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Australia, entre canguros y koalas. Por María Dolores Cabrera

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Los hermosos marsupiales que solo conocíamos en imágenes o películas parecen confiados en nuestra proximidad siempre y cuando no se sientan amenazados. Hay decenas de ellos a nuestro alrededor. En Tidbinbilla no sienten temor, están acostumbrados a que los humanos se acerquen, los mimen, los admiren y reconozcan que son un regalo, un privilegio muy especial de la naturaleza. Saltan alegres, como hemos visto en videos o en el cine.

Por María Dolores Cabrera*

Sábado 3 de diciembre de 2022. Mañana soleada y calurosa de verano en Australia. El cielo despejado y la ilusión de un paseo que promete cumplir con la expectativa de ver de cerca a los famosos canguros y koalas. Luego de preparar sánduches, bebidas y picadas pues sabemos que en donde estaremos, hay hermosos sitios para picnics, salimos temprano hacia La Reserva Natural de Tidbinbilla, un área protegida de 54,5 kilómetros cuadrados al margen del Parque Nacional Namadgi.

La reserva está cerca de Canberra, capital de Australia, donde residen mi hermano, mi cuñada y mi sobrina y ahora, aunque sea solo por un poco más de dos meses, también yo. Se tarda alrededor de 40 minutos en llegar al valle denso de vegetación.

Avanzamos por el camino y, en poco tiempo, la emoción se agranda al ver al costado izquierdo un gran letrero de color anaranjado que anuncia nuestra llegada. Parqueamos e ingresamos a la casa de recepción para comprar las entradas y unos helados para refrescarnos. Adquirimos panfletos con información y mapas. Hay cafetería y almacén de suvenires. Cruzamos la puerta de salida, embarcamos y empezamos la aventura de buscar los canguros que veré de cerca por primera vez en mi vida. A los lados se ven llanos verdes, planos y extensos, pero los preciosos ejemplares que buscamos no aparecen enseguida. Vamos atentos, muy cuidadosos para poder encontrarlos.

Mi hermano comenta que este parque ofrece una excelente observación de vida silvestre y caminatas por el monte. Está ubicado entre las cordilleras de Tidbinbilla y Gibraltar, con 14 hábitats protegidos. Es una zona repleta de fauna y flora, incluidas las coloridas cacatúas. Es un sitio considerado líder en biología reproductiva de la vida silvestre con especies en vías de extinción. Incluye un consultorio veterinario y un centro de cría de animales. Hay miradores para observar y deleitarse con preciosos paisajes australianos.

Aparece frente a nosotros una enorme llanura verde con árboles al fondo y muchos canguros de varios tamaños: hembras, machos, bebés, jóvenes, adultos. Los canguros eligen las zonas donde, en esta época de tanto calor, pueden encontrar sombra bajo bosques y arbustos. Estacionamos. Descendemos del carro. Todos tenemos dibujamos una sonrisa en el rostro. Mi familia ya ha estado aquí antes y ha disfrutado de lo que yo voy a ver por primera vez. Caminamos despacio y en silencio, con cautela, mientras nos acercamos con mucha prudencia para no asustarlos.

Estos hermosos marsupiales que solo conocía en imágenes o películas parecen confiados en nuestra proximidad siempre y cuando no se sientan amenazados. Hay decenas de ellos a nuestro alrededor. En Tidbinbilla no sienten temor, están acostumbrados a que los humanos se acerquen, los mimen, los admiren y reconozcan que son un regalo, un privilegio muy especial de la naturaleza. Saltan alegres, como hemos visto en videos o en el cine.

