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Los niños del cerro en Durán. Una historia de Viviana Garcés-Vargas

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«Al día siguiente, Ángel y Carlos se ubicaron en dos de las laderas del cerro que conectaban con el sagrario, estropeado por los murciélagos con colores negro, rojo y amarillo, ya que ellos solo veneraban a la Sierva. Ronny se adueñó de la cruz de la Esperanza que contenía un mirador turístico cercano al cementerio. Aquella vista panorámica le permitía tener contacto con los adictos y los muertos».

Por Viviana Garcés-Vargas*

Ángel Benítez, Carlos Báez y Ronny Borbo, de 10, 11 y 12 años, eran trillizos sin consanguinidad, trillizos indeseados, trillizos con polvo en las narices y los bolsillos. Fue la trinidad de la muerte que reinaba en el Cerro Las Cabras. Solían ser los pequeños que cambiaron los trompos de madera por las Ak 47.

De pieles grisáceas y contexturas famélicas, Ángel, Carlos y Ronny vivían en cascarones rotos por el desamparo. Las ratas eran sus compañeras de habitación y las fundas de plástico cubrían sus techos. Defecaban en bacinillas hediondas y las portadas del periódico Lunes Sexy revestían el piso. No eran huérfanos, eran niños con padres sin dinero para abortar.

Ángel, Carlos y Ronny se criaron en la ribera de los ríos Babahoyo y Guayas, en el Durán de la violencia, en el cantón ferroviario donde los zapatos de lona flotan en los cables de energía, en la ciudad donde es más fácil ahogarse por las inundaciones que conseguir agua potable.

Para mantener a sus padres los pequeños delincuentes robaban celulares lanzando disparos al aire con pistolas de balines y pedaleando en bicicletas maltrechas. También extorsionaban a los choferes de buses de la ruta 17-2 retumbando bates contra las ventanillas de los vehículos que subían a la ciudadela Primavera 2, exigiendo a cada conductor $0.25 centavos para adquirir hache y sentir la adrenalina de los mafiosos.

Los niños del cerro encontraron una manera de no sucumbir al averno: asistir a la escuela. Con pantalones de bastillas cortas, camisetas deterioradas y mochilas heredadas de la basura, Ángel, Carlos y Ronny descendían por las escaleras de la colina para llegar a la Primavera 2, donde se encontraba el instituto de educación básica “Monseñor Arnulfo Proaño”.

En aquel centro educativo rodeado de tapias verdes, Benítez, Báez y Borbor se alimentaban, aunque no siempre, con galletas dulces y un cartón de leche. El aprendizaje de divisiones, dibujar gatitos mutilados o leer sin tartamudear las fábulas de Esopo era poco relevante ante los panfletos recibidos vía WhatsApp a los padres de familia y docentes en donde aseguraban: “Vamos a darle plomo».

El receso anunciaba a los niños del cerro que tendrían media hora para comportarse como criaturas. A las 10:30 de la mañana, los chiquillos de diferentes paralelos se congregaban en el patio de cemento a improvisar los juegos de la infancia. Fútbol con pelotas hechas de medias nylon, hacer bailar con destreza a los trompos de madera o jugar a las escondidas en el parque abierto al público.

La zona de recreo, situada junto al patio del colegio, era visitada con frecuencia por jóvenes con rostros imponentes pero amigables, vestidos con pantalones elegantes. Desplegaban sus alas como murciélagos para dominar a los inocentes que se divertían en la zona. Las figuras aladas se aproximaron con una Reina-Valera a los niños del cerro que se mutilaban las muñecas con hojas de afeitar en busca de serotonina, y les ofrecieron palabras de esperanza basadas en la fe católica.

Los vampiros se arrodillaban en una franja de tierra alrededor de Ángel, Carlos y Ronny, ansiaban compartir su mensaje de salvación. Los niños del cerro observaban en silencio. Sus ojos se cerraron con firmeza, entregándose al momento: «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará y saldrá y hallará pasto. Juan. 10-9».

Luego de la plegaria, los murciélagos percibieron que los vientres de los niños del cerro crujían y extrajeron de una bolsa tres generosos bolones de queso, tres gramos de fármacos para la felicidad y cucharas de plástico. Los vampiros les aseguraron que si los visitaban hoy a las 20h00 en la comunidad Hermanos en Cristo, en la cooperativa 288 Hectáreas, serían cobijados con el amor de Dios.

Al finalizar las clases, Benítez, Báez y Borbor se escurrían de la escena para esnifar el remedio del bienestar. De inmediato empezaban a juguetear entre ellos. Risas escandalosas y ojos enrojecidos. Se fueron caminando a sus cuartuchos, balanceando sus cuerpos como un guinguirigongo.

