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Las delicias del legendario vino australiano. Crónica de María Dolores Cabrera

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Por María Dolores Cabrera, desde Canberra, Australia*

Me inquieta y me ilusiona la idea de conocer un viñedo australiano. No puedo dejar Australia sin hacerlo, mucho menos si veo a diario, desde la ventana de mi habitación, la pequeña montaña en donde está el viñedo más cercano a la casa en Canberra.

Me levanto el sábado 7 de enero de 2023. En el desayuno, mi familia me dice que hay una sorpresa para mí. Está hecha la reserva y este mismo día saldremos con destino a Mount Majura Vineyard. Está ubicado a una corta distancia de donde residimos.

Este viñedo es líder en la ciudad de Canberra y en el país, en la producción de vino tinto varietal tempranillo, además de Riesling y Shiraz de alta calidad y varietales experimentales como Graciano y Mondeuse, su suelo es de arcilla roja que contiene piedra caliza, tiene una extensión de 9.3 hectáreas y ofrece una degustación que se la consigue solo con reservación.

Australia produce, cada año, 1.300 millones de litros de vino en 140.000 hectáreas destinadas para ello, lo que lo convierte en uno de los países con mayor producción en el mundo. La tradición vinícola australiana, tiene algo más de dos siglos y no viene desde la historia de sus aborígenes, el país no cuenta con cepas propias ni variedad alguna de uva autóctona. Colonos de otros lugares empezaron a desarrollar la viticultura en Australia, al inicio con muchos fracasos hasta que recién en el siglo XIX se empieza a producir con éxito y en 1820, su comercialización prospera.

Pero en 1875 azotó una plaga que devastó la industria a pesar de posteriormente conseguir la cura para esta peste. Poco a poco la región encuentra una identidad particular como país productor y entre los años 1950 y 1960, se marcan nuevas tendencias de fabricación, así el país define un estilo diferente por la frutosidad y suavidad de sus vinos. El Shiraz encontró en estas tierras rojizas, un excelente suelo para echar raíces y lucir sus preciosos racimos. Con el paso del tiempo, se ha incorporado técnicas específicas australianas y se ha conseguido reconocimientos internacionales además de exportar a 124 países, más del 55% de la producción australiana.

Ingresamos. De inmediato impacta el verdor de la zona. Quienes están a cargo, nos reciben y nos explican el procedimiento de la visita a la viña. Cruzamos por un patio cubierto con una enorme pérgola cuya estructura luce entretejida con la frondosidad de muchos ramajes y hojas que transmiten calidez pues hacen del lugar, algo especial. Hay mesas y bancos de madera, pero me llama la atención las botellas vacías colgadas boca abajo, en forma de ramilletes. Nos fotografiamos con esta decoración que nos parece creativa, un encanto propio de Mount Majura Vineyard. Un muro de piedra pintoresco, cerca el salón. Es bastante bajo y podemos sentarnos en él para las fotos.

Se nos asesora sobre la caminata por los sembríos de las plantas. Encontraremos gran cantidad de racimos tiernos, en especial por la época y quizás, si tenemos suerte, nos cruzaremos con canguros que transitan por ahí.

Empezamos la caminata. El sol es fuerte y nos protegemos. Los envases de agua son necesarios y vamos cuesta arriba. Son enormes hileras verdes, hermosas. Simétricas filas de muchas plantas de uvas, sembradas una junto a la otra, separadas por senderos de suelo rojizo y hierba.

El follaje es abundante, las hojas brillan con los rayos de sol. Las plantaciones tienen una altura aproximada de más o menos dos metros. No debemos acercarnos demasiado a la fruta pero sí nos fotografiamos con manojos cercanos que están expuestos a simple vista. Esta materia prima y el tipo de trabajo del viticultor hacen posible un producto natural que representa el campo y la agricultura misma.

Hay un número enorme de ristras de uva en toda aquella gran extensión. El viñedo me emociona pues hoy cumplo un sueño más. Amo el vino, siempre lo he hecho y lo amaré toda mi vida. Poder presenciar su proceso desde el inicio, es espectacular y un privilegio que siento la necesidad de agradecer.

Nos separamos un poco. Cada quién se acerca a su espacio de mayor interés. Mi hermano Arturo, sube la montaña. Mi cuñada Tania se fotografía desde lo alto con la casa de Mount Majura Vineyard, abajo. Desde esa altura el paisaje del viñedo es como una pintura fantástica, como la ilustración de un cuento maravilloso. El azul intenso del cielo salpicado con retazos de nubes, contrasta con el verdor de las hileras.

