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Cuando fue a cancelar sus libros él le preguntó de dónde venía. Le dijo que le parecía magnífico que viniera a Montevideo, que, en la tarde, cuando saliera, la podría llevar a pasear. Le gustó. Le resultó espontáneo. Le sonrió con sus dientes blancos y ella le respondió con una sonrisa y unas mejillas con hoyuelos.

Por Martha Cecilia Vélez*

Decidió ese viaje de un momento a otro.

Porque aprendió que aquello que había resuelto tantas veces a la fuerza esta vez tenía que fluir.

Fue pensar que no tenía planes para las vacaciones, que estaba cavilando en dar la vuelta a una ruleta o interpretar en el Tarot

o preguntar a su péndulo. No tenía pistas…

Así que un día de julio escribió una nota a su amiga Gabi por su cumpleaños y ella le dijo:

-¿Cuándo venís?

Y ella le respondió:

-La próxima semana.

Tal cual.

Le pareció una buena oportunidad para viajar a Montevideo, desde la última vez que lo visitó en 2018. Pero esta vez lo haría

sola.

Fue a la compañía aérea y compró inmediatamente los pasajes. Buscó un hotel en Punta Carretas y lo consiguió.

En una semana tuvo tiempo para planificar el viaje, arreglarse, preparar sus aperos y salir de Quito un domingo por la noche.

Llegó a Montevideo la tarde siguiente, al aeropuerto de Carrasco.

La esperaba Gabi y ella, muy contenta de llegar a recorrer el Río de la Plata, el paisaje permanente de Rambla desde Carrasco a

Montevideo. Rambla y rambla. Borde entre el río y la playa. Pasó por el Club Náutico, Punta Gorda, Playa Malvín, Buceo,

Pocitos hasta Punta Carretas. Mientras conversaban las dos amigas, asumieron lo lindo de encontrarse de nuevo. Ella,

entusiasmándose con el paisaje de río y rambla, un río que parece mar.

El estuario del Río de la Plata.

Entró al hotel, se registró. Subió, se acomodó. Se duchó, se arregló y vistió. Estuvo lista.

Gabi la retiró del hotel, fueron a su casa, se encontraron con Ana y se tomaron unos tannats afrutados, aterciopelados, frescos. Conversaron, rieron, se divirtieron y celebraron estar juntas.

Pero era una semana de trabajo para sus amigas, así que ella tenía sus propios planes.

Reconocer la ciudad, entrar a las librerías, caminar por la Rambla, bordear y bordear, tomarse un cafecito, deleitarse con unos

postres, dejarse seducir por el espíritu de Montevideo.

Sentir a Benedetti en la cotidianidad de una ciudad que parece gris, descolorida y reconocer a otros: Ida Vitale, Eduardo

Galeano, Idea Vilariño y su amor inclaudicable y contradictorio por Juan Carlos Onetti.

Reconocer a un Montevideo de seis grados con los platanes y los álamos deshojados.

Un paisaje de invierno. De viento helado. De abrigo de piel y bufanda.

Entró a Escaramuza, una cafetería librería.

Se tomó unas aguas de yuyos y una torta de maracuyá y coco mientras observaba a la gente.

Salió extasiada por tantos libros, tantos estantes llenos de libros con portadas hermosas.

Revisó y compró el de Mariana Enríquez, la antología de Idea Vilariño. Sentada en unas escaleras portátiles revisó los

poemas, las entrevistas, las crónicas. Maravillosa literatura.

Fue Miguel, un chico que atendía en la librería, quien la incitó a sentarse en ese lugar. El chico era alto, ojos castaños, jeans y

camisa a cuadros.

Cuando ella fue a cancelar sus libros le preguntó de dónde venía. Él le dijo que le parecía magnífico que viniera a Montevideo,

que, en la tarde, cuando saliera, le podría llevar a pasear. Le gustó. Le resultó espontáneo. Le sonrió con sus dientes blancos y

ella le respondió con una sonrisa y unas mejillas con hoyuelos.

Se vieron en la tarde, tomaron un cafecito, recorrieron la ciudad vieja y luego fueron a Plaza Independencia.

Cayó noche y fue hermoso mirar la plaza desde la Ciudad Vieja, enmarcada por el Arco de Triunfo, contemplar el monumento

ecuestre de Artigas y al fondo el Palacio Salvo.

