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Herencias bajo el sol. Por Ivanny Salinas Bartoletti

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Por Ivanny Salinas Bartoletti*

Palmarin, mayo de 2023. En una mañana despejada, recorremos no más de 100 kilómetros desde la pequeña costa de Saly, en Senegal, a la región de Palmarín. Allí, en la localidad situada en un Delta du Sine Salum, encontramos a dos mujeres.
A las 9:30 de la mañana, el sol ya nos observa, muy atento, mientras nos instalamos en una carreta que nos aleja de nuestro insólito alojamiento, una cabaña tipo Robinson Crusoe incrustada en la copa de un árbol.
Iniciamos la travesía desde la playa hacia el pueblo junto a Manga, el conductor de la carreta, quien comienza sus explicaciones en perfecto francés. Escuchamos sobre la vegetación seca de la época, los pájaros metálicos, densos manglares y las bondades de los inmensos árboles sagrados: los legendarios baobabs.
De pronto nos encontramos con una centena de fosas naturales, de formas ovaladas como cráteres incrustados en la planicie de una luna árida. Cada color del pozo es el reflejo de los minerales que en ellos reposan. Los colores van del marrón a rojo y
pasan por el verde, el rosa y amarillo.
Manga se detiene. Nos cuenta que son pozos de sal, heredados de madres a hijas, y que en caso de no haber hijas las nueras pueden ser parte de la sucesión.
Es una tarea que se reserva a la línea femenina de las familias del pueblo ya que los hombres consideran que es una actividad poco rentable.
Seducidos por el paisaje lunar y la historia que acabamos de escuchar, pedimos bajar de la carreta. A pocos metros de allí distinguimos a una joven mujer, vestida en colores tierra. Desde el borde del pozo, de unos 12 metros de diámetro, nos grita en forma de advertencia:

-¡No fotos! ¡No fotos!

Con brusquedad nos da la espalda.

La imagen que devuelve su silueta es magnífica. Tiene sus largas polleras color marrón arremangadas y quedan al descubierto sus rodillas y tobillos que se pierden en el contacto con la laguna de sal. Su pelo está graciosamente abultado bajo un trapo que hace de turbante y su camiseta color ocre, con una línea de sudor, cubre su torso sin sostén, mientras la luz solar contribuye a los hermosos reflejos en su piel oscura.

Manga le habla en su lengua, el wolof. Así nos enteramos de que la joven se llama Aminata:
— Si quieren una foto, tomen una de mama Fatou, dice.

Señala a la mujer que se encuentra sentada en lo alto del pozo, rodeada de canastos llenos de cristales de sal que, al contacto con la luz del sol, brillan como diamantes.

Incómodos con el rechazo, nos acercamos con cautela. Mama Fatou está sentada sobre una roca, vestida con turbante y traje negro que, adherido a su cuerpo, se confunde con el color de su piel. En su rostro resaltan dos argollas grandes doradas, que
cuelgan de sus orejas, y de sus brazos corpulentos decenas de pulseras del mismo color.

Fatou nos regala una sonrisa madura y coqueta, entre tanto la joven Aminata continúa con la espalda encorvada hacia la tierra. Con los pies descalzos amasa el fondo y con sus manos atrapa los puñados de piedrecitas blancas para pasarlas al cernidero que las separa del agua.

Durante ese tiempo tengo la sensación de que Aminata nos observa de reojo. De pronto, aunque desconfiada, una mirada permisiva da paso a su historia.

El pozo constituye para ellas una fuente de ingresos importante para el sustento de sus hijos. Aunque la cantidad de dinero que obtienen por su trabajo es mínima, les permite una cierta autonomía y el respeto por sostener la tradición.

Aminata deja su posición encorvada, se estira como una espiga, pasa con lentitud su mano por la frente para despejar el sudor mientras cuenta que hace unos meses trató de cambiar su destino. Dejó a sus tres hijos con su madre para realizar un
trabajo administrativo en Dakar, pero, al poco tiempo, su madre enfermó y se vio obligada a regresar.

