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Mil y una noches. Una historia erótica de Tatiana Mendoza.

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Las mil y una noches

“Por dejar escapar

el encanto de un tesoro

fuimos un par de locos

por dejarnos tirar a matar”.

 Flans

 Él

Danzamos un baile macabro. Damos vueltas el uno al otro como dos insectos atraídos por la luz. En este caso es sexo. Cambiaste la minifalda por un vestido entero, pero igual te veías buena. No te podía besar. No en público. No te puedo tocar en público. Soy El Amante y tengo que guardar las formas.

¿Has bailado con el diablo bajo la pálida luz de la luna?

Pues ahora lo haces.

Nos podemos quemar. Esto terminará mal. ¿Qué pasa después?

Las incógnitas de descubrir zonas no exploradas. Abrazos que demoraron en llegar. Tú recostada junto a mí.

Nos escondimos en un cine para que nadie nos viera. Para que nadie viera lo que estaba por hacerte. Metí mis dedos en tu cuerpo. Jadeabas. Te toqué tanto que me confesaste que casi llegas al orgasmo. Pero era una sala de cine y gritar de placer no era opción.

Te saqué las tetas de la blusa y empecé a comértelas. Me llené la boca con tus tetas enormes. Besaba tu pezón mientras mi mano seguía jugando con tu vulva.

Nos besábamos con la intensidad de saber qué haces lo que no deberías hacer. Nos escapamos a un bar, otro refugio para nosotros. Hablamos de libros, de escritores, de lo pequeña que es la ciudad, la ciudad donde todo escritor es hermano de pierna de cualquier otro.

Esta vez no podía haber pasión. Sólo los besos y los abrazos de cualquier pareja mientras tomábamos un coctel ruso.

Nos imaginábamos tirando. Yo te susurraba al oído que te iba a someter a mi verga. Tú me respondías que eras tú quien llevaba el control de las parejas. Pero dije que la decisión de tener sexo contigo era sólo mía. Jaque mate.

Pasamos horas así, ya no presas de la pasión sino del cariño.

¿Cariño?

Los amantes no tienen cariño. Escupimos sobre la idea. Me pediste ser exclusivo y te dije que no, que así como tú tienes quien te espera en casa yo también quiero alguien que me espere en la cama.

“Yo te voy a someter”. Te lo advierto.

Entonces las mil y una noches que podamos pasar o no podamos estar juntos serán las últimas. El crimen perfecto.

Ella

Soy la mujer impuntual. Soy la mujer odiosa. Soy la mujer obsesiva. Soy el ansia.

Por tu mirada noté que no te había gustado la hora de llegada, pero resolver ese asunto no era tan fácil.

Después de todo, ese día traté de que el rojo opacara ese terrible momento y vi tu sonrisa. Sí, a veces creo observar más de la cuenta.

Tan clara estaba la mañana que tenía miedo de que alguien en algún sitio me reconociera. Hablamos de los lugares comunes que suele rodear a las parejas, como antesala a lo que se venía después.

Es la primera vez que veo una película de terror tan excitante. Tus manos tocando cada parte de mis piernas, deslizándose con respeto para luego dejar de hacerlo. El timbre del diablo, el quitador de histeria. Ahí estaba tu dedo mágico que luego intentó meter la mano. Yo jadeaba porque está vez decidí dejarme llevar, mientras me besabas y mordías mi pezón. Fuiste más suave ante mi reacción, pero regresaste a ese canibalismo. Casi llegas al punto G, casi grito cosas que dan miedo a los amantes.

Besarte la boca completa mientras jaloneas mi cabello, mientras me susurras lo que tu verga quiere hacer en mi cuerpo me hizo mojar aún más. Mi interior estaba mojado, mi interior explotó.

Pero como todo tiene su final, tocó refugiarse donde nadie nos conoce, aunque ya somos conocidos. Te volviste respetuoso. Aparenté mi propia visión.

Me acercaba a tu brazo y trataba de esconderme hasta que pediste canciones de los 80’s. Te miré y salimos de ahí. No me importó la noche y mientras encendías un cigarrillo te miraba y me acercaba para sentirte más mío. Adoro tu altura y tu mirada de sabihondo, de esa que me gustó hace doce años.

¿Qué más esperaba de la noche? Alcohol, tú y talvez Flans. Entonces decidí que, en ese momento, sería tuya sin importar quién entraría, tomaste el control de mi boca, de mis brazos, de mi vagina que te reclamaba.

Me mirabas fijamente y mientras me acomodabas mi cabello desordenabas mi alma. Me dijiste que parecía gitana. Dijiste muchas frases y palabras, pero palabras que tienen fecha de caducidad.

Te pedí un abrazo, me lo diste fuerte. Me excité tanto que Lucero me hizo aterrizar. Era tarde, era tarde y debía hacer el papel de siempre, dormir con el mismo pero pensando en tu sexo.

Una despedida abrupta, un juego de quién escribirá primero. No conozco bien el contrato de dos amantes, talvez quiera cambiar el juego, talvez llegue quien te espere en la cama, mientras yo, la mujer impuntual, la mujer ansia, se acuesta a un lado, jugando al tetris matrimonial.

_________________________________________

*Tatiana Mendoza Armijos (Manta, 1988). Escribe desde los trece años. Profesora de literatura de secundaria y periodista. Fue parte de un grupo gestor cultural llamado Otra Orilla, que se desarrollaba anualmente en Guayaquil. Finalista del Slam de poesía del grupo “La buseta”, 2015. Algunos de sus poemas están en la antología Ileana Espinel 2015, 2016 y 2017 y en la revista mexicana de ediciones Zetina. Ha recibido talleres con Augusto Rodríguez, Francisco Santana y Pedro Gil. Integra la comunidad de escritores y periodistas loscronistas.org

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