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Por Carlos Narea Freire*

Ídolo, rebelde, problemático, polémico. Acercarse a la vida del chileno Jorge Humberto González Ríos (Santiago, 6 de diciembre de 1964), no es tarea fácil. Acercarse a la vida de Jorge González, líder, vocalista, compositor de la banda chilena Los Prisioneros, no es más sencillo. Es una tarea que se debe tomar con pinzas.

Dentro de él conviven los demonios de la insatisfacción, de la permanente búsqueda, no sólo de sí mismo, de la música, sino de una identidad que fuera más allá de cómo lo pintaban los tabloides. Le dicen genio, lo insultan, lo buscan tratando de jalarle la lengua y que hable de más, ya sea sobre su vida privada como de su vida artística.   

Porque este hombre pasó su vida en medio de la polémica. Está la tormentosa relación con su compañero y (ex amigo) de agrupación, Claudio Narea, que destapó hechos tan íntimos como la relación de González con la esposa de Narea, de quien es vox populi es (o fue) el gran amor de González, y a quien músicos cercanos al artista suponem le dedicó el álbum ‘Corazones’, sin duda uno de los discos más personales de González.

Hasta un trío amoroso le propuso a Narea para “zanjar” el problema. Toda una historia relatada en un libro que publicó Narea para hablar “la verdad”.   

Están además las dificultades para manejar la fama. Esa fama que le llegó de sopetón a tres ‘pelaos’ de una pequeña comuna santiaguina (San Miguel). En sus inicios apenas sí sabían tocar sus instrumentos. Pero González, Narea y Miguel Tapia terminaron conformando una de las bandas más históricas, exitosas y emblemáticas en Chile y en Latinoamérica.

Porque si Chile tiene a Neruda, a Víctor Jara y tantos otros famosos poetas, músicos y locos, también es el país que parió a Los Prisioneros. Los parió de las propias entrañas de la pobreza, de la escases, de los sueños rotos de juventud, no sólo la propia, sino la de toda su generación, la voz de los 80.

Y se volvieron eso: la voz de los 80, como se llamó su emblemático disco, de donde se sacó el primero de sus éxitos titulado de la misma manera.

Ya hemos dicho que las aguas de este barco llamado González fueron turbulentas, gloriosas, tensas, de todo. Otro pincelazo que lo muestra de cuerpo entero fue el concierto de Los Prisioneros en Viña del Mar en 2003, una de las últimas ocasiones para ver a la banda completa, cuando en pleno concierto, que empezó con pifias para Los Prisioneros, se fueron convirtiendo en una avalancha de premios en la Quinta Vergara, un escenario de los más difíciles.

“!Vengan las pifias!”, toreaba González a su público.

“¿Quieren que diga algo polémico?”, arengaba González a los chilenos que a coro le respondían “!Sí!”. –“Algo polémico”, respondía con una sonrisa de medio lado, entre pícara y desafiante del guitarrista.

Así se mantuvieron las cosas. Luego de algunas presentaciones por esos años, las diferencias González – Narea no habían desaparecido ni las heridas se habían curado por completo. Al final, cada uno por su lado.

Porque algo que caracteriza a González es esa sonrisa de media cara, entre pícara, desafiante, quemimportista. En otro concierto, ya años después de aquel, le gritaban “borracho”, cuando en realidad afrontaba uno de los primeros síntomas de su enfermedad, un ataque cerebrovascular.

En febrero de 2015, ese ataque cerebrovascular hizo un remolido (casi literalmente) por la cabeza del músico chileno. Lo dejó tendido, durante meses, en su casa. Se regresó al ambiente familiar pero se notaba que el provocador estaba golpeado. Se notaba al hablar, con dificultad. Al tratar de tocar su guitarra. Desde entonces, aunque más recuperado, no ha podido, físicamente, volver a ser el de antes.

Le tocó echar cabeza y el punto de reflexión al que llegamos todos. ¿Por qué yo?

