanzo a entender cómo vamos llegando hasta ahí. De vez en cuando el “tío Tegze” pregunta por las jimagüitas. Que son chulas, dice. Las abuelitas que acurrucaban ahora compiten midiendo sus hombros: —¡Ya le pasé, abuelita!—. Siguiente objetivo, el abuelito.

Y así, cumpliendo plazos de cuerpo y también de alma hemos ido cambiando el cargar por abrazar, el vestir por opinar y el cuidar por encomendar. Solo sé que lo de la ecografista fue un acierto y aún sigue teniendo razón: Ellas están bien y son dos.

___________________________________

*María Augusta Pérez integra la Escuela de Cronistas del Ecuador, dirigida por Rubén Darío Buitrón

 

 

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Comments (2)

  1. Germania Perez Pérez

    06 May 2024

    Wow hermoso relato! solo de recordar doy gracias a Dios por ese regalo tan hermoso en nuestra vida .. mis Gemes

  2. Marco Carrera

    27 May 2024

    Excelente crónica de la aventura que significa ser mamá con un final feliz, una serie de vívidos recuerdos con los cuales se mantiene el perfil narrativo a lo largo del relato, la participación del esposo se ve implícita, aunque sin protagonismo.

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