Eran las 19:30 cuando los niños se lavaron los rostros en un charco de agua y descendieron del cerro por las escalinatas bajo la mirada de los terratenientes. Al anochecer, los dueños ilegales de las graderías, hombres que recorrían los pasos ilegales sin camisas y con armas largas, consentían el ascenso a los murciélagos y negaban el acceso a los sapos.

Los niños del cerro caminaron trastabillando hasta la comuna 288 Hectáreas. Divisaron a lo lejos el santuario de Los Hermanos en Cristo en medio de nidos de caña. Era el edificio más suntuoso de Durán. Paredes cubiertas de mármol negro y una cruz roja en el centro de la entrada. Luminosas farolas resaltaban su esplendor. Una decena de camionetas se encontraban estacionadas y los acordes con melodías de Marcos Witt eran parte de la banda sonora. El culto estaba por empezar.

La sierva Débora Vera, una mujer alta y curvilínea, ataviada con un vestido negro Óscar de la Renta, cabellos cenizos, ojos color miel y de edad indeterminada, se presentó en el púlpito e invocó a la oración en conjunto:

“Señor, te pedimos que nos des fuerza para enfrentar los desafíos y tentaciones que se presenten”.

Ángel, Carlos y Ronny se estremecían al escuchar la voz de la reverenda. Los murciélagos asistentes del ritual entregaban en bandejas a los devotos dosis de fármacos para la felicidad. El altavoz entonó a Alex Campos y los aplausos acompañados por descargas de rifles daban la bienvenida a los niños del cerro como nuevos integrantes de la iglesia.

La líder hizo la petición y animó a los murciélagos a orar en silencio: “Señor, me consagro a ser tu discípulo fiel. Ayúdame a negarme a mí mismo, tomar mi cruz y a seguir a Jesús cada día”. Los feligreses empezaron a beber vino. Ángel, Carlos y Ronny colapsaron por el coctel letal. Dos de los seres alados se los llevaron a rastras a la escuela bíblica junto a la congregación.

La Sierva los esperaba, desinhibida. La escuela bíblica era un salón con candelabros, pizarrón de vidrio, sofás concho de vino y al costado una habitación con somier de tres plazas. Ángel, Carlos y Ronny fueron a la estancia aturdidos y sin precisión en el habla.

Débora aguardaba con el traje bajo la cintura. Empezó a tocar a los pequeños que carecían de coordinación en sus articulaciones. Sus genitales inmaduros no eran un problema para la sierva, quería jugar a ser Gea, la madre. Exprimir la energía de los niños del cerro y dominarlos a su voluntad. Les indicó cómo debían explorar el monte de Venus e introducir sus falos en ambas cavidades. Los exuberantes senos de la sierva invitaron a Ángel, Carlos y Ronny a explorar, exprimir y sorber, recordando sus primeros meses de infancia en los pechos de una falsa madre.

Al terminar la noche, Débora había colocado en el sofá tres uniformes escolares nuevos y en un rincón charolas de cristal con raciones de fármacos. Les dio a escoger a los niños entre dos opciones: entrar a la escuela o ser emprendedores en el supermercado de las drogas, el cerro Las Cabras.

Al día siguiente, Ángel y Carlos se ubicaron en dos de las laderas del cerro que conectaban con el sagrario, estropeado por los murciélagos con colores negro, rojo y amarillo, ya que ellos solo veneraban a la Sierva. Ronny se adueñó de la cruz de la Esperanza que contenía un mirador turístico cercano al cementerio. Aquella vista panorámica le permitía tener contacto con los adictos y los muertos.

Cada uno cargaba en sus bermudas un kilo de hache para repartir en cada rincón, pendiente y mirador. Allí aguardaba un ejército de drogodependientes distinguibles por su semidesnudez, manos con cobre robado de los cables eléctricos, motociclistas, vehículos de lujo o gente que por la deshidratación disfrutaba de un helado. Estiraban las manos cada vez que los pequeños se les acercaban. Fundas de bolos recortadas con polvo blanquecino a cambio de $1.25.

Al caer la noche, las ganancias iban al arca del santuario Los Hermanos en Cristo. Ángel, Carlos y Ronny recibían centavos de ese diezmo como signo de prosperidad. A cambio, Débora albergaba a los pequeños alimentando sus estómagos con el fármaco para convertirlos en zombies obedientes y bendecidos por el Señor.