Miguel la tomó de la mano y fueron caminando hasta encontrar el auto en un parqueo en la calzada de Ciudad Vieja.

La llevó a su casa, en Pablo de María, dos pisos, sobre línea de fábrica, entraron por un zaguán.

Subieron al piso superior, por unas gradas sin contrahuellas. Ella estaba fuera de sí, como descontrolada, como inútil frente a

lo que podía venir.

Se sintió húmeda. Era el calor de la mano firme que la agarraba. La condujo a su cuarto. Paredes blancas. Dos cuadros

geométricos al fondo. Cama sin respaldo. Al frente, dos ventanas verticales, con puerta ventana que daban acceso al balcón.

A la izquierda, armarios abiertos y cerrados donde se veían regados los libros. Muchos libros, dispersos por doquier.

Le soltó la mano, le agarró el rostro y la empezó a besar. Suavemente.

Le fue humedeciendo los labios con su saliva y la piel de ella se electrizó. Abrió los suyos y le respondió lengua a lengua. Ella

ardía. Él también.

Miguel la acarició. La tomó por la cintura y luego fue bajando sus manos hasta las nalgas. Le sacó el abrigo y, poco a poco, fue

desabotonando su blusa.

Acercó sus labios hacia los senos a medida que la desvestía, los que estaban turgentes, de pezones oscuros y endurecidos.

Se los besó, primero a través del sostén y luego se lo sacó y empezó a absorberlos, rodeándolos, mamándolos, dejándole

marcas.

Ella estaba dispuesta. Ahí, de pie. El cuerpo listo para el fuego.

Él la lanzó sobre la cama cuando ella lo sintió crecer a través del pantalón. Ella Se sentó ella sobre la cama y empezó a

desprenderse de la ropa que todavía le quedaba.

Se sacó las panties y el interior y él miró ese rito con los ojos brillantes mientras ella solo se quedó con la falda puesta.

Le metió las manos entre las piernas y le tocó con sus dedos, de dos en dos, hasta encontrar el punto de su placer. Ella empezó

a jadear mientras él la auscultaba.

Él, que ya se había sacado el jean, se desprendió también del calzoncillo con su miembro agrandado. Ella se levantó e hizo que

él se sentara en la cama.

Empezó a tocarlo con sus manos, y luego fue acercándose a su boca. Abrió sus labios para que entrara el pene. Sintió como

seguía creciendo.

Él empezó a jadear, le retiró la boca de su miembro y la condujo a que se sentara encima de sus piernas.

El placer. Definitivo para que ella sintiera un inaudito goce con la penetración total. El movimiento continuo sobre su pubis

hizo que ella respirara casi sin control, que sintiera el calor entre sus piernas y que consiguiera su orgasmo mientras él,

profundamente excitado por el movimiento rítmico, tuvo un placer exquisito.

El clímax simultáneo. Delicioso.

Se desplomaron entre las sábanas, satisfechos, sonrientes.

Luego se levantaron. Él le ofreció la ducha y él también se duchó.

Los dos frescos, sonrientes en ese frío de invierno montevideano. Se acurrucaron un rato. Él le ofreció un pijama y una cobija.

Ella se abrazó a él.

Se quedaron dormidos, muy juntos. Al amanecer, ella se despertó primero y lo vio a su lado. Le sonrió sin que él se diera

cuenta. Se levantó despacito, sin hacer ruido.

Se puso sus interiores, sus pantis, su blusa, su falda, sus botines, su bufanda, su abrigo de piel, su gorro.

Se peinó con los dedos, sin mirarse a un espejo. Lo miró. Seguía durmiendo en completa armonía.

Le tocó el cabello oscuro. En puntillas salió de la habitación y bajó las escaleras. Abrió la puerta de madera que daba al

exterior, la cerró despacio, detrás de sí, caminó unos pasos hasta la esquina, dio la vuelta sacó su celular y pidió un Uber.

Esperó el auto y le dio la dirección de su hotel.

Sonreía y pensaba cosas mientras recorría con la mirada el hermoso paisaje desde el Parque Rodó hacia la Rambla Presidente

Wilson y finalmente llegó a la Rambla Mahatma Gandhi, en Punta Carretas, donde estaba el hotel. Se apeó.

Como siempre, inolvidable Montevideo. Inconfundible. El sexto monte del este al oeste.

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*Antonia Morante (seudónimo) es colaboradora del portal loscronistas.org

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