En su momento dijo que no se quejaba de lo que le ocurría. «Yo me merecía algo malo, me tocaron demasiadas cosas buenas. Y el destino, en parte, lo hace uno, así es que estoy conforme con ello. Todo está bien si termina bien, decía el caballero Shakespeare, y creo que tiene razón. Pensaba que ya había hecho lo que tenía que hacer y que estaba bien. Si me muero mañana, me voy a morir contento», dijo González en una entrevista al medio chileno Emol.

Los Prisioneros son de esos casos particularísimos de la música, del rock latino. Fueron auténticos en su estilo: agarrar sus guitarras, su batería y tratar de expresar lo que sentía la juventud chilena y la latinoamericana. Porque nunca gozaron del prestigio ni de la fama de sus pares argentinos, como Charly García, con Serú Girán; Soda Stereo, con Gustavo Cerati; el flaco Spinetta, Fito Páez y tantos otros.

En una entrevista González dijo que no podía competir con las “melenas” de los artistas argentinos. Esto apareció en un documental sobre la banda.

Los Prisioneros eran de la línea dura, de llamar a las cosas por su nombre, a pesar que surgieron en plena dictadura del sanguinario dictador derechista Augusto Pinochet. ¿Por qué los dejaban cantar los militares? Tal vez porque hablaban de temas que no les interesaba.

El sexo era sexo.

La violencia contra la mujer eran Corazones Rojos. Aquí una acotación. Fueron de los primeros en denunciar la violencia machista en sus canciones.

“Corazones rojos, corazones fuertes/ Espaldas débiles de mujer/ (Mil insultos como mil latigazos)/ (Mil latigazos dame de comer)/ De comer cordura, de comer comida./ Yo sabré como traicionar/ (Traicionar y jamás pagar)/ Porque yo soy un hombre y no te puedo mirar/ Porque yo doy la plata estás forzada/ a rendirme honores y seguir mi humor… De tu amor de niña sacaré ventaja/ De tu amor de adulta me reiré/ Con tu amor de madre dormiré una siesta/ Y a tu amor de esposa le mentiré”.

Así de directos. Nada de prosas elaboradas ni sutilezas. Una “marca de fábrica” de Los Prisioneros que no se andaban por las ramas.

O la canción dedicada a aquellos que piensan que lo extranjero es mejor que lo nacional. ¿Por qué no se van?… ¿No se van del país…?.

El estado de salud de González es estable, pero no es el mismo. Le cuesta mantener la voz al cantar. Aún tiene las secuelas de la enfermedad.

Se lo puede escuchar aún en el Instagram no oficial (al menos no está verificada la cuenta) llamada “Canal prisionero”.

Proyectos tiene muchos, pero tuvo sus palabras durante las protestas universitarias que surgieron a fines del 2019 y de las cuales surgió el actual mandatario chileno, el izquierdista Gabriel Boric.

Durante aquellas, el himno de la juventud chilena volvió a ser “El baile de los que sobran”, éxito imborrable de la generación de González y Los Prisioneros, casi 40 años después.

González decía a los medios chilenos que era un motivo de orgullo y a la vez de pena que tanto tiempo después los jóvenes tengan que seguir peleando por lo que es un derecho de ellos: la educación superior pública y gratuita.

Volvía, desde el casi retiro (casi retiro), y a la distancia del tiempo, a ser el agitador. Y lo gozaba. Y lo sufría. Porque en el fondo, es posible que se imagine a sí mismo cantando en medio Santiago junto a Los Prisioneros esas contundentes líneas:

“Oías los consejos, los ojos en el profesor
había tanto sol sobre las cabezas
y no fue tan verdad, porque esos juegos, al final,
y terminaron para otros con laureles y futuros
y dejaron a mis amigos pateando piedras”.

Pero a pesar del González más tranquilo y más reconciliado consigo mismo, aún se puede ver en su sonrisa, en su voz, que sigue siendo el mismo diablo encerrado en una botella esperando por salir cuando el cuerpo le dé la pausa.

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