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María se ha quedado sola. Crónica de Magaly Villacrés

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«Se contenta con muy poco, tan solo busca compañía. Una voz amiga, un abrazo, una caricia en su mano, una presencia humana, una llamada cotidiana que le haga entender que está viva, que no ha sido borrada del mapa, que ha dejado huellas en su gente, aunque nadie la preparó para la dura batalla del silencio que hoy la envuelve».

Por Magaly Villacrés*

Clint Eastwood, aparece en la televisión interpretando su papel de galán en el clásico del cine Los puentes de Madison (1995). -Qué atractivo era este hombre en aquel tiempo- dice María-, ya debe estar muerto. Le respondo que no, que Eastwood, a pesar de su edad, no se ha jubilado de la pantalla.
-Claro, la vejez y la tristeza no les alcanza a los hombres con fama y dinero, sentencia.                                                                       

María, a sus 77 años, pasa sola en su casa la mayor parte de la semana. La misma casa donde antes escuchaba el trajinar de los pasos familiares, las risas de complicidad, las largas conversaciones junto con los vapores y aromas de la cocina diaria que inundaban cada rincón. Esto es lo que le duele tanto: la llegada infame del tiempo final que la arrastra en su torbellino mientras le grita que jamás van a volver los momentos de hogar, de tertulias interminables ni de alegrías sonoras.
Solo la pena ha llegado a instalarse a su lado y, talvez, nadie la saque de allí.
Cuando la conocí parecía una niña herida, con la cabeza ladeada y una mirada sin norte. Una estrella rota. Lloraba sin parar y decía que no quería quedarse sola, además, echaba de menos a su marido, quien murió hace poco más de seis meses. La viudez es una de las razones que atañen a la soledad. Sus hijos, a quienes extraña hasta el vértigo, crecieron, estudiaron y se organizaron de forma independiente, tal como ella se los inculcó, a fin de que aspiraran a un destino mejor del que ella tuvo.
Todos se marcharon.
Recuerda las épocas pasadas, la casa humilde donde creció, su tiempo de juventud y la hermosura envidiable que aún conserva
intacta, pese a los surcos que los años dibujaron en su mirada. No se ruboriza al afirmar que varios muchachos del pueblo enloquecían al verla pasar: «Yo era guapísima», dice sin dudarlo, y un rasgo de picardía antigua ilumina sus pupilas. Aquella fue la hora de su vida, cuando existía sin el peso del ayer ni la ansiedad por el mañana.
Sin embargo, lo que más me enternece son las anécdotas acerca de la crianza de sus hijos, las travesuras iniciales, la inteligencia con que maravillaban a los maestros, las exitosas carreras profesionales y, por supuesto, el orgullo de ser madre. Hacer felices a los otros era sinónimo de su propia felicidad.
Quizás esta fue la época de gozo en su máximo auge. Luego, sin saber ni cómo ni cuándo, entró en una caída en espiral provocada por el envejecimiento y la soledad.

María es conversadora, graciosa y elocuente. Se parece al personaje de “Las mil y una noches”, Sherezade. Cada día recurre a sus recuerdos para intentar conservar su historia y sobrevivir a este mundo: «Antes, uno era feliz con cualquier cacharrito de juguete y lo compartía con los hermanos. Ahora todos tienen esos teléfonos caros en los que clavan los ojos y no se puede conversar». Así define el distanciamiento humano que produce la era digital.
Gracias a ella estoy al tanto de las noticias locales y nacionales. Lo mismo se admira, compadece o enoja con la información, al igual que se enfada –como muchos de nosotros- con la trama mundial. “Son unos sinvergüenzas”, piensa de ciertos personajes de la política. Es una especie de comentarista o corresponsal agregada de alguna cadena televisiva.
Su alegría es simple, aunque a veces desgarradora. Se emociona al verme llegar con la compra de la semana. Para mimarla le llevo pan y helados de vainilla, no le gustan ni los de fresa ni chocolate. Enseguida se levanta del sofá y va detrás de mí para escudriñar las bolsas. Es una niña aprisionada en el cuerpo de una mujer cansada, con deterioro cognitivo, insomnio, depresión y presa de los analgésicos. A veces es una niña caprichosa, consentida, remolona y testaruda.
¿Quién es el terrorista que ha entrado en su mente? ¿Quién es el ladrón que está hurtando sus momentos? ¿Quién escucha sus preguntas? ¿Quién responde sus llamadas? 
En medio de su aislamiento se refugia en el oficio de la oración y la fe. Cree en Dios, pero sus dolencias se han vuelto un rosario de contradicciones que la convierten en una criatura grande, nostálgica, incomprendida, indefensa, vulnerable.
Se contenta con muy poco, tan solo busca compañía. Una voz amiga, un abrazo, una caricia en su mano, una presencia humana, una llamada cotidiana que le haga entender que está viva, que no ha sido borrada del mapa, que ha dejado huellas en su gente, aunque nadie la preparó para la dura batalla del silencio que hoy la envuelve.
Línea a línea, sin saberlo, he ido documentando el descenso al abismo del olvido, y descubro con remordimiento el destierro al que están confinadas otras Marías sin entender que un día fueron más importantes que nosotros y quizás nunca han dejado de serlo, pero pocos reconocemos sus renuncias, los esfuerzos que hicieron para orientarnos en la vida o que nos trasladaron
en sus brazos a la par que nos brindaban sus afectos. Ahora se disuelven en el tiempo como granos de arena.
Uno de los mayores honores humanos debería ser el de velar y acompañar a quienes antes cuidaron de nosotros y hoy caminan despacio sobre la ruta de su ancianidad. Ayudarlos a aceptar lo incontrolable y tener un final cálido, digno, respetable, como si se tratase de una salida al parque donde sentirse amados, relajados, coloridos y en paz.
Entre gimoteos y sollozos aterrizo de nuevo en la realidad. El final de la película de Eatswood es dramático, los amantes deciden separarse. No tengo duda de que el abandono, al igual que la vejez, es un largo camino hacia el adiós.

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*Magaly Villacrés Obregón (Riobamba, 1973) es licenciada en Comunicación Social y Relaciones Públicas, con Maestría en Periodismo Digital. Columnista del diario «Ciudad Latacunga on Line» y del portal «Desalineados». Colaboradora de la revista Oceanum, de España. Autora del libro «El camino recorrido», que narra el progreso y transformación de la provincia de Tungurahua, y coautora del libro «Ruta de los sabores del Tren». Locutora y guionista de radio. Actualmente reside en España.

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