Consigo aproximarme a un canguro. Estoy muy cerca. Al principio siento algo de recelo, pero intento tocarlo y él lo permite. Con delicadeza coloco mi mano sobre su cabeza y lo acaricio. Me agradece con una dulce mirada encantadora. El tono de la piel de los canguros varía según la edad y el tipo de especie. La mayoría de pelaje en gamas de cafés o marrones; plomizos fuertes y también más atenuados; el vientre en tonos claros, casi siempre. Sus patas delanteras cortas y ágiles para apoyarse al saltar y para agarrar su alimento. Las extremidades traseras, más grandes y fuertes. Lo adulo y me observa de nuevo con ternura, como todo ser vivo que agradece cuando recibe amor. Los cuatro tenemos nuestras cámaras listas para fotografiarnos con ellos. No hay barreras entre los visitantes y estos animales. Algunos se intimidan y se alejan un poco. Unos menos mansos que otros, en especial percibo más cautela en las hembras que tienen sus bebés dentro de las fundas de la parte exterior de su vientre. Las crías están resguardadas dentro de estas bolsas y sus madres, celosas, los protegen muy bien. «No hay que acercarse demasiado a las mamás con bebés», nos advierte mi hermano. 

Respiro profundo y levanto la mirada para observar lo que me rodea. Sé que las montañas que encierran Tidbinbilla son un lugar de importancia espiritual para los aborígenes. El nombre se deriva de la palabra Jedbinbilla, un lugar donde los niños se convierten en hombres. La tribu Ngunawal ocupó el lugar llamado Birrigai Rock Shelter, hace más de 20.000 años. En el sitio llamado Bogong Rocks las tribus se reunían en la montaña para celebrar ceremonias sagradas de iniciación.

Seguimos deleitándonos con la cercanía de estos seres tan sutiles. Levantan y voltean sus orejas en diferentes direcciones, tienen una excelente audición. Mueven el hocico y la nariz. Nos huelen. Intentan reconocernos, saber quiénes somos, cuál es nuestro propósito de estar ahí. Para quienes amamos a los animales es una experiencia bella y única.

Salimos de la zona de los canguros para avanzar a pie por un lugar llamado The Sanctuary (El Santuario). Podríamos observar ornitorrincos, gansos australianos y zarigüeyas, hasta llegar a El camino del Koala Path, pero en este tramo, no tenemos suerte hoy. Lo que sí podemos ver en el sendero son loros, equidnas y variedad de pájaros y reptiles.

En Australia viven mamíferos que no se encuentran en otras partes del planeta. Entramos a la zona de los koalas, otro emblemático animal endémico de Australia, pero que ya está en la triste lista de animales en peligro de extinción. Se cree que en unos 30 años podrían desaparecer. Hace dos siglos la población de koalas llegaba a diez millones; sin embargo, fueron cazados sin piedad, debido a la comercialización de su piel, y en poco tiempo se redujeron a unas pocas decenas de miles. Los incendios forestales como los que hubo en los años 2019 y 2020, la destrucción de los bosques de eucalipto, donde habitan, las urbanizaciones y una enfermedad llamada cladimia son factores que contribuyen a su extinción.

En esta área los podemos ver abrazados a los troncos de los árboles, unos en las partes bajas y otros a mayor altura. Se asemejan a criaturas sacadas de cuentos, no parecen reales. Peluches con vida. Sus ojos negros, redondos, distanciados el uno del otro. La nariz grande que parece de caucho, las orejas redondas a los costados de su cabeza y enormes garras con las que se sujetan de los troncos. Miden entre 60 y 85 cm y pesan de 4 a 15 Kg. Su color varía entre el marrón oscuro y el gris plata.

Descubrimos uno muy cerca y nos fotografiamos con él. Vemos otro que duerme plácidamente acurrucado sobre una gruesa rama y sus ojos cerrados son como dos pequeñas líneas oblicuas. Entonces recordamos que son marsupiales nocturnos que pueden dormir hasta 22 horas al día. Algunos mastican, relajados, las hojas de eucalipto que sostienen con sus manos. Los bebés koalas están casi siempre montados en la espalda de sus madres y asidos a ellas. Es un espectáculo que nos inunda de emoción, vivencias irrepetibles. En Tidbinbilla existen enormes rocas, piedras gigantes que tienen un enorme significado cultural, pues son sitios sagrados para las tradiciones aborígenes. Hay pantanos, praderas, bosques, senderos y vías asfaltadas para avanzar en automóvil de una zona a otra con rotulaciones específicas para no extraviarse.