Mi preciosa sobrina Emi camina con toda libertad. Descubre bichitos a los que fotografía con ilusión. Y yo, yo me acerco, todo lo permitido posible a las plantaciones para vivir de cerca el maravilloso milagro de poder entender el proceso de la creación de una de las mayores maravillas del mundo: el vino. La tradición cultural de esta bebida, viene de las siembras ancestrales de la civilización mediterránea, desde el cultivo del olivo, el trigo y la viña que representaban los grandes logros del hombre.

Luego de más de una hora de caminata por los senderos de las plantas de uvas, cuidadas, sostenidas, protegidas e identificadas en los troncos que están al inicio de los senderos, con colores que distinguen la variedad y la edad de cada espacio de sembrío. Descendemos para visitar y conocer algo del proceso de la elaboración y por supuesto, degustar el producto final.

Entramos a una especie de comedor con docenas de copas listas para la degustación y cientos de botellas aliñadas en las estanterías de una cava. En la pared se exhiben premios, trofeos y certificados expuestos, que han sido otorgados a la diversa producción de Mount Majura Vineyard.

Ahora llega el momento más emocionante, probar el vino. Nos sentamos en la parte exterior muy cerca de aquella decoración con botellas acomodadas en forma de racimos. Hay sofás de tablón con cojines, sillas de mimbre, mesas de madera y una pizarra con borde marrón en la que con una escritura de tiza blanca, se da la bienvenida al visitante. Ahí se explica la metodología para la degustación y las diferentes clases y categorías disponibles con sus respectivos precios. Nos ofrecen una carta para escoger, elegimos un Pinot Gris, blanco.

Llega la botella dentro de un recipiente negro lleno de hielo, apropiado para mantenerlo a una baja temperatura y en copas grandes, de cristal delgado, muy fino, con el logotipo de Mount Majura Vineyard, lo degustamos. Frío, delicioso. Se expande por el paladar, por la boca, con una explosión de exquisitez en su aroma, en su sabor. La expresión de mi rostro es de completa alegría, de placer. Brindamos. Pronuncio mi primer “salud”. Siento una plenitud única.

Vivo aquella felicidad intensa que solo existe en ciertos momentos y en ciertos lugares. Dicen que el vino no es una bebida sino un estilo de vida, el arte está presente en todo lo que conlleva el mundo de este prodigio. El placer de beberlo no depende de la cantidad sino de deleitarnos con los embrujos de sus fragancias, con sus matices cromáticos y además, beberlo con discreción tiene beneficios sociales, nutricionales y psicológicos. Es sabido y avalado por profesionales médicos, que el consumo moderado de vino beneficia la salud. Esta bebida forma parte de la historia de la humanidad pues, según hallazgos arqueológicos, su aparición data de hace unos 8.000 años, puede decirse que es tan antigua como la historia del ser humano.

En civilizaciones como la del Imperio Romano y en la griega, ha sido símbolo de alegría, fiesta y bienestar, ahora lo sigue siendo en casi toda Europa y en el mundo entero. En 2017, la elaboración de vino en el planeta, alcanzó los 25.000 millones de litros y sigue creciendo, hoy por hoy es una de las industrias más importantes de muchos países, entre ellos Chile, España y por supuesto, Australia.

El vino toca el alma. La acaricia con sutileza. Ha sido tema de muchos textos que he escrito; cuentos y poemas en los que he resaltado su poder en nuestro ser, en nuestro yo único y personal. Vino blanco como el espíritu, vino tinto como nuestra sangre. Es el mejor compañero para una comida, para compartir, para conversar, para la catarsis del ser humano. Es milagroso, es mágico, un invento prodigioso que nos permite expresar emociones grandiosas, buenas y malas que a veces cargamos escondidas en los abismos claros y oscuros del ser. Posee un simbolismo que abarca ritos, seducción y hechizo en medio de la comunicación humana. La gente adquiere mayores conocimientos al respecto y aprende a catarlo, lo que provoca que exista una exigencia de mayor calidad. Incluso China ahora lo demanda, después de haber sido una cultura que no lo consumía.

Regresamos a casa satisfechos de la visita a Mount Majura Vineyard. Experiencias para agradecer a la vida.

Tres días más tarde me encuentro algo nostálgica, mi cuñada me ofrece entonces una copa de Shiraz. Sonrío y al primer bocado compruebo, una vez más, la magia de su idílico poder.

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*María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos: Más allá de la piel (1998), De nuevo tus ojos (2010), Te regalo mi cordura (2012), Cuando duermen los jilgueros (2016, España), Pinceladas (2018), Siempre de Azul, cuentos escritos en Pandemia (2021). Estudió Psicología Clínica en la Universidad Católica del Ecuador. Integró el taller de escritura con Abdón Ubidia e hizo el diplomado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de los Hemisferios. Ha realizado cursos abiertos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar, taller de literatura con el escritor mexicano Alberto Chimal y taller en loscronistas.net con el escritor Rubén Darío Buitrón.

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