Ahora, la cadena de trabajo entre ella y su tía Fatou se repite sin cesar a lo largo del día y hasta el mes de junio. Aminata, más ágil, se protege las piernas y manos con crema de karité antes de descender al pozo, luego escarba las entrañas de la tierra y
extrae el tesoro, mientras Fatou aguarda en la cima con los canastos que luego traslada a un lugar de acopio.

Atentos a cada movimiento seguimos a Fatou en su tarea. La vemos levantarse con el canasto de cinco kilos de sal sobre su cabeza, con la elegancia y equilibrio de una bailarina, caminar con la espalda erguida y un cadencioso movimiento de sus caderas.

A unos cuantos metros descarga la sal no refinada en un pequeño silo que cubre con plásticos. Allí, el reposo de los cristales aguarda hasta llenarse y luego ser envasado en sacos de 25 kilos que se comercializarán en refinerías de Dakar.

En 2021, el pago que recibían por su actividad en promedio bordeaba los 455 euros al año, según la cantidad de sal extraída. Hoy prefieren no hablar de sus ganancias.

Cuando regresamos al pozo, Aminata, con un tono de desafiante gentileza, me hace una peculiar invitación:
— Entra conmigo al pozo… ¡Ven!
Con la inocencia de un niño al que invitan a jugar en un charco me preparo a bajar cuando uno de mis compañeros me pide prudencia y dice que este oficio no permite improvisación. Los riesgos del contacto de la piel con los minerales, las temperaturas del ambiente y del agua y la forzada posición de trabajo son condiciones difíciles de soportar.
En un segundo de reflexión comprendo que para afrontar las inclemencias de este trabajo es necesario el traspaso de un intangible savoir faire que va de generación en generación. De inmediato, doy un paso atrás.
Las risas y la comunicación con ambas mujeres son cada vez más fluidas. Con el deseo de perpetuar la imagen de Aminata, una vez más insisto por una foto, a riesgo de que me diga que no se presta al espectáculo del turista que puede transformar su
imagen en una postal. Sin embargo, el argumento de su negación es otro:
—¡No fotos!
Hay un silencio que corta el aire. Luego explica, con una cautivadora mirada:
—¡Si me hubieran avisado me habría vestido mejor!
Su comentario me recuerda la otra herencia de las mujeres de Senegal, aquella que aprenden desde muy temprana edad: el arte de la seducción, traducido en gestos, atenciones y ropas coloridas que se ajustan a sus formas.
Atesorando cada uno a su manera los momentos de la visita, y sin la foto, nos disponemos a partir cuando Mama Fatou se acerca y nos entrega puñados de sal. Desde lo bajo y la cima del pozo, Fatou y Aminata levantan sus brazos en señal de adiós, mientras en el ambiente el sol se impone, generoso, caliente, tan luminoso que con sus rayos hace brillar, más que nunca, a las dos mujeres de Palmarin.

___________________________________________

*Ivanny Salinas Bartoletti (Santiago de Chile) emigró a Ecuador a los 10 años de edad. Se educó en el colegio La Asunción y se graduó como psicóloga clínica en la Universidad Católica de Guayaquil. Es Máster en Psicología por la Universidad de Borgoña, Francia, país donde reside en forma habitual. Hoy vive en Senegal, África, por razones profesionales. Publica sus cuentos y sus historias en el portal loscronistas.org

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Comments (3)

  1. waldo Ramirez

    06 Ago 2023

    Me dejó intrigado el relato. Me hubiera gustado seguir leyendo los pormenores de las protagonistas. Me encanto la crónica.

  2. John O'Ryan

    10 Ago 2023

    Muy descriptivo. Es casi un video.
    Se me mojó la camisa.
    Un poco hosca Aminata.

  3. Béatrice SENARD

    20 Ago 2023

    Me ha entusiasmado el relato. Con una gran sensibilidad Ivanny nos cuenta su aventura, el encuentro con estas mujeres.
    Me gusta su escritura : leerla me da gran placer.

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