Decidimos dirigirnos hacia el área de picnic y nos encontramos con el mágico sonido del correr de un agua transparente. Es un río caudaloso, verde y azulado a la vez. Sobre éste, una gran terraza con mesas y bancos de madera para nuestra comida campera. Nos sentamos y desempacamos el almuerzo. Sol, paisaje, paz y momentos en familia para agradecer. Un par de enormes e inofensivas lagartijas que parecen también diminutos dragoncitos, una variedad muy original de reptiles, pasean cerca de nosotros, se esconden, se camuflan entre las piedras pues sus colores son similares a éstas.

Después de nuestro refrigerio empezamos el regreso hacia el principio del recorrido. Volvemos a pasar por el llano de los canguros, hablamos de nuevo de ellos, de lo que sabemos y de lo que hemos aprendido.

Los canguros han pasado de 27 a 50 millones en Australia y su crecimiento es incontrolable. Hay más canguros que humanos en este país y por el número son considerados ya una plaga, pero para muchos siguen siendo animales adorables. Entonces, no todo es perfecto, pues fuera de las áreas protegidas los canguros se comen el pasto del ganado, lo que molesta a los granjeros al punto en que, en ciertas épocas, se permite su cacería que, aunque no es libre, pues se necesitan permisos especiales para ello, es un tema muy polémico y controversial. Sin embargo, un gran número de australianos sostienen que su ícono nacional debe ser protegido, por eso existen reservas naturales como ésta, Tidbindilla, en la que se encuentran resguardados.

Los canguros son un símbolo australiano que aparece en su escudo, en la moneda del país, en postales y hasta en aerolíneas de Australia. Duermen de 19  a 22 horas al día y pueden vivir hasta 18 años. Existen 55 especies distintas. Son animales sociales y están siempre en grupo. Es el único animal de gran tamaño que salta para movilizarse y es muy rápido. El canguro rojo es el más grande, puede alcanzar una velocidad de 65 kilómetros por hora, saltar ocho metros de largo, tres de alto y medir hasta dos metros de altura. Poseen grandes patas traseras, fuertes, aptas para saltar. La cola larga y musculosa les sirve para mantener el equilibrio, la cabeza es pequeña en relación a su cuerpo. Son herbívoros: comen ramas, arbustos, hojas, flores, helechos, musgo, fruta y, por supuesto, hierba.

El filete de canguro se ofrece en algunos restaurantes australianos, aunque estuvo prohibido hasta 1993 cuando la población de los marsupiales creció imparable, fue entonces cuando se alabó sus propiedades nutritivas. En la actualidad,  cada año se exportan alrededor de 3.000 toneladas de carne de canguro a más de 60 países. El 75% de esta proteína está destinada a la elaboración de comida para mascotas de compañía como perros y gatos. La piel de los canguros también se aprovecha en la elaboración de calzado por la dureza de su piel.

La mayoría de estos bellos y adorables marsupiales no están dentro de áreas protegidas como Tidbinbilla, por lo que muchos, al cruzar las carreteras con libertad, provocan colisiones, choques entre vehículos pero, sobre todo, su propio atropellamiento a pesar de la constante señalética para advertir el peligro. Impacta y es triste observar decenas de canguros muertos a diario en todas las autopistas australianas.

Llegamos a la salida. Pido a mi hermano detener el auto. Me bajo. Me ubico delante del rótulo anaranjado que dice: “Welcome to Tidbinbilla Nature Reserve”. Con una sonrisa de plenitud y agradecimiento me tomo una última fotografía.

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*María Dolores Cabrera (Quito, 1962). Ha publicado tres novelas y tres libros de cuentos: Más allá de la piel (1998), De nuevo tus ojos (2010), Te regalo mi cordura (2012), Cuando duermen los jilgueros (2016, España), Pinceladas (2018), Siempre de Azul, cuentos escritos en Pandemia (2021), recientemente traducidos al italiano. Estudió Psicología Clínica en la Universidad Católica del Ecuador. Integró el taller de escritura con Abdón Ubidia e hizo el diplomado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de los Hemisferios. Ha realizado cursos abiertos de literatura en la Universidad Andina Simón Bolívar, taller de literatura con Alberto Chimal y taller en loscronistas.org con Rubén Darío Buitrón.

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