Pero el buen trabajo de los pequeños hizo que los rivales empezaron a fluir. La pandilla contraria, conocida como “Los Gallinazos”, ansiaba cazar a los niños del cerro. Los enemigos vagabundeaban por las calles disfrazados de basureros, utilizando carretillas como tanques donde escondían sus armas. Vestían guantes de lana, mascarillas y lucían tatuajes del ave carroñera en las yugulares como símbolos de identidad.

La Sierva optó por adiestrar al grupo más joven de murciélagos en la escuela de sicarios. El lugar elegido fue la galería de tiro cercana al templo “Los Hermanos en Cristo”. El multilátero era un terreno yermo y plano dividido en dos áreas. El primero, ensayo de maniobras de escape y el segundo, práctica para tiros cortos y largos. Ambos equipados con siluetas para simular blancos. Llantas y túneles para crear obstáculos y así ejercitar a los futuros gatilleros.

Los niños del Cerro aprendieron a rastrillar revólveres imaginando que los blancos eran sus padres golpeándolos por intoxicación. A cruzar túneles para esconderse bajo tierra de los enemigos. A brincar llantas para medir la resistencia de escape. Todo bajo la permanente tutela de miembros azules y verdes que coordinaban la posición de las barreras y las tácticas y distancia de los disparos.

El ministerio Hermanos en Cristo empezó a promocionar en su página web el nuevo servicio que ofrecía: «¿Necesitas resolver asuntos como: deudas, litigios, traiciones u hostilidades? Nuestro Señor Jesucristo brinda las herramientas suficientes para castigo de los malhechores. Dale clic al enlace: www.ministerioHermanosenCristo.murders.xec
Contáctanos.

Los creyentes buscaron establecer conexiones con el portal. Enviaban fotos y referencias de la posible persona a ejecutar y negociaban el precio por la tarea. La Sierva manejaba un presupuesto p:articularizado:

Ciudadanos: $400.
Industria del entretenimiento: $2.500.
Élite: $3.000
Autoridades: $4.000

Y llegó el bautizo. Ángel, Carlos y Ronny serían sumergidos en el río de sangre. La primera tarea de Ángel sería la hija de un sapo. La Sierva entregó a Benítez tres gramos de felicidad para templar su carácter. El pequeño se sentía energético y no podía quedarse quieto. La chiquilla jugaba con una muñeca fuera de su casa mientras sus papás dormían. Por detrás, Ángel le cubrió la boca y la sujetó con fuerza. Asestó tres tiros a su cabeza. Era el primer aviso. Los sapos decidieron no volver a hablar con la Policía. El cerro las Cabras quedó en silencio.

La segunda tarea fue para Carlos. Débora le concedió cinco bolsitas de bolos. Él las aspiró, irritado. Debía ir a Anarquía, el burdel detrás de Fincas Delia. La entrada estaba abarrotada de hombres vehementes y mujeres esperanzadas. El niño, disfrazado con una máscara de vampiro, observó una pista de baile con luces neón, barras para pole dance y mujeres con bikinis atigrados. Junto al escenario, habitaciones donde individuos iban con collares de correa y antifaces guiados por meretrices. El momento en que el varón ingresó, Carlos desprendió de su pretina un fusil de asalto y abrió fuego al hombre y a su compañera sexual. La deslealtad quedó registrada en la noche sombría. 

El tercer objetivo sería para Ronny. La ministra le dio siete dosis de hache. El niño comenzó a experimentar alucinaciones que lo instaban a dirigirse a la Alcaldía. Allí dejó una mochila que contenía diez cartuchos de explosivos. El concejo municipal se encontraba en sesión solemne por las fiestas cantonales y Lalo Montalvo, principal concejal, salió del edificio luciendo una camisa negra con un bordado de un gallinazo en el pecho. A 30 metros a la redonda, Ronny activó los proyectiles con su celular. El gobierno local voló en pedazos. Los moradores colocaron en sus balcones a media asta las banderas celestes y azules. Por este servicio, la sierva obtuvo el pago de $4000. 

Debido a las constantes misiones que tenían los niños del Cerro, las dosis se habían multiplicado. Ángel, Carlos y Ronny caminaban turulatos, arañando sus cuerpos hasta producir llagas. Echaban espuma por la boca. La somnolencia les había provocado descansar en el mirador junto al cementerio. 

A la mañana siguiente, Durán nuevamente despertó en shock. Tres cabezas degolladas de niños sin identificar se encontraron colgadas en el puente peatonal. La Sierva, mientras escuchaba la noticia, siguió contando billetes, mientras que Lalo Montalvo, su amante, le lamía